“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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martes, 22 de octubre de 2013

ENSAYO - EL CINE Y LA MORAL




“El arte tiene como objeto esencial, y como su misma razón de ser,
el de perfeccionar la personalidad moral que es el hombre,
 por lo cual debe ser él mismo moral”

S. S. Pío XI  1


Un tema que no se puede soslayar, pero que da lugar a equívocos, es este de la moral en el cine. En un tiempo donde la desvergüenza o la hipocresía se establecen para sostener la idea de que la moral cristiana es retrógrada u obsoleta y que, como todo cambia y evoluciona, la moral también lo hace, el cine refleja fielmente estos postulados del mundo moderno, muy sutilmente y casi desde sus comienzos (desde luego, con las excepciones del caso, como las que ya dejamos asentadas en nuestros ensayos y críticas de películas).
Si el cine tiene connotaciones peligrosas para nuestro comportamiento moral ello se debe a que la moral ha sido desligada de la Verdad, y nosotros, receptores cuya oscura mirada necesita ser iluminada por la fe, nos dejamos influenciar por aquello que vemos y nos atrae sin el debido discernimiento. Si no amamos lo suficiente la verdad, poco a poco nos dejamos arrastrar por aquello que se le opone. Las mentes han sido hechas para la verdad, la cual y sólo la cual las hará libres. La inteligencia, sin embargo, sin la gracia, camina ciega hacia el error, y el error afecta al penetrar nuestra inteligencia nuestros actos. Se va formando así, poco a poco, una visión del mundo contraria a aquella que creemos sostener o sostenemos de palabra. De allí lo que Kierkegaard no se cansaba de fustigar: un cristianismo sin cristianos.

lunes, 7 de junio de 2010

HABLAN LOS MAESTROS



“Se comprueba entre los hombres de nuestro siglo una nerviosidad casi enfermiza, provocada por una actividad de los sentidos desproporcionada con las fuerzas físicas que Dios nos ha dado. La radio, el cine y, en general, las invenciones modernas son en buena medida la causa de ello.


Pero ellas serían un mal menor si uno supiera usarlas con moderación. Ahora bien ¿no vemos, al contrario, la precipitación y la avidez con la cual se persiguen estas sensaciones y estas impresiones violentas? Las consecuencias se hacen sentir muy netamente en la inteligencia, que depende en su actividad de nuestro sistema nervioso.


Es así que los chicos y los jóvenes muestran una gran dificultad para mantener una atención sostenida en clase, que la gente madura muestra repugnancia a un trabajo intelectual sostenido, a un esfuerzo de atención prolongado.


¿Qué será entonces cuando se trate de cuestiones religiosas, en las que los sentidos no tienen más que una parte reducida, donde será necesario desde las cosas sensibles elevarse hacia las realidades espirituales?


Sin embargo quién negará, dice el Papa Pío XI:”¡...que los hombres creados por Dios a su imagen y semejanza, teniendo su destino en Él, perfección infinita, y encontrándose en el seno de la abundancia, gracias a los progresos materiales actuales, se dan cuenta hoy más que nunca de la insuficiencia de los bienes terrenales para procurar la verdadera felicidad de los individuos y de los pueblos! Así sienten más vivamente en ellos esta aspiración hacia una perfección más elevada, que el Creador ha puesto en el fondo de la naturaleza razonable”.


Para satisfacer esta aspiración generosa hacia Dios y las realidades eternas, y remediar esta ignorancia de Dios y de los misterios divinos, ¿qué debemos hacer?


Primero, tener el deseo de adquirir la verdadera sabiduría, la inteligencia de las cosas de Dios.


Además, extraer esta ciencia de su verdadera fuente, que es la Iglesia.


Por fin, y sobre todo, entregarnos a la oración”.


Monseñor Marcel Lefebvre – Carta pastoral, Dakar, 25 de enero de 1948




“En este período de confusión, (...) evitemos adoptar posturas extremas que no corresponden a la realidad sino a prejuicios que inquietan inútilmente a las conciencias sin esclarecerlas. Evitemos el celo amargo que condena San Pío X en su primera encíclica: “Para que el trabajo y los desvelos de la enseñanza produzcan los esperados frutos y en todos se forme Cristo (...) nada es más eficaz que la caridad. Pues el Señor “no está en la agitación” (3 Rey. 19,11). Es un error esperar atraer las almas a Dios con un celo amargo: es más, increpar con acritud los errores, reprender con vehemencia los vicios, a veces es más dañoso que útil. Es verdad que el Apóstol exhortaba a Timoteo: “Arguye, exige, increpa”, pero añadía, “con toda paciencia” (2 Tim. 4, 2). También en esto Cristo nos dio ejemplo: “Venid” –así leemos que Él dijo-, “venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados y Yo os aliviaré” (Mat. 11,28). Entendía por los que trabajaban y estaban cargados no a otros sino a quienes están dominados por el pecado y por el error. ¡Cuánta mansedumbre en aquel divino Maestro! ¡Qué suavidad y qué misericordia con los atormentados!”


Por esto nos resulta imposible aprobar la actitud de los que sólo tienen palabras amargas sobre su prójimo, al que juzgan temerariamente, sembrando así la división entre los que sostienen el mismo combate.


También es cierto que no podemos comprender a los que debilitan y disgregan las energías morales y espirituales, disminuyendo la importancia de la oración y de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, siendo débiles en el combarte espiritual, dispuestos siempre a compromisos, y prefiriendo agradar a los hombres más que a Dios. Estos no son los herederos de los mártires, pues prefieren sacrificar la verdad y a Nuestro Señor antes que desagradar a los perseguidores, sobre todo si estos últimos son dignidades de la Iglesia


¡Cómo desearía que la Hermandad no se deje tentar ni por la primera ni por la segunda tendencia! Seamos católicos, verdaderos cristianos e imitadores de Nuestro Señor, que derramó su sangre para la gloria de su Padre y la salvación de sus hermanos. Mantengamos nuestras almas en la paciencia, dulzura, humildad, y también en la fuerza y firmeza de la fe”.


Monseñor Lefebvre – “Carta a los miembros de la Hermandad”, Navidad de 1977.




“Estáis viviendo en una época en la que hay que ser o héroes o nada. Podéis elegir: o abandonar el combate o combatir como héroes. Os hacen falta, pues, virtudes de héroes. No podéis tergiversar, o en tal caso caeréis en los primeros combates y no resistiréis a los múltiples ataques del demonio. Ved cómo el demonio, incluso en el interior de la Hermandad, intenta por todos los medios dividirnos, corrompernos y disminuir nuestras fuerzas. Con mucha habilidad, logra crear oposiciones y divisiones para dividir nuestras fuerzas”.


Monseñor Lefebvre – Homilía, Écône, 27 de marzo de 1986.




“Os conjuro a permanecer unidos a la Sede de Pedro, a la Iglesia romana, madre y maestra de todas las Iglesias, en la fe católica íntegra, expresada en los símbolos de la fe, en el catecismo del concilio de Trento, conforme a lo que se os ha enseñado en vuestro seminario. Permaneced fieles a la transmisión de esta fe para que llegue el reino de Nuestro Señor”.


Monseñor Lefebvre – “Carta a los futuros obispos, 29 de agosto de 1987.



jueves, 17 de septiembre de 2009

NOTA - ENTRE TINIEBLAS

ENTRE TINIEBLAS


“Cruce entre el Vaticano y el cineasta Almodóvar”

La noticia del diario (Clarín,10-8) dice así: “El Vaticano salió ayer a responder a las críticas del cineasta español Pedro Almodóvar, quien hace algunos días arremetió contra el Papa Benedicto XVI y el conservadurismo de la Iglesia Católica frente a los distintos modelos de familia”.

Lamentablemente, en vez de condenar categóricamente al director por sus degradantes películas, el Vaticano, por intermedio del presidente del Tribunal Vaticano y rector de la Universidad Lumsa, el profesor Giuseppe Dalla Torre, respondió: “Benedicto XVI no necesita salir del Vaticano para darse cuenta de la existencia de ciertos fenómenos sociales”. Y sigue el cable de EFE que transcribe el matutino: “Dalla Torre quiso “tranquilizar” según sus propias palabras, al director de cine, quien en una entrevista con el semanario alemán Die Seit la semana pasada criticó que el “Papa sólo reconozca la variante católica de la familia”.Así que este vocero del Vaticano buscó “tranquilizar” a Almodóvar, en vez de inquietarlo aun más para que reaccione y se dé cuenta de su error. Por lo que se ve que rehusar hacer uso de la autoridad se traduce en una gran falta de caridad para con el que vive entre tinieblas, amén de una sutil falsificación de lo que es el cristianismo. Ya lo decía Kierkegaard en su Diario: “No se debe traficar, no se debe alterar el cristianismo. No se debe exasperarlo con persistir en un puesto equivocado, sino vigilar sólo que siga siendo lo que era: escándalo para los judíos, locura para los griegos”.

El famoso cineasta, director de entre otras películas “Átame”, “Mujeres al borde de un ataque de nervios” “Carne trémula” y “Entre tinieblas”, afirmó que Benedicto XVI “debería salir a pasear fuera del Vaticano y mirar lo que es la familia de hoy”, y que “durante más de 20 años en el cine la familia ha estado compuesta por un grupo de personas y un ser que conforma el núcleo central al que aman y con el que interactúan independientemente de si el grupo está compuesto por travestis, padres separados o transexuales”, mientras que la nota del diario informa que “Almodóvar ha mostrado en casi todas sus películas familias que no se ciñen al modelo conservador de padre, madre e hijos. Travestis, transexuales, padres separados, amantes, personajes que escapan a los cánones de lo que la sociedad tradicional espera, suelen ser los protagonistas de los filmes de este director multipremiado”.

Supuestamente, el director “afrancesado” (eufemismo usado por un político argentino que además se confiesa masón) haría esta presentación de “familias que no se ciñen al modelo conservador” en sus películas porque es un reflejo de lo que pasa en la sociedad. Ahora resulta que Almodóvar era un neorrealista y no nos habíamos dado cuenta...

Continúa la información diciendo que al presidente del Tribunal Vaticano, al leer las afirmaciones del cineasta, le nace una duda ”¿Cierta cinematografía quiere ser un reflejo de la sociedad o, en cambio, quiere incidir en la realidad social para modificar sus valores éticos y su cultura?” Con lo cual da en el clavo pero, nos parece, debió haber ido más allá de la pregunta intencionada, para condenar todo un cine disolvente como el de Almodóvar y toda esa “movida” de donde surgió, y que han llevado a España -¡lamentablemente!- a ser un país en ruinas espiritual y culturalmente. Pero, ¿se imagina el lector el escándalo mediático, en una batalla donde la Iglesia llevaría todas las de perder, por haber querido en su momento agradar al mundo? Bien, así tratan a la Iglesia desde el mundo al que, según los liberales, “hay que amar apasionadamente”, esto es, “agradarle“ o “no contradecirlo”, en este caso, “tranquilizarlo”.

Lo peor es, no sólo que Almodóvar se equivoca, sino que no tiene la menor idea de porqué. Desde luego, era un chaval que creció en esa atmósfera post-franquista de “libertad” y “destape”, donde nunca conoció los goces superiores que la verdad concede al que se esfuerza por conocerla y vivirla. Muy ocupadito estaba para eso, dando rienda suelta a sus más bajos instintos.

Se entiende, pues, que por haber sido criado entre los prejuicios y lugares comunes que la Revolución infunde en sus hijos, diga también cosas como ésta: “Mis familias son más reales que las del Papa, porque no viven de acuerdo a algún tipo de dogma, sino de acuerdo a sus compromisos con la vida”. Frase hueca y falaz, de una profundidad abismal.

Veamos: ¿”Compromisos con la vida”? ¿Con qué vida? ¿Anticoncepción, aborto, divorcio, son compromisos con la vida? ¿Los homosexuales, incapaces de procrear, cómo se comprometen con la vida? ¿No se comprometen más bien con la no-vida, con la extinción de la vida? ¿No es más bien la vida para este publicitado manchego, una fracasada huída de la muerte? Si el compromiso con la vida es gozar hoy, entonces es un compromiso egoísta, y por lo tanto no es con “la vida”, sino consigo mismo, y ni aun enteramente con su ser, sino con su cuerpo, por no decir con una parte que no se debe nombrar.

Pongamos en cuestión la tan acostumbrada vituperación del dogma, de la “tiranía del dogma”, como suelen decir los que sólo desean la libertad para perderse. Dice Fernando Brunetiere:

“La tiranía del dogma no es tiranía si nos servimos de esta palabra en materia dogmática. Y esto significa que no se sabe que ella haya jamás estorbado ni contrariado las especulaciones del geómetra o las vivisecciones del fisiologista. Ella no ha jamás contrariado ni restringido la libertad del historiador, y no hay, que yo sepa, opinión alguna católica, impuesta, ni convenida, sobre las guerras médicas o la conquista de la Galia por los Romanos.
Pero si la tiranía no se ejerce sino en materia dogmática –por ejemplo, sobre la cuestión de la Encarnación o de la Redención-, quién no ve que la palabra no tiene más sentido, y que la afirmación perentoria y absoluta del dogma, en teología, equivale exactamente a lo que son en física y en fisiología, la enunciación de las leyes que dominan la materia. ¿Es tal vez libre el geómetra de modificar las propiedades de la circunferencia o de la elipse? ¿Es tal vez libre el químico de definir a su talante, las del cloro o del alcohol? Pero las leyes del objeto, se imponen al hombre y aunque le convengan o no, está obligado a sufrir su violencia y tiranía. ¿Quién podrá por esto sostener seriamente que nuestra libertad de pensar está aherrojada? Y a este propósito, ¿no sería el caso de hablar de la bancarrota de la ciencia? ¿Y por qué se quisiera juzgar con otro criterio en materia de religión? La pretendida tiranía del dogma no es sino una frase. El dogma para el creyente, no impone más violencia que la misma verdad. Y si se le pone afuera y como aparte de la discusión, es a la manera de esos axiomas o verdades elementales que se encuentran formando la base de todas las ciencias...”
(Cit. por P. Bernardo Gentilini, La ciencia y la fe, Ed. Difusión, 1944).

Almodóvar quiere ser libre para hacer sus caprichos allí donde la biología impone sus leyes, y se “intranquiliza” con el Papa porque es una de la pocas voces que todavía recuerdan estas inexorables leyes naturales. El dogma, como bien señala Brunetiere, es por lo tanto el que hace posible la auténtica libertad, porque un dogma está fundado en una verdad incontrovertible. En cambio, el dogmatismo que mueve a los modernos a partir de un declarado relativismo moral, es un absurdo que destruye las inteligencias, y con ello la misma existencia. Sin dudas que las “familias” de Almodóvar viven sin dogmas, pero eso no las hace más reales, como dice el cineasta, sino menos reales en tanto menos estables y prontas siempre a su descomposición y extinción. Y la familia, fruto del matrimonio, “sólo funciona sobre la idea básica de la permanencia” , como dice Chesterton, y es un compromiso con la continuidad. Si España es todavía una realidad, se debe a las generaciones anteriores a Almodóvar, que continuaron el ser de su patria a través de las familias “tradicionales”. Si España va camino a su desaparición, en primer lugar en tanto que identidad, se debe en parte a esos usos y modos de proceder fuera del orden que Almodóvar elogia y promueve. ¿Adónde irá a parar entonces este director de cine?

Ahora bien, podría pensarse que Almodóvar tendría el legítimo derecho de pedir al Papa que no le imponga a nadie un modelo determinado de familia, el católico. Sin embargo, eso sería mirar las cosas como el cineasta, con los solos ojos humanos y mundanos, y sin tener en cuenta que el matrimonio es una institución divina, como bien lo enseña la Iglesia:
“Y comenzando por esa misma carta, encaminada casi totalmente a vindicar la divina institución del matrimonio, su dignidad sacramental y su perpetua estabilidad, quede asentado, en primer lugar, como fundamento firme e inviolable, que el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por obra divina; que no fue protegido, confirmado ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, autor de la naturaleza, y de su restaurador, Cristo Señor Nuestro, y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges. Esta es la doctrina de la Sagrada Escritura, ésta la constante tradición de la Iglesia Universal, ésta la definición solemne del santo Concilio de Trento, el cual, con las mismas palabras del texto sagrado, expone y confirma que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio, su unidad y su estabilidad tienen por autor a Dios.
“El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana. Con su gracia la convirtió en sacramento grande en Cristo y en la Iglesia...”(Pío XI Casti Connubi, 1930).

Pío XII por su parte decía:
“La familia es el principio de la sociedad. Así como el cuerpo humano se compone de células vivas, que no están solamente colocadas una junto a otra, sino que con sus íntimas y constantes relaciones constituyen un conjunto orgánico; así la sociedad está formada no por un conglomerado de individuos, seres esporádicos que aparecen un instante para luego desaparecer, sino por la comunidad económica y la solidaridad moral de las familias que, transmitiendo de generación en generación la preciosa herencia de un mismo ideal, de una misma civilización, de la misma fe religiosa, aseguran la cohesión y la continuidad de los vínculos sociales. San Agustín lo notaba quince siglos ha, cuando escribía que la familia debe ser el elemento inicial y como una célula (partícula) de la ciudad. Y puesto que toda parte está enderezada al fin y a la integridad del todo, deducía de ahí que la paz en el hogar doméstico entre quien manda y quien obedece ayuda a la concordia entre los ciudadanos”(De Civitate Dei, 19, c. 16)” (Pío XII, alocución a los nuevos esposos, 26-VI-1940).

He allí el verdadero compromiso con la vida, al cual este vulgar director de cine intenta ensuciar con sus películas y, ahora con grosera audacia, declamando contra el Papa porque “sólo reconoce la variante católica de la familia”. Y la pregunta cae sola: si este director se declara –en otro momento de la entrevista- como no creyente, ¿por qué le molesta que el Papa, el jefe de una religión que no es la suya, no reconozca otros “modelos de familias”? ¿Qué le va a él en ello? Lo diremos: hay la necesidad de un reconocimiento de esas clases de “familias” que defiende Almodóvar, por parte de una autoridad. Es un desorden que necesita de ese aval para ya no serlo. Es decir, Almodóvar busca que sus ideas de la familia reciban la legitimidad y el reconocimiento de una autoridad, y autoridad en tanto que Poder, y poder que es capaz de influir y regir la esfera humana, donde las familias se mueven. Por lo tanto, le reconoce una naturaleza social al hombre. Y una autoridad sólo tiene prestigio si es estable y sirve al orden, ese orden que todo lo gobierna. Y sólo puede ser estable si la sostiene un principio indeclinable e inmodificable. Que es lo contrario de lo que Almodóvar dice defender. Por lo cual vemos que, a pesar de sus actitudes disolventes y suicidas, el deseo innato de lo permanente persiste en el hombre, y por eso en el fondo este director filma películas. He allí el sinsentido propuesto y la incoherencia en la que se mueven aquellos que creen ser muy listos pero que terminan siendo también víctimas de un sistema y organización de la vida, el Liberalismo, que desconoce el sentido común y, en nombre de la libertad y esgrimiendo los más nobles “compromisos con la vida”, se arrastra con ramplonería detrás de los deseos más veleidosos. Por eso este director que trabaja con la luz, no aporta sino tinieblas, en un mundo donde avanza la apostasía silenciosa. Un mundo que, como dice Mons. Straubinger, “suele escandalizarse de las palabras claras más que de las acciones oscuras”. Pero es la Luz quien tiene la última y definitiva palabra.

lunes, 3 de agosto de 2009

LA IGLESIA Y EL CINE



“Es por tanto, una de las necesidades supremas de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad.
Por tanto, es deber de los obispos de todo el orbe católico unirse para vigilar esta universal y potente forma de diversión y de enseñanza, y hacer valer como motivos de prohibición la ofensa al sentimiento moral y religioso y todo aquello que es contrario al espíritu cristiano y a sus principios éticos, no cansándose de combatir cuanto contribuya a atenuar en el pueblo el sentido de la virtud y del honor.
Tal obligación corresponde no sólo a los obispos, sino también a los fieles y a todos los hombres honrados amantes del decoro y de la santidad de la familia, de la nación y, en general, de la sociedad humana.
Exhortamos a los obispos de todos los países donde se producen películas para que paternalmente influyáis sobre los católicos que tienen una participación en esta industria.
Será muy oportuno también que los obispos recuerden a las empresas cinematográficas que ellos, entre los cuidados de su ministerio pastoral, está el preocuparse de toda forma de recreación honesta y sana, porque están obligados a responder delante de Dios de la moralidad de su pueblo, incluso cuando se divierte. Su sagrado ministerio les obliga a decir clara y abiertamente que una diversión malsana e impura destruye las fibras morales de una nación.
Cada uno de los Pastores de almas procurarán conseguir de sus fieles que cada año hagan la promesa de abstenerse de películas que ofendan la verdad y la moral cristiana.
Si todos los obispos aceptan su parte en el ejercicio de tan onerosa vigilancia sobre el cinematógrafo, cumplirán ciertamente una gran obra en defensa de la moralidad de su pueblo durante las horas de descanso y de recreo. Ganarán la aprobación y la cooperación eficaz de todos, católicos y no católicos, contribuyendo así a asegurar el encauzamiento de esta gran potencia internacional que se llama arte cinematográfico hacia la alta empresa de promover los más nobles ideales y las normas de vida más rectas”.

Pío XI, 29 de junio de 1936.