“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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sábado, 10 de julio de 2010

HABLAN LOS MAESTROS


HABLAN LOS MAESTROS


“La Autoridad Católica de los sacerdotes debería estar amalgamada a la Verdad Católica de Nuestro Señor, porque aquella Autoridad humana existe únicamente para proteger y enseñar esa divina Verdad. Pero en ese terrible Concilio (1962-1965), siglos de herejía Protestante y de disolución Liberal de la verdad habían por fin logrado colarse en los corazones y mentes de una gran mayoría de los Padres del Concilio que abandonaron entonces la pureza de la Verdad Católica y hasta al día de hoy están utilizando toda su Autoridad Católica para imponer sobre los Católicos la nueva y falsa religión del Concilio.
De aquí que los Católicos han sido divididos, entre unos y otros y en sí mismos, era inevitable. Porque o tenían que aferrarse a la Verdad Católica y abandonar en cierta medida la Autoridad Católica, que es la solución de los "sedevacantistas". Y cuando uno busca ante todo la Verdad Católica, ciertamente se puede simpatizar con ellos, tan terrible ha sido la traición de la Verdad por las esferas más altas de los eclesiásticos desde que comenzó el Concilio. O los Católicos han decidido aferrarse a la Autoridad católica, y abandonar en cierta medida la Verdad Católica, que ejemplifica la solución del Cardenal Kasper. Y cuando uno busca en primer lugar la Autoridad Católica, uno puede muy fácilmente simpatizar con su lealtad a Benedicto XVI y entender la sonrisa del Cardenal cuando se encuentra a sí mismo reprochado por no ser Católico por la Sociedad de San Pio X, aparentemente carente de toda autoridad y aún prácticamente excomulgada.
Sin embargo el Arzobispo Lefebvre escogió un tercer camino, uno entre los dos extremos de la Verdad sin Autoridad o de la Autoridad sin Verdad. Su camino, en donde ha sido seguido por la FSSPX, fue el de aferrarse a la Verdad Católica, pero sin caer en la falta de respeto hacia la Autoridad Católica ni en una incredulidad generalizada en la validez de sus dirigentes. Es un equilibrio ciertamente no siempre fácil de mantener, pero ha dado frutos católicos alrededor del mundo y ha sostenido un remanente fiel de Católicos con la doctrina verdadera y los verdaderos sacramentos durante los 40 años que hasta el momento hemos pasado en el desierto Conciliar (1970 - 2010).
Y nosotros las ovejas Católicas tendremos tal vez que estar dispersas por algún tiempo más en ese desierto, durante todo el tiempo en que el Pastor en Roma sea golpeado. (Zacarías XIII,7, citado por Nuestro Señor en el Jardín de Getsemaní - Mt. XXVI,31). En este Getsemaní de la Iglesia, ciertamente necesitamos tener compasión hacia las ovejas hermanas. Esa es la razón por la que puedo simpatizar con los "sedevacantistas" e inclusive con los liberales (¡hasta cierto punto!). Pero de ninguna manera significa que el tercer camino planteado por el Arzobispo haya dejado de ser el camino correcto”.

Mons. Richard Williamson, Comentarios Eleison, 26 de junio del 2010, “Equilibrio católico”.


“Abandonar la Verdad de hecho es, en sí mismo, bastante más grave que abandonar la Autoridad, porque la Autoridad únicamente existe para servir a la Verdad. Así es que la Verdad es primordial mientras la Autoridad es secundaria. Por lo tanto los "sedevacantistas" tienen Fe (¿por qué más los desorientados Vicarios de Cristo los molestan?) y sus mentes aún funcionan (sus argumentos son aparentemente muy lógicos), mientras que desde el momento en que un Católico acepta, debido a la Autoridad, el Vaticano II con su religión del hombre, él comienza a perder su Fe en la única verdadera religión de Dios, y comienza a destruir su mente, forzándola a digerir la contradicción, porque las dos religiones absolutamente se contradicen, en principio y en práctica -- ¡miren a su alrededor!
Lo que la sonrisa del Cardenal mostró fue simplemente hasta qué punto los eclesiásticos de las esferas más altas de la Iglesia han perdido la Fe (por lo menos ante los hombres), y han destruido sus mentes por la búsqueda Conciliar del "diálogo ecuménico". La plenitud de la cabeza visible de Dios en la tierra es Jesucristo quien fundó no más que una sola Iglesia, la cual se encuentra necesariamente contradicha, más o menos, por cualquier otra "iglesia" o religión o rechazo de religión. ¿Cómo entonces pueden los oficiales Católicos dialogar oficialmente con cualquier no-católico a excepción de tener como fin principal el convertirlos? El "dialogar" buscando otro objetivo denota implícitamente la negación de que Jesucristo es Dios. No es de extrañarnos entonces que el Cardenal percibe que la FSSPX lo considera un hereje. Y su única reacción es la de sonreír.
Porque él aún piensa, debido a la Autoridad, que él cree todo lo que un Católico cree. Esto significa que el Cardenal ha perdido toda noción de contradicción, que su Fe y su mente ya no funcionan más. Ahora bien, cuando la facultad más importante de un hombre se pierde, su mente, ¿qué más puede quedar para rescatarlo? Solamente un milagro. Y el Cardenal es un ejemplo típico de los eclesiásticos de la actualidad. Fuera de un milagro divino, la Iglesia oficial de hoy en día está acabada”.

Mons. Richard Williamson, Comentarios Eleison, 3 de julio del 2010, “Humanamente, acabada”.



“”En materia religiosa (Alberdi) profesaba ideas de católico liberal –ese animal estúpido que se reproduce con tanta facilidad en nuestros tiempos. “En vano –escribe- llenaréis la inteligencia de la juventud de nociones abstractas sobre religión; si la dejáis ociosa y pobre, a menos que no la entreguéis a la mendicidad monacal, será arrastrada a la corrupción por el gusto de las comodidades que no puede obtener por falta de medios. Será corrompida sin dejar de ser fanática. La Inglaterra y los Estados Unidos han llegado a la moralidad religiosa por la industria”. Y agrega con un criterio de picapedrero: “Prácticas y no ideas religiosas es lo que necesitamos”.
El señor Alberdi se equivocaba de parte a parte. El mal de América es precisamente la falta de conocimiento religioso. Generaciones enteras se han aburrido en misa sin saber lo que era la misa; han cumplido con todas las prácticas religiosas sin conocer la religión; han rezado a los santos y no los han venerado; han creído en la ayuda de Dios sin advertir siquiera en el tremendo misterio de la gracia de Dios. Tenían la costumbre religiosa: una especie de buena voluntad pasiva, apenas suficiente para salvar el alma. Por los sacramentos nos distinguíamos de los buenos mahometanos, de los buenos protestantes, de los buenos idólatras; éramos religiosos por comodidad humanitaria, tal vez por pereza humanitaria. Bastó que unos pocos pedantes nos hablaran para que depositáramos nuestra religión doméstica en manos de las mujeres. Nos bastó el miedo de los hombres para que le perdiéramos el miedo a Dios. Ellos nos traían razones y nosotros no teníamos ideas: teníamos prácticas. El catolicismo de Alberdi no era catolicismo, porque no conocía a la Iglesia, “tan capaz –según él- de asociarse a todos los progresos humanos”. La Iglesia no es tolerante, es la Iglesia bárbara de Jesucristo, nada civilizada en el sentido liberal. Es intolerante porque posee la verdad; es bárbara porque posee la alegría de la esperanza en Dios; es nada civilizada porque no necesita de las cosas del mundo. Los hombres de la generación de Alberdi no podían comprender esto. Habían nacido en el liberalismo cegatón que engendró la Reforma, y si fueron católicos lo fueron sólo de intención. La intención basta para salvarse uno mismo, pero basta también para perder a los otros con la mejor intención. Catolicismo y masonería eran dos términos que se tocaban en un punto: la realidad. Políticos católicos respetaban –como ellos decían- las ideas masónicas, porque había que ponerse a tono con el tiempo; políticos católicos pactaban todos los días con los enemigos de la religión de su patria, porque los enemigos eran elegantes y la patria necesitaba civilizarse. Todo esto se lo debemos a los fundadores civiles de nuestra nacionalidad”.

Ignacio Anzoátegui, “Vidas de muertos” .

domingo, 1 de noviembre de 2009

CRITICA



EL BOSQUE PETRIFICADO
Director: Archie L. Mayo - 1936

EL CEREBRO PUTREFACTO
(O una excelente muestra del veneno que el liberalismo supo inocularnos a través de Hollywood)


La película empieza atrayéndonos: un lugar desértico, puede ser Nevada, Nuevo México o Arizona. Un hombre hace dedo infructuosamente en la polvorienta ruta. Hay una estación de servicio con un bar. Bette Davis, gran protagonista de todos aquellos melodramas de los 30’ y 40’, es aquí una joven soñadora llamada Gabrielle, nacida en Francia y encargada de atender el bar. Ansía viajar a París, donde vive su madre. Su padre vive aquí con ella y regentea el negocio. La chica no cuestiona sino que aprueba la separación, y afirma que nunca se casará porque quiere ser libre (acá ya se empieza a manifestar el rancio romanticismo de la película y la idiota idea de que Francia representa la libertad, etc.) El padre es un patriotero de pacotilla que cree en la “Libertad” (como parece es un deber de todo buen americano) y se junta con ex-miembros del ejército local, bastante caricaturizados. El abuelo es un viejo parlanchín que viene a ser el Walter Brennan del film, el personaje simpático –pero acá casi ridículo. El empleado de la gasolinera es un fortachón jugador de football enamorado de la Davis, que lo deja insistir sin saber del todo para qué. Allí va a parar el tipo que hacía dedo, que se define a sí mismo como “una especie en extinción: un intelectual” (lo dice con el tono de cajetilla que tendría alguno de nuestros amanerados y ridículos intelectuales, esos que Anzoátegui supo sancionar en su “Vidas de muertos”). Dice que fue escritor en Francia, se casó y la mujer lo abandonó –lógicamente- y ahora está ahí sin saber para qué vivir, casi la historia lastimera del tango. Típico y adelantado “intelectual” como los franceses que posteriormente iban a derrochar pesimismo, ideas revolucionarias y “existencialismo” –aunque éste es inglés- no sabe nada pero se la pasa hablando sin parar “ingeniosamente” y con sentido “poético” de las cosas de la vida. Un pedante que la juega de “looser”*. Un aire trágico emana de su figura, y como un olor a encierro, propio no de un cuarto de estudio sino de una filosofía copiada de un obsoleto manual en francés. Romanticismo infecto como el que pululó en nuestra América el siglo XIX y ya entrado el XX. Este espécimen afectado hubiera estado en su ambiente en aquel salón literario y con los inservibles que se fueron a Montevideo en época de Juan Manuel.

Hasta aquel paraje van a parar también un famoso gángster y parte de su banda, fugitivos de la justicia. Duke Mantee, tal el criminal, interpretado por Humprey Bogart, que demuestra que podía hacer tan bien papeles opuestos entre sí. Este gángster es presentado como un casi simio, que apenas sabe esbozar unas pocas palabras, la encarnación de la brutalidad frente a la “sensibilidad” y “humanidad” del otro, interpretado por Leslie Howard –de quien, tras haberlo visto en este film, nos prometemos no ver ningún otro donde reaparezca su lamentable figura. Este personaje llamado Alan enamora a la Davis con su cínica verborrea.

También van a parar a ese bar en el desierto un matrimonio: el tipo es empresario o banquero y la mujer una tilinga que se la pasa reprochándole el no haberla dejado seguir sus sueños, esto es, ser una actriz de Hollywood. Le llena la cabeza a la Davis con esas ideas “liberadas” y hasta simpatiza con el gángster. Lógico, el marido es un perfecto burgués.

Frente a todos estos problemas el autor de la obra no encuentra mejor solución que el nihilismo. Alan encuentra el sentido de la vida en la chica, así que firma “heroicamente” –sin que ella se entere- la póliza de seguros que lleva encima para que le quede todo el dinero a ella. Tras lo cual le pide al gángster que lo mate. Así, se “sacrificará” por el bienestar y la felicidad de la mujer que ama, para que cumpla sus “sueños”. Le cortará el deseo de ella de estar juntos por un poco de dinero. El increíble retorcimiento, la imbecilidad y perversión de este argumento suscitaron la admiración de Borges. ¿Puede extrañarse? El protagonista está casado o divorciado, flirtea con la jovencita, a los cinco minutos de conocerla la besa, porque “no pude resistir la tentación”, le llena la cabeza de boberías, cuando aparece el criminal, en vez de jugarse la vida como el futbolista que hace el intento, hace la más fácil: lo incita al criminal a que siga pecando y tiene un ánimo suicida pero por cobarde le pide al otro que lo mate, supuestamente por una buena causa. Y es presentado al final como un ejemplo del amor romántico y sacrificado –más o menos como Di Caprio en Titanic, después de habérsela “lastrado” a la chica en el asiento trasero de un auto, tras lo cual la salva para que “cumpla sus sueños” y sea una mujer liberada y actriz hollywoodense-. ¿No se advierte que Hollywood –ése Hollywood- no ha cambiado en nada?

Ese amor más grande que todos, cual es el de dar la vida por los propios amigos para salvar sus almas y que lleguen al cielo, como nos enseñó Cristo, es acá suplantado por el suicidio asistido para cobrar un seguro que le permita a otro vivir el paraíso en la tierra, con sede en París. ¿No se advierte la mano de los pérfidos enemigos de Cristo en todo esto? No recordamos argumento más bochornoso. Pero sí los malos ejemplos emanados de aquella “fábrica de los sueños”, especialmente a través del melodrama: divorcios e infidelidades, argumentos retorcidos donde todo vale por la felicidad ajena, como éste o el de “Stella Dallas” o el de “La gran mentira”, entre tantos. Nos parece evidente la depravación de lujo que por parte de aquellos productores se les vendía a los norteamericanos para que vivieran de esa forma. Y ellos, para su desgracia, la compraron.


* Había empezado a ser así para conmover a las mujeres y enseñarles su palidez de cadáver, y terminó convenciéndose a sí mismo de que su palidez era una misión. Confundió la mística con la anemia” (Anzoátegui, sobre Amado Nervo)

martes, 28 de julio de 2009

CRITICA



CAPITÁN DE CASTILLA
Director: Henry King – 1947



HOLLYWOOD Y LA LEYENDA NEGRA
(O una prueba más de la forma en que el liberalismo se disfraza de católico para combatir al catolicismo)


Henry King fue un artesano del cine, un autor intermedio entre los grandes autores y los directores sin voz propia de la última fila, en el contexto de un Hollywood clásico que supo dosificar y dar lugar a casi todas las corrientes posibles que conformaron su mundus y cifraron su identidad. Hermano del también director Louis King (menos talentoso que aquel), su carrera abarcó desde el cine fundacional a la par de Griffith en 1915 hasta 1961, 50 años de carrera donde lo más destacado fue seguramente su versión de “La canción de Bernadette” en 1943. Director maleable como una cera, uniforme en la forma y desigual en los géneros abordados, era capaz de pasar de un film de piratas a un oscuro drama rural; de un film de guerra a uno de Jesse James; de César Borgia en Italia al África de los zulúes; de una excelente película de personajes simples como Deep waters, limpia y aleccionadora, a un melodrama “romántico” sobre el divorcio como Angustia de un querer, mamarracho cursi con una escena irreverente para el catolicismo, galardonada con varios oscars; de la biografía del presidente Woodrow Wilson y las “aventuras” de un banquero inglés a la historia de David y Betsabé –acaso la mejor versión del siempre acartonado género “bíblico”, pero en un film no católico, desde ya. Tal vez King se adaptó perfectamente a tan disímiles historias porque su género era siempre el liberalismo conformista. En fin, aquello era Hollywood y King tenía además de su ductilidad algo a favor y algo en contra. En contra el hecho de hallarse demasiado cómodo en su lugar dentro de la industria, cobijado siempre por los estudios Fox, una adaptación que un genio como Griffith nunca encontró, justamente por ser demasiado grande o excéntrico para asimilarse. Puede vincularse King a Walsh en este sentido. Lo que se lleva King a favor es no haber caído nunca bajo ningún rótulo o compartimiento estanco, como Cukor o Goulding o Lubitsch, con sus comedias y melodramas. Es decir, que no molestó demasiado con sus películas a nadie por su medianía. Sin torpezas formales, su rasgo de estilo es la adaptación al material que trae entre manos, con logros parciales de escenas destacadas a la par de otras carentes de interés. No obstante tenía su talento, pensemos que una película como El diablo a las 4, v. gr., del torpe Mervyn LeRoy, pudo haber sido una gran película en sus manos. Como es obvio que “Bernadette” tiene sus grandes méritos sin resultar una obra maestra. Porque obras maestras hay pocas, como pocos son los maestros.

¿Pero qué decir de Capitán de Castilla? Está planteada como una película de piratas pero sin piratas, o los españoles hacen las veces de piratas. Eso en cuanto a lo formal. En cuanto al tema es una burda reducción de la epopeya de la España católica y Hernán Cortés a la sola aventura de hombres codiciosos que iban a América a robarles a los pobres indiecitos. Es la reedición de la leyenda negra anti-española y anti-católica pero, eso sí, desde el lugar del catolicismo liberal. El Padre Félix Sardá y Salvany los definió así: “Por lo demás se llaman católicos, porque creen firmemente que el catolicismo es la única verdadera revelación del Hijo de Dios, pero se llaman católicos liberales o católicos libres, porque juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por otro motivo superior que el de su libre apreciación. De suerte que, sin sentirlo ellos mismos, encuéntranse los tales con que el diablo les ha sustituido arteramente el principio sobrenatural de la fe por el principio naturalista del libre examen. Con lo cual, aunque juzgan tener fe de las verdades cristianas, no tienen tal fe de ellas, sino simple humana convicción, lo cual es esencialmente distinto. Síguese de ahí que juzgan su inteligencia libre de creer o de no creer , y juzgan asimismo libre la de todos los demás. En la incredulidad, pues, no ven un vicio, o enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aún del corazón, sino un acto lícito de la jurisdicción interna de cada uno, tan dueño en eso de creer, como en lo de no admitir creencia alguna.” (El liberalismo es pecado).

Están en este film todos los lugares comunes protestantes sobre la “horrorosa” Inquisición; la barbarie retrógrada de España; Hernán Cortés con sus probados defectos pero sin sus probadas virtudes cristianas; el consabido cura gordo, bonachón y tibio al que siempre se deja al margen; los indios que son buenos y no matan ni sacrifican a nadie, etcétera. Y, aunque no es el tema en sí de la película, su contexto basado en los hechos históricos deja de lado los hechos de la Historia. Nada hay allí de la epopeya de los españoles. La película deja de lado los motivos religiosos de la empresa. Cuando Cortés derriba a los ídolos de los aztecas, en la película el fraile ecumenista le dice ofendido que “ya se caerán solos”, cuando en la realidad el mercedario padre Olmedo refrenó los ímpetus de Cortés “haciéndole ver que al presente bastaban las amonestaciones que se les ha hecho y ponerles la cruz”, como cita Iraburu en Los hechos de los Apóstoles de América, lo cual es diferente. Además, “métodos apostólicos tan expeditivos -¡y tan arriesgados!- se mostraron sumamente eficaces para manifestar a los naturales la absoluta vanidad de sus ídolos, y recuerdan los procedimientos misioneros empleados en la Germania pagana por San Wilibrordo y sus compañeros, cuando, con el mismo fin, destruyeron santuarios paganos y se atrevieron a bautizar en manantiales tenidos por sagrados” (Ob. Cit.) Por no recordar a San Francisco Javier en la India, “mandándoles quiebren y hagan añicos todos los ídolos que guardan en sus casas” o a San Vigilio, Obispo de Trento y mártir lapidado por derribar una estatua de Saturno. Tampoco se muestra el carácter verdaderamente quijotesco de Cortés (verdadero caballero), que se resume en estas líneas: “El emperador don Carlos, que manda muchos reinos, nos envía para deshacer agravios y castigar a los malos, y mandar que no sacrifiquen más ánimas; y se les dio a entender otras muchas cosas tocantes a nuestra santa fe” (Bernal, en Ob. Cit.). Desde luego, no se muestra el estado de esclavitud y opresión de los pueblos sometidos por los aztecas. Y muchas cosas más, por supuesto, ¿para qué seguir?

Podemos decir que esta película es la perfecta oposición de Apocalypto, no solo en cuanto a lo que cuenta, sino también en cuanto a la forma de ver el cine. ¿Esto por qué? La insatisfacción de este tipo de cine deriva de esa perfecta fluidez con que siempre se desarrolla, de esa falta de sorpresas y exigencias para el espectador, de esa perfección que hace que todo funcione de maravillas. Obedece, a mi entender, a la ausencia de inquietud y a la estrechez de miras de la mentalidad protestante, a la ausencia de desgarramiento y paradoja, y por lo tanto a la imposibilidad de expresarse mediante un lenguaje simbólico, aportes que serían propios de una mirada católica. Todo es muy prístino y ejemplar, hay una ausencia de dolor y de la cruz –en prácticamente todo el cine norteamericano, por no decir en el cine todo-, una falta de sentido sobrenatural (por más que los personajes nombren a cada rato a Dios), que parecería dejar tranquilo y sosegado al espectador (pienso en lo contrario, en la inquietud y a veces turbación que producen los films de Hitchcock). Algo de esto mismo hay en “Bernadette”, con esa historieta del pretendiente de la santa, o en la brillantez con que nos es mostrada la miseria de los Soubirous. Todo demasiado aseado y “prolijo”, demasiado “presentable” para el “estimado público”. Henry King ha hecho mucho cine y se nota en algunos films la integridad de su mirada, pero es evidente que ha sido hijo de su tiempo y lugar, como todo aquel que –recordamos siempre al buen Chesterton- no se abraza a la Iglesia Católica. King se nos presenta como un hombre de buenas intenciones, pero, como decía Anzoátegui, “la intención basta para salvarse uno mismo, pero basta también para perder a los otros con la mejor intención”. Cumple con el error garrafal de los anglosajones, y es que confunde a un caballero con un aventurero. Así como Hawks se creía que Chaplín era la reencarnación del Quijote (sic), o Welles admiraba al Quijote pero transigía con la política liberal, así King transforma en un momento de su película a este caballero español (interpretado por el blandito Tyrone Power) en un Quijote, y al gran Lee J. Cobb en Sancho Panza. Pero es algo forzado e inadecuado. Cita Castellani a Lugones: “El cristianismo triunfó en su empresa de convertir al bandido en un héroe-al aventurero en un caballero”. Esta película invierte los términos. Veamos lo que escribió el propio padre Castellani (El Evangelio de Jesucristo-Domingo XVI después de Pentecostés):

“La Iglesia Medieval creó la Caballería (la Iglesia Medieval y las demás) y dio otra aplicación nueva al principio del “último lugar”. Los caballeros andantes andaban por allí protegiendo a los débiles, y deshaciendo tuertos, para merecer un favor de su dama. ¿Qué hacía un caballero cuando le hacían a él mismo un tuerto? Se hacía a sí mismo un tuerto mayor. ¿Eso no es idiotez? No, Chesterton dice que la ley del caballero es castigar la injusticia que le hacen a él, haciéndose otra mayor. Eso es literalmente “irse al último lugar”, y “poner la otra mejilla”, como aconsejó Cristo. Al Cid Campeador el Rey Alfonso lo desterró por un año; él se desterró por cuatro años; arrojó a los moros de Valencia, se creó un reino cristiano para él; y después volvió a Burgos y se lo echó a los pies del rey injusto”.

Hollywood no comprende la necesidad de aventura trascendente del espíritu español o caballeresco, porque no comprende el alma española que, al decir de Ignacio Anzoátegui, “de puro generosa se juega el alma contra Dios o a favor de Dios”. La conquista, el sabor del riesgo, el deseo de derramar la sangre, “siempre en expectación sobrenatural”, no puede ser comprendido por los hijos o nietos de quienes sólo se han movido y han pisado la América (del Norte) por el deseo de riquezas y una buena y acomodada posición social.

Por otra parte, en la segunda parte de la película que comentamos, cuando los protagonistas se vienen a “hacer la América”, se capta lo que afirmaba Anzoátegui en una página memorable de su “Vidas de muertos”, cuando afirma: “La maldición de América es su exuberancia, su facilidad para vivir y su distancia de la muerte. América no ha tenido un aprendizaje de rudeza espiritual y se ha quedado sólo en la comodidad de los sentidos. El sentimentalismo americano es nada más que sensualismo: el sensualismo de dejarse morir porque la humedad de la tierra emborracha los huesos. El sufrimiento no tuvo en América categoría espiritual: tuvo categoría sentimental. Los amantes sufrían aquí para que lo supieran las amadas, no para que lo supiera Dios”. Si esto se insinúa en la película, se lo hace favorablemente, precisamente destacando esta tierra como la de la libertad, contraponiéndola a la de la “represión oscurantista” española. La película cae groseramente en el romanticismo, y de aquel supuesto caballero queda sólo un capitán bienintencionado pero medio avergonzado ante los indios porque no sabe bien por qué razón están los españoles allí.

El cine de Hollywood, claro está, tuvo muchas vertientes, y no todas llegaban al ansiado mar. Porque, al fin y al cabo, EEUU hacía su “Bernadette” para luego destruir la abadía de San Benito en Monte Casino, o casi a la misma Roma (y el mismo año en que premió con un Oscar a “Bernadette”, premió también a “Por quién doblan las campanas”, bodrio izquierdista sobre la guerra española). No olvidemos que es la tierra de la “Libertad Religiosa”, es decir, donde se pone en pie de igualdad la verdad y el error. Esta película es un buen ejemplo del talento de aquel cine y la confianza que aquellos hombres depositaron en sí mismos, entre ingenua y temerariamente. Vale la pena acercarse los testimonios de lo que aquel cine fue y ya no es, y sacar las conclusiones debidas para, rescatando lo que vale, entender lo que falta y repudiar lo repudiable, como esta muestra de lo que los liberales han hecho para combatir al Catolicismo. Sesenta años después, le llegó su respuesta inolvidable, dejando en el olvido este ejemplar que expurgo al solo fin de dar a conocer la disputa que nunca se termina. Cuanto uno más conoce y compara más valor le otorga a un film como Apocalypto. Tal vez para eso, en definitiva, nos haya servido esta película de Enrique Rey (sin corona).

jueves, 9 de julio de 2009

DOSSIER: TEILHARD DE CHARDIN, ANGEL FARETTA Y EL CINE

TEILHARD, FARETTA Y EL CINE




Enferma leerlo” (Castellani)




“Los Padres de la Iglesia, que con su celo y saber mantuvieron intacta la verdad de la fe, hicieron de la humildad el fundamento de su actividad. Sabiendo que estaban sujetos a error, repetían con San Agustín: “Puedo errar, pero nunca seré hereje”. La prudencia y la humildad no son menos necesarias en los estudios profanos que en los religiosos. Algunos pierden el contacto con la realidad en sus elucubraciones y desperdician su talento dedicándose a estudios que están por encima de sus fuerzas. Cicerón tiene razón cuando dice que no hay doctrina, por absurda que sea, que no haya sido defendida por algún filósofo. Por ello, el Apóstol afirma que “la ciencia hincha”, no porque sea mala en sí misma, sino porque el corazón humano es muy propenso al orgullo. Generalmente los más ignorantes son los que caen más fácilmente en el defecto de exagerar sus conocimientos y cualidades”.

Vida de los Santos de Butler – San Eusebio.


“Es muy lamentable ver hasta dónde llegan los delirios de la razón humana cuando está hambrienta de novedades y cuando, en contra de la advertencia del apóstol, quiere saber más de lo que conviene saber, cuando, con un exceso de confianza en sí misma, pretende buscar la verdad fuera de la Iglesia católica, donde se encuentra sin la más leve sombra de error”.

Gregorio XVI, cit. por San Pío X.


“No, ninguno que espera en Ti es confundido.
Confundido queda el que locamente se aparta de Ti”.

Salmo 24, 3:



Fue René Guénon quien tal vez –a raíz de su indudable talento- llevó más lejos la influencia de una corriente sincrética que se ha llamado “verdadero conocimiento metafísico”, es decir gnóstico, disfrazando de “tradicional” un pensamiento que iba a acabar, en nuestros días, en el más deplorable modernismo o progresismo religioso. Esclarecedor, para quien quiera ampliar sobre este tema, es el estudio Un gran iniciado: René Guénon (primera parte). Segunda parte

Otro de los pseudo-profetas de amplio predicamento, aunque en este caso de nulo talento literario, más bien alucinado y perturbador, es Teilhard de Chardin (masón y apóstata), otro a quien puede imputársele aquella enseñanza de Santo Tomás que dice: “La infidelidad tiene origen en el orgullo”. Nos referiremos a él teniendo en cuenta el desconocimiento (“ignorancia” puede sonarle muy fuerte a algunos espíritus no acostumbrados a revisar sus ideas) que entre quienes escriben o les interesa el cine hay acerca de sus escritos, sus ideas, su influencia. Dijimos en nuestra crítica sobre “Vampiros” (Ver: SOBERBIA) que la referencia de Ángel Faretta (*) –muy positiva- sobre Teilhard de Chardin es reiterada. De hecho donde más ostensible se hace es al encabezar su libro (donde hay cosas valiosas y estimables, por cierto) “Espíritu de simetría” (Editorial Djaen, 2007), libro en el cual nos menciona, en un tiempo donde aún no habíamos llegado a la ruptura con quien se nos reveló claramente como un falso maestro, munido de esteticismo refinado pero que no dejaba de brindar a sus alumnos unas “bagatelas filosófico-teológicas” -como afirmara Don Luigi Villa de Teilhard de Chardin- que casi todos sus discípulos tragaron sin el menor discernimiento. En honor a la verdad debemos, por lo menos, abordar con sentido crítico este ítem. No nos mueve otro propósito que esclarecer allí donde la oscuridad se aposenta, y nos resulta penoso, por cuestiones personales, el tener que hacerlo. Pero ante todo está la verdad, sin la cual, como afirmó Nuestro Señor, no seremos libres, y sí, por lo tanto, esclavos del error.

Tenemos en cuenta, además, que en por lo menos seis reseñas sobre el mencionado libro de Faretta–ya se trate de periódicos o la Internet- ninguno de los comentaristas toma en consideración la mención de Teilhard de Chardin en cuanto a su gravedad y significación respecto de las ideas farettianas. La penuria de sentido crítico dejó pasar el infortunio. Si alguien pudo pensar que se trataba tan sólo de una cita aislada y desafortunada, creemos que su reiteración en diversos escritos –no de la cita sino del “pensamiento” teilhardiano- puede ser tomada, como lo hizo un periodista de Ñ de Clarín, como “una declaración de principios y una guía”, aunque por cierto extremadamente confusa y propensa a crear confusiones. Otros repetidores son más ingenuos y, por lo tanto, por no saber discriminar, no llegan a ver el peligro que corren. Pero está claro que los desvaríos a que Teilhard ha llevado a sus seguidores (para decirlo en analogía cinematográfica, y sin exageraciones, a la manera del Sutter Cane de “En la boca de la locura”, pero con una posible salida feliz, si se la busca, no como en el desesperado y horrible film de Carpenter) son tanto perjudiciales cuanto impermeables a todo esclarecimiento, cuando las evidencias de una posible ruina espiritual se manifiestan por obra de la caridad al embarullado.

Voces autorizadas –sólo unas pocas- nos hablan de este delirante pseudo-profeta que fue Teilhard. Estudiosos a los que debemos dar gracias por habernos ahorrado la enfermiza experiencia de sondear en los abismos de sus libros, donde el Error corre a sus anchas y, como león rugiente, busca a quién devorar. Voces que dan la Verdad de manera clara e inteligible, porque, al decir del Cardenal Newman: “Cuanto más profundo es el pensamiento, más simple es la palabra”.


Sobre Teilhard de Chardin


“… podemos decir que al margen de los muchos motivos de confusión que derivan del carácter de sus obras y de su extraña y complicada historia humana, lo cierto es que su obra no puede ser considerada como sostenible ni científicamente, ni filosóficamente ni teológicamente”
(Don Luigi Villa, “Teilhard de Chardin”)


“Un Pseudo misticismo, nebuloso y ambiguo, que se evade de los problemas reales con un aura poética, también ella, decadente”.
(Don Luigi Villa, “Teilhard de Chardin”)