“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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jueves, 6 de enero de 2011

MICROCRITICAS

MICROCRÍTICAS



QUO VADIS (Mervyn LeRoy, 1951)

“Impregnadas y desprovistas, a la vez, de carácter religioso” definía el crítico francés Amedee Ayfre al cine “religioso” de Hollywood. Esta “Quo vadis” combina el sentido religioso con el espectáculo, el martirio de los cristianos bajo el imperio de Nerón con romances desodorizados y perfumados; la fe en Cristo con el optimismo yanqui, y, como corresponde, ofrece un final feliz hollywoodense para la pareja protagónica, que lejos de alcanzar la gloria eterna perdiendo sus vidas bajo las garras de los leones, triunfa en este mundo para vivir tan tierna historia de amor.
Con respecto a la historia de los hechos que narra, la película omite callada y escandalosamente la responsabilidad judía en la muerte de Nuestro Señor, como si nada hubiera sucedido, colocando la oposición directamente entre la cruz y el águila romana. No podemos saber por qué a Jesucristo lo clavaron a una cruz, ni hay rastros de la oposición entre cristianos y judíos, cuando es sabido que muchas veces eran los judíos quienes delataban a los cristianos ante las autoridades romanas. ¿Y qué hacía San Pablo entre los romanos, sino lo que no podía entre los judíos, pues éstos lo habían rechazado y hasta intentado matar? (ver Hechos 21,27 y sigs., 28, 28). La censura de la B’nai B’rith funcionando a pleno, como es sabido que pasaba, ha dejado su huella.
San Pedro y San Pablo aparecen muy disminuidos, enseñando a través de palabras que no están tomadas del Nuevo Testamento, sino de la novela de Sinkiewicz en que se basa esta remake de una anterior versión italiana.
En resumen: un espectáculo fastuoso, entretenido, en extremo superficial, del cual pueden rescatarse las escenas de martirio en el circo, con los cristianos cantando ante un azorado y en extremo amanerado Nerón. Sin embargo, no es una película católica.



ROJO Y NEGRO (Carlos Arévalo, 1942)

Un filme propagandístico que echa a perder una muy interesante historia. La de Luisa (falangista) y Miguel (comunista), que se conocen desde la infancia y el estallido de la Guerra Civil los encuentra como novios, aunque distanciados por la situación política. Ella vive en el terror comunista cuando la ciudad de Madrid, en manos rojas, es asediada por las tropas nacionales. Finalmente es detenida por una cheka, donde es violada y llevada a un “paseo”, es decir, fusilamiento. Su novio intentará en vano rescatarla de las garras de sus camaradas.
Ciertamente, la película contiene muy gruesos errores y torpezas formales que la arruinan por completo. En especial durante los primeros veintidós minutos, en que, para mostrar el contexto histórico, el director cae en una serie de brutales alegorías, a cual más obvia, y que el escritor hoy de moda Pérez Reverte, fascinado por esta película (seguramente porque no le fue bien durante el franquismo), en una pésima crítica, tilda de surrealismo lo que no son sino alegorías de primero inferior que ya hemos visto, por ejemplo, en el cine de Eliseo Subiela (la alegoría, debe recordarse, es el error más grande y más notorio que puede haber en el cine: es hacer el director del trabajo que le corresponde al espectador, ya que como el director, carente de imaginación, lo subestima, se lo da todo hecho y facilitado, como la mamá le da la papilla en la boca a su bebé; la alegoría es lo contrario del símbolo).
Hay un error, entonces, en la concepción total de la película, que lleva a su realizador-un falangista bienintencionado- a, por ejemplo, usar un recurso propio del cine mudo, cual es, al sonar el timbre de una casa, colocar un plano detalle del aparato vibrando; u omitir una imagen muy necesaria al final para intensificar la emoción.
En definitiva, muy mala propaganda que hoy parece gozar, por obra de estos “intelectuales” de moda, de muy buena prensa.



ONEGIN (Martha Fiennes, 1999)

El no haber leído el poema (o novela en verso) “Eugenio Oneguin” de Pushkin nos ha evitado hacer la inevitable comparación. Tal vez ese desconocimiento limite nuestro parecer. De todos modos, según nos dicen, el espíritu de aquella obra inmortal ha sido comprendido y traspasado satisfactoriamente en esta aproximación o condensado que es la película.
Sorprendidos por la sensibilidad con que está realizada, por el tacto con que su directora debutante (hermana del protagonista Ralph Fiennes, buen actor gracias al cual conoció esta obra de Pushkin; actor éste que es seguramente lo mejor que hizo, pues luego cayó en manos de Spielberg y la saga Harry Potter), la directora, decimos, ha evitado caer en el romanticismo, el tedio o la puerilidad, cuando de formalizar sentimientos se trata. Llegamos a comprender, a través de este Pushkin recreado por ingleses en la misma Rusia, un tema que los rusos han sabido ver y pensar, ante una Europa decadente que creía estar progresando; nos referimos al tema principal de este filme, que es el de la insulsez, la cual, para personajes como Oneguin o Tatiana, deviene en tragedia, una tragedia silenciosa que nadie, sólo la sensibilidad de un artista, de un filósofo o un religioso, es capaz de ver.
Escribió Nicolás Berdiaev: “La cotidianidad social crea una ética del miedo, al convertir la angustia, provocada por el abismo trascendente, en una preocupación trivial y al aterrorizar al hombre con los castigos futuros. Pero crea también un nuevo fenómeno, del que el miedo está ausente y que le es netamente inferior: la insulsez. Su peligro acecha ineluctablemente al mundo trivial, y cuando éste lo sufre, la liberación del pavor no se efectúa por un movimiento ascendente, sino por una caída. La insulsez evidencia una instalación definitiva en la región inferior, donde han dejado de existir no sólo la nostalgia por un mundo supremo y la angustia sagrada ante lo trascendente, sino también el miedo. La montaña desaparece entonces para siempre jamás del horizonte, dejando en su lugar una llanura infinita. La insulsez disimula lo trágico y la angustia de la vida; en ella, la cotidianidad social, cuyo origen se remonta al pecado, pierde el recuerdo de este origen” (“La destinación del hombre”).
“Onegin” es una tragedia porque todos tienen sus razones, pero éstas no coinciden. La fatalidad parece imponerse, pero, no obstante, el error humano queda patentizado, en una trama donde resulta capital el papel del tiempo, que no puede adelantarse ni volver atrás para hacer coincidir esas razones entremezcladas con pasiones que determinan el desenlace.
E. Oneguin se ve conminado a apresurar una decisión por la carta urgente e impulsiva de Tatiana, influenciada por novelas románticas y su padecer del tedio provinciano que aspira a parecerse al ambiente afrancesado de San Petersburgo. Oneguin responde de acuerdo a lo que es, y si hubiese aceptado a tal mujer, seguramente hubiese cumplido el destino deslucido que le anticipara en su rechazo. Porque Oneguin despierta de ese tedioso letargo que es su vida sólo a través de una caída, tras el dolor del duelo en el que mata a su amigo. Es un dolor que debe atravesar sin compañía. Cuando descubre nuevamente a Tatiana ya es tarde. Se han invertido los papeles. Su caída, entonces, recomienza para ya no acabar, en una pendiente que sólo un amor más grande y trascendente sería capaz de detener. Pero Oneguin no es un pensador, como, v.gr., Kierkegaard, sino un vividor que ya no vive. “El acto creador es opuesto, por naturaleza, a la insulsez y nos ofrece el medio de luchar contra ella” (Berdiaev). Para alcanzar esa ética de la creación, que puede ser servida mediante el auténtico amor, tanto Oneguin como Tatiana deberían poder desligarse de la vida social que los rodea, pero la pasión amorosa como sustituto de lo religioso (es decir, como absoluto) ya se ha hecho carne en ellos, y no tienen forma de sublimar sus sentimientos. De allí que la obra sea una tragedia que no les deja escape. Una tragedia que como tal ofrece su belleza, ante el respeto por aquello inalterable y que el hombre sabe no puede ni debe cambiar. Por esto hoy ya no se conciben tragedias, ni obras humanas dignas de consideración, y debe recurrirse a una novela escrita en el siglo XIX. ¿Y acaso hoy no se ha agravado el problema del que hablamos? Sí, pero el arte de nuestro tiempo, el cine, ya no es capaz de abordarlo como pudo hacerlo antaño, porque es parte sustancial del problema. De allí que esta película sea algo así como una excentricidad. El itinerario seguido por su actor protagonista, ya señalado, nos lo confirma.



LA VIRGEN GAUCHA (Abel Rubén Beltrami, 1987)

Digámoslo de entrada y claramente: se trata de una truchada insolente a la que sólo le dedicamos estas líneas porque las va de “católica”. En verdad, si un católico que todavía no ha perdido el seso por el lavado de cerebros conciliar, no pudiendo utilizar como nosotros el “fast-forward”, se viera obligado a aguantar completa esta “película”, terminaría apostatando.
Con la excusa de la segunda visita de Juan Pablo II a nuestro país, algún imbécil clericalote pensó vender, junto con las banderitas, vinchas y globos papales, esta película. El argumento es prodigioso: una violinista que es una chica muy buena de una parroquia y se llama casualmente María (la insoportabilísima Cristina Lemercier, buenuda calzada en ajustadísimos jeans), que tiene un novio o esposo (no lo sabemos) llamado casualmente José (un tipo engominado a la usanza “milico”), pierde la vista en un accidente automovilístico. Frustrada porque ese año no va a poder hacer la peregrinación a Luján, justo el año del Santo Padre, se ve asistida por un cura nuevaolero con guitarrita (el conductor televisivo Jorge Rossi, sic), por los jóvenes modernos de la parroquia (chicas feministas y muchachos barbudos y pelilargos) y por su madre, una mujer pintarrajeada que más bien parece su hermana.
Paralelamente, gente disfrazada recrea la historia de la Virgen de Luján, con una aparición de una señorita disfrazada de la Virgen (según la televisiva imaginación de la “señorita maestra” Lemercier).
La chica ésta le pide a la Virgen que le devuelva la vista, y al final, por supuesto, recupera la vista. Pero no en cualquier momento, sino cuando está posando sus ojos marmotizados en el televisor, que justo en ese momento muestra casualmente al Papa Juan Pablo II que se acerca hacia la imagen de la Virgen en la basílica de Luján. La chica sale a la calle y encuentra justo a su galán, ahora con el pelo suelto, que la alza felicísimo como en propaganda de chocolates “Shot” o shampoo “Sedal”, con el sol que oportuno rutila detrás.
Los diálogos de este engendro son de una ramplonería y estolidez inaudita. Ejemplo: la chica va con su novio caminando por la vereda, llueve, la gente pasa con paragüas. La chica dice: “Está lloviendo”. Y así obviedad tras obviedad. Es por todo esto que no dudamos en calificarla como la peor película argentina de la era sonora –y tal vez de la muda, si pudiésemos rescatar lo ya perdido-, más abajo aún que los fétidos productos excretados por los Solanas, los Sofovich, los Enrique Carreras o los Suar, pues ésta tras un manto piadoso y devoto esconde la más furibunda estupidez, resultando una eficacísima propaganda anticatólica.
Fruto podrido de la iglesia modernista argentina, horrible como una misa “carismática”, digna de los sensibleros, guarangos y vacuos sermones de mediáticos y ecuménicos Monseñores que cualquiera puede identificar, su destino de cloaca televisiva no es sino anticipo del repudio final que tendrán los responsables del vaciamiento, falsificación y vulgarización de nuestra Religión, aquellos que dicen tener fe y desconocen a Jesucristo, aquellos que usan de la Religión para en realidad amarse a sí mismos.

sábado, 2 de octubre de 2010

HISTORIA:BLAS DE LEZO

EL VASCO QUE HUMILLÓ A LOS INGLESES

Por Arturo Pérez Reverte*
Tomado de Patria Argentina Nº 270 – Septiembre 2010
XL Semanal, 23/8/2010.
Hace doce años, cuando escribía La carta esférica, tuve en las manos una medalla conmemorativa, acuñada en el siglo XVIII, donde Inglaterra se atribuía una victoria que nunca ocurrió. Como lector de libros de Historia estaba acostumbrado a que los ingleses oculten sus derrotas ante los españoles -como la del vicealmirante Mathews en aguas de Tolón o la de Nelson cuando perdió el brazo en Tenerife-, pero no a que, además, se inventen victorias. Aquella pieza llevaba la inscripción, en inglés: El orgullo de España humillado por el almirante Vernon; y en el reverso: Auténtico héroe británico, tomó Cartagena -Cartagena de Indias, en la actual Colombia- en abril de 1741. En la medalla había grabadas dos figuras. Una, erguida y victoriosa, era la del almirante Vernon. La otra, arrodillada e implorante, se identificaba como Don Blass y aludía al almirante español Blas de Lezo: un marino vasco de Pasajes encargado de la defensa de la ciudad. La escena contenía dos inexactitudes. Una era que Vernon no sólo no tomó Cartagena, sino que se retiró de allí tras recibir las suyas y las del pulpo. La otra consistía en que Blas de Lezo nunca habría podido postrarse, tender la mano implorante ni mirar desde abajo de esa manera, pues su pata de palo tenía poco juego de rodilla: había perdido una pierna a los 17 años en el combate naval de Vélez Málaga, un ojo tres años después en Tolón, y el brazo derecho en otro de los muchos combates navales que libró a lo largo de su vida. Aunque la mayor inexactitud de la medalla fue representarlo humillado, pues Don Blass no lo hizo nunca ante nadie. Sus compañeros de la Real Armada lo llamaban Medio hombre, por lo que quedaba de él; pero los cojones siempre los tuvo intactos y en su sitio. Como los del caballo de Espartero.
La vida de ese pasaitarra -mucho me sorprendería que figure en los libros escolares vascos, aunque todo puede ser- parece una novela de aventuras: combates navales, naufragios, abordajes, desembarcos. Luchó contra los holandeses, contra los ingleses, contra los piratas del Caribe y contra los berberiscos. En cierta ocasión, cercado por los angloholandeses, tuvo que incendiar varios de sus propios barcos para abrirse paso a través del fuego, a cañonazos. En sólo dos años, siendo capitán de fragata, hizo once presas de barcos de guerra enemigos, todos mayores de veinte cañones, entre ellos el navío inglés Stanhope. En los mares americanos capturó otros seis barcos de guerra, mercantes aparte. También rescató de Génova un botín secuestrado de dos millones de pesos, y participó en la toma de Orán y en el posterior socorro de la ciudad. Después de ésas y otras muchas empresas, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias, a los 54 años, y tras rechazar dos anteriores tentativas inglesas contra la ciudad, hizo frente a la fuerza de desembarco del almirante Vernon: 36 navíos de línea, 12 fragatas y varios brulotes y bombardas, 100 barcos de transporte y 39.000 hombres. Que se dice pronto.
He visto dos retratos de Edward Vernon, y en ambos -uno, pintado por Gainsborough- tiene aspecto de inglés relamido, arrogante y chulito. Con esa vitola y esa cara, uno se explica que vendiera la piel antes de cazar el oso, haciendo acuñar por anticipado las medallas conmemorativas de la hazaña que estaba dispuesto a realizar. Pese a que a esas alturas de las guerras con España todos los marinos súbditos de Su Graciosa sabían cómo las gastaba Don Blass, el cantamañanas del almirante inglés dio la victoria por segura. Sabía que tras los muros de Cartagena, descuidados y medio en ruinas, sólo había un millar de soldados españoles, 300 milicianos, dos compañías de negros libres y 600 auxiliares indios armados con arcos y flechas. Así que bombardeó, desembarcó y se puso a la faena. Pero Medio hombre, fiel a lo que era, se defendió palmo a palmo, fuerte a fuerte, trinchera a trinchera, y los navíos bajo su mando se batieron como fieras protegiendo la entrada del puerto. Vendiendo carísimo el pellejo, bajo las bombas, volando los fuertes que debían abandonar y hundiendo barcos para obstruir cada paso, los españoles fueron replegándose hasta el recinto de la ciudad, donde resistieron todos los asaltos, con Blas de Lezo personándose a cada instante en un lugar y en otro, firme como una roca. Y al fin, tras arrojar 6.000 bombas y 18.000 balas de cañón sobre Cartagena y perder seis navíos y nueve mil hombres, incapaces de quebrar la resistencia, los ingleses se retiraron con el rabo entre las piernas, y el amigo Vernon se metió las medallas acuñadas en el ojete. Blas de Lezo murió pocos meses después, a resultas de los muchos sufrimientos y las heridas del asedio, y el rey lo hizo marqués a título póstumo. Creo haberles dicho que era vasco. De Pasajes, hoy Pasaia. A tiro de piedra de San Sebastián. O sea, Donosti. Pues eso.
*Autor liberal que de vez en cuando, contradictorio como los liberales, es capaz de aplicarse a dar una información útil sin desbocarse mediante opiniones inconducentes o contradictorias del mismo texto que nos presenta. El carácter católico del héroe mencionado es vertido en otro artículo que se presenta debajo.

BLAS DE LEZO: ¿Medio hombre o 15 y medio?

Tomado del Blog Numeroquince.wordpress

Ahí tenéis al gran ALMIRANTE VERNON dando caponcillos al bueno de BLAS DE LEZO, el jefe militar español al que apodaban MEDIO HOMBRE, por faltarle un ojo, una mano y una pierna -heridas de guerra-, en las monedas conmemorativas de la GRAN VICTORIA DE INGLATERRA SOBRE ESPAÑA EN EL SITIO Y CONQUISTA DE CARTAGENA DE INDIAS en el año 1741. ¿chula la moneda, eh? una vacilada. la podéis ver en vivo y en directo en el MUSEO NACIONAL DE LA ARMADA en Madrid. vale que la armada inglesa era veinte veces más grande de la que disponía la plaza para su defensa, la mayor de la historia después de la ALIADA EN NORMANDÍA, vale; más grande incluso que la INVENCIBLE DE FELIPE II a la que no derrotó ningún ejército, vale; pero la moneda es un punto, menudo rodillazo del bueno de BLAS.

Ah, sólo una curiosidad histórica: LA BATALLA LA GANÓ EL COJO-MANCO-TUERTO y un puñado de hombres a sus órdenes. ¿Lo sabías? ¿no?. Si hubiese sido al revés, una victoria inglesa en franca inferioridad, te sonaría. Si hubiesen sido YANKIS los defensores, te sabrías la batalla de memoria. Si hubiesen sido ESPARTANOS y hubiesen terminado masacrados al final, la tendrías en DVD en alta definición. Pero eran ESPAÑOLES ayudados por indígenas. VERNON se precipitó mandando noticia a INGLATERRA de su victoria apenas al superar la primera línea de defensa costera, ordenando acuñar monedas conmemorativas y pidiendo expresamente que apareciera LEZO arrodillado entregándole sus armas. VENDIÓ LA PIEL DEL TULLIDO ANTES DE COBRARLO. Más adelante los ingleses silenciarían la segunda parte del partido, su derrota más humillante a las puertas mismas de la ciudad. La corona británica prohibió hablar o escribir sobre tal humillación, se mandaron retirar y destruir estas monedas DEL PATINAZO, aunque, como bien podéis comprobar si visitáis el museo… no todas, para escarnio y pedorreta al petimetre y a sus estirados compatriotas.
El político de turno, el virrey de Cartagena, de cuyo nombre no nos vamos a acordar, confabuló en la corte española para que desposeyeran del mérito a DE LEZO atribuyéndoselo él mismo ¿os suena? BLAS murió sólo y arruinado, seis meses después de la batalla, víctima curiosamente de su éxito, de la peste ocasionada por la multitud de cadáveres de los soldados ingleses a los que sus atareados compañeros no tenían tiempo ni de enterrar. Su esposa no disponía de dinero ni para enterrarlo. El estado español le adeudaba una fortuna en la soldadesca de varios años ¿os suena? Pocos días después de su muerte su viuda recibió una carta con su destitución como almirante del ejercito por insubordinación al incompetente del virrey, aunque posteriormente fue rehabilitado por el ejército español gracias a un diario personal en el que detalló el discurrir de los acontecimientos ¿os suena?

Ahora las buenas noticias. Los CARTAGENEROS no sólo no lo olvidaron, sino que le VENERAN y aprenden su vida e historia como salvador de la ciudad y como protector de la América hispana de la codicia inglesa, el verdadero motivo del ataque inglés a Cartagena. El ejército español tampoco se olvidó de él, y así le reconoce como uno de los mejores militares y estrategas españoles de la historia y desde hace tiempo le rinde merecido homenaje en cuya virtud un buque de la armada lleva siempre su nombre.
Ahora también, gracias al gran interés que la historia ha cobrado en estos últimos años, especialmente la militar, y a internet, muchos aficionados han conocido su trayectoria y su gran valor, y lo reconocen hasta el punto de existir una plataforma recogiendo firmas para que la ciudad de Madrid le ponga su nombre a una calle, aunque ya la tiene en varias capitales y en su pueblo natal, PASAJES, en Vizcaya.

Y, para mí, la mejor noticia es que, en mi visita a la librería de EL CORTE INGLÉS buscando mi novela para las vacaciones veraniegas, me topé con un pedazo de biografía escrita por un COLOMBIANO asombrado de que en ESPAÑA nadie hubiese escrito una: EL DÍA QUE ESPAÑA DERROTÓ A INGLATERRA. el título actuaba como un imán, y además conocía el personaje gracias a la estupenda NOSOTROS LOS ESPAÑOLES DE JOSE MARIA MARCO y quería conocer la historia de manera completa. Disfruté el libro como un enano mirando el mar de CÁDIZ, en ROTA, muy cerquita de su casa en EL PUERTO DE SANTAMARIA, dónde este gran español pasó parte de su vida y a la que su viuda retornó después de su fallecimiento. La recomiendo CIENTO QUINCE POR CIENTO. Un pedazo de RELATO HISTÓRICO DEL QUINCE.

EL DISCURSO: todo gran héroe tiene su discurso o SPEECH en el momento clave de la historia, el termino inglés que incluso me gusta más (...). BLAS tuvo varios cruces de bravuconadas con VERNON dignas de la gran pugna que mantuvieron en distintos lances, pero yo me quedo con el siguiente momento: las guerras del Imperio siempre fueron santas, España defendía la FE CATÓLICA, era su defensor más implacable. En el momento decisivo de la batalla, cuando los soldados españoles que defendían el fuerte de SAN FELIPE salieron a la carga sobre los sorprendidos ingleses, que les superaban ampliamente en número, y justo a las doce de la mañana, LEZO ordenó rezar EL ANGELUS, quedándose los dos ejércitos quietos y en silencio, los españoles por sus creencias y los británicos sorprendidos por la sangre fría de aquellos. BLAS aprovechó entonces para sacar un papel de su bolsillo y leer a sus hombres el llamado SALMO 69, que estos se aprestaron a repetir:
Ven, Señor, en mi ayuda; apresúrate, Señor, a socorrerme. Queden corridos y afrentados los que atentan contra mi vida. Tornen atrás y queden afrentados los que desean mi desgracia. Haz que se salven tus siervos que en ti esperan, Dios Mío. Sé para nosotros, Señor, Torre inexpugnable. En cuanto a mí, pobre soy y necesitado; ayúdame, Dios mío. Tú eres mi ayuda y mi libertador; no te demores, Señor. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.”

Antes de que los ingleses reaccionaran tenían a los ESPAÑOLES en lo alto, inflamados por la arenga y con el convencimiento, los unos que DIOS estaba de su parte, y los otros QUE LOS HABÍA ABANDONADO DEFINITIVAMENTE. La retirada británica significó una derrota sin paliativos, y en pocos días la ignominiosa debacle inglesa fue un hecho. En Cartagena se llegó a decir que EL MEDIO HOMBRE VALÍA POR HOMBRE Y MEDIO, y nosotros añadimos Y POR QUINCE INGLESES Y MEDIO o más.

LA ANÉCDOTA. Hace cuatro años, la armada inglesa celebró a bombo y platillo el doscientos aniversario de la batalla de Trafalgar. De buen rollito pero en plan vacilón, como les gusta hacer estas cosas a los ingleses, invitaron al acto en el puerto de PORTSMOUTH a las armadas francesa y española, perdedoras en aquella batalla, que enviaron barcos en su representación. ¿A que no sabéis qué barco envió ESPAÑA a conmemorar con los ingleses la batalla?… ¡BINGOOOOO!, la fragata BLAS DE LEZO.

Fuente: EL DÍA QUE ESPAÑA DERROTO A INGLATERRA, PABLO VICTORIA, Editorial Altera y reseña del libro del blog hislibris.

miércoles, 21 de abril de 2010

NOTA - LA CELEBRACIÓN DE LA ESTUPIDEZ

LA CELEBRACIÓN DE LA ESTUPIDEZ


Un intelectual de nuestros tiempos, o sea, un imbécil.


“-Es una novela que tenía que ser larga porque debía resolver, de una sola tajada, muchos de los problemas personales que tengo.
-¿Cuál sería el más grave de esos problemas?-Pues el más grave y el único es la implacable crueldad del universo, que es lo que hace posibles hechos como el terremoto de Haití, el hundimiento del Titanic, la Guerra de los Balcanes o el hecho de que un sinvergüenza viole a una mujer y después la degüelle. Yo, al respecto, tengo una teoría, y es que el hombre no es culpable de todo eso, ya que sólo es un instrumento que responde a un juego cruel que se llama vida. Cuando uno observa, como yo lo he hecho, la crueldad del ser humano, el dolor frío del cosmos, la tremenda crueldad de la naturaleza, uno siente una rebelión y una angustia terrible que lo hacen buscar culpables. Es entonces cuando uno mira para arriba buscando a un Dios al que insultar. Pero llega un momento en el que no se ven dioses y a uno le sucede lo mismo que a Ulises, cuando regresa de Troya, que ya no encuentra dioses en los que creer o confiar. Y eso atormenta a cualquiera.
-¿Escribir es una solución al problema...o tan sólo una manera de sobrellevarlo?
-Escribir es una forma analgésica de asumirlo, de aceptar las reglas del juego, ya que esto, después de todo, es como el ajedrez, donde el peón come al alfil y la torre, a la reina. Entonces, cuando lo asumo, ya no busco un dios al que matar, ni un hombre al que culpar, ni un Pinochet al que sentar en el banquillo. Es una buena forma de consolarme...y ahora que estoy en la etapa final de mi vida, aunque ojalá me falte mucho, la verdad es que quiero morir con serenidad. Aceptar que éstas son las reglas y que todo el sufrimiento que he visto forma parte de ellas. No se trata de resignarse, claro, sino de asumir el hecho. Cádiz también me sirvió para desarrollar una teoría que pensé hace algún tiempo, que tiene que ver con la idea de que los hispanos y los latinos en general nos hemos equivocado de Dios. Esto ocurrió en Trento, en ese concilio de donde parten la Reforma y la Contrarreforma. Ahí Europa tuvo que elegir entre dos tipos de Dios: o bien aquel encerrado, turbio, de sacristía e inquisidor, fanático, dictatorial, sombrío y triste de la religión católica, o bien el Dios abierto, moderno, que permite hacer comercio, que deja que haya usura si es honrada y que permite que los libros se publiquen y las ideas discurran (...) Nosotros nos hemos equivocado al elegir al Dios reaccionario, que nos ha tenido esclavizados durante todos estos siglos y que todavía nos sigue teniendo así.”.

Arturo Pérez Reverte.Reportaje del diario La Masón...perdón, La Nación, Revista ADN (o sea, A Dios Negamos), Sábado 17 de abril de 2010, con el título “La vida es un juego cruel”.


Cuando el diario liberal, anticatólico, masonazo, tamaño sábana se empeña en promocionar y difundir a determinados “intelectuales” o “artistas”, en especial a través de su revista cultural, por algo es. Ese algo es la corrosión nihilista ya sin disimulo, cubierta de cierto glamour, perfume importado y bobería progre, que su director se encarga de presentar en cada editorial con inocultable tosquedad pero, también, con ejemplar representatividad de lo que hoy se manifiesta como lo cultural. “Todas las tramas se van ensamblando naturalmente, sin artificios (sic) y detonan de un modo espectacular, dejando un regusto amargo en la boca. El regusto que dejan la vida verdadera y el destino humano cuando se ven de frente su crueldad inevitable y su gran estupidez” dice el director de adn Jorge Fernández Díaz, seguramente porque su vida es una estupidez, y a decir verdad, leyendo lo que escribe, no nos cuesta creerlo.

Y claro... El hombre no es culpable de eso, porque “c’est la vie”. Pérez Reverte no es culpable de los disparates que dice, es ese juego cruel llamado vida. Quiere tapar la angustia de vivir para nada, sin Dios, con la bayaspirina de la escritura...pero llenándose de plata, para olvidar más cómodo. Este dispensador de bayaspirinas masivas, que juega como Bergman al ajedrez con la muerte o con quien sea, es además de periodista y novelista, teórico, que prefiere elegir al dios que permite la usura (aunque sea un poquito), al dios liberal, cuyo nombre en verdad es Mammón, el cual “permite que los libros se publiquen y las ideas discurran”, por supuesto, los libros e ideas como las suyas, por erradas y nocivas que sean. Y son estos señores los que se creen –a pesar de estar inmersos en un juego cruel y negar la responsabilidad humana- se creen libres, por supuesto, muy abiertos, con su gran misión de intelectuales. Dan mucha lástima, si no fuera porque además difunden su desesperación –o su falsa esperanza, o su bayaspirina- y cobran por ello.

Ya lo dijo Chesterton: “Un librepensador es alguien a quien no se le permite pensar que pueden suceder milagros”.