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martes, 6 de septiembre de 2011
LA DEMOCRACIA MODERNA
LA DEMOCRACIA MODERNA
Por Juan Antonio Widow
(“La democracia y sus historias”, fragmento, aparecido en Revista Roma Aeterna Nº 121, marzo 1992)
“Parece ser que la palabra democracia no fue usada, entre los siglos XIII y finales del XVIII, sino en forma erudita, para significar el régimen de multitud. Se prepara, durante ese período, el nuevo sentido con que el término se va a imponer desde las etapas finales de la Revolución francesa hasta nuestros días: el de la democracia revolucionaria o totalitaria, como la ha llamado Talmon. Pero los principales precursores de este nuevo sentido van a seguir llamando democracia sólo a la forma de gobierno que, según la clásica división, era denominada así. Rousseau, por ejemplo, la menciona en el Contrato Social sólo para decir de ella que, “de tomar el término según el rigor de su acepción, nunca ha existido verdadera democracia, y nunca existirá. Es contra el orden natural que el gran número gobierne y que el pequeño sea gobernado”. Durante los primeros años de la Revolución francesa, lo revolucionario era ser republicano; solamente con Babeuf y el Movimiento de los Iguales comienza la democracia a tomar un sesgo parecido.
¿Cuál es el nuevo sentido que va a tomar el término? ¿Cómo se prepara este nuevo sentido? Primero hay que intentar responder a la segunda parte de la pregunta, y para hacerlo debemos remontarnos a algunos inquietos teólogos del siglo XIV.
Guillermo de Ockham y Marsilio de Padua son contemporáneos. Ambos participan en los conflictos entre el emperador Luis de Baviera y el Papa Juan XXII, tomando el partido del primero. Lo cual no habría tenido mayor importancia, si ambos no hubiesen apoyado a este partido con argumentos que iban a trascender los acontecimientos para convertirse en doctrinas que habrían de constituir el germen de las revoluciones modernas.
Ambos son voluntaristas, es decir, sostienen la primacía de la voluntad sobre el intelecto. Lo cual significa que, establecida la dicotomía entre las dos facultades y sobreponiéndose, como principio, el poder de la voluntad sobre el objeto de la inteligencia, éste pierde, de hecho, todo valor propio. La necesidad interna de las esencias se desvanece: lo único que puede imponer necesidad a las cosas es el poder de la voluntad. Es decir, el poder. Esto lo aplica Ockham a su explicación del problema de los universales: lo que llamamos naturaleza de las cosas no es más que una convención voluntaria. No hay nada que objetivamente responda a ello, y nada, por consiguiente, que en la realidad se imponga, a quien la observa y a quien actúa sobre ella, como lo que es o debe ser necesariamente de una manera y no de otra. Las consecuencias morales y políticas de esta doctrina se iban a hacer claras en los siglos posteriores.
Marsilio, en su obra Defensor Pacis, es el primero que define la ley como un acto de la voluntad del pueblo. “El legislador –escribe- o causa eficiente primera y propia de la ley es el pueblo, esto es, el conjunto de los ciudadanos o su parte prevalente, por su elección o voluntad expresada oralmente en la asamblea general de los ciudadanos”. Marsilio se funda, para dar esta definición –la auctoritas es importante para un profesor de la Universidad de París, y él lo era- en un texto de la Política de Aristóteles en que éste caracteriza a la democracia como el régimen en que la soberanía la tiene el pueblo: no habla el filósofo allí de la voluntad del pueblo –el concepto de voluntad aún no se distingue con claridad en los griegos-, ni tampoco sostiene que el pueblo sea, por principio, el legislador, sino sólo que es legislador en aquel régimen, sobre el cual va a expresar luego todas sus reservas. Polemista encarnizado, a Marsilio no le preocupa mucho la fidelidad a las fuentes (Aristóteles, Política, libro III, cap. 6).
Lo decisivo es que en este famoso texto del Defensor Pacis aparece por primera vez la tesis de que es la democracia el único régimen legítimo, aunque la referencia a “la parte prevalente” del pueblo –valentior pars- le va a permitir el apoyo al emperador, dejándole abierta también la posibilidad de afirmar la legitimidad de otros regímenes, a condición de que sean democráticos “en su base”, como hoy se diría. Tenemos ya presente la noción de “voluntad soberana del pueblo”, cuya más completa expresión va a ser, cuatro siglos después, la “voluntad general” de Rousseau. También está presente la referencia al “representante legítimo” de la voluntad del pueblo: es esa valentior pars, que en Rousseau será el legislador y en las concepciones ideológicas de los siglos XIX y XX el Partido.
Nuevo concepto de la “libertad”
De la primacía de la voluntad –poder puro no sometido a ley ni a norma, pues él es el principio de toda ley y de toda norma- deriva un nuevo concepto de libertad. No es ya la capacidad para asumir obligaciones y para ser fiel a ellas, sino la ausencia de obligaciones que se le impongan a la persona desde fuera de ella. Una obligación es válida únicamente si brota de la subjetividad autónoma del individuo. Cualquier finalidad o norma que trasciendan esa subjetividad no pueden tener, en cuanto tales, ningún valor de necesidad o de exigencia moral: al contrario, su imposición es lo que destruye la libertad de los hombres.
La antigua libertad, la del guerrero que es capaz de dar su vida para conservar el honor y que es también el libre albedrío, mediante el cual los Padres de La Iglesia explicaron la existencia del mérito o de la culpa en el hombre, por ser éste principio de sus actos, desparece, su existencia es negada. La libertad del hombre consiste en su autonomía, en su independencia, no en su capacidad para elegir cómo ordenar sus actos para alcanzar el fin. Se repite así una aparente paradoja que se ha dado muchas veces en la historia: la afirmación absoluta de algo lleva consigo la negación de su realidad concreta; la primacía de la voluntad sobre la razón tiene como consecuencia la negación de la voluntad como facultad por la cual el hombre es dueño de sus actos y, por lo mismo, libre en sus decisiones.
En Lutero –discípulo, según propia confesión, de Ockham- encontramos ya la negación del libre albedrío, junto a la afirmación de la otra libertad –la de la autonomía e independencia- en su tesis sobre el libre examen. Pero es en Inglaterra donde se van a desarrollar las consecuencias políticas de esta nueva doctrina. Hobbes entiende de este modo la libertad de los hombres cuando propone, en el Leviathan, que mediante un pacto renuncien a parte importante de ella, a cambio de seguridad para conservar un resto: la libertad de comprar y vender, la de fijar el lugar de la propia residencia y la de determinar la educación de los hijos. Es independencia que se cede, a cambio de mantenerla con seguridad en una porción mínima. Consiste esta independencia en que nadie habrá de fijar al hombre obligaciones. Para Locke, es en el propietario de bienes materiales donde la libertad encuentra su realidad más plena, pues el que es dueño de algo es autónomo e independiente en la búsqueda de su bien privado, único bien que le compete. El poder político se justifica, en consecuencia, sólo en la medida en que asegure las condiciones para que los particulares –los propietarios- procuren la satisfacción de sus intereses privados: “Entiendo, pues, por poder político –escribe- el derecho de hacer leyes que estén sancionadas con la pena capital y, en su consecuencia, de las sancionadas con penas menos graves, para la reglamentación y protección de la propiedad”.
Para una concepción pragmática de la política, en que lo importante es que se garantice la libertad o independencia de los individuos, poco importa la índole del régimen. Por esto, no encontramos en los autores ingleses que apoyan la Revolución de 1688 o que se inspiran en ella, la proposición de un modelo. Defienden sólo el principio o criterio para todo orden político: el de respetar la autonomía de los individuos, por ser el máximo valor en la vida de los hombres.
La democracia totalitaria
Las ideas inglesas sobre la libertad individual y su rango de principio del orden político, fueron difundidas en el continente europeo, y particularmente en Francia, por Montesquieu y por Voltaire. Allí, la exigencias del discurso racional dieron otro rostro a la libertad: en efecto, si el principio del orden social es la libertad del individuo, su autonomía, la lógica no puede aceptar que en nombre de la libertad se coarte la libertad concreta de los hombres, lo cual es inevitable desde el momento en que todo orden requiere de leyes o reglas que fijan ciertos cauces generales a la conducta, es decir, la limitan, y desde fuera de la subjetividad del individuo.
Esa misma lógica imponía, pues, la creación de una sociedad nueva, en la cual no existiera esa antinomia entre la libertad constituida en principio y la limitación sufrida por la libertad real de los hombres. El medio para crearla es un contrato por el cual, libremente, cada individuo renuncia a su libertad concreta –a su voluntad particular- para hacer propia la voluntad del cuerpo social que se crea en virtud del acto contractual: es la voluntad de un yo colectivo nuevo, que tiene unidad y vida distinta y superior a las de sus miembros. De este modo, desde que la voluntad colectiva o voluntad general –o voluntad soberana del pueblo- es la voluntad única de los ciudadanos, quienes han renunciado irrevocablemente a sus voluntades particulares, ya desaparece la antinomia señalada entre la libertad como principio y las libertades concretas: existe una sola libertad, la de la colectividad, con la cual son libres sus miembros. Lo cual es irrevocable, pues la rescisión de un contrato depende de la voluntad de las partes, y este contrato ha consistido, precisamente, en la enajenación por las partes de esta facultad.
Juan Jacobo Rousseau ha sido el autor de esta solución, con la cual se crea, según lo señala Talmon, la democracia totalitaria moderna. No es Rousseau el que la llama democracia; tampoco es el Abbé Sieyès, quien traduce en enunciados revolucionarios la doctrina de aquel. El término empieza a mostrar la fuerza con que luego se va a imponer –como ya lo he indicado- con Babeuf. Pero es Rousseau el que define sus nuevos rasgos esenciales.
La “religión democrática”
Es indudable que la situación real, en nuestro mundo contemporáneo, de lo que se llama democracia no es la proyección uniforme de determinadas ideas. Se mezclan elementos ideológicos con otros pragmáticos; a veces consiste primordialmente en un sistema de elección de gobernantes y legisladores; en otros casos tiene mayor peso el modelo ideológico de raíces rousseaunianas. Lo cual destaca un carácter de la noción actual de democracia que sí es nítido: su confusión.
Georges Burdeau ha escrito lo siguiente, en la introducción a su ensayo titulado La Democracia: ésta “es hoy una filosofía, una manera de vivir, una religión y, casi accesoriamente, una forma de gobierno”. Un tal conjunto de significados implica de suyo confusión. Para aclarar las cosas, habría que empezar por precisar y separar los términos, para dejarlos sólo con su significado propio.
La dificultad para proceder así con el término y la noción de democracia está en la inmensa carga afectiva que lleva consigo. Y esa carga se debe, principalmente, a la dimensión religiosa que la democracia ha adquirido, y que Burdeu señala: el que sea, además, una filosofía y una manera de vivir está implicado en dicha dimensión, a causa del carácter absoluto y totalizante con que se da, consciente o subconscientemente, lo religioso en el espíritu humano.
¿De dónde procede esta “religión de la democracia”, difusa e inmanente? Creo que son dos las fuentes principales del fenómeno, considerado éste según las formas que tiene desde, aproximadamente, el año 1945. La primera es lo que Tocqueville llamó “religión republicana” de los Estados Unidos. El mesianismo propio de esa religión ha existido siempre, en forma expresa o latente, desde la revolución de la independencia norteamericana. Se manifestó como mensaje de salvación para el mundo, en nuestro siglo, con los presidentes Wilson y Roosevelt. La posición adquirida por los Estados Unidos luego de la segunda guerra mundial explica, en parte, la difusión de este sello religioso de la democracia.
La otra fuente es la unión que se ha querido establecer entre democracia y cristianismo. Este intento se inicia, a comienzos de siglo, con el movimiento Le Sillon en Francia; Marc Sagnier, su conductor, proclamaba: Il faut être démocrate, la religión l’exige. Más tarde, Jacques Maritain hablará de una fe y de un credo democráticos; esta fe debe ser alimentada por la fe religiosa de cada cual y de ella debe tomar su fuerza; el Evangelio constituye “la esencia espiritual y el principio genuino de la democracia”, y los que a ella se oponen deben ser considerados como herejes.
Es obvio que estas dos fuentes de la religión democrática de nuestro siglo no constituyen la causa única del fenómeno. En toda ideología hay ya este elemento religioso inmanente, y es indudable que la democracia que se identifica con las doctrinas rousseanianas tiene un claro carácter ideológico: hasta se puede decir que es, en cierto modo, el tronco común de las ideologías que han imperado en occidente durante los últimos doscientos años.
LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS
(fragmento) Rafael Gambra
“Para España los males se desencadenaron vertiginosamente a partir de la pérdida de la unidad católica con la ley de libertad religiosa, consecuencia de la declaración Conciliar “Dignitatis Humanae”. Esta fue “la madre de todas las batallas”; lo demás es sólo su consecuencia obligada. Si se acepta la democracia moderna, en la cual toda ley nace de la voluntad humana, todo será ya posible y habrá que aceptarlo. Así, la Iglesia oficial jamás protesta hoy en nombre del honor o de la ley de Dios, sino en nombre del “humanismo”, de los derechos humanos o de la defensa de la vida.
Pero en España, antes o después, volverá a suceder como en los años treinta: una mayoría de católicos –los democristianos y cedistas- aceptaron la legalidad republicana, como medio de lucha y salvación, lo que habría de llevar por sus pasos al gobierno comunista del Dr. Negrín. Otros, en cambio, como Fal Conde y los navarros, prepararon voluntarios y armas por si, como sucedió, llegaran a ser necesarios.
El esfuerzo de tantos héroes y mártires hará que en España no se pierda definitivamente el norte de la verdad y la posibilidad de reconquista. En el norte de África la invasión árabe del siglo VII islamizó el territorio, e islamizado sigue. En España, en cambio, hubo un don Pelayo y un San Fernando, una Reconquista que, tras ocho siglos de esfuerzo, restituyó la patria a su Fe. La historia, por negro que aparezca el horizonte, volverá a repetirse por gracia del Altísimo.
Si ellos afirman la enormidad de que la democracia liberal es el único régimen deseable, nosotros afirmamos aquí la gran verdad de que la sociedad ha de fundarse sobre la religión y que la fe Católica es la única religión verdadera”.
DEMOCRACIA
DEMOCRACIA
"Para mí la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales. Estos señores que van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas, sobornando, en suma. Para mí ser político es uno de los oficios más tristes del ser humano. Esto no lo digo contra ningún político en particular. Digo en general, que una persona que trate de hacerse popular a todos parece singularmente no tener vergüenza. El político en sí no me inspira ningún respeto. Como político."
Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges
“La soberanía del pueblo es uno de los tantos mitos modernos. Dura un día, sirve para las elecciones en que la mayoría vota sin saber a quién ni por qué, y después pasa a ser una frase.
Marco Denevi
“El sueño entero de la democracia reside en elevar al proletariado al nivel de estupidez del burgués. En parte, éste es un sueño que ya se ha realizado. El proletariado lee los mismos periódicos y tiene las mismas pasiones que el burgués”.
Gustave Flaubert
“El Sistema de Partidos no consiste, como creen algunos, en que haya dos partidos, sino uno solo. Si hubiera dos partidos reales, el sistema no funcionaría”.
G. K. Chesterton
"En la democracia, el elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros."
Ambrose Bierce
“Democracia liberal es el régimen donde la democracia envilece a la libertad antes de estrangularla”.
Nicolás Gómez Dávila
“Aun suponiendo el ver triunfante la opinión de los insensatos mediante el número, no por eso podrán trastocar la naturaleza de las cosas”.
Cicerón, “De Legibus”
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"Para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión."
Paul Auster
“El funcionamiento efectivo de un sistema político democrático requiere por lo general de medidas de apatía y no compromiso por parte de algunos individuos o grupos”.
Samuel Huntington
“En realidad, el discurso político democrático tiene como meta tergiversar la realidad, mentirle a la gente y manipular datos para ganar las elecciones”.
George Soros
CRIMENES ARGENTINOS
CRÍMENES ARGENTINOS
Ayer y hoy, la prensa venal hace su agosto.
Un puñado de tantos niños secuestrados en la Argentina.
“Se alza un clamor público formidable. El desarreglo de la función pública, endémico en el país a causa de la politiquería dominante y en el fondo a causa de nuestra imperfecta y deficiente estructura política, sale a luz escandalosamente; pero el público, que no sabe filosofía ni es apto a distingos, incrimina a todo el conjunto policial en bloque, y los politiqueros lo aprovechan para su innoble jueguito:”¡El verdadero culpable es el gobernador Sabattini!”. Puede ser que, ante Dios, y examinado a la luz del peccatum in causa, tuviesen razón; pero entonces, también ellos, los demócratas, eran verdaderos culpables; porque todo el que hoy día politiquerea en la Argentina, manosea y profana una cosa sacra, que es la autoridad pública, y puede ser sospechado, sin temeridad, de réprobo maldito de Dios. (…)
¿Cómo explicar al pueblo que lo que él llama porquerías (con razón) tiene una profunda raíz intelectual herética que se llama liberalismo, raíz desenvuelta aquí en enorme tronco de ombú, en follaje que cubre el país, en flores hediondas y frutos inútiles, algunos de los cuales el mismo pueblo tiene por grandes conquistas del progreso y la civilización? Bien está poner el cauterio a cada uno de esos cráteres de pus que explotan vuelta a vuelta; pero la desintoxicación del virus productor no se producirá sino por la inteligencia iluminada, superadora de la herejía liberal-laicista. Luchamos contra un espíritu, contra un virus espiritual. Asegún el hombre piensa-ansina el hombre camina. La herejía, el error en la fe, es la fuente última inagotable de innúmeros desórdenes morales. Con razón Santo Tomás enseñó que se puede condenar a muerte al heresiarca con mucha más razón que al monedero falso.
Entretanto, sepultada en el olvido la niña mártir, surgía el epílogo del espectáculo, en forma de ruidosa farsa alegóricogrotesca. A la manera que toda vivencia emotiva de un mono desemboca en conductas sexuales, así toda vivencia emotiva de la masa argentina va a desaguar al cauce genérico y profundo de la politiquería, a quien proporciona sangre y fuerza motriz”. (…)
Martita Ofelia continúa inexpiada; el bofetón del demonio a toda inocencia y toda paternidad continúa enrojeciendo de sangre y fuego cárdeno el crepúsculo de la patria. (…)
Esa imagen debía fluctuar tiernamente durante un mes delante de nuestros ojos, para disolverse después en la nada, dejándonos abierta una congoja sorda, que a veces parece remordimiento, a todos los que hemos elegido conscientemente la gloria y el dolor de seguir perteneciendo a este país enfermo”.
Castellani, “Martita Ofelia, víctima ritual”, en "Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas".
* Nota: Martita Ofelia Stutz, de 9 años, desapareció en Córdoba en diciembre de 1938, cuando iba a comprar una revista infantil, y jamás se supo nada de ella.
miércoles, 24 de agosto de 2011
CASTELLANI Y EL LLANTO SOBRE LA PATRIA
CASTELLANI Y EL LLANTO SOBRE LA PATRIA
“Es para llorar el espectáculo que presenta el país, mirado espiritualmente. El liberalismo ha suministrado a la pobre gente –no a toda, sino a la que no ama bastante la verdad- una religión y una moral de repuesto, sustitutivas de las verdaderas; un simulacro vano de las cosas, envuelto a veces en palabras sacras.
¡Qué es ver a tanto pobre diablo haciendo de un partido político un absoluto y poniendo su salvación en un nombre que no es el de Cristo –aun cuando el nombre de Cristo está allí también, de adorno o de señuelo-! Se pagan de palabras vacías, vomitan fórmulas bombásticas, se enardecen por ideales utópicos, arreglan la nación o el mundo con cuatro arbitrios pueriles, engullen como dogmas o como hechos las mentiras de los diarios; y discuten, pelean, se denigran o se aborrecen de balde, por cosas más vanas que el humo…Una vida artificial, discorde con la realidad, les devora la vida.
Claro que en los truchimanes que arman todo el tinglado –y viven de eso- el caso no es tan simple: ellos saben que detrás de su “fe democrática” y su “moral cívica” se esconde –para ellos solos- el poder y el dinero; sobre todo el dinero. ¡Oh el dinero, el gran ideal nacional de los argentinos! “Hacer” mucho dinero rápidamente y por cualquier medio es la Manzana de la Vida: la Serpiente no necesita aquí gastarse mucho. Pero por lo mismo donde pecan, por ahí perecen. De mentiroso a ladrón no hay más que un paso; y de eso a todos los otros vicios, e incluso crímenes, medio paso. Pueblo de mentirosos y ladrones, bonita ejecutoria vamos a ganar en el mundo si seguimos por estos caminos. “Criadores de vacas y cazadores de pesos”, ya nos llamó Unamuno.
Dios los ha entregado al torbellino de sus vanas cogitaciones “porque no amaron la caridad de la verdad” –dice S. Pablo-. La verdad aquí es una mercadería despreciada; tanto que ni gratis la quieren y aun pagan para que los engañen. El mismo día dieron en Buenos Aires sendas conferencias un estudioso argentino que es un verdadero doctor sacro, ducho en la ciencia de la salvación y que habla “como los propios ángeles”, o poco menos, y Lanza del Vasto. El argentino que tiene realmente algo que decir a su gente –y para eso ha sido mandado aquí por Dios- tuvo doce oyentes; el diletante extranjero tuvo una muchedumbre, que acudió solícita, propio como los monos cuando les agitan delante un trapo con colorinches. Desdichado el pueblo que no reconoce a sus maestros; y más desdichado el que mata a sus profetas. Pero los maestros y los profetas son ahora los politiqueros (…)
El politiquero desea que le guarden “lealtad”, a él, incluso por encima de los propios hijos: del carnaval electoral y todos sus desdichados adminículos quiere hacer un Absoluto. Ese es su negocio. (…) Y es que en el fondo existe detrás de la mafia de marras una cosa más grave, que no existió en la antigüedad; y es esa herejía que mencionamos. ¡Qué diferente es la “democracia” de Aristóteles de la “democracia” de estas tierras! Las “ideologías” han ingresado a las facciones políticas –que teóricamente deberían tratar de los medios y no de los fines- dividiendo a los hombres en lo profundo, dando un cariz religioso a la “contienda cívica” e incubando verdaderas guerras civiles latentes –y no latentes- en todas las naciones; que tienen el implacable rigor de las guerras religiosas (…)
Un cura electoralero me inspira más repulsión que un cura concubinario; será que yo no sirvo para esto. Y todavía, si Dios no nos detiene, el clero argentino va a ayudar al tercer triunfo del liberalismo y la masonería en la Argentina –después del cual no se sabe lo que viene. (…)
No hay que engañarse: en el mundo actual no hay más que dos partidos. El uno, que se puede llamar la Revolución, tiende con fuerza gigantesca a la destrucción de todo el orden antiguo y heredado, para alzar sobre sus ruinas un nuevo mundo paradisíaco y una torre que llegue al cielo; y por cierto que no carece para esa construcción futura de fórmulas, arbitrios y esquemas mágicos; tiene todos los planos, que son de lo más delicioso del mundo. El otro, que se puede llamar la Tradición, tendido a seguir el consejo del APOKALYPSIS: “conserva todas las cosas que has recibido, aunque sean cosas humanas y perecederas”.
Si no fuera pecado alegrarse del mal ajeno –y más del mal de la Patria, que es mal de todos- una risa inextinguible como la de los dioses agitaría a todo hombre cuerdo ante el espectáculo del carnaval político con sus disfraces, oropeles, patrañas y gritos destemplados: en lo que ha ido a parar la famosa “democracia”, que como elissir d’amore, panacea de todos los males y “religión del porvenir” nos vendieron el siglo pasado, puesto que los argentinos estamos patinando todavía en el siglo de Fernando VII con música de Donizetti. Había un error religioso, una herejía, en el fondo de ese sistema halagüeño, el cual enseguida denunciaron los pensadores; error que lógicamente se ha desarrollado en diversas absurdidades e inmoralidades; para ver lo cual ya no es necesario ser gran pensador. Y hay gente que se ha vuelto pensadora por fuerza…en las cárceles de la Libertad.”
(Dinámica Social, Buenos Aires, Nº 85-86, noviembre-diciembre de 1957).
LA DEMOCRACIA
Apuntes para la reflexión:
la democracia
Seguimos presentando algunos textos para la reflexión respecto de la “democracia”, en especial para aquellos católicos (y ¡tradicionalistas!) que manifiestan no creer en la “soberanía popular” pero que, en la práctica, la “ejercen” yendo mansamente a sufragar, es decir, a cumplir con el “acto más sublime de la democracia”, según el Manco de La Plata.
Y para los que, por ejemplo, juzgan erróneamente que el voto cristínico ha sido un voto “tomista” , o los que dicen que el pueblo nunca se equivoca, que simplemente vota lo que hay, y que los únicos culpables son los que dirigen (¿acaso los dirigentes salen de un repollo?) decimos respetuosamente –y salvando las excepciones de los más pobres entre los pobres, fuera de todo discernimiento, pero que son minoría- que ya es hora de entender la gravedad de la situación, sin antifaces ni sentimentalismos, aunque desde luego con buen corazón, mas con el corazón contrito con que debemos asumir la verdad, pues para sanarse, “la primera medicina es conocer la enfermedad”, y que no pasa por la discusión -aunque pueda darse una opinión al respecto- sobre si se votó a uno o al otro, o sobre si hubo o no fraude (¡el fraude es la democracia!) sino sobre por qué los argentinos debemos soportar la religión democrática, la cual, precisamente, consiste en un castigo por haber abjurado –aunque no públicamente- de la única y verdadera religión:
“Cuando los reyes son buenos es por don de Dios; mas cuando son malos es por culpa del pueblo. Según los merecimientos de los pueblos es ordenada la vida de los rectores, testimoniándolo Job (XXXIV, 3):”Él es el que permite que entre a reinar un hipócrita o tirano, por causa de los pecados del pueblo”. Porque enojándose Dios, los pueblos reciben un tal rey cual por su culpa merecen. A veces por la maldad de los pueblos hasta los reyes se mudan, y los que antes parecían ser buenos en habiendo recibido el poder se hacen malos”.
San Isidoro de Sevilla, Sentencias
“Si no hacéis penitencia, todos igualmente pereceréis”
San Lucas 13, 3-5
“Si los sujetos que viven en un mismo campo geográfico se odian cordialmente unos a otros, no se puede decir que allí exista PATRIA; porque “si no amas a tu prójimo, al cual ves, ¿cómo amarás a la patria a la cual no ves?”. En amor al prójimo se resuelve prácticamente el amor a la patria; y si no es amor al prójimo, nada es”.
R. P. Castellani
“Veo bandas rapaces, movidas de codicia, la más vil de todas las pasiones, enseñorearse del país, dilapidar sus finanzas, pervertir su administración, chupar su sustancia, pavonearse insolentemente en las más cínicas ostentaciones del fausto, comprarlo y venderlo todo, hasta comprarse y venderse unos a los otros a la luz del día. Veo un pueblo indolente y dormido que abdica de sus derechos, olvida sus tradiciones, sus deberes y su porvenir, lo que debe a la honra de sus progenitores y al bien de la posteridad, a su estirpe, a su familia, a sí mismo y a Dios. Y se atropella en las Bolsas, pulula en los teatros, bulle en los paseos, en los regocijos y en los juegos, pero han olvidado la senda del bien, y va a todas partes, menos donde van los pueblos animosos, cuyas instituciones amenazan derrumbarse carcomidas por la corrupción y los vicios. ¡La concupiscencia arriba y la concupiscencia abajo! ¡Eso es la decadencia! ¡Eso es la muerte!...”
José Manuel Estrada, 3 de abril de 1890.
DEMOCRACIA
Por Jacques de Mahieu.
REGIMEN POLITICO EN EL CUAL EL PODER ESTÁ EN MANOS DE LA MAYORÍA DE LOS INDIVIDUOS, SUPUESTAMENTE LIBRES E IGUALES POR NATURALEZA, QUE COMPONEN LA COMUNIDAD.
De ahí la siguiente disyuntiva: o bien se considera a los estadistas, mandatarios de sus electores, y entonces estarán sometidos en todo a intereses privados; o en el mejor de los casos —en la medida en que los individuos tomen conciencia de un interés general— a voluntades incompetentes; o bien se querrá convertirlos en jefes verdaderos, y su nombramiento por sus propios subordinados constituirá un mero disparate, agravado por la incapacidad de los individuos para fundamentar su elección en las necesidades reales de una Comunidad, cuya intención histórica no puede sino escapárseles.
En un ámbito social muy reducido, es posible que la elección sea la ratificación de una autoridad natural previa, pues los hombres se conocen y se juzgan en un contacto cotidiano, y el interés general se afirma en lo inmediato, sin discusión posible. Los campesinos de la Alta Edad Media, que se agrupaban alrededor del soldado, convirtiéndolo en su señor, sólo disponían de una elección teórica: de hecho la necesidad privaba con una fuerza invencible sobre sus eventuales preferencias. Igual ocurre, mutatis mutandis, en el pequeño municipio rural. Pero cuando se trata de designar a los hombres que habrán de dirigir a la Comunidad en una escala superior en demasía a la del individuo, la masa ya no es sensible sino a una mezcla compleja y variable de intereses particulares, impulsos pasionales, costumbres y mitos, que muy poca relación tienen con la política. Por un jefe verdadero que logra, en un período de crisis, imponerse a ella ¡cuántos mediocres y arribistas sin escrúpulos que consiguen captar su confianza y sus sufragios!
Históricamente, estos dos aspectos sucesivos de la democracia sirvieron a las mil maravillas al propósito de la burguesía al fin del siglo XVIII: la conquista y conservación de los Estados tradicionales. En su pureza doctrinaría, la teoría era inaplicable; pero poseía un fuerte poder de sugestión en las mentes. Zapaba con eficacia, en nombre del igualitarismo individualista y de un anarquismo apenas mitigado, el orden tradicional de la Comunidad, su estructura orgánica y su Estado. En su forma mayoritaria, ponía la autoridad política a merced de la opinión; vale decir, en última instancia, de aquellos que detentaban los medios de actuar sobre las masas “atomizadas”; o si se prefiere, sobre los individuos arbitrariamente extraídos de sus marcos naturales. Ahora bien: la posesión de los instrumentos de la propaganda dependía del poderío financiero, que precisamente pertenecía a la clase burguesa. Sólo se trataba, pues, para esta última, de una cuestión de tiempo. Así la vimos, una vez dueña del Estado, instaurar en un primer momento un sistema censal que reservaba para sus miembros el derecho de voto; y luego conceder al pueblo el sufragio universal, cuando el trabajo de penetración ideológica, realizado sobre todo mediante la escuela y la prensa, hubo hecho casi imposible cualquier sorpresa.
Por cierto, semejante procedimiento constituye una utilización abusiva y fraudulenta de los principios e instituciones de la democracia. Pero son estos mismos principios antinaturales, y las instituciones que suscitan, las que crean las condiciones óptimas de la OCUPACION del Estado comunitario por una oligarquía. Más aún: que hacen inevitable tal ocupación. Pues no hay Estado sin minoría dirigente. Si esta se elige por sufragio universal, depende de la opinión, que depende de la propaganda, que depende del dinero. No existe medio de quebrar, salvo por ruptura revolucionaría, el encadenamiento fatal. La democracia es necesariamente una plutocracia.
La única alternativa sería el sorteo de los magistrados; propuesto, sin duda irónicamente, por Aristóteles. Apenas es necesario precisar las consecuencias que habría que esperar de semejante sistema. Toda continuidad en la dirección comunitaria desaparecería. La incapacidad de los hombres en el poder sería casi total. Su aislamiento, por falta de una clase dirigente en que apoyarse, haría insostenible su posición, y aleatoria su autoridad. Paradójicamente, tenemos que alegrarnos de que la democracia teórica no pueda funcionar, y una oligarquía detente de hecho las palancas políticas de mando. Sin duda el Estado entonces es OCUPADO. Sin duda, sirve de instrumento a una clase que explota a la comunidad en su exclusivo provecho. Sin duda, en consecuencia, su poderío es desviado de sus fines naturales. Sin duda, resulta mal conducido, puesto que su minoría dirigente es de naturaleza económica, y no política como correspondería; y la intención histórica que encarna está sometida a una intención de clase, que a menudo la contradice. Pero no por eso deja de ser verdad que la oligarquía burguesa tiene interés en mantener con vida a la Comunidad sobre la cual se desarrolla de modo parasitario. La debilita por su sola presencia, pero asegura sus funciones elementales. La subordina a las potencias financieras internacionales, pero le conserva un mínimo de estructura orgánica. Su dominación crea un estado social patológico, pero el enfermo no muero por ello; moriría indefectiblemente si la anarquía absoluta que implica la democracia teórica lograra suprimir el Estado.
La oligarquía, por necesitar para uso propio del poder político, no puede destruir deliberadamente su órgano. Pero le quita su independencia y reduce su autoridad, porque teme algún sobresalto de su parte; y los principios antifísicos que proclama, y de los cuales proceden instituciones que no responden sino parcialmente a las exigencias del mando. La oligarquía burguesa es así prisionera del régimen que constituye el instrumento de su dominación. Sólo en período de crisis puede endurecer la dictadura de clase que impone a la comunidad. En nombre del famoso sofisma: “nada de libertad para los enemigos de la libertad”, sustituye entonces las elecciones por la guillotina o sus equivalentes. No faltan ejemplos desde 1793 hasta nuestros días.
DICCIONARIO DE CIENCIA POLITICA
EL ESCLAVISMO DEMOCRÁTICO
Por Onésimo Redondo
“La humanidad, bajo el mito del sufragio universal, resulta prisionera moral de ese mito y sierva físicamente de sus consecuencias. Porque a nadie le es posible sustraerse al dogma de la soberanía se puede votar en contra del candidato popular adverso, mas el voto contra el sistema, que es lo que importa, no tiene alcance práctico. ¿Qué derechos tiene el elector que no quiere a ningún candidato porque todos le parecen funestos? La papeleta en blanco, que es la sumisión, con manos atadas, a los mismos que detesta. Aunque la mayoría de los electores deteste a todos los elegidos -como viene a suceder en la España de hoy-, es forzoso aguantar la soberanía de los repudiados. No hay razón de bien público que abone el despotismo de los partidos dominantes, pero no importa. Basta que el dogma del sufragio, casado con la farsa electoral -trama caciquil y música demagógica, les hayan hecho soberanos. Su "poder constituyente" lo puede todo. Creemos que hasta hacer de los hombres mujeres y de las mujeres hombres...”
Libertad, núm. 17, 5 de octubre de 1931.
NO TAN SORPRENDENTE
Por Guillermo Rojas
Tomado del blog Red Patriótica Argentina
Para algunos ha sido algo así como un balde de agua fría el triunfo de la Kirchner en el simulacro del día domingo pasado. Sorprende - eso sí- que no haya encontrado a más de un puñado de personas conocidas de diferentes ámbitos y clases sociales que me hayan dicho que votaron por el FPV. Algunos gritarían que es la evidencia del fraude. Nosotros que sabemos que todo este sistema es un enorme fraude solamente nos percatamos que se trata del voto vergonzante de una gran parte de la ciudadanía que por mera conveniencia personal y económica le ha dado un nuevo cheque en blanco. Por los próximos cuatro años.
Digo voto vergonzante y tengo que decir también que existe un gran número de entre ese 50% que ha votado por convicción personal al kirchnerismo.
Si solo fuera voto vergonzante a lo mejor podríamos decir que en cierto modo estamos mejor como sociedad porque se vota solo por conveniencia (conservar el carguito, el plancito, pagar el crédito etc.) Sería gente que asume que esto es un chiquero de corrupción, de inseguridad, de indefensión e impunidad pero que lo compensa con el raquítico guarismo que le permite llegar a fin de mes. Al menos conserva el sentido común pero es cobarde, tiene miedo, esta cagado digamos.
Los más pobres viven de la limosna y los usan de carne de cañón. Están allí entrampados por el Régimen
Lo peor es el otro porcentaje, un porcentaje que existe no ya gracias al Kirchnerismo pero que sin su putrefacción cultural no se hubiera manifestado multitudinariamente en esta elección.
Fueron 30 años de preparación del homokirchneriano, un hombre sin religión (que es hipocresía), sin Patria (que es fascismo), sin familia (que es anticuada), el hombre del aborto, del casamiento gay, de la no discriminación, la no represión, la droga liberada, el del “relato” de los 30.000 desaparecidos y el de las Madres. El hombre del opio futbolero al tope y la birra al paso. Que no cree en nada que no sea su propio placer entendido de la panza para abajo. Eso sí, de vez en cuando se hace el sensiblero y se conduele de los pobres a los que suele ver por TV al menos mientras está cursando en la facu y cree tener “conciencia de clase” Un hombre formateado y logrado por el Sistema a pedir de boca para el Nuevo Orden Mundial, sin nada de arraigo. Le da igual estar en este país de mierda donde cada cuatro años vota mierda que hacerlo en Europa o EEUU donde tiene enormes multitudes de congéneres. Eso sí, siempre y cuando haya guita todo bien. Putea contra el capitalismo pero lo disfruta que da calambre.
El hombre logrado por 30 años de democracia plutocrática, de liberalismo, de ONG onusianas, de fundaciones libres de impuestos norteamericanas (Ford; Rockefeller, Soros, etc.). De destrucción de la educación, 30 años de partidocracia, capitalismo e izquierdismo cultural, cuyo máximo logro ha sido esbozar una lumpen burguesía, que no les asombra la corrupción porque si ellos estuvieran en el lugar de los corruptos harían lo mismo, que no les importa el tráfico de drogas porque ellos las consumen, no les importa que los televisores destilen porquerías porque ellos las miran y disfrutan haciéndolo. No les importan los prostíbulos judiciales por que son felices concurrentes a los mismos.
Ese hombre que va a ser nuestro enemigo más encarnizado si alguna vez se llega a formar políticamente, algo importante, que pueda resistir con algún éxito toda esta bosta que lleva tres décadas deconstruyendo la Argentina.
Por eso, porque hace años que venimos advirtiendo esto es que no nos sorprenden los resultados arrojados por la compulsa electoral. Tampoco nos preocupa ese puntual tema, como no nos preocupa el temor y el lamento de la derecha antidiluviana que vota a Macri o Duhalde y cree en cuentas de colores, ni sus campañas de acción psicológica ni los petardos estrafalarios de una izquierda ultra, que mientras mendiga votos con apoyo del Sistema y los medios, fogonea caricaturas de la toma del Palacio de Invierno.
Sí debe interesarnos cómo difundir nuestro mensaje a la porción aún sana de la población y como formar ese movimiento de resistencia que mencioné y fundamentalmente observar y estudiar al enemigo. Estas elecciones no nos han sorprendido, pero nos han dado una muestra de cómo ese enemigo ha crecido enormemente a expensas de una importante franja de la población que como ya dije se opondrá radicalmente a nosotros llegado el caso, con Kirchnerismo o con otro espantajo similar que lo reemplace.
martes, 16 de agosto de 2011
LA ELECCION DE LOS GOBERNANTES
LA ELECCIÓN DE LOS GOBERNANTES
Por Antonio Caponnetto
Aclarada la cuestión de que la perversión intrínseca de la democracia no está en la posibilidad que ella abriga de elegir a los gobernantes, sino de elegirlos mediante el sistema del sufragio universal, todo católico coherente debería rechazar sin más esta variante electiva, convertida hoy en obligatoria y compulsiva norma, cuya violación conlleva sanciones que no rigen, siquiera teóricamente, para los sacrílegos y los blasfemos. Prestarse al juego del sufragio universal, sea en la doble o simple condición de elegido o de elector, es convalidar esa noción matemática y mecánica de lo social metida a la fuerza por la Revolución Moderna; es admitir que la legitimidad de origen de un gobierno depende de la adición discorde, anónima e indiscriminada de las individualidades, homologadas todas rastreramente en el principio cuántico de que un hombre es igual a un voto. Es, en suma, alimentar la funesta tiranía del número, que hasta el mismo Borges, en renombrada chanza, llamó “abuso estadístico”. Con razón ha dicho Calderón Bouchet que “el aristócrata no es el producto de un sufragio, ni puede serlo; está vinculado a los servicios prestados al pueblo por sus antepasados y a una educación en consonancia con ese prestigio histórico”. Y con más razón aún enseñaba Pío IX en su alocución del 9 de junio de 1862, que existe “una plaga horrenda que aflige a la sociedad humana y se llama sufragio universal. Esta es una plaga destructora del orden social y merecería con justo título ser llamada mentira universal”.
Pero ni tal sensato rechazo del sufragio universal implica negar el derecho que pueda asistir a la sociedad de elegir a sus gobernantes; ni implica asimismo la propuesta de un sufragio calificado, ni tal sufragio calificado volvería “impoluta” a la democracia. Tales dislates son deducciones exclusivas y antojadizas de Beccar Varela. Bastaba para disiparlos el conocimiento del magisterio católico tradicional.
Por eso remití a Santo Tomás de Aquino —concretamente a su “Comentario a la Política de Aristóteles”— no para que se conocieran “las condiciones determinantes de una democracia lícita”, como tuerce Beccar Varela haciéndome decir lo que no digo (Cfr. “Respondo al Profesor…”, ibidem), sino para que se supiera que “la elección de los gobernantes por la multitud —procedimiento que siempre dejó a salvo como posible el Magisterio de la Iglesia— no lo es bajo el modo aberrante del sufragio universal, sino bajo ciertas condiciones determinantes que oportunamente enumeró Santo Tomás, verbigracia, en su «Comentario a la Política de Aristóteles»” (Antonio Caponnetto, “La confusión de Beccar Varela”, VI).
Beccar Varela —dándose nuevamente por ganador del debate en chiquilina actitud, y sin advertir cuán al descubierto deja su endeblez mental— dice muy ufano: “Cita [Caponnetto] a Santo Tomás y a él se remite para indicar las «condiciones determinantes» de una democracia lícita. Antes que nada hago notar que si algo es admisible en ciertas condiciones, no puede decirse que padezca una «perversión intrínseca» […] Leí rápidamente el capítulo 14 del Libro III del Comentario de Santo Tomás al libro de la Política de Aristóteles que el Profesor cita, en busca de las condiciones de la democracia que él aceptaría. No las encontré” (Cfr. “Respondo al Profesor…”, ibidem).
Claro; tampoco hallará “La Divina Comedia” si lee a “Don Quijote”, ni a Hegel si estudia a Kant. Porque no estoy remitiendo a la obra de Santo Tomás para encontrar “las razones de la democracia lícita”, sino las condiciones determinantes bajo las cuales podría resultar legítima la elección de los gobernantes. Son dos cosas bien distintas, y al confundirlas, o comete torpeza o imprime malicia a la disputatio.
Sean cuales fuesen los propósitos del crítico, lo que interesa aprovechar de Santo Tomás (y de San Agustín, a quien el Aquinate cita al respecto tomando textos de “De Libre Arbitrio”) es que su propuesta no es la del sufragio universal ni calificado, sino la de la elección de los gobernantes entendida como derecho positivo eventual condicionado, que ni delega ni transfiere el poder sino que lo designa. Tan eventual y tan condicionado es ese derecho a la designación de los gobernantes, que puede privarse del mismo a la comunidad si esta no garantiza conductas mínimas de equidad, de organicidad, de justicia, o “se muestra proclive a las tentaciones de la venalidad”.
Imaginar que en el siglo XIII Santo Tomás pensaba en el sufragio universal o calificado, o en los partidos políticos ofreciendo electores múltiples, es un despropósito, una verdadera ucronía; esto es, aquello que está fuera del tiempo.
A partir de un valioso texto de Pío XII, su Discurso del 2 de octubre de 1945, “Dacche piacque”, en el que el Pontífice alude a la jerárquica arquitectura social prevalente en “la Edad Media Cristiana”, Fulvio Ramos ha comentado con maestría: “En la Edad Media, obviamente, no existía el sufragio universal como lo entendemos ahora, ni había partidos políticos. Menos aún se soñaba siquiera con un concepto tal como el de soberanía del pueblo. Sin embargo, en las monarquías de la Edad Media se daba una real participación de los distintos sectores sociales, manifestada en los municipios o comunas, los gremios, corporaciones artesanales, universidades, etc, en los asuntos que eran de su competencia. Más aún, las distintas regiones que componían un reino gozaban de una marcada autonomía, que estaba garantizada con el régimen denominado de los fueros, que eran el producto de un pacto entre el rey y los representantes de esas regiones, por el cual éstos se sometían a su autoridad a cambio del mantenimiento de su autonomía y del goce de determinadas libertades”.
Entonces, ni sufragio universal ni calificado son modelos para un católico coherente. Sí en cambio, vale la admiración e imitación del espíritu y de las formas concretas de aquella sociedad cristiana, en la que la organización corporativa y foral permitía —llegado el caso y dadas ciertas condiciones— designar a los gobernantes mediante el criterio del primus inter pares, que devenía después en primus inter primus. Algunos tratadistas han caracterizado a este modo de elegir autoridades, sufragio directo por distribución territorial y representación corporativa. Mutatis mutandi, todavía hoy la Iglesia nos da el ejemplo de la validez de este criterio cuando tiene que designar un nuevo Papa. No se convoca a las masas a la elección. No se presentan listas de candidatos emergentes de otros tantos órganos partidocráticos. Ni cualquiera elige ni cualquiera puede ser electo. La Iglesia sabe —como lo ha dicho Pío XII en “La organización política mundial”— que “cuando la creatura es reducida a simple elector, la vida de las naciones se halla disgregada por el culto ciego al valor numérico”. Y no puede dejar de recordar que el primer sufragio universal de la historia (¿o fue calificado?), los electores eligieron a Barrabás y crucificaron a Jesucristo.
Por eso, me interpreta correctamente el señor Enrique Broussain al asentar estas palabras: “Cuando el Profesor [Caponnetto] habla de designación de gobernantes por el pueblo, por cierto descarta el mito jacobino del sufragio universal, mas, a la vez, no sugiere tal o cual forma particular de «sufragio calificado», como presume Don Cosme. El Profesor, a nuestro entender, piensa […] en la noción de la politia en la Edad Media, con la intervención de las guildas o gremios, cuyos integrantes distinguían a los ilustres de cada corporación, para que cada uno de ellos, perteneciente a distintas sociedades, integrase, a su vez, un consejo de patricios que designaría al Jefe del distrito o comarca. El imperio sucesivo de este sistema, eventualmente, podría concluir con la nominación del Monarca o Regente Cristiano; habría entonces una real politia, según Santo Tomás […] que no es otra cosa que la participación de la mayor cantidad de hombres para la obtención y logro del bien común […] Admitir «una democracia que no se rija por el sufragio universal» no significa que invariablemente se acepte «una democracia con voto calificado». ¿De dónde la deducción?”
Los que por extrema coherencia con la recta doctrina nos oponemos a sumarnos irresponsablemente a las categorías democráticas —sean ellas las de constituir partidos, candidatos presidenciables, campañas electorales, votaciones por presuntos males menores, etc.— de ningún modo estamos proponiendo no participar de la vida política o abandonar el terreno a los malvados. Estamos proponiendo, por un lado, la resistencia y la lucha con todos los medios legítimos a nuestro alcance. Y por otro, pensando en quienes tengan vocación y aptitud para la praxis pública, estamos proponiendo su activa y edificante inserción en el entramado múltiple y natural de cuerpos intermedios. La suma de bienes concretos que se podrían obtener por esta vía —si los patriotas cabales y cristianos íntegros quisieran recorrerla organizadamente— sería superior, y con creces, a los logros prometidos y nunca alcanzados cada vez que se ha intentado armar un partido político, sedicentemente católico, con un presidenciable afín. Cuando la conquista del poder nos está vedada (no importa ahora por cuánto tiempo y porqué motivos), no se nos veda el deber de cooperar al bien común. Todo lo contrario. Pero ese deber, precisamente por perentorio y urgente, debe encontrar encauzamientos concretos que no estén reñidos con la recta doctrina.
Mas una cosa es segura. La vergüenza no es abstenerse de votar, como dijo con desaprensión el Cardenal Bergoglio la primera semana de junio de 2007, reprochando severamente al casi millón de vecinos porteños que creyó prudentísimo no plegarse a la farsa electoralista, ausentándose de los comicios del 3 de junio. Reproche con apelación a la inverecundia que, digamos de paso, Su Eminencia no proyecta hacia otras conductas inequívocamente deshonestas de los ciudadanos. La vergüenza no es irse dando cuenta —como ya lo hace la ciudadanía sencilla y de un modo extraordinariamente creciente— de la inutilidad de colocar papeletas en urnas y partidócratas en cargos bien rentados. La vergüenza y la inmoralidad es el sufragio universal, y la ideología ruinosa que lo sustenta, fruto del igualitarismo amorfo y de la cuantofrenia más aborrecible. La vergüenza es plegarse a la parodia sufragista, al totalitarismo de las mayorías arrebañadas por la propaganda, a la enfermiza compulsión por optar cuando no hay bienes sino males mayores y crecientes. La vergüenza es querer ser candidato, aceptando y cumpliendo para ello sin pestañear todas las reglas —moral, filosófica y políticamente viciosas— que impone esta república judeomasónica. La vergüenza para un católico cabal es entrar en contradicción con la buena doctrina. Y a eso propende cierta Jerarquía cada vez que insta a votar mediante la mentira del sufragio universal, a respetar el mito aborrecible de la soberanía del pueblo, a adherir al condenado constitucionalismo moderno insalvable en nuestra Constitución del ‘53 con sus sucesivas reformas, a convalidar la representación partidocrática monopólica y excluyente, a plegarse a la hediondez democrática, a cometer el pecado del liberalismo, como lo llamara San Ezequiel Moreno Díaz, y a olvidar la obligación ineludible de Instaurar todo en Cristo.
Abstenerse de toda involucración en la perversidad democrática no es alegar excusas para no dar batalla. Es dar la batalla impostergable —en soledad y contracorriente— contra un régimen monstruoso, al que pagan tributos aún aquellos que creen oponerse. Si traicionáramos el magisterio tradicional de la Iglesia, si abandonáramos el ideal “de una monarquía con reyes santos”, de una “aristocracia”, de la posibilidad de una guerra justa como la gesta vandeana, y venciéramos “a los farsantes democráticos en su propio terreno” —enseñanzas todas de Beccar Varela y de la progresía— nos infligiríamos la peor de las derrotas: la de la coherencia moral, intelectual, espiritual y religiosa. Sería como conquistar la regencia de un prostíbulo, no destruyendo el fétido antro y todo lo que en él habita y se mueve, sino participando de sus actividades y logrando el consenso de la clientela. Así, según el criterio del exitismo mundano, venceríamos a los farsantes prostibularios en su propio terreno.
“Reflexiones sobre la perversión democrática” (fragmento), tomado del blog de Cabildo.
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