“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

miércoles, 9 de septiembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS

EL FEMINISMO, MUERTE DE LAS NACIONES

Tomado de
Revista sí sí no no (Edición española) n. 189, Abril 2008.


La emancipación femenina, motor de la decadencia actual

Una primera consideración concierne al papel decisivo que, en el ocaso actual, ha jugado y sigue jugando la denominada emancipación de la mujer. Monseñor Williamson llega a ella por un camino original, pues parte de la religiosidad presente en la música de Wagner, que podía así “ofrecer una dimensión religiosa sin la fe, o sea, un sucedáneo de redención”, cuyo instrumento era, en el fondo, “la mujer, sobre todo en El Holandés Errante y en el ciclo de El Anillo del Nibelungo”. En efecto, las protagonistas de ciertos dramas wagnerianos llevaban a cabo una acción “redentora” respecto del hombre. Pero esta acción redentora cesó con la emancipación (aunque no sobre la escena) y se trocó en su contrario. Mas ¿por qué la mujer podía aun ser vista como “redentora” en el siglo XIX? “Porque –explica Su Excelencia- según San Pablo (I Cor. 2), así como Cristo es cabeza del hombre, así y por igual manera el hombre es cabeza de la mujer. Ahora bien, se puede afirmar que, desde la época de la Revolución Francesa, el hombre moderno renegó, en general, del señorío de Cristo. Sin embargo, a fin de mantener las cosas, la mujer permaneció bajo la autoridad del hombre durante cierto tiempo. Así “salvó” la mujer la situación por un siglo más o menos, durante el tiempo en el que Wagner escribía sus obras. Pero en el siglo XX dijo que ya estaba harta, y comenzó su “emancipación”. ¡Desde entonces, los fundamentos de la sociedad y de la moral comenzaron a arruinarse sin cesar!”.

Durante la Revolución Francesa, anoto por mi parte, el feminismo ya intentó alzar la cabeza, pero Robespierre hizo guillotinar en seguida a su principal representante; el movimiento fue abortado así, y tampoco halló espacio para desarrollarse con la “restauración” napoleónica, aunque el Código de Napoleón el Grande introdujo el divorcio, por desdicha, que constituyó, en una sociedad católica, el primer paso hacia la mencionada “emancipación”. Me parece de gran interés que S. Exc. considere a las heroínas wagnerianas como a las últimas representantes, ya harto laicizadas a despecho del ropaje mítico nibelúngico, de un ideal femenino que encontró tal vez su más alta encarnación en el personaje de la Beatriz dantesca. Pero ya se echa de ver la mengua del ideal en las desenvueltas y masculinizadas heroínas de Ariosto. No por nada el poeta reivindica la igualdad de los sexos en su obra Orlando furioso, junto con la consiguiente libertad en punto a comportamiento sentimental, a la cual, según él, tan acreedoras son las mujeres cuanto los hombres.

El vicioso igualitarismo de las feministas

Siempre me he preguntado por qué, cada vez que las mujeres reivindican la igualdad, nunca dejan de exigir al mismo tiempo una libertad sexual absoluta, como si el tipo masculino al cual, según parece, deben equipararse las féminas no pueda ser más que el del libertino, o sea, el del hombre de costumbres disolutas. El hecho es que, en el pasado, se consideraba ya a la mujer, en cuanto prometida, esposa y madre de familia (en suma, en cuanto honrada y virtuosa), se consideraba ya a la mujer, decíamos, igual al hombre en el plano moral y espiritual, si es que no se la reputaba por francamente superior a éste a causa de la capacidad de entrega, aguante, sacrificio y fuerza de ánimo de que hacía gala a menudo. La reivindicación feminista de la igualdad esconde, en realidad, el deseo de poder desahogar libremente los peores instintos de lo que antaño se estigmatizaba como hedonismo burgués. Dicho deseo sólo puede satisfacerse, piensan las feministas, a condición de gozar de independencia económica, una independencia que sólo la igualdad puede garantizar al ser impuesta por la ley en la familia y el trabajo. Pero las legislaciones occidentales no se han contentado con imponer la igualdad de marras, sino que han dado cabida también a las pretensiones más inmorales de las feministas, desde la legalización del uso de la “píldora” al horrendo “matrimonio homosexual” de que tanto se habla hoy, pasando por la facultad de la mujer para abortar ad libitum a gusto, a voluntad.

La culpa de la disminución actual de los nacimientos recae principalmente sobre las mujeres

Nadie había tenido hasta ahora el coraje de poner de relieve, ni siquiera en el campo católico, el papel decisivo que desempeña la corrupción de costumbres de las mujeres. Me alegro, pues, de la intervención de Monseñor Williamson. La letalidad pasada y presente de dicho papel la demuestra un hecho incontrovertible. Los demógrafos nos dicen que, si continúa la tasa actual de disminución de la natalidad, Europa casi habrá desaparecido hacia mediados del presente siglo (y puede que incluso antes). Los alemanes, p. ej., se verían reducidos a ser unos veinte millones (de 80 millones que son ahora). Reducidos a vegetar, agrego por mi parte, en condición servil o semiservil entre millones de inmigrantes (casi todos musulmanes), que se habrían vuelto mayoría en el interín. También para Italia la perspectiva es la de la extinción. Ahora bien, un decrecimiento tan grande de la natalidad no puede imputarse sólo a las mujeres: también los varones ceden en su gran mayoría al hedonismo dominante; mas, así y todo, la culpa principal de esta monstruosa disminución de la natalidad debe atribuirse a las mujeres, dado que ellas, secuaces ciegas del feminismo, hace tiempo que dejaron de considerar el matrimonio, la familia y los hijos como valores fundamentales de su existencia. Incluso los desprecian abiertamente. Al dar a su vida individual un significado absolutamente hedonista, no hacen ya obrar rectamente a los hombres, quienes, como no pueden habérselas ya con la feminidad verdadera, la virtuosa, que los constreñiría a dar lo mejor de sí mismos, se hunden a su vez en el hedonismo más abyecto. Hoy la inmensa mayoría de las mujeres no piensa en otra cosa que en afirmarse a sí propias, en gozar de la vida, inmersas como están en el carpe diem (goza del día presente). Lo que quieren ante todo es trabajar y ganar mucho dinero para ser autónomas, independientes y divertirse de la manera que estimen más oportuna.

Pero, aparte toda consideración ética y moral, el hecho es que si las mujeres se incorporan de una manera cada vez más absurda y masiva al mercado laboral y a cualquier posible actividad, sea ésta la que fuere, no tienen tiempo, evidentemente, ni para engendrar hijos ni para educarlos. ¡Es consiguiente, entonces, la disminución de los nacimientos y la desaparición de las naciones! Parece que las propias mujeres no se dan cuenta de que su estilo de vida nos está llevando a la extinción. Pero ¿cuántas de ellas quieren de hecho tener hijos? Para engendrar hijos es menester asimismo amar a los hombres con los que engendrarlos, y no, por el contrario, verlos como el enemigo que hay que combatir. En efecto, el objetivo esencial de las mujeres de hoy parece ser el de querer hacer todo lo que hacen los hombres para probar que ellas lo saben hacer mejor, con la mira puesta en formar finalmente una especie de gobierno mundial de las mujeres, cuya tarea fundamental debería ser, naturalmente, la de resolver ante todo los (presuntos) problemas de las féminas. La solución de estos “problemas” (o sea, todo el poder para las mujeres, mayoría “iluminada” de la humanidad) traería la paz universal. Se trata de pura chifladura, como puede ver todo el mundo. Plumas de Molière o de Swift, ¿dónde estáis?

Pero hay poco de qué reírse. El sainete es trágico. Se vive en un ambiente de guerra permanente entre los sexos, querido por las mujeres y alimentado a diario por los medios de comunicación de masas, que están ampliamente colonizados por los grupos de presión feministas y homosexuales (ambos se han revelado capaces de condicionar a clases dirigentes enteras). El feminismo le ha abierto de hecho el camino a la homosexualidad en tanto que perversión que quiere imponerse en la sociedad para volverse un fenómeno de masas, exactamente igual que aquel, y borrarnos de la faz de la tierra. Una subcultura mortífera está empujando poco a poco a los pueblos al suicidio colectivo, con la complicidad inaudita de sus gobiernos, que no han comprendido aun que deben cambiar de derrotero por completo y cuanto antes si no quieren que la ira divina siga acumulándose sobre sus cabezas y las de sus desdichados súbditos.

El catolicismo, perseguido y reducido a la clandestinidad

Monseñor Williamson formuló también, en la entrevista citada,, una previsión o prognosis (no pretendía ser una profecía) sobre el futuro de persecución y clandestinidad que podría abatirse sobre los católicos a causa, también, de la decadencia imperante, que se manifiesta, como es obvio, cada vez más hostil a Cristo y la Iglesia. Afirmó lo siguiente al responder a una pregunta que versaba sobre la diferencia entre el modo en que el mundo miraba la tradición católica en 1970 y la manera en que la considera hoy: “En lo que atañe al orden y la salud mental en el mundo circundante, se ha verificado un enorme deterioro desde 1970 hasta hoy. El mundo actual ejerce una presión más que rígida, inexorable, sobre los católicos”. Esta “presión” parece destinada a incrementarse en el futuro y a volverse cada vez más dura. Monseñor Williamson no excluye que los católicos, empezando por los seguidores de la tradición de la Iglesia, puedan hallarse el día de mañana sobreviviendo en la clandestinidad. Una situación semejante podría ser provocada, v.gr., “por un victorioso ataque ruso o chino” contra Occidente.

¿Política-ficción? Monseñor Williamson se explica así ante la sorpresa del entrevistador: “No pretendo ser un experto, me remito al Antiguo Testamento. Aplicándolo a nuestro tiempo, vemos que el Occidente apóstata está engolfado en una marea de pecados semejante a las que el Señor “solía” castigar en el Antiguo Testamento con un azote humano, como fue, por vía de ejemplo, la invasión asiria del antiguo Israel. ¿Cuál sería o podría ser hoy el azote?”. Un análisis específico, que sería demasiado largo reproducir aquí, patentiza que “el azote” podría ser China, o la Rusia cada vez más nacionalista, recompuesta por el férreo Putin, o ambas a la vez.

La decadencia militar de occidente

Pero ¿no parece enorme, imbatible, la fuerza militar de occidente (es decir, de América)? Monseñor Williamson invita a no fiarse de las apariencias, sobre todo si los medios de comunicación de masas las difunden con sospechosa unanimidad. No es que dichos medios mientan necesariamente. El caso es que poco sabemos de la renovación militar rusa y china, que está en curso desde hace tiempo. Creo que es una profecía fácil afirmar que el ataque bien planificado de un ejército ruso renovado arrollaría en poco tiempo a las fuerzas de la OTAN en Europa sin necesidad de recurrir a las armas atómicas y/o a improbables quintas columnas de simpatizantes veterocomunistas. También las fuerzas armadas occidentales son expresión de nuestra sociedad, que está echada a perder irreversiblemente, en lo moral, desde hace decenios, y en donde nadie tiene realmente ganas de batirse. Hace poco, un historiador militar israelí, Mertin van Creveld, uno de los más reputados del sector, se paró a estudiar el factor mujer de nuestra decadencia militar. La introducción masiva de las mujeres en los ejércitos occidentales (excepción hecha del turco), en los escuadrones de combate inclusive, una introducción, recuerdo, no impuesta por los Estados Mayores (todo lo contrario), sino por sentencias increíbles de los diferentes tribunales supremos y constitucionales, ha tenido efectos deletéreos en la organización, la disciplina, la moral de combate, el adiestramiento (y, añado yo, la ética). Las mujeres no se integran en los ejércitos, su presencia no cesa de crear problemas (desde las preñeces ilegítimas a las molestias sexuales, pasando por la injusta queja de estar “discriminadas”). Como mínimo, hay que separarlas de los hombres en los cuarteles, lo que entraña un incremento inútil de los gastos al paso que una bajada de los niveles de preparación. La guerra no está hecha para ellas: la historia lo ha demostrado ampliamente.

Consideraciones exactísimas, que se agravan, añado yo por mi parte, si se piensa en que en dichos ejércitos hace tiempo que se da el problema de los homosexuales, aunque en algunos de ellos, como el norteamericano, no pueden declararse como tales (todavía), so pena de expulsión. Pero ¿hasta cuándo? En el ejército británico hay ya soldadas lesbianas que viven sin tapujos en “unión civil”, “como casadas”, y son objeto de admiración para toda la prensa que lo cuenta. Lindo, ¿no? (pero ¿hemos de conformarnos nosotros, en Occidente, con desaparecer en esta ciénaga, sin reaccionar?). Los problemas principales de los ejércitos occidentales parecen concernir hoy no tanto al adiestramiento y al armamento (ambos en declive a causa de los recortes continuos del gasto) cuanto a la disciplina, o sea, sobre todo al modo de respetar “los derechos” de las mujeres y los homosexuales en filas.

Todos o casi todos los ejércitos son ya profesionales, pero el reclutamiento de los varones es deficitario debido a la disminución de los nacimientos. Por eso se abren aún más las puertas al enrolamiento femenino, que ya oscila, como media, en torno al 15% de las fuerzas armadas. Un porcentaje bastante alto. En consecuencia, se ha bajado en ciertos ejércitos a 1,57 m. el límite mínimo de altura requerido: ¡un aflujo de soldadas enanas es precisamente lo que hace falta para revitalizar la institución militar! Mas también aquí hay poco motivo de risa. Faltan hombres para nuestros ejércitos, pero en su lugar se presentan las mujeres que deberían parirlos, y dentro de poco ni siquiera serán ya las mujeres las que se presenten, no habrá nadie: el desierto, con los bárbaros perfilándose en el horizonte, como justo castigo de nuestros pecados. Los rusos o los chinos, o algún otro en su lugar, no necesitarán apresurarse: sólo tendrán que esperar a que el feminismo y la homosexualidad, así como el generalizado espíritu imberbe y decadente, hayan enervado por completo los ejércitos y las sociedades de Occidente. Después de lo cual el invadirnos será tan sólo un paseo.

Predomina por todas partes un mortífero espíritu particularista

Las predicciones de Monseñor Williamson, que se basan en la teología veterotestamentaria de la historia, pueden parecer sinceras hasta la brutalidad. A mí me parecen más que dignas de reflexión. En efecto, lo que preocupa en el Occidente actual es el desmoronamiento interno, cuya causa profunda estriba ni más ni menos que en la irreligiosidad, que se difunde cada vez más, que se apoya cada día más en un ateísmo militante. Y agrego que además del enemigo externo está también el interno: todas las fuerzas (políticas y no políticas) de la disolución organizada, que detentan todo tipo de poder y echan mano de las más variopintas minorías y diversidades, por decirlo así, para conservarlo. Pero se puede hacer siempre frente al enemigo, por numeroso e insidioso que sea, si hay unidad de intenciones, si se tiene fe en una religión, una patria común, una nación, un pueblo, un Estado. En Occidente, en cambio, particularmente en Europa, predomina un espíritu de disolución que se extiende a todo y que se inició hace unos cuarenta años con la crisis moral de la jerarquía católica, fruto del Vaticano II. Así están las cosas: disolución de la fe y de la cosa pública, de las naciones y de los Estados en nombre de un individualismo desenfrenado que todo lo invade. Y este individualismo constituye asimismo la verdadera raíz de las autonomías indebidas, de los regionalismos miopes, de los secesionismos suicidas, auténticos estafadores desde el punto de vista de la Historia, que, en el plano institucional y en el de las costumbres, afligen de manera cada vez más grave a varias naciones europeas, la nuestra inclusive.
Les doy las gracias por su atención.
Carta firmada.”

El cine lo anticipó. ¿O más bien lo preparó?
La mujer sumida en la barbarie, en nombre de la "Democracia".
Una joven oficial junto al cuerpo de un prisionero iraquí muerto por las torturas
en la cárcel de Abu Ghraib.