“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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miércoles, 13 de octubre de 2010

NOTA - INMUNIDAD HOLLYWOODENSE

Inmunidad hollywoodiense
Del blog Espada de doble filo / INFOCATOLICA

Una cosa que siempre fascina a todo el mundo de los diplomáticos es su inmunidad. Innumerables tramas de películas se han basado en la inmunidad diplomática de alguno de los personajes, que le permitía llevar armas a través de la aduana o hacer prácticamente cualquier cosa sin ser castigado por ello. En realidad, por supuesto, las cosas no son así y la inmunidad está sometida a algunas normas bien definidas.

Hoy en día, sin embargo, yo diría que la inmunidad diplomática no es nada en comparación con la inmunidad de la que disfrutan actores, directores y otras personas relacionadas con el cine. Inmunidad hollywoodiense podríamos llamarla. A veces, tristemente, esta inmunidad afecta incluso a las leyes, como si los actores fueran una casta que está por encima de los demás y al margen de las normas que afectan a los mortales. En cualquier caso, la inmunidad hollywoodiense siempre es eficaz en lo que se refiere a la opinión pública y parece ser que la gente del cine puede hacer o decir absolutamente cualquier cosa sin perder el apoyo y la admiración de los espectadores.

Todos conocen ya el caso del director Roman Polanski, que tuvo que huir de su país por haber drogado a una menor de trece años para abusar de ella. Durante años vivió refugiado en Francia, recibiendo premios como la Palma de Oro de Cannes y un Óscar en 2002. Hace poco pidieron su extradición a Suiza cuando el director viajó a un festival de cine en Zurich, pero los jueces de aquel país la denegaron. Lo más feo del asunto, a mi entender, fueron los innumerables apoyos recibidos en esa ocasión por Polanski de parte de grandes personajes del mundo del cine: Woody Allen, Martin Scorsese, Monica Bellucci, Pedro Almodóvar y otro centenar de famosos actores y directores. Y no se trataba sólo de solidaridad en la farándula, su última película “El escritor” ha sido vista por millones y millones de personas a las que no parecen importar en absoluto las cuentas pendientes de Polanski con la justicia.


En un plano totalmente distinto, acabo de leer otro ejemplo de inmunidad hollywoodiense en lo que a la opinión pública se refiere. Hace un par de días, la actriz Jennifer Aniston (de la serie Friends y varias películas muy conocidas) hizo unas curiosas declaraciones. Está rodando una película sobre una mujer soltera que concibe un niño acudiendo a una clínica de donantes de semen y, hablando de ella, afirmó:
“Las mujeres se están dando cuenta de que no tienes que comprometerte con un hombre simplemente para tener un hijo. (…) Se están dando cuenta de que, si ha llegado ese momento de sus vidas y lo quieren, pueden hacerlo con un hombre o sin él”.
Por supuesto, también aprovechó para reírse de la familia tradicional:
“Lo central de la película es la cuestión de qué es lo que define a la familia. No está formada necesariamente por el grupo tradicional de madre, padre, dos niños y un perro llamado “Spot”. El amor es el amor y la familia es lo que tienes alrededor y los que están en tu ambiente inmediato. Eso es lo que me encanta de esta película. Está diciendo que no se trata del tipo tradicional de estereotipo de lo que se nos ha enseñado como sociedad que es una familia”.
En un mundo más lógico, después de estas declaraciones, como mínimo la mitad de su público (los varones) dejaría de ver sus películas. Y no volverían a trabajar con ella al menos la mitad de los actores, realizadores, técnicos de sonido, directores, productores, etc. A fin de cuentas, sólo sería reconocer que Aniston ha llegado a ese momento de su vida en la que puede hacer películas con los hombres o sin ellos. Y también huirían de sus películas todos aquellos que defienden la familia tradicional, formada por el matrimonio entre un hombre y una mujer y los hijos que reciban de Dios. Pero, por supuesto, nada de eso sucederá. Sus películas seguirán atrayendo a millones de hombres y mujeres, seguirá recibiendo premios por sus actuaciones y, como es lógico, seguirá diciendo lo que le dé la gana, porque, en Hollywood, las acciones no tienen consecuencias.

Bueno. Al igual que sucede con la inmunidad diplomática, sí que existen algunas normas, que nadie se puede saltar. Imaginemos, por ejemplo, que alguien hubiera dicho lo mismo pero al revés, hablando de los hombres y de su relación con las mujeres. Por ejemplo, si alguien declarara orgullosamente algo así como: “Un hombre llega a un momento en su vida en el que puede elegir entre querer a una mujer o usar y tirar a todas las mujeres con las que se encuentre. Ya no tiene por qué casarse, aunque puede hacerlo, por supuesto. No tiene por qué respetar a las mujeres para obtener placer de ellas”. Los gritos de protesta se habrían oído en la cima del Everest.

Incluso la inmunidad hollywoodiense tiene sus límites. Puedes drogar a una menor para violarla y todos te apoyarán, pero que no se te ocurra dar la impresión de ser poco feminista, porque entonces no tendrás perdón. Hasta ahí podríamos llegar.

martes, 10 de noviembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS

ALGO QUE, CUALQUIER DOMINGO, PODRIAN DECIRLES SUS SACERDOTESPor Presbyter.
Tomado de revista Iesus Christus Nº 59 – Septiembre/Octubre de 1998.

Ayer la santidad...

Hoy, ésto...

“Carísimos: Poned en práctica la palabra de Dios, no sólo la escuchéis, engañándoos a vosotros mismos. Pero quien se contenta con oír la palabra de Dios y no la practica: este tal será parecido a un hombre que contempla al espejo los rasgos de su rostro y que no hace más que mirarse, y se va, y luego se olvidó de cómo está. Mas quien contemplare atentamente la ley perfecta del evangelio que es la de la libertad, y perseverare en ella, no haciéndose oyente olvidadizo, sino ejecutor de la obra: ése será por su hecho bienaventurado”.(Epístola de Santiago, I, 22,25)
Al leer la Epístola de hoy, nos hicimos esta pregunta: ¿Qué puntos de la Palabra Divina algunos de nuestros fieles se contentarían con oír pero no se forzarían en practicar?

Luego de reflexionar un poco, optamos por abrir la Epístola primera a los Corintios para dejar que el mismísimo Apóstol San Pablo se dirigiera a nuestros hijos en la fe, particularmente a nuestra hijas queridas:

“Os alabo de que en todas las cosas os acordéis de mí, y de que observéis las tradiciones conforme os las he transmitido. Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo arón es Cristo, y el varón cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza.. mas toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; porque s lo mismo que si estuviera rapada. Por donde si una mujer no se cubre, que se rape también; mas si es vergüenza para la mujer cortarse el pelo o raparse, que se cubra” (I Corintios, XI,6).

Aquí San Pablo instruye a las mujeres cristianas a cubrirse la cabeza durante el culto divino. Da dos razones para su decreto: una teológica y otra moral.

La razón teológica: la verdadera gloria y honor de todo ser es mantener el lugar que Dios le haya asignado. Ahora bien, Dios mismo diferenció entre los sexos. Entonces, debemos manifestar tal diferenciación en todos los momentos de nuestra vida, particularmente en nuestros actos religiosos públicos a Él dirigidos.

El hombre fue creado primero. La mujer fue creada dependiendo del hombre. El cubrirse la cabeza era el signo que evidenciaba esta dependencia. En primer lugar, tanto hombres como mujeres son creados por Dios y para Dios; sus respectivas almas inmortales le son igualmente preciosas. Pero secundariamente, las mujeres fueron creadas como compañeras de los hombres, es decir, la mujer fue creada para el hombre, no así el hombre para la mujer.

La razón moral por la cual las mujeres cristianas deben cubrirse la cabeza durante el culto divino, tiene que ver con la modestia: San Pablo se había encontrado en las comunidades cristianas con que había mujeres de índole liviana que iban a los templos con la cabeza descubierta; no encubrían su belleza, resueltas a exponer vanamente sus atributos, sus atracciones. San Pablo no aceptaba tal cosa, menos aún en el templo cristiano.

Así, escribe San Pablo: “Por tanto, debe la mujer, traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción por respeto a los ángeles“ (I Corintios, XI, 10). Se refiere al velo. Menciona a los ángeles, a estos espíritus puros, para inculcar el hecho de que sólo consideraciones espirituales debieran prevalecer en nuestro culto de Dios y ninguna vanidad sensual.

El cabello de la mujer podría llegar a ser objeto de su vanidad, puesto que es una de sus glorias físicas, tal vez la más evidente y ostentosa, y ella bien lo sabe. De allí que, en general, mucho cuide su cabello y lo lleve con elegancia.

Quiera ella al menos en la iglesia, ocultar, velar humildemente esta gloria suya ya que se encuentra en la presencia del Dios Altísimo que nos observa desde el tabernáculo.

Cada uno de nosotros debiera haber venido al templo a concentrar su atención en Dios. Asimismo, cada uno de nosotros debiera estar en el templo de manera tal de no causar distracciones al prójimo circunstante, lo que robaría atención a Dios.

¿Por qué esta atención a Nuestro Señor?

Para elevar nuestra mente hacia Él, para adorarle, para darle toda la gloria posible.

De paso...no sólo las mujeres deben evitar exponer sus glorias, sus bellezas en la iglesia, sino que también los hombres deben asistir al templo eludiendo exhibicionismos. No se viene a la Casa de Dios a ostentar ni condiciones físicas, ni costosa indumentaria, ni ninguna otra vanidad.

¿Por qué estas limitaciones, estas restricciones? Para demostrar nuestra humilde sumisión a Nuestro Señor y evitar distraer a los fieles. Para que los fieles se concentren en el Altar, en el Santo Sacrificio de la Misa, en la Presencia Real de Nuestro Señor en el sagrario y NO...en las criaturas.

Fue el Papa San Lino, el sucesor de San Pedro, quien decretó que las mujeres –señoras, señoritas, jovencitas, niñas y pequeñuelas- llevaran siempre la cabeza cubierta cuando estaban en la iglesia.

El canon 1262, 2 del Código de Derecho Canónico tradicional, promulgado por San Pío X, dice: “Los hombres en la iglesia o fuera de ella (como en el caso de las procesiones por las calles), cuando asisten a las funciones sagradas, estarán con la cabeza descubierta (...); las mujeres han de tener la cabeza cubierta(...)”.

Vemos entonces que:
-lo manda San Pablo,
-lo establece el Papa San Lino,
-lo codifica el Papa San Pío X,
-lo preceptúa el Código de Derecho Canónico;
-lo canoniza la práctica multisecular de la Iglesia:
las mujeres-cualesquiera fuese su edad o su condición- no deben asistir a la iglesia sin llevar cubierta la cabeza.

Como fieles hijas de la Iglesia Católica, las buenas cristianas a lo largo de todos los siglos siempre acataron esta humilde práctica, lo que ciertamente las ha enaltecido.

¿Por qué la mujeres dejaron de cubrirse la cabeza en las últimas tres décadas? Fue solamente el modernismo progresista demoledor –que atacó a la Iglesia con sus múltiples facetas subversivas- el que, poco a poco, fue cambiando esta santa tradición.

Pero nosotros debemos mantener las tradiciones de la Iglesia Romana. No sólo debemos mantener la Misa tradicional, sino también la fe tradicional y todas las prácticas y disposiciones tradicionales. Para eso fue fundada la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Para eso estamos aquí.

Si los sacerdotes –que somos los encargados de velar por los derechos de Dios y de la Iglesia- no aclaramos, avisamos, exhortamos y amonestamos con caridad y firmeza a los fieles en éstos y similares puntos de la moral cristiana, por un lado hemos de ser mucho más severamente juzgados que los laicos; por el otro, si no cumplimos con nuestros deberes para con los fieles, no los habremos ayudado a cumplir con su deber para con Nuestro Señor.

El tenor del canon 1261.2 va más allá:
“Los hombres en la iglesia o fuera de ella, cuando asisten a las funciones sagradas, estarán con la cabeza descubierta (...); las mujeres han de tener la cabeza cubierta (...) y vestir con modestia, sobre todo cuando se acercan a comulgar”.
Y esta palabras finales del canon 1261 nos introducen, entonces, a otra delicada cuestión: la vestimenta femenina correcta que, hoy en día, o se la ignora, o se la pretende ignorar.

En este punto, lo que nos aflige sobremanera en nuestro caso local, en nuestra Capilla, es el uso tan amplio que las mujeres hacen de los pantalones.

A pesar de lo que proclamen el mundo, la moda mundana y aún el feminismo, en la mujer el pantalón es inconveniente.
Lo que sigue de este sermón es, casi palabra por palabra, una carta de Monseñor Richard Williamson escrita a nuestros fieles de Estados Unidos en septiembre de 1991. Es el Señor Obispo quien habla.

Ahora bien: ¡atención! Este problema va más allá de la simple inmodestia, por grave que la inmodestia sea y sobre la cual ya se explayó nuestro Superior de Distrito en el número de enero/febrero de nuestra Revista “Iesus Christus”.

Con razón, S.E.R. Monseñor Antonio de Castro Mayer decía que “en la mujer los pantalones son peores que las minifaldas, porque mientras que la minifalda es sensual y ataca los sentidos, los pantalones son ideológicos y atacan la inteligencia”.
Verdaderamente, los pantalones, tal como las mujeres los visten hoy, cortos o largos, modestos o inmodestos, apretados u holgados, evidentes o disimulados (como las amplias “polleras-pantalón”), son un asalto contra la femineidad de la mujer –dicen Monseñor de Castro Mayer y Monseñor Williamson- y, por tanto, representan una gran crítica, una profunda revolución, contra el orden querido por Dios.

Unos más, otros menos: al establecer el principio de división de la indumentaria exterior femenina de la cintura para abajo, los pantalones de hecho esconden un grave desorden.

En el comienzo, Dios creó al hombre y la mujer, ambos humanos pero muy diferentes, primero al hombre, en segundo lugar a la mujer. Dios creó a la mujer para ser la compañera del hombre:

“Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle ayuda semejante a él” (Génesis, II, 18).

Dios creó a la mujer para el hombre, no el hombre para la mujer:

Y San Pablo nuevamente: “Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer” (I Corintios, XI, 8-9).

Así, antes que tuviera lugar el pecado original, Dios ordenó distinciones, desigualdades entre hombre y mujer, y el liderazgo del hombre sobre la mujer para los propósitos de que pudieran vivir en esta tierra en sociedad y en la familia.

San Pablo escribe con respecto al pecado original: “Y no fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida, incurrió en la transgresión” (I Timoteo, II, 14).

Así, el pecado original por el cual Eva hizo pecar a Adán (y no Adán a Eva) ocasionó que Eva fuera castigada, entre otras cosas, por el cambio de su subordinación natural y sin dolor a Adán, por un dominio de él sobre ella, ya que ella había demostrado que, por haberlo seducido, necesitaba ser controlada...”...estarás bajo la potestad de tu marido y él te dominará” (Génesis, III, 16).

De allí en más, con la transmisión del pecado original a toda la descendencia de Adán, esta subordinación punitiva, esta subordinación de castigo, pasa a todas las hijas de Adán (excepto, por supuesto, a la bienaventurada Virgen María).

Así como todos los problemas del pecado, la única solución verdadera es la gracia de Nuestro Señor Jesucristo:

Por ejemplo: en todas las culturas no cristianas y aún en nuestra propia cultura –cada día menos y menos cristiana pero más y más pagana- ese control del hombre sobre la mujer ha probado ser tan a menudo doloroso, desgarrado, desesperante.

En cambio, en un buen matrimonio católico ese control del hombre sobre la mujer, por la gracia de Dios, se convierte crecidamente en esa subordinación de la mujer al hombre. Es una subordinación que está de acuerdo con la naturaleza de ambos, es provechosa a ambos y es la que Eva tenía antes que ella y Adán pecaran.

Pero el mundo moderno, por supuesto, no quiere tener nada que ver ni con aceptar la gracia de Dios, ni con volver a los decretos de Nuestro Señor; no quiere tener nada que ver con las soluciones de Jesucristo a los problemas de Adán y Eva.

Al convertir la libertad y la igualdad en ídolos supremos, al rechazar la desigualdad del hombre y la mujer y al rehusar a la mujer su subordinación debida al hombre (la esposa a su esposo), el mundo moderno:

negará cualquier distinción entre ellos...
negará, por supuesto, cualquier orden implantado por Dios en su Creación...
negará la necesidad de la Redención...
y, de ser necesario, hasta negará la mismísima existencia de Dios.

Estas consideraciones nos han alejado un largo trecho del problema de los pantalones en las mujeres y, por supuesto, no toda mujer que se ponga un par de pantalones piensa conscientemente en desafiar a Dios o a su marido.

No obstante, ella es consciente de algo: sabe muy bien que una indumentaria dividida –como el pantalón- no es como la indivisa pollera, como la falda entera.
Y la diferencia radica en que abandonar la falda le da una vaga sensación, seguramente, de intranquilidad, o de emancipación...o de ambas.

¿En qué se basa esa sensación?

Una indumentaria dividida para la piernas, obviamente, libera la mitad inferior móvil del cuerpo para un rango de actividades para las cuales una indumentaria entera, indivisa, como la pollera, podría llegar a ser incómoda y molesta.

Como Adán tiene que ganar con el sudor de su frente el pan para su familia con la realización de todo tipo de actividades fuera del hogar, para el hombres es enteramente normal vestir pantalones.

Y si a Eva se le ocurre acompañarlo en estas actividades, obviamente los pantalones también la emanciparán a ella, permitiéndole igualmente realizar estas actividades.

Los pantalones son el signo exterior y visible de su liberación del restringido rango de las actividades hogareñas.

No obstante, ella sobrelleva cierto desasosiego porque los pantalones no son la ropa natural de la mujer.

De aquí que, así como los pantalones son convenientes para la actividad del hombre, así, faldas amplias, que disimulan las formas femeninas, son convenientes –son necesarias- para la dignidad y honor de la mujer.

De esta suerte, mientras que ella se pone los emancipadores pantalones de él, ella sufre cierto desasosiego –al menos hasta que logre sofocar, ahogar su conciencia- ya que se está alejando de su identidad, de su rol y de su dignidad de mujer, que Dios le ha dado.

Si sus sacerdotes no se lo han recordado, tal vez sea por negligencia de éstos que en la conciencia de ella no está resonando la voz del Señor su Dios que pronuncia en la Ley Mosaica: “La mujer no se vista de hombre, ni el hombre de mujer; por ser abominable delante de Dios quien tal hace” (Deuteronomio, XXII, 5).

Y los pantalones, normalmente, son indumentaria de hombre, por las razones que ya hemos dado.

En contraste, escribe Monseñor Williamson, he aquí el buen sentido común de una abuela norteamericana que, mientras estaba de retiro espiritual, me dijo que, mirando en retrospectiva su juventud en California, podía decir que muy a menudo había sido inducida a ponerse pantalones y que ahora lo lamentaba, pues podía ver que cada vez que lo había hecho, su femineidad había disminuido. Como dijera Chesterton, “No hay nada más antifemenino que el feminismo”.
Los pantalones en la mujer son una conquista imprescindible, tal vez la punta de lanza crucial, del movimiento feminista.

Ahora bien, en lo referente a la verdadera femineidad de la mujer, su importancia no puede ser exagerada. Si bien, por razones que sólo Dios conoce, Él no ha llamado a cada mujer individualmente a la maternidad, todo converge en el hecho de que Dios ha predestinado a la mujer para la maternidad: para concebir, portar y traer niños a este mundo, para educarlos, darles calor, amor, cuidado y alimento; todo esto representado por la leche materna.

Los hombres no han sido llamados para esto; de esto, son intrínsecamente incapaces; en esto, como seres humanos que son, son absolutamente dependientes.

Monseñor Williamson cita el libro de un reputado psiquiatra canadiense de la posguerra –que nada tenía de tradicionalista ni de católico- en el que el autor explica cómo podía discernir en los innumerables males de los pacientes de la Gran Ciudad que iban a su consultorio, un molde, un patrón de falta de femineidad: No faltaban mujeres, sino que faltaban mujeres verdaderamente femeninas, pues tanto el hombre moderno como la mujer moderna están pisoteando, dice, las maravillosas cualidades y virtudes de la mujer.

¡Que Dios nos libre! La femineidad de nuestras mujeres está siendo desarraigada, arrancada por este mundo moderno liberal y el resultado es un modo de vida condenado a la autodestrucción.


Chicas, prepárense a ser madres.

Para ser madres íntegras no permitan que el mundo las arrastre a los pantalones o a los shorts o shorcitos.

Cuando se les propongan actividades que requieran pantalones, si es algo que vuestras madres, o sus madres, o las madres de estas últimas podían realizar, entonces encuentren también ustedes el modo de llevarlas a cabo tal como ellas, es decir, vistiendo polleras.

Si vuestras madres, o sus madres, o las madres de estas últimas no tomaban parte en estas actividades, entonces, hijas mías, dedíquense a hacer otra cosa.

Si la sociedad moderna las obliga a salir a trabajar, no se atemoricen. Encomiéndense a Nuestra Señora, pídanle al Espíritu Santo la gracia de la fortaleza para no hacer concesiones indebidas al mundo, y vayan hacia adelante.

Así lo hicieron vuestras predecesoras, Santa Cecilia, Santa Ágata, Santa Inés, Santa Anastasia, Santa Cristina, Santa María Goretti, Santa Gemma Galgani y tantas otras, que no temieron enfrentarse con todo el mundo, pues tenían a Nuestro Señor de su lado.

Y ellas triunfaron sobre el mundo.

Las generaciones pasadas, las generaciones de nuestros mayores, de aquellos y aquellas que fueron formados tradicionalmente, crearon, edificaron y cimentaron nuestra patria. Las generaciones presentes la están destruyendo.

Pero, ¡ah, ingenuo de mí!

¿Cómo puedo pretender que las jovencitas sigan estos consejos si tan a menudo ni siquiera sus madres lo hacen? ¿Se animarán las niñas –por amor de Cristo- a dar el ejemplo a sus madres y, tal vez, a sus abuelas?

¿Se dan cuenta, queridas madres, queridas abuelas, cuán importante es que ustedes den primero el ejemplo a vuestras hijas jóvenes?

Lo añejo, lo tradicional, lo lógico ha probado ser bueno.

Lo moderno, lo artificial, lo incoherente, ha probado ser malo.

Nunca vistan pantalones, mis muy queridas feligresas. Menos aún en la iglesia, que no es ni su casa, ni la mía, sino la Casa de Dios.

Monseñor de Castro Mayer tenía razón: “En la mujer los pantalones son peores que las minifaldas, porque mientras la minifalda es sensual y ataca los sentidos, los pantalones son ideológicos y atacan la inteligencia”.

* *

Modas
Son expresión de un estado de alma que se manifiesta en la forma de vestir, hablar, desenvolverse en público. Las actuales son igualitarias, carecen de lo que pueda señalar elevación de espíritu. Contienen también una dosis de hipocresía y cobardía social. Los poderosos y los ricos se disfrazan de proletarios, sin que por ello se ocupen de los pobres.

Para que la sociedad no se degrade es necesario que el hombre sea hombre, y la mujer, mujer. Lo dicho parece una perogrullada, pero muchos no lo entienden. No hace falta más que salir a la calle para comprenderlo. El afeminamiento de los hombres y la masculinización de las mujeres fue señal cierta de decadencia de cualquier civilización.

Tampoco hay que confundir sencillez con ordinariez. La elegancia es un signo de distinción legítimo. El que pretende ser persona decente, vista como persona decente. La vestimenta es el reflejo de la mentalidad del que la usa. La actual no proclama precisamente “la dignidad de la persona humana”.

Mas quien escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, mejor sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por razón de los escándalos!” (S. Mateo, 18, 6-7).

La definición de escándalo es inducir al pecado. ¿Quién osa afirmar de buena fe que las modas actuales no inducen al pecado? Anunció la Santísima Virgen en Fátima, en 1917: vendrán modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor y los católicos no deberían seguirlas.

El cristiano siempre debe tener aspecto correcto, con mayor razón en la iglesia, donde hay que extremar el decoro. Allí se halla ante el Santo de los Santos. A veces los hombres que piden a los sacerdotes que vistan siempre de sotana –y así corresponde, por cierto- comulgan con camisas desabrochadas, ayudan a Misa en mangas de camisa. El servicio del altar –hasta en las funciones subordinadas que desempeñan los acólitos laicos- reviste gran dignidad porque se sirve al “Rey de los reyes y Señor de los señores” (Apocalipsis, 19, 16). ¿Osaría alguien presentarse en el despacho de un ministro -¡y qué poca cosa son los ministros hoy en día!- vestido como concurre a Misa?

(Revista Roma Æterna 116, Septiembre 1990).

Ser mujer de verdad: algo que -gracias a Dios-nunca pasará de moda, a pesar de las modas.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS

EL FEMINISMO, MUERTE DE LAS NACIONES

Tomado de
Revista sí sí no no (Edición española) n. 189, Abril 2008.


La emancipación femenina, motor de la decadencia actual

Una primera consideración concierne al papel decisivo que, en el ocaso actual, ha jugado y sigue jugando la denominada emancipación de la mujer. Monseñor Williamson llega a ella por un camino original, pues parte de la religiosidad presente en la música de Wagner, que podía así “ofrecer una dimensión religiosa sin la fe, o sea, un sucedáneo de redención”, cuyo instrumento era, en el fondo, “la mujer, sobre todo en El Holandés Errante y en el ciclo de El Anillo del Nibelungo”. En efecto, las protagonistas de ciertos dramas wagnerianos llevaban a cabo una acción “redentora” respecto del hombre. Pero esta acción redentora cesó con la emancipación (aunque no sobre la escena) y se trocó en su contrario. Mas ¿por qué la mujer podía aun ser vista como “redentora” en el siglo XIX? “Porque –explica Su Excelencia- según San Pablo (I Cor. 2), así como Cristo es cabeza del hombre, así y por igual manera el hombre es cabeza de la mujer. Ahora bien, se puede afirmar que, desde la época de la Revolución Francesa, el hombre moderno renegó, en general, del señorío de Cristo. Sin embargo, a fin de mantener las cosas, la mujer permaneció bajo la autoridad del hombre durante cierto tiempo. Así “salvó” la mujer la situación por un siglo más o menos, durante el tiempo en el que Wagner escribía sus obras. Pero en el siglo XX dijo que ya estaba harta, y comenzó su “emancipación”. ¡Desde entonces, los fundamentos de la sociedad y de la moral comenzaron a arruinarse sin cesar!”.

Durante la Revolución Francesa, anoto por mi parte, el feminismo ya intentó alzar la cabeza, pero Robespierre hizo guillotinar en seguida a su principal representante; el movimiento fue abortado así, y tampoco halló espacio para desarrollarse con la “restauración” napoleónica, aunque el Código de Napoleón el Grande introdujo el divorcio, por desdicha, que constituyó, en una sociedad católica, el primer paso hacia la mencionada “emancipación”. Me parece de gran interés que S. Exc. considere a las heroínas wagnerianas como a las últimas representantes, ya harto laicizadas a despecho del ropaje mítico nibelúngico, de un ideal femenino que encontró tal vez su más alta encarnación en el personaje de la Beatriz dantesca. Pero ya se echa de ver la mengua del ideal en las desenvueltas y masculinizadas heroínas de Ariosto. No por nada el poeta reivindica la igualdad de los sexos en su obra Orlando furioso, junto con la consiguiente libertad en punto a comportamiento sentimental, a la cual, según él, tan acreedoras son las mujeres cuanto los hombres.

El vicioso igualitarismo de las feministas

Siempre me he preguntado por qué, cada vez que las mujeres reivindican la igualdad, nunca dejan de exigir al mismo tiempo una libertad sexual absoluta, como si el tipo masculino al cual, según parece, deben equipararse las féminas no pueda ser más que el del libertino, o sea, el del hombre de costumbres disolutas. El hecho es que, en el pasado, se consideraba ya a la mujer, en cuanto prometida, esposa y madre de familia (en suma, en cuanto honrada y virtuosa), se consideraba ya a la mujer, decíamos, igual al hombre en el plano moral y espiritual, si es que no se la reputaba por francamente superior a éste a causa de la capacidad de entrega, aguante, sacrificio y fuerza de ánimo de que hacía gala a menudo. La reivindicación feminista de la igualdad esconde, en realidad, el deseo de poder desahogar libremente los peores instintos de lo que antaño se estigmatizaba como hedonismo burgués. Dicho deseo sólo puede satisfacerse, piensan las feministas, a condición de gozar de independencia económica, una independencia que sólo la igualdad puede garantizar al ser impuesta por la ley en la familia y el trabajo. Pero las legislaciones occidentales no se han contentado con imponer la igualdad de marras, sino que han dado cabida también a las pretensiones más inmorales de las feministas, desde la legalización del uso de la “píldora” al horrendo “matrimonio homosexual” de que tanto se habla hoy, pasando por la facultad de la mujer para abortar ad libitum a gusto, a voluntad.

La culpa de la disminución actual de los nacimientos recae principalmente sobre las mujeres

Nadie había tenido hasta ahora el coraje de poner de relieve, ni siquiera en el campo católico, el papel decisivo que desempeña la corrupción de costumbres de las mujeres. Me alegro, pues, de la intervención de Monseñor Williamson. La letalidad pasada y presente de dicho papel la demuestra un hecho incontrovertible. Los demógrafos nos dicen que, si continúa la tasa actual de disminución de la natalidad, Europa casi habrá desaparecido hacia mediados del presente siglo (y puede que incluso antes). Los alemanes, p. ej., se verían reducidos a ser unos veinte millones (de 80 millones que son ahora). Reducidos a vegetar, agrego por mi parte, en condición servil o semiservil entre millones de inmigrantes (casi todos musulmanes), que se habrían vuelto mayoría en el interín. También para Italia la perspectiva es la de la extinción. Ahora bien, un decrecimiento tan grande de la natalidad no puede imputarse sólo a las mujeres: también los varones ceden en su gran mayoría al hedonismo dominante; mas, así y todo, la culpa principal de esta monstruosa disminución de la natalidad debe atribuirse a las mujeres, dado que ellas, secuaces ciegas del feminismo, hace tiempo que dejaron de considerar el matrimonio, la familia y los hijos como valores fundamentales de su existencia. Incluso los desprecian abiertamente. Al dar a su vida individual un significado absolutamente hedonista, no hacen ya obrar rectamente a los hombres, quienes, como no pueden habérselas ya con la feminidad verdadera, la virtuosa, que los constreñiría a dar lo mejor de sí mismos, se hunden a su vez en el hedonismo más abyecto. Hoy la inmensa mayoría de las mujeres no piensa en otra cosa que en afirmarse a sí propias, en gozar de la vida, inmersas como están en el carpe diem (goza del día presente). Lo que quieren ante todo es trabajar y ganar mucho dinero para ser autónomas, independientes y divertirse de la manera que estimen más oportuna.

Pero, aparte toda consideración ética y moral, el hecho es que si las mujeres se incorporan de una manera cada vez más absurda y masiva al mercado laboral y a cualquier posible actividad, sea ésta la que fuere, no tienen tiempo, evidentemente, ni para engendrar hijos ni para educarlos. ¡Es consiguiente, entonces, la disminución de los nacimientos y la desaparición de las naciones! Parece que las propias mujeres no se dan cuenta de que su estilo de vida nos está llevando a la extinción. Pero ¿cuántas de ellas quieren de hecho tener hijos? Para engendrar hijos es menester asimismo amar a los hombres con los que engendrarlos, y no, por el contrario, verlos como el enemigo que hay que combatir. En efecto, el objetivo esencial de las mujeres de hoy parece ser el de querer hacer todo lo que hacen los hombres para probar que ellas lo saben hacer mejor, con la mira puesta en formar finalmente una especie de gobierno mundial de las mujeres, cuya tarea fundamental debería ser, naturalmente, la de resolver ante todo los (presuntos) problemas de las féminas. La solución de estos “problemas” (o sea, todo el poder para las mujeres, mayoría “iluminada” de la humanidad) traería la paz universal. Se trata de pura chifladura, como puede ver todo el mundo. Plumas de Molière o de Swift, ¿dónde estáis?

Pero hay poco de qué reírse. El sainete es trágico. Se vive en un ambiente de guerra permanente entre los sexos, querido por las mujeres y alimentado a diario por los medios de comunicación de masas, que están ampliamente colonizados por los grupos de presión feministas y homosexuales (ambos se han revelado capaces de condicionar a clases dirigentes enteras). El feminismo le ha abierto de hecho el camino a la homosexualidad en tanto que perversión que quiere imponerse en la sociedad para volverse un fenómeno de masas, exactamente igual que aquel, y borrarnos de la faz de la tierra. Una subcultura mortífera está empujando poco a poco a los pueblos al suicidio colectivo, con la complicidad inaudita de sus gobiernos, que no han comprendido aun que deben cambiar de derrotero por completo y cuanto antes si no quieren que la ira divina siga acumulándose sobre sus cabezas y las de sus desdichados súbditos.

El catolicismo, perseguido y reducido a la clandestinidad

Monseñor Williamson formuló también, en la entrevista citada,, una previsión o prognosis (no pretendía ser una profecía) sobre el futuro de persecución y clandestinidad que podría abatirse sobre los católicos a causa, también, de la decadencia imperante, que se manifiesta, como es obvio, cada vez más hostil a Cristo y la Iglesia. Afirmó lo siguiente al responder a una pregunta que versaba sobre la diferencia entre el modo en que el mundo miraba la tradición católica en 1970 y la manera en que la considera hoy: “En lo que atañe al orden y la salud mental en el mundo circundante, se ha verificado un enorme deterioro desde 1970 hasta hoy. El mundo actual ejerce una presión más que rígida, inexorable, sobre los católicos”. Esta “presión” parece destinada a incrementarse en el futuro y a volverse cada vez más dura. Monseñor Williamson no excluye que los católicos, empezando por los seguidores de la tradición de la Iglesia, puedan hallarse el día de mañana sobreviviendo en la clandestinidad. Una situación semejante podría ser provocada, v.gr., “por un victorioso ataque ruso o chino” contra Occidente.

¿Política-ficción? Monseñor Williamson se explica así ante la sorpresa del entrevistador: “No pretendo ser un experto, me remito al Antiguo Testamento. Aplicándolo a nuestro tiempo, vemos que el Occidente apóstata está engolfado en una marea de pecados semejante a las que el Señor “solía” castigar en el Antiguo Testamento con un azote humano, como fue, por vía de ejemplo, la invasión asiria del antiguo Israel. ¿Cuál sería o podría ser hoy el azote?”. Un análisis específico, que sería demasiado largo reproducir aquí, patentiza que “el azote” podría ser China, o la Rusia cada vez más nacionalista, recompuesta por el férreo Putin, o ambas a la vez.

La decadencia militar de occidente

Pero ¿no parece enorme, imbatible, la fuerza militar de occidente (es decir, de América)? Monseñor Williamson invita a no fiarse de las apariencias, sobre todo si los medios de comunicación de masas las difunden con sospechosa unanimidad. No es que dichos medios mientan necesariamente. El caso es que poco sabemos de la renovación militar rusa y china, que está en curso desde hace tiempo. Creo que es una profecía fácil afirmar que el ataque bien planificado de un ejército ruso renovado arrollaría en poco tiempo a las fuerzas de la OTAN en Europa sin necesidad de recurrir a las armas atómicas y/o a improbables quintas columnas de simpatizantes veterocomunistas. También las fuerzas armadas occidentales son expresión de nuestra sociedad, que está echada a perder irreversiblemente, en lo moral, desde hace decenios, y en donde nadie tiene realmente ganas de batirse. Hace poco, un historiador militar israelí, Mertin van Creveld, uno de los más reputados del sector, se paró a estudiar el factor mujer de nuestra decadencia militar. La introducción masiva de las mujeres en los ejércitos occidentales (excepción hecha del turco), en los escuadrones de combate inclusive, una introducción, recuerdo, no impuesta por los Estados Mayores (todo lo contrario), sino por sentencias increíbles de los diferentes tribunales supremos y constitucionales, ha tenido efectos deletéreos en la organización, la disciplina, la moral de combate, el adiestramiento (y, añado yo, la ética). Las mujeres no se integran en los ejércitos, su presencia no cesa de crear problemas (desde las preñeces ilegítimas a las molestias sexuales, pasando por la injusta queja de estar “discriminadas”). Como mínimo, hay que separarlas de los hombres en los cuarteles, lo que entraña un incremento inútil de los gastos al paso que una bajada de los niveles de preparación. La guerra no está hecha para ellas: la historia lo ha demostrado ampliamente.

Consideraciones exactísimas, que se agravan, añado yo por mi parte, si se piensa en que en dichos ejércitos hace tiempo que se da el problema de los homosexuales, aunque en algunos de ellos, como el norteamericano, no pueden declararse como tales (todavía), so pena de expulsión. Pero ¿hasta cuándo? En el ejército británico hay ya soldadas lesbianas que viven sin tapujos en “unión civil”, “como casadas”, y son objeto de admiración para toda la prensa que lo cuenta. Lindo, ¿no? (pero ¿hemos de conformarnos nosotros, en Occidente, con desaparecer en esta ciénaga, sin reaccionar?). Los problemas principales de los ejércitos occidentales parecen concernir hoy no tanto al adiestramiento y al armamento (ambos en declive a causa de los recortes continuos del gasto) cuanto a la disciplina, o sea, sobre todo al modo de respetar “los derechos” de las mujeres y los homosexuales en filas.

Todos o casi todos los ejércitos son ya profesionales, pero el reclutamiento de los varones es deficitario debido a la disminución de los nacimientos. Por eso se abren aún más las puertas al enrolamiento femenino, que ya oscila, como media, en torno al 15% de las fuerzas armadas. Un porcentaje bastante alto. En consecuencia, se ha bajado en ciertos ejércitos a 1,57 m. el límite mínimo de altura requerido: ¡un aflujo de soldadas enanas es precisamente lo que hace falta para revitalizar la institución militar! Mas también aquí hay poco motivo de risa. Faltan hombres para nuestros ejércitos, pero en su lugar se presentan las mujeres que deberían parirlos, y dentro de poco ni siquiera serán ya las mujeres las que se presenten, no habrá nadie: el desierto, con los bárbaros perfilándose en el horizonte, como justo castigo de nuestros pecados. Los rusos o los chinos, o algún otro en su lugar, no necesitarán apresurarse: sólo tendrán que esperar a que el feminismo y la homosexualidad, así como el generalizado espíritu imberbe y decadente, hayan enervado por completo los ejércitos y las sociedades de Occidente. Después de lo cual el invadirnos será tan sólo un paseo.

Predomina por todas partes un mortífero espíritu particularista

Las predicciones de Monseñor Williamson, que se basan en la teología veterotestamentaria de la historia, pueden parecer sinceras hasta la brutalidad. A mí me parecen más que dignas de reflexión. En efecto, lo que preocupa en el Occidente actual es el desmoronamiento interno, cuya causa profunda estriba ni más ni menos que en la irreligiosidad, que se difunde cada vez más, que se apoya cada día más en un ateísmo militante. Y agrego que además del enemigo externo está también el interno: todas las fuerzas (políticas y no políticas) de la disolución organizada, que detentan todo tipo de poder y echan mano de las más variopintas minorías y diversidades, por decirlo así, para conservarlo. Pero se puede hacer siempre frente al enemigo, por numeroso e insidioso que sea, si hay unidad de intenciones, si se tiene fe en una religión, una patria común, una nación, un pueblo, un Estado. En Occidente, en cambio, particularmente en Europa, predomina un espíritu de disolución que se extiende a todo y que se inició hace unos cuarenta años con la crisis moral de la jerarquía católica, fruto del Vaticano II. Así están las cosas: disolución de la fe y de la cosa pública, de las naciones y de los Estados en nombre de un individualismo desenfrenado que todo lo invade. Y este individualismo constituye asimismo la verdadera raíz de las autonomías indebidas, de los regionalismos miopes, de los secesionismos suicidas, auténticos estafadores desde el punto de vista de la Historia, que, en el plano institucional y en el de las costumbres, afligen de manera cada vez más grave a varias naciones europeas, la nuestra inclusive.
Les doy las gracias por su atención.
Carta firmada.”

El cine lo anticipó. ¿O más bien lo preparó?
La mujer sumida en la barbarie, en nombre de la "Democracia".
Una joven oficial junto al cuerpo de un prisionero iraquí muerto por las torturas
en la cárcel de Abu Ghraib.