“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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sábado, 17 de julio de 2010

NOTA - DIOS Y EL "MATRIMONIO" ENTRE PERSONAS DEL MISMO SEXO

Dios y el “matrimonio” entre
personas del mismo sexo
Tomado de "Cruzada del Santo Rosario"
Fundación Argentina del Mañana
Nos referíamos en el número anterior de “Cruzada” a la necesidad de fundamentar en la doctrina católica y la Ley Natural la lucha contra la inmoralidad en las costumbres, como punto de partida para la solución de la profunda crisis que, en todos los órdenes, afecta en nuestros días a la Argentina y al mundo entero.
Hoy ofrecemos a nuestros lectores algunas consideraciones –verdades olvidadas o sistemáticamente omitidas– respecto a lo que representa, a los ojos de Dios, el denominado “matrimonio” entre personas del mismo sexo.
Acudimos para ello a dos fuentes: las Sagradas Escrituras y los comentarios de los Padres de la Iglesia. Allí constatamos que la homosexualidad es definida con toda claridad y su práctica enérgicamente castigada por Dios. Ya en el Antiguo Testamento se afirma que “El que pecare con varón como si éste fuera una hembra, los dos hicieron cosa nefanda; mueran sin remisión. Caiga su sangre sobre ellos.” (Lev. 20, 13)
La amenaza divina se concretó. “Entonces el Señor llovió del cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego por virtud del Señor, y arrasó estas ciudades” (Gen. 19, 24-25). Las ciudades castigadas aún están sumergidas al sur del Mar Muerto, que lleva ese nombre porque en él no hay señal de vida.
Aún hoy se conoce como sodomía al pecado contra la naturaleza, precisamente en recuerdo del castigo bíblico a Sodoma.

No poseerán el Reino de Dios

Hay quienes sustentan que la misericordia de la Ley de la Gracia suavizó el rigor de la reprobación divina a los actos homosexuales. Se equivocan redondamente.
Veamos lo que afirma San Pablo: “Por eso los entregó Dios a pasiones infames, pues que sus mismas mujeres invirtieron el uso natural en el que es contrario a la naturaleza. Del mismo modo también los varones, desechando el uso natural de la mujer, se abrasaron en amores brutales de unos contra otros, cometiendo torpezas nefandas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de su obcecación.” (Rom. I, 26-27)
El Apóstol va más lejos y a esos pecadores amenaza con la muerte eterna
: “No queráis engañaros: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, (...) han de poseer el Reino de Dios.” (Cor. I, 6, 9-10)San Pedro y San Judas Tadeo condenan la sodomía.
El mismo Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, afirma que Dios condenó las ciudades de Sodoma y Gomorra a una ruina total, reduciéndolas a cenizas, para servir de ejemplo a aquellos que vivieran con impiedad (Cfr. Pedr. II, 2, 6-9).
San Judas Tadeo, a su vez, afirma: “Así también Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, siendo reas de los mismos excesos de impureza y entregadas al pecado nefando, vinieron a servir de escarmiento, sufriendo la pena del fuego eterno.” (Judas 7)

Duras palabras de San Agustín y Santo Tomás de Aquino

La tradición multisecular de la Iglesia incorporó a su Magisterio el mismo rechazo a toda condescendencia con la sodomía.
Por ejemplo, el gran Doctor de la Iglesia, San Agustín, afirma que “las torpezas que van contra natura, como las de los sodomitas, han de ser siempre aborrecidas y castigadas. Y aún cuando todos los pueblos se comportaran como ellos, la universalidad del delito no los justificaría; serían todos ellos reos de la misma culpa ante el juicio de Dios, que no creó a los hombres para que de tal modo se comportaran”. (Confesiones, cap. III, p. 8)
Santo Tomás de Aquino coloca la práctica de la homosexualidad en el nivel de pecados torpes –como el del canibalismo– por constituir, como todo ellos, un atentado contra la misma naturaleza.
En pleno siglo XX, el Papa San Pío X, enseña en su Catecismo que la homosexualidad, por su carácter antinatural, está entre los pecados que provocan la ira de Dios y claman venganza al cielo.

* * *
No tenemos espacio para citar otros testimonios más recientes de la enérgica reprobación de la Iglesia a la sodomía. Pero lo ya escrito permite constatar que Dios no es indiferente al hecho de que en la legislación de numerosos países, nacidos a la sombra de la Cruz, se esté introduciendo la aprobación del denominado “matrimonio” entre personas del mismo sexo, como se lo hizo recientemente en la Ciudad de Buenos Aires.

martes, 4 de mayo de 2010

ANIVERSARIO - SOREN KIERKEGAARD

5 de mayo 1813



Nacimiento de Sören Kierkegaard






“¡Kirkegor! Yo no diré que Kirkegor es San Agustín, no diré que es un Agustín, ni que es un santo; pero no hay derecho a decir de él lo que dijo Sciacca. Voy a leerles la carta que dirigí a Sciacca después de su conferencia del 6 de junio sobre Kirkegor, incluso con los insultos del final; a él se la mandé sin insultos y sin insultos se la di al Director de una revista juvenil universitaria: insultos hijos de una justa indignación; pero la caridad pedía suprimirlos. Además, insultar por carta no es caballeroso.


CARTA A UN PSEUDO-MAESTRO

Por el honor de un ausente y el honor del país.


He ido ayer a su “conferencia” sobre el filósofo danés Soeren Kierkegaard para ver si había progresado usted sobre lo escrito en 1944 en su “Historia de la Filosofía”, pág. 499 de la traducción española. No ha progresado usted. Le convendría progresar.

Dice usted allí erróneamente de Kirkegor lo siguiente:

“Deformó los problemas de la existencia, de la moral, del pecado, de la fe, como son entendidos por el cristianismo auténtico (¿el de Usted?). Kirkegor es a la vez la negación del cristianismo (¡falso!), como lo es el mismo Luteranismo, de quien deriva su concepción de la existencia (¡falso!).”

Nunca he visto un gran hombre caricaturizado y calumniado como vi ayer a Kirkegor.

Si yo le dijera a Usted que no ha entendido a Kirkegor y que no posee la llave para entenderlo, se podría replicar que ésas son cuestiones de apreciación y que se puede discrepar en los juicios acerca de un filósofo; pero acerca de los hechos no es lícito tergiversar.

Usted afirmó una cantidad de inexactitudes y falsedades, incluso de hechos; en tono magistral y doctoral, como si todos los presentes fuesen chicos de 6º grado.

No quiero enumerarlas todas. ¿Para qué? Pero para poner un ejemplo, afirmó categóricamente que en la doctrina de Kirkegor “estaba ausente el prójimo”, que era por tanto “antisocial” y de “un refinado y completo egoísmo”...¿Ignora Usted acaso que Kirkegor tiene un libro sobre el amor al prójimo, exégesis de las epístolas de San Juan Evangelista y San Pablo, “Vida y Reino del Amor”, que es una de las más sublimes obras sobre la caridad cristiana de que se puede enorgullecer el Cristianismo? ¿No se ha enterado Usted que Kirkegor es el intérprete más grande de la Escritura Sacra que ha habido después de San Agustín?

Kirkegor amó al prójimo de la manera más alta que se puede imaginar, comparable a la de los más grandes santos...Sus obras geniales, producidas en medio de las mayores dificultades y el desprecio más grande de sus contemporáneos, son puros actos de caridad. ¿No recuerda Usted las palabras que dijo a su amigo Emilio Boesen al morir en un hospital, en el mayor abandono de su nación y de su iglesia, de las cuales es gloria hoy día? Esas palabras las traen sus maestros de Usted, Jolivet y Cornelio Fabro (aunque tampoco éstos entienden mucho al difícil mártir danés): “Saluda de mi parte a todos los hombres: diles que los he amado...” Amor heroico confirmado con obras...

“Que yo he servido a Dios con mis obras, que he servido al prójimo, que he cumplido la misión mía, eso es actualmente seguro...”(1852, Tagebuch).

La Vida y Reino del Amor” es una prueba. Este libro está escrito en una especie de éxtasis de la voluntad de amar a los hombres, a pesar de todos los pesares; por eso ha dado la impresión a Villadsen y otros críticos de ser “casi inhumano”; simplemente porque es “sobrehumano”. Lo que Villadsen nombra “el vértice de nieve de la lógica teológica” no es sino la cúspide de la caridad al fuego blanco. Kirkegor tuvo la misión de luchar en nuestra época contra la confusión dentro de lo religioso, lo mismo que San Agustín se halló en frente de “cristianos académicos, cristianos donatistas, cristianos maniqueos, cristianos arrianos, cristianos pelagianos”, con la misión de demostrar que no eran cristianos; así Kirkegor se halló en frente de cristianos luteranos, hegelianos, mundanos y...democristianos, con la misma misión, agravada ahora al cubo. La cumplió. Naturalmente, no puede resultar agradable a esa clase de cristianos. Será siempre resistido...y calumniado.

Usted parece no haber leído ninguna obra seria acerca de Kirkegor, a pesar de que las enumera en sus “bibliografías”: ni Haecker, ni Przywara, ni Jean Wahl, ni tantos otros.

Sin embargo, debía haber recordado al Quintiliano de sus estudios clásicos, que nos dejó dicho: “Modeste tamen et circunspecto judicio de tantis viris pronuntiandum est...” (Sin embargo, al hablar de hombres tan grandes, nuestro juicio debe ser mesurado y prudente). No debía haber elegido este tema, en todo caso.

Omitiendo cosas fundamentales y exagerando cosas triviales, se puede falsificar del todo la silueta de un gran hombre, es claro. Pero usted, no contento con hacer eso, ha falsificado hechos. Ha hecho Usted un daño a sus oyentes, el daño del pseudo-maestro, impidiendo quizás a muchos para siempre el acceso al “mensaje” de Kirkegor, necesario al mundo moderno.

Si fuese como Usted lo pintó, Kirkegor sería un inventor desaforado de mitologías pueriles, la filosofía sería una cosa despreciable, y el Cristianismo una cosa caótica y maleable, susceptible de mezclas híbridas. Toda la filosofía moderna, en la que Kirkegor hizo tan enorme impacto, desmiente eso.

Le doy las gracias por el poco respeto que ha tenido Usted a este país: me ha enseñado algo.

Por lo demás, estamos acostumbrados ya a estos ultrajes de extranjeros a la cultura del país; por ahora no podemos evitarlos todos.

Le escribo solamente para que sepa Usted que no se ha burlado de todos los argentinos.

Leonardo Castellani Ph. Th. D.


Como ven, los insultos no son sino constatación de hechos; pero era más decente suprimirlos, porque por carta es demasiado fácil insultar, no es ningún acto de valentía.

Si Kirkegor no fue un San Agustín y tiene tres grandes diferencias con él:1ª su melancolía; 2ª sus ataques a la clericatura corrompida: 3ª su “noche oscura perpetua!”, tiene sin embargo diez puntos de contacto capitales que lo hermanan con el Africano:

1º un gran filósofo;
2º un gran místico;
3º un gran “poeta de lo religioso”;
4º el exégeta más grande de la Biblia después del siglo V;
5º el doctor de la fe;
6º el refutador de los “académicos” modernos;
7º el rebatidor del pelagianismo moderno;
8º un obsesionado del problema del mal;
9º el profeta de la interioridad;
10º un escritor de “confesiones”.

En cuanto a la doctrina de Kirkegor, los contactos se podrían multiplicar. Voy a poner como ejemplos el tema de la Angustia y el tema del Tiempo, el primero y el último.

El fondo del hombre es la Angustia –dice Kirkegor- el fondo psicológico. ¡La Angustia! -¿Eso no es sombrío, eso no es luterano, eso no es contrario al cristianismo auténtico? –dice Sciacca.

El fondo del alma es la angustia en sentido metafísico: un sentimiento, o pre-sentimiento, más hondo que todos los sentimientos, que se transforma en algunos en Sentimiento Religioso, en otros en Solicitud Terrenal (esa solicitud que nos prohibió Cristo incluso con respecto a lo que hemos de comer y lo que hemos de vestir, con el ejemplo de las aves del cielo y los lirios del valle), y por último en otros en Desesperación Demoníaca; pero en alguna forma existe en todos los hombres.

-¡Son cuentos!- dice Sciacca- es que él era un angustiado perpetuo. Justamente: porque fue un perpetuo angustiado, por eso pudo ver la angustia fundamental en todos los hombres, como ningún otro hombre hasta hoy día...El hombre triste conoce la tristeza en otros, el hombre santo conoce la santidad en otros, el hombre inteligente distingue la inteligencia, el enamorado percibe el amor. “Dame un enamorado y entenderá lo que digo” –dice San Agustín. Conocemos a los demás por medio de nosotros mismos.

-Pero hay muchísimos hombres que no tienen angustia, que testifican en contra de esa universal angustia –prosigue Sciacca.

-Los hombres que dicen que no tienen angustia tienen angustia de su angustia: la cubren, la esconden, la velan con un mar de palabras, o diversiones, u ocupaciones, de miedo que le tienen, no se atreven a mirarle la cara, pero mírenlos obrar y moverse y verán cómo la incancelable inquietud se traduce en sus actos y gestos. Podría hacerles diez análisis psicológicos, si hubiera tiempo, de angustias escondidas en seres humanos que no parecen angustiados”.


R. P. Leonardo Castellani, “San Agustín y Nosotros”




“El hecho de que un autor anónimo, con la ayuda de la prensa, pueda día a día, encontrar ocasión de decir (incluso sobre materias intelectuales, morales y religiosas) lo que le viene en gana, y lo que tal vez estaría muy lejos de tener el valor de decir como individuo, que cada vez que abre la boca (¿o sería mejor decir sus fauces abismales?), se dirige a un mismo tiempo a miles y millares; que puede hacer que se repita lo que ha dicho mil veces diez mil, y que en todo eso nadie tenga responsabilidad, de forma que no es como en los antiguos tiempos en que la multitud, relativamente impenitente, poseía la omnipotencia, sino que ahora una cosa absolutamente impenitente, un nadie, una unanimidad, que es el autor, y otra unanimidad, el público, algunas veces, incluso suscriptores anónimos, son los que la tienen, y con todo esto, ¡nadie, nadie! ¡Dios mío! ¡Y a pesar de todo, nuestros Estados se llaman a sí mismos Estados cristianos! Que nadie diga que en este caso le es posible a la “verdad”, mediante la ayuda de la prensa, obtener beneficios de las mentiras y los errores. ¡Oh vosotros que decís eso!, ¿os atrevéis a sostener que los hombres considerados como multitud están tan dispuestos a caer sobre la verdad como sobre la mentira, siendo la primera muchas veces de mal sabor y estando la segunda preparada siempre delicadamente? ¡Sin mencionar el hecho de que dificulta aun más la aceptación de la verdad la necesidad de admitir que uno ha estado equivocado! ¿O es que tal vez os atrevéis a sostener también que la “verdad” puede ser entendida con la misma rapidez que la falsedad, la cual no requiere conocimiento preliminar, ni enseñanza, ni disciplina, ni abstinencia, ni abnegación, ni honesta preocupación sobre uno mismo, ni labor paciente? No, la verdad –que aborrece también esta mentira de aspirar a una gran difusión como meta –no tiene alas en los pies. En primer lugar, no puede trabajar con los fantásticos medios de la prensa, la cual es la mentira; el comunicador de la verdad sólo puede ser un individuo. Y la comunicación de la verdad sólo puede ser dirigida al individuo; porque la verdad consiste precisamente en esa concepción de la vida expresada por el individuo. La verdad no puede ser comunicada ni recibida si no es como si lo fuera bajo los ojos de Dios, ni sin la ayuda de Dios, ni sin Dios sea el término medio, ya que El mismo es la verdad. Por tanto, sólo puede ser comunicada y recibida por “el individuo”, el cual puede ser cualquier hombre viviente”.

Kierkegaard -Sobre la dedicatoria a “Ese individuo”



“Dios, en cuanto hombre, se reviste de la forma de siervo insignificante y de tal manera expresa lo de ser un pobre hombre que a ninguno de los hombres se le pueda ocurrir jamás, en ese aspecto, sentirse excluido y mucho menos pensar que son los honores y el prestigio humanos los que a uno le acercan más a Dios. No, él es el hombre insignificante. Mirad hacia acá, nos dice, y considerad a fondo lo que es ser hombre, pero, ¡cuidadito!, pues además soy Dios…y dichoso aquel que no se escandalizare de mí”


Kierkegaard -La enfermedad mortal


martes, 23 de marzo de 2010

HABLAN LOS MAESTROS



“Un padre, un maestro, que quieren verse “continuados” por sus sucesores, no dejan de ser egoístas. Un verdadero padre desea para su hijo una vida propia y mejor que la suya. Un verdadero maestro es feliz viendo que su discípulo lo ha tenido como instrumento para igualarlo, y también para sobrepasarlo, y, si necesario fuera, para alegar la verdad contra él”.

A. D. Sertillanges, o. p., “Los grandes temas de la vida cristiana”



“¿Acaso los maestros proponen que se conozcan y retengan sus pensamientos en vez de las materias que piensan transmitir cuando hablan? Porque, ¿hay alguien tan estúpidamente curioso que envíe a su hijo a la escuela para que aprenda qué piensa el maestro? Una vez que los maestros han explicado con palabras las materias que se proponen enseñar, hasta la ética y la filosofía, entonces los que son llamados discípulos consideran en sí mismos si son verdaderas las cosas que se dijeron, naturalmente contemplando según sus fuerzas la verdad interior. Sólo entonces aprenden. Y cuando descubren interiormente la verdad que les dijeron, alaban a sus maestros, ignorando que más que a los instructores elogian a los hombres instruidos, aunque todos ellos saben lo que dicen. Pero se engañan los hombres al llamar maestros a quienes no lo son. Como la mayoría de las veces no existe ninguna interrupción entre el momento de la locución y el del conocimiento, y puesto que después de la instrucción del profesor aprenden interiormente de inmediato, creen haber sido instruidos por el que está afuera”.

San Agustín, “El Maestro”



“Que la curiosidad no los lleve a leer autores contagiados de modernismo, porque hay que estar muy bien pertrechados para que la Serpiente no nos inyecte el veneno de la duda”.

R. P. Álvaro Calderón.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

HABLAN LOS MAESTROS



“A fuerza de verlo todo, se acaba por soportarlo todo, y a fuerza de soportarlo todo, se acaba por admitirlo todo”.


San Agustín




“A pesar de unos pocos ejemplos contrarios, el peligro, al juzgar obras de arte contemporáneo, no está en que lo bueno parezca malo, sino en que lo malo parezca bueno”.

Nicolás Gómez Dávila



“El orden y sólo el orden, causa, en definitiva, la libertad”.

Charles Péguy




“Tú eres la verdad que presides sobre todas las cosas. Yo por mi avaricia no quise perderte, pero, igualmente, quise poseer contigo la mentira –de la misma manera que nadie quiere la mentira hasta el punto de ignorar lo que es la verdad. Por eso te perdí yo, porque no toleras ser poseído con la mentira”.


San Agustín – Confesiones, X, 41.




“Ya se me había ido de la memoria el persuadirle que no malgastara su talento en su ciego entusiasmo por juegos tan fútiles. Pero tú, Señor, que presides y tienes el timón de todas las cosas que creaste, no te habías olvidado de Alipio, que entre tus hijos había de ser pastor y ministro de tus sacramentos. Y para que, sin duda alguna, su enmienda se atribuyese a ti, tú la obraste por mí, pero sin saberlo yo. Cierto día en que, como de costumbre, estaba sentado en mi lugar y tenía mis discípulos delante, vino Alipio, me saludó, se sentó y comenzó a escuchar con atención lo que yo decía. Sucedió que, para explicar el tema o lección que traía entre manos, me pareció oportuno acudir a los juegos circenses para mejor exponerla y hacerla más clara y agradable. Esto me dio pie para hacer cierta burla y sarcasmo de aquellos que eran esclavos de tan insano deporte. Tú bien sabes, Señor, que yo entonces no pensé en Alipio, ni tuve intención de curarle de tamaña locura. Pero lo que yo dije, se lo aplicó él a sí mismo y creyó que no lo había dicho sino por él. Cualquier otro lo hubiera tomado como pretexto para enfadarse conmigo, pero el joven honesto lo tomó para enojarse contra sí mismo y para prendarse aún más de mí.

Ya lo habías dicho tú mucho antes y lo habías dejado escrito en tus Escrituras: Corrige al sabio y te amará. No era yo quien le había reprendido, sino tú, que te sirves de todos, unas veces sabiéndolo ellos y otras no. Por una orden justa que tú solo sabes, te serviste de mi corazón y de mi lengua como de carbones encendidos, para abrasar las entrañas de aquel joven de tan buenas esperanzas y sanar así sus llagas”.


San Agustín – Confesiones, VI, 7.



domingo, 1 de noviembre de 2009

CRITICA



THE FARMER’S WIFE
Director: Alfred Hitchcock – 1928

LA MECEDORA DE MINTA
(O cómo descubrir a la esposa ideal)


Excelente y conmovedora comedia muda donde se observa una eficaz y cuidada puesta en escena y un ritmo de montaje ajustado que hacen que este film no haya envejecido en absoluto, pese a los más de ochenta años de su realización. Pero es que Hitchcock ya sabía lo que hacía.

La historia es sencilla: después de enviudar y quedarse solo tras el casamiento de su única hija, un granjero, ayudado por su servicial criada, emprende la búsqueda de una esposa. Selecciona cuatro mujeres de la zona, una peor que la otra: una rechoncha viuda “independiente”; un adefesio con ataques de histeria que prefiere seguir siendo una solterona; una obesa infantil y bamboleante; y la vulgar dueña de una taberna. El granjero (James Thomas) es un hombre noble, apuesto y bien considerado, y sin embargo es rechazado puntualmente por cada una de las cuatro candidatas, las cuales para peor le hacen hacer el ridículo y perder su propio respeto. Finalmente, el granjero acaba por descubrir que la única mujer que vale como mujer y esposa es su criada Minta (Lillian Hall-Davies), quien le profesaba un secreto y dócil afecto.

La historia en sí no parece muy hitchcoquiana, pero ya veremos que se las trae. Está basada en una exitosa obra teatral de Eden Phillpotts, aunque Hitchcock le agregó escenas verdaderamente humorísticas, que no pierden su efecto (sobre todo si uno ve el film sin la inadecuada música que los editores de video le han adicionado, más propia de un drama oscuro que de una chispeante comedia como ésta. Así sin música la pudimos apreciar mejor en el cine, a Dios gracias). Las escenas en cuestión son aquellas donde participan los sirvientes (papel destacado para Gordon Harker), que al fin y al cabo reciben el mismo tratamiento íntimo que sus patrones. Casi todos los personajes son estrafalarios, y la fiesta que se nos muestra es verdaderamente “la fiesta inolvidable”, un medio por el cual Hitchcock se complace en deshacer las apariencias que los personajes quieren dar de sí, falsedad que nuestro director gustaba de derrumbar, como también por cierto en la vida real con sus famosas bromas pesadas. Queda fuera de este cuadro de situación Minta, la criada del farmer Sweetland, y el mismo granjero, que sólo hace “comedia” involuntariamente cuando se pone a cortejar torpemente a las mujeres.

Y a propósito de ellas: “¿De qué están hechas las mujeres hoy en día?”, pregunta Minta al final cuando su patrón regresa desconsolado, luego del último y cruel rechazo. Pregunta que podríamos hacernos con más razón hoy. Exclamación que formulada por aquella mujer resulta una condena inapelable al resto de las mujeres que no han estado a la altura de las circunstancias, indignas de ser esposas y, por lo mismo que comporta esto su egoísmo, indignas de llamarse mujer. Recordamos a San Agustín: “Las esposas humildes siguen al cordero más fácilmente que las vírgenes soberbias” (La Santa Virginidad” 51, 52).

Minta es la única mujer con autoridad para decir aquello, pregunta que probablemente haya pasado entonces también por la mente y el corazón atribulados de Sweetland. Claro que Minta dice esto con dolor y tristeza, con verdadera compasión, esa que nace del amor. Y aquí, en el descubrimiento del granjero de que esa que ha tenido siempre cerca es quien debe ser su esposa, en la precisa puesta en escena que nos lo descubre, con la mecedora como símbolo de ese lugar único de posesión y con las sobreimpresiones que grafican el pensamiento del granjero, en ese momento se entiende la serena visión del joven Hitchcock, de quien su criada por entonces, Mary Condon, en su casa de campo dio una versión muy diferente de la que aportaban las estrellas del cine: “Una no desearía conocer a un caballero más educado y más buen católico también. Cada domingo iba a misa al Seminario de San Juan en Wonersh, cerca de Guildford” (cit. por Donald Spoto en su negligente biografía de A. H.). Una especie de farmer, el joven Hitchcock, que pronto tendría su wife.

Pasemos al tema de las miradas. La mirada del granjero se ha equivocado una y otra vez. Sweetland ha estado mirando e imaginando cosas, en el terreno tan resbaladizo y fantasioso del amor. Ha debido pasar por todo ello y al fin desengañarse para darse cuenta que lo que buscaba no lo había visto, que estaba ciego. También hay que decir que la forma en que esta mujer, Minta, nos es mostrada, se nos revela delicadamente a través de los detalles y sin necesidad de destacar lo que por nosotros mismos podemos ir construyendo a lo largo del film. Penetración psicológica y comportamiento de esta mujer que ya sabe lo que es ser una esposa aún antes de llegar a serlo. De carácter fiel y firme, servicial y bondadosa, hacendosa y sencilla, también bella, sabia administradora de la casa y dócil a su señor, es verdaderamente digna de ser llamada “the farmer’s wife”.

Y si en aquel entonces ésta era mostrada como una excepción ante el muestrario femenino que se le presentaba al hombre, que por su propia boca se preguntaba “¿de qué están hechas las mujeres hoy en día?”, no pensemos lo que hoy recibiríamos por respuesta. Tristemente la realidad nos lo dice sin necesidad de intermediarios. Como muy bien nos dice al final la película: “Y si alguien conoce a una mujer con un corazón más bondadoso, una franqueza más firme y un carácter más noble, quisiera conocerla”.

HABLAN LOS MAESTROS



“Los que buscan deleite en las cosas exteriores quedan decepcionados, porque se desparraman en las cosas visibles y fugaces, y lo único que consiguen es lamer sus imágenes, muertos de hambre. Ojalá que, fatigados de hambre, dijeran: ¿Quién nos hará ver la dicha? Para que yo les dijera y ellos oyeran: La luz de tu semblante se alza sobre nosotros, Señor. Nosotros no somos la luz que alumbra a todo hombre. Somos iluminados por ti, a fin de que los que fuimos en un tiempo tinieblas, podamos ser luz en ti”.

San Agustín – Confesiones, IX, 4.



“Ante el bien, se encuentre donde se encuentre, nuestra actitud sólo puede ser la que aconseja el Apóstol: probadas todas las cosas, tomad lo que es bueno. Frente al mal debemos igualmente obedecer el consejo del Apóstol: “no queráis conformaros con este siglo” (Rom. 12,2).
Sin embargo, conviene aplicar con inteligencia los dos consejos. Es excelente analizar todas las cosas y quedarse con lo bueno. Pero debemos tener presente que lo bueno es lo que está conforme, no sólo con la letra, sino también con el espíritu. Bueno no es aquello que favorece un tiempo a la virtud y al vicio, sino lo que favorece siempre y únicamente a la virtud. Así, cuando una costumbre no es reprobable en sí misma pero crea una atmósfera favorable al mal, la prudencia manda rechazarla”

Mons. De Castro Mayer



“Necesitamos que nos contradigan para afinar nuestras ideas”.

Nicolás Gómez Dávila


“La crítica decrece en interés mientras más rigurosamente le fijen sus funciones. La obligación de ocuparse sólo de literatura, sólo de arte, la esteriliza. Un gran crítico es un moralista que se pasea entre libros”.

Nicolás Gómez Dávila


“El maestro enseña más con lo que es que con lo que dice”.

Soren Kierkegaard


“El arte, como todo producto de la acción humana, no es un fin, sino un medio: un medio para que los hombres cumplan su destino, ser buenos y felices”.

Hugo Wast – Vocación de escritor



“Una novela, por el solo hecho de representar la vida, enseña, bien o mal, aunque su autor no lo haya pretendido. No es un cuadro ni una estatua: es toda una cadena de principios y de consecuencias que se transmiten al lector como incitaciones al bien o al mal”.

Hugo Wast – Vocación de escritor.



“Hasta muy recientemente –hasta la segunda mitad del siglo diecinueve- se daba por supuesto que la ocupación del artista consistía en deleitar e instruir a su público. Había, naturalmente, diferentes públicos. Las canciones callejeras y los oratorios no iban dirigidos a la misma audiencia (aunque, a mi juicio, a una gran cantidad de gente les gustaban las dos). El artista podía incitar a su público a apreciar cosas más bellas de las que había querido al principio. Ahora bien, sólo podía hacer una cosa así si resultaba entretenido desde el comienzo –aún cuando no se limitara a entretener-, ofreciendo una obra básicamente inteligible –aunque no se entendiera completamente-. Todo esto ha cambiado. En los círculos estéticos más elevados no se oye hoy día nada acerca del deber del artista hacia nosotros. Todo gira acerca de nuestra obligación hacia él. Él no nos debe nada. Nosotros, en cambio, le debemos “reconocimiento”, aun cuando no haya prestado la menor atención a nuestros gustos, intereses o hábitos. Si no se lo damos, nuestro nombre será vilipendiado. En esta tienda el cliente está equivocado siempre”.

C.S. Lewis. “La obra bien hecha y las buenas obras”, en El diablo propone un brindis.

domingo, 3 de mayo de 2009

PRESENTACION


“Concédeme, Señor, saber amar lo que se debe amar, y alabar lo que a Ti es agradable, y estimar lo que te parece precioso, y aborrecer lo que en tus ojos es feo”.

Kempis, Imitación de Cristo, L. III Cap. LV



Estoy cansado del cine. Lo encuentro cada vez menos necesario y provechoso. Salvo unas pocas y contadas películas, podría prescindir del resto. No vale tanto la pena. Es perder el tiempo.

-Perdón, ¿pero esto no es un blog de cine? ¿En qué quedamos?

-Mire. Cuando mento al maestro Hitchcock con aquello de “Reduco” (lo remito a “Lifeboat”, si todavía no la vio), hago analogía con esa broma porque busco una manera de “reducirme” de tanto cine, así como don Alfred se redujo de su abundante adiposidad (por lo menos en el afiche del periódico del film). Con esa intención empecé a escribir el voluminoso “Videoteca Reduco” del que aquí incluiré algunas cosas, e, indirectamente, con esa intención invito al lector a que, a medida que aprenda a mirar –o, si usted quiere, a prestar atención- aprenda a discriminar, a decantar y a prescindir de mucho cine inútil cuando no perjudicial. Hay cosas mejores para hacer. Recuerde la enseñanza evangélica: “Donde esté tu tesoro, estará tu corazón”.

-Oiga, ¿no será que porque usted está “empachado”, quiere prescribir una “curación” que no es para todo el mundo? Por ejemplo, ¿en qué puede ser perjudicial el cine?

-Hay que ser muy ingenuo, por no decir ignorante, para pensar que una simple película no puede influir en nuestra forma de pensar. La Verdad y el error están en continua oposición, y lo estarán hasta el fin de los tiempos. Pero no siempre se disciernen claramente, y muchas veces andan mezclados. El liberalismo que hoy domina en todos los ambientes, se sirve y ha servido muy bien de los medios culturales, del cine en gran medida, para fomentar ese “vértigo en que vive una cabeza moderna”, como diría un sacerdote cercano a nosotros, para influir sutilmente en corromper conciencias y pervertir las costumbres. “El mundo nos domina –escribió el Cardenal Newman- no solamente por atraer a nuestra razón, o por excitar nuestras pasiones, sino por imponerse sobre nuestra imaginación”. ¿Es que acaso no se ve?

-Pero, digo, pregunto, ¿usted no se está encerrando en una actitud sectaria, excluyente, elitista, en lo que un crítico suele llamar “diferencia tecnificada” al disponer que lo que escribe sea desde “una mirada católica”? En síntesis, ¿no deja afuera a casi todo el mundo? ¿No es poco ecuménico?

-Vea, ese argumento lo escuché –y no a manera de pregunta, sino de grosera acusación- por parte de alguien que, por creerse astuto, por adaptarse al mundo sin querer parecer “demasiado católico”, terminó viviendo y pensando como el mundo, con los criterios del mundo, sin dejar de llamarse “católico” a sí mismo. Yo mido mis fuerzas y no quiero engañarme ni que me engañen. Usted habla de “exclusivismo”, pero en realidad no hay nada más inclusivo que el catolicismo (ahora que se habla mucho de “políticas de inclusión”, pero, ¿adónde nos quieren incluir?). Revise su historia. Es exclusivo e intolerante con el error, no con todo lo demás, incluyendo a los adversarios, a quienes va a buscar con misericordia y verdad, sin engaños. Los anticristianos y los católicos liberales son tolerantes (ecuménicos) con todo, menos con la verdad, y por lo tanto terminan excluyendo también la ley natural y el sentido común. Es decir, que bajo la máscara de la apertura son impenetrables y sectarios. Yo no excluyo al no católico, sino que éste, en todo caso, se excluiría solo. Incluidos en el catolicismo, no estamos afuera de nada, sino dentro y en el centro de todo. El católico es absolutamente realista porque acepta el misterio, y al no apartarse de la ortodoxia, evita caer en el misticismo o en otras lacras que se dan la mano, como el gnosticismo y el progresismo. Ser católico no es encadenarse, sino liberarse. Como dijo Chesterton: “Solamente desde que conocí la ortodoxia conocí la emancipación mental”.En definitiva, escribo para todo el mundo, pero no para el mundo. Recuerde que católico es “universal”. Piense en esto que escribió Gustavo CorÇao: “El católico es el único hombre que tiene, no sólo el derecho, sino la posibilidad de determinar los desvíos del mundo, porque posee un criterio, un centro, un absoluto, una verdad. Y de esa condición singular resulta que el simple derecho se convierte en un deber”. Parece arrogante, como arrogante puede parecer la luz del sol al que tiene los ojos lastimados y en tinieblas.

-Está bien. Pero, ¿el cine no se hace para todos?

-Pero es que el blog pretende ser “una mirada católica” y no “la mirada católica”. No es sólo para católicos, aunque en principio apunte a ellos. Es bueno avisar de entrada al lector con lo que se va a encontrar.

-Pero también se “diferencia”, hace rancho aparte, como quiso hacer Pedro en el monte Hermón.

-Fíjese en esto: en un mundo mayoritariamente católico, el católico pasa desapercibido. En un mundo casi enteramente pagano y anti-católico, el católico pasa a destacarse. En ambos casos es el mismo, cree en lo mismo, es igual. Cambió lo que está a su alrededor. No necesita hacer nada. Si es de veras católico habrá de revelarse por lo que escribe y hace, por su vida entera. El mundo tiene sus anticuerpos para él. Desde luego, uno se dirige en primer lugar a los católicos porque la caridad bien entendida empieza por casa. Pero lo más importante en este tiempo de confusiones es procurar aclarar las cosas o por lo menos no confundir más. En definitiva, se trata de que el católico es por naturaleza un apóstol, y ha de hacer, desde el lugar en el que esté y como pueda, obra de apostolado. Recuerde lo que enseñó Jesucristo, que la boca habla de lo que nos desborda del corazón.

-¿Usted sabe que corre el riesgo de ser llamado “fanático”, “integrista”, “retrógrado”, “puritano”, “negativo”, “ultramontano” y otras cosas de grueso calibre?

-Perdonemé si me apoyo seguido en los maestros, pero es propio del discípulo hacerlo. Decía el Padre Castellani que el fanatismo consiste en poner arriba de todo los valores religiosos –lo cual está bien- y después suprimir o despreciar todos los otros valores, lo cual está mal. Ciertamente, se trata de no caer en esa tentación -¡en ninguna!- manteniendo el equilibrio. Pero ese deleite proporcionado por los otros valores –a los que buscamos comprender- no tiene que hacer perder lo que es más importante, para que el conocer sea verdadero y no ilusorio. Los valores de la base –lo natural- están en función de aspirar a la cúspide –lo sobrenatural-, porque el hombre vive para conocer a Dios, y todo lo demás, desde lo más pequeño a lo más grande, debe ayudarnos a eso, si así lo queremos y podemos ver. Por lo demás, si llamaron “loco”, “impostor”, “blasfemo” entre otras cosas a Nuestro Señor, ¿qué voy a pretender, obsequios del mundo o de los católicos liberales? De ellos, de los católicos, me han venido hasta ahora los mayores golpes. Y no crea que no duelen. Pero así ha de ser. Además, como enseña San Isidoro de Sevilla: “Vano es y completamente equivocado el ánimo que pone su cuidado en desear fama y anda ocupado en adquirir terrenas alabanzas. ¡Oh, hombre! Mírate, remírate, y no te atribuyas nada de cuanto hay en ti, como no sea el pecado”.

-De todos modos no me queda clara la justificación de armar lo que se ha dado en llamar un blog, siendo que usted, como me dijo en otra oportunidad, es reacio a este medio, donde miles de voces se suman cada día a un interminable y casi siempre frívolo e importuno coro de opiniones y juicios temerarios o prejuicios. “Se habla y se escribe demasiado...”

-A veces, las más de las veces, no hay motivación más poderosa, incitación más punzante, que la del error. Y así, viendo que gruesos errores –algunos de ellos errores a designio- llevan la confusión a todas partes, en especial a los ambientes católicos y por parte de lenguajes o miradas que se postulan y asumen como católicos, veo un deber a cumplir, en la medida de mis posibilidades –bastante limitadas, por cierto- y mientras no haya alguien más que lo haga, el de desnudar los errores y, a la vez, destacar lo que debe ser visto. La insistencia de algunos amigos hicieron el resto. Piense, también, que si al comienzo de nuestro diálogo me mostré más bien desganado con respecto al cine, esa actitud se da hacia lo general, no hacia lo particular, pues nada de esto puede llevarse a cabo lícitamente sin entusiasmo. “El entusiasmo da valor –escribió Ernest Hello- y el valor tiene dos acentos. Admira lo que es bello y abate lo que no lo es”. La verdadera crítica no está reñida con el disfrute...

-De eso justamente le iba a hablar. Mire lo que dice acá Emile Cioran sobre la crítica y los críticos, ¿puedo leérselo?

-Hágalo.

-Aunque no habla del cine creo que se aplica igual: “Leer un libro por el placer y leerlo para hacer una reseña son dos operaciones radicalmente opuestas. En el primer caso, nos enriquecemos, hacemos pasar dentro de nosotros la sustancia de lo que leemos; es un trabajo de asimilación; en el segundo, permanecemos exteriores, por no decir hostiles (¡aun cuando lo admiremos!) al libro, pues no debemos perderlo de vista un solo momento, sino que, al contrario, debemos pensar en ello sin cesar y trasponer todo lo que decimos en un lenguaje que nada tiene que ver con el del autor. El crítico no puede permitirse el lujo de olvidarse, debe ser consciente en todo momento; ahora bien, ese grado de conciencia exacerbada resulta al final empobrecedor. Mata lo que analiza. Seguramente el crítico se alimenta, pero con cadáveres. No puede comprender una obra, ni aprovecharla, hasta después de haberle extirpado el principio vital. Considero una maldición tener que contemplar alguna cosa, sea lo que fuere, para hablar de ella. Mirar sin saber que miramos, leer sin sopesar lo que leemos: ése es el secreto. Todo lo que es demasiado consciente es funesto para el acto, para cualquier acto. No se puede hacer el amor con un tratado de erotismo al lado. Sin embargo, eso es lo que ocurre prácticamente por doquier hoy. La enorme importancia que ha adquirido la crítica corresponde al mismo fenómeno”. Perdone la extensión pero creo valía la pena. ¿Qué opina?

-Como suele suceder con este escritor, hay cosas con las que estoy de acuerdo, y otras en las que estoy muy en desacuerdo. En todo caso, lo que dice sirve para pensar varias cosas. En primer lugar, creo que hay una crítica inválida y hay una crítica válida. La primera es la que juzga la obra como una cosa que no demanda la colaboración del espectador, su participación, haciendo de la obra una cosa muerta o en sí acabada, es la que no ama al arte que juzga, y esa es creo a la que apunta el escritor rumano. La que toma a la crítica como una profesión o forma de ganarse la vida, y no como un servicio para ganarse el alma. Es, además, la que no tiene en cuenta lo emotivo, que es una forma del conocer. Es la que no indaga más allá de la obra: en un época, en un autor, en las ideas. No penetra en la obra ni le saca todo el fruto que tiene. La crítica válida es la que entiende que la obra puede mejorar o empobrecer la vida, como cosa viva que es, y por lo tanto tiene en cuenta la forma, y busca leer en ésta el modo de comunicar una emoción que conduce a la verdad y el bien, en tanto yo me haga partícipe de la experiencia estética y sepa trascenderla. Dialoga con el artista. Evita hacer de la obra un ídolo, peligro siempre real, pero también evita retraerse ante ella, sabiendo que la simpatía es un componente fundamental para la comprensión de otra alma, y en la obra de arte se despliega amable o se oculta procelosa un alma, luminosa u oscura, sana o enferma. Esto puede sintetizarse así: El arte es para la vida, y no la vida para el arte. Y la vida es para Dios. En cuanto a “leer un libro por placer”: Hay distintas clases de placer. Cioran termina haciendo analogía con el placer del cuerpo. Eso es no saber que el placer de una obra artística no es un placer “natural”. Si yo miro un bello paisaje de inmediato me siento complacido y hasta, si cabe, conmovido. Si yo miro un film debo entender lo que se me dice –es decir, muestra- y para entender lo que se me dice debo entender además cómo se me dice, en el momento en que se me está diciendo. Hay variantes, claro está. Una comedia del cine mudo no pretende lo mismo que un film de tema religioso. O, también, un film de tema religioso pero mediocre no me exige tal vez lo mismo que un riguroso film policial, por eso es posible sentir más placer –prefiero decir, goce- con el segundo que con el primero. Pero tiene razón Cioran en que primero debemos entregarnos sencillamente a la obra, honestamente, creyendo en ella, (en la medida, claro, en que la obra con su probidad sepa atraparnos e interesarnos). Pero no es esa la sola condición para disfrutar verdaderamente de la obra, si ésta lo amerita. Un crítico le dijo a Hitchcock que éste esperaba mucho del público, a lo que el maestro inglés asintió diciendo: “De quienes quieren. No creo que baste ver una película una vez. Creo que van demasiado rápido. Aunque los críticos se sientan a las diez y media de la mañana y ven el filme entero una sola vez. Eso les parece suficiente. Pero yo no creo que sea así en realidad”. Debemos, entonces, dejar que la película nos lleve adonde quiera, pero a la vez, y he ahí lo difícil, sin dejar de lado el sentido reflexivo, para que no nos lleve a un lugar al que no nos conviene ir. Porque si el cine no es “espontáneo” o “improvisado” (bueno, no hablo acá de “cine argentino”), desde que el cine se ha vuelto autoconsciente y no deja de mirarse a sí mismo, obliga al espectador a una mirada que ya no puede ser tan “literal” como la que había sobre el cine clásico, porque el cine de suyo nos dice que es un artificio, lo cual es una incitación a la interpretación, y en esa forma de lectura se corre el riesgo de “ver lo que no hay”, error muy común en nuestros días. Entonces, las imágenes son creadoras de sentido, en la medida en que sepamos “leerlas”, o, mejor, intuirlas, relacionándolas unas con otras, y una situación con otra, y una forma de contar con lo que se cuenta, y lo que se cuenta en relación con lo bello, lo bueno y lo verdadero. Tenga en cuenta, además, que no ejerzo –ni nunca lo hice- como crítico profesional, por lo tanto, nada me obliga a ver un film, y, en todo caso, ninguno de mis errores puede serme achacado a una “deformación profesional”, sino a defectos de otra índole. Más bien le digo que me recreo en revisar la mirada que había en mí antes y después de mi conversión al catolicismo. Cargado de ciertas herramientas propias del observador frecuente y atento, voy más allá en la mirada que ahora propongo. Ahora bien, hay algo que dice Cioran que mis detractores –por cierto, en este caso mirones desatentos, lo que es una doble autocondenación- me aplicarían a mí (ya lo han hecho) sin dudas porque no les gusta ser contrariados, al decir “ese grado de conciencia exacerbada resulta al final empobrecedor”. Sin dudas, al hacer una lectura global de los escritos aquí presentados deberían comprender que se trata de buscar los valores parciales de un cine no católico y apreciar los valores sublimes de films que, en definitiva, son acreedores de una belleza y una verdad que provienen sólo de Dios, del “Dios que alegra mi juventud”, como así también destacar ese “humo de Satanás” que es el Liberalismo, introducido sutilmente por todas partes, con la evidente intención de colocar al hombre en el lugar de Dios. Eso es lo que quiero dejar absolutamente en claro: nadie debe quitarle su gloria a Dios. Por eso, así como Chesterton decía que el católico a la entrada de la Iglesia debía sacarse el sombrero, pero no la cabeza, yo digo que el católico, al entrar al cine, no debe dejar su catolicismo afuera, sino más bien, en la oscuridad de la sala, tenerlo muy presente. Nuestra vocación no es mundana. Y para terminar, querido amigo y lector, este diálogo, le digo con nuestro amigo el ya citado Hello: “Cuando el relámpago pasa sobre el Arte, es la crítica que despierta. Es necesario vengar a la palabra crítica del sentido negativo y restrictivo que se le atribuye. Significa discernimiento. El discernimiento, pues, es una obra de luz”.


AGRADECIMIENTOS:
A la familia Pérez Agüero, en especial a Carlos y a Liliana (Dios la tenga en su gloria), por su amistad verdaderamente cristiana.
A Guillermo Van Kooten, por su amistad de siempre, y por facilitarme su computadora para mis escritos.
A los maestros Antonio Caponnetto y Aníbal D’Ángelo Rodríguez, por su apoyo, sus buenos consejos y, sobre todo, porque en su humildad demuestran el verdadero sentido de la palabra maestro.
A Marcelo Quarchioni y José Luis González, porque discutiendo con ellos de cine he pensado mejor muchas cosas, café de por medio.
A Javier Limay por su apoyo.
A todos ellos y a todos encomiendo en mis oraciones, especialmente por medio de San José, San Agustín, San Ignacio de Loyola y Santa Teresita de Lisieux, a quienes pongo por protectores y pido guíen nuestras obras al cumplimiento del fin último para el que fuimos creados.
“Verdadera es aquella amistad que pega el engrudo de Cristo, que no se funda en un interés, ni sólo la presencia corporal, ni en lisonjas taimadas y engañosas, sino en el temor de Dios y en el estudio de las Divinas Escrituras...” (San Jerónimo, Carta a Paulino de Nola).