“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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miércoles, 16 de junio de 2010

HABLAN LOS MAESTROS


“La vida cristiana es una constante invitadora al retorno del hombre a la vida interior. Solamente en una permanente búsqueda de los valores perennes encuentra el individuo la alegría de la paz interior”.

Stan Popescu – Cultura y libertad



“La piedad es en primer lugar un sentimiento, un afecto y un servicio humilde y sincero que rendimos a Dios. El primer ejercicio de la piedad consiste en la reverencia del culto divino”.

San Buenaventura



“El mundo ha retrocedido en caridad y convivencia tanto como ha adelantado en técnica; y el hombre moderno vive tan prisionero del terror como el hombre de las cavernas. De donde las gentes tratan de ahogar el miedo invisible que llevan adentro en un mar de diversiones febriles a las cuales llaman “cultura; cuanto más “excitantes”, mejor.
Dejarlas que las llamen como quieran. Yo las llamo “silbar en la oscuridad”.

P. Castellani – Dinámica Social Nº 43, Marzo de 1954.


jueves, 29 de abril de 2010

NOTA - TESTIGO DE CARGO: OJOS

TESTIGO DE CARGO: OJOS
Por Aníbal D’Angelo Rodríguez
Tomado de Revista Cabildo Nº 86, Abril-mayo 2010

Darín-Rago: Mi secreto me condena.

“Varios meses después de su estreno, un oportuno DVD me permitió ver “El secreto de sus ojos”, la película de la que todos hablan. No es mi intención comentarla aunque puedo decir –en términos muy generales- que me pareció bien actuada pero, en definitiva, una “película del montón” como se dijo en la revista “Noticias”. Ninguno de sus dos argumentos –la investigación de un crimen y el contenido romance entre Darín y Villamil- tienen carnadura para ser algo más.

Lo que quiero comentar es algo en lo que, curiosamente, ningún cronista de la prensa comercial reparó. Como se recordará, el protagonista descubre, hacia el final del filme, que el marido de una víctima de violación y asesinato mantiene, desde hace veinticinco años, “preso” en su casa (en rigor, secuestrado) al autor del crimen, un militante de la triple A.

Debe recordarse también que el protagonista, Darín, ha sido presentado como un justiciero que se saltó algunas reglas para lograr encontrar y castigar al culpable de los delitos indicados. Pero ¡oh sorpresa! al justiciero Darín ni se le pasa por la cabeza intervenir en el delito que tiene ante sus ojos –privación ilegítima de la libertad- y obtener, por lo menos, la liberación del preso en la cárcel privatizada.

Tampoco el público (ni los que comentaron la película) reacciona ante este delito. No es que el marido de la víctima ha “hecho justicia por mano propia”. Lo que ha hecho es injusticia, porque ningún condenado a perpetua cumple en la Argentina veinticinco años de cárcel ¡en reclusión solitaria!, pena que no existe en nuestro Código Penal.

Por este detalle, la película se vuelve una metáfora de lo que hoy se entiende en nuestro país por justicia, es decir una injusticia con que se “corrige” otra injusticia. Y todavía habría que agradecer que se conserven algunos rasgos de la justicia común: un estrado y tres señores senados tras unas mesas. No es mucho más lo que queda de Themis.

Dicho de otra manera, para los monstruos* no hay justicia sino simple venganza. No hay juicio debido, ni normas procesales ni las garantías que tan numerosas fluyen en relación con los delincuentes comunes. Si un monstruo está preso, bien preso está, cualquiera sea el procedimiento para lograrlo o la cárcel que lo aloje. Para ellos sólo vale el ojo por ojo**, ¡y esto cuando los tribunales rebosan de discípulos de Kelsen, para quien la idea misma de una justicia abstracta era un mito y lo único que valía era el derecho positivo que no exigía más que reglas claras dictadas por autoridad competente!

Insisto: no es la acción que nos presenta la película –el “encarcelamiento” privado- lo que me llama la atención. Lo asombroso es la nula reacción del protagonista (que ni piensa en movilizarse para detener esa injusticia) y el silencio de las decenas de zurdos “justicieros” que vieron y comentaron la película. A ninguno, hasta donde yo sé, se le ocurrió cuestionar lo que hace el carcelero y lo que no hace Darín.

Pero me corrijo: no tiene nada de asombroso: es lo lógico en un país que ha perdido el rumbo hace muchos años, tras veintitantos de adoctrinamiento gramsciano.”


* Nota Reduco: La palabra es exacta, en términos cinematográficos: para llegar a esa aceptación de una injusticia, el director presenta como víctima alguien que ha dejado de ser humano, o, mejor dicho, que nunca lo ha sido, tal vez por eso hasta se regocija el director en mostrarlo explícitamente desnudo, sin el menor sentido del pudor. No tiene ninguna característica positiva o amable. Es un monstruo al que no se le tiene lástima, en una época donde el cine “humaniza” a los monstruos verdaderos y los trata con piedad, hasta volverlos protagonistas de sus filmes. ¿Paradójico? No, ello va de la mano con la imposibilidad de inventar héroes portadores de valores positivos, luminosos y sacrificados, o por lo menos reconocedores de sus propias culpas; hoy los “héroes” son oscuros, vengativos, malhablados y cínicos, como el Darín de esta película o de su anterior “El aura”.


** Nota Reduco: Efectivamente, hemos pasado a la defensa del ojo por ojo más descarado, siempre disfrazado de “justicia” impartida por las pobres víctimas, casi siempre progre-izquierdistas o sobrevivientes de diversos "holocaustos". Época en que los victimarios ocupan mediáticamente el rol de víctimas, para así poder perseguir con mayores libertades. Recientemente pudimos volver a ver, como ejemplo contrario a estos malos ejemplos celebrados, la película “Ocho a la deriva” (o “Náufragos”, en inglés “Lifeboat”), de Alfred Hitchcock, filmada durante la Segunda Guerra Mundial. Aun tratándose de época de gran propaganda a favor de las “Democracias”, en esta película puede observarse cómo hay una mirada severa sobre la venganza, por más malo que sea aquel sobre el que se aplique. En este caso, un marino alemán, criminal, asesinado –o “ajusticiado”- salvajemente por cinco personas –incluyendo dos mujeres- y arrojado al mar desde un bote salvavidas. Permanece al margen un negro, el único cristiano del grupo. El juicio moral –que al final de la película se torna inquietante y difícil- de Hitchcock está dado por la manera de filmar esta escena, tomando distancia de los personajes y presentándolos de espaldas a la cámara, como una jauría salvaje. Otra película interesante, “Hombre del Oeste”, dirigida por Anthony Mann, nos presenta a su protagonista renunciando a la venganza, porque eso lo convertiría en lo mismo que su enemigo. Ejemplos de un cine que todavía era salvaguardado –a pesar de los dueños de los Estudios- por los católicos de una sociedad que todavía no había caído bajo la completa influencia cultural de sus enemigos, hecho ocurrido a partir de mediados de los años ’60.
Una consolidación y profundización de la “Democracia” en su sentido absoluto, es decir, religioso, a partir de los años ’80 (y esto puede verse claramente en el cine a partir de entonces, pero en especial en los últimos diez años), han traído lo que Stan Popescu relata que ocurrió en la primer democracia, en Grecia: “La “ideología” y los “principios” o”doctrina” democráticos, con sus ideas obsesivas sobre la igualdad y la libertad, desencadenan los bajos instintos, las emociones negativas y especialmente el odio, el resentimiento y la obsesión por la venganza y el castigo de todo lo que no obedece a la “voluntad del pueblo soberano”.(...) Durante la época democrática, iniciada oficialmente por Perikles, aparecieron los más degradantes síntomas de inmoralismo, reveladas en las obras de Eurípides: el adulterio descarado, la oficialización de la prostitución y la escuela de “capacitación·” de Aspasia que se encargaba de “seleccionar” las “compañeras” o amantes de los strategoi autokrator (generales demócratas) que eran amigos de su esposo Perikles, y la entronización del odio, la furia y la sed de venganza como”sentimientos humanos” dignos de alabarse. La idea de irracionalidad como conducta normal y la práctica de la venganza como ideal de vida la describe Eurípides de una manera patética en su tragedia “Hécuba” en este breve diálogo entre Agamenón y Hécuba: “¿Qué deseas? Pregunta Agamenón, ¿pasar en libertad el resto de tus días? Cosa fácil es para ti”. Hécuba: “De ningún modo. Si puedo castigar al malvado, consiento con gusto en ser esclava durante toda mi vida” (S. Popescu, “Cultura y libertad”).

viernes, 15 de enero de 2010

DIVERSION

“Por tanto, la felicidad no está en la diversión, pues sería absurdo que el fin del hombre fuera la diversión y que el hombre se afanara y padeciera toda la vida por causa de la diversión.”

Aristóteles, Ética a Nicómaco, X, 6, 30.


“Así por un extraño cambio en la naturaleza del hombre, es el aburrimiento en cierta manera su mayor bien, porque puede contribuir más que todas las cosas a hacerle buscar la verdadera curación; mientras que la diversión, que él considera como su mayor bien, es en realidad su mayor mal, porque le aleja más que nada de buscar un remedio a sus males; y el uno y la otra son la prueba admirable de la miseria y de la corrupción del hombre, y, a la vez, de su grandeza, puesto que el hombre se fastidia de todo, y no busca esta multitud de ocupaciones, sino porque tiene idea de la felicidad que ha perdido, y que, no encontrando ya en sí mismo, trata de encontrarla vanamente en las cosas exteriores, sin poder contentarse nunca, porque aquél no está en una u otra de las criaturas, sino solamente en Dios.”

Pascal, Pensamientos, XXI, XV


“No se está en la tierra para divertirse y no es necesario vivir mejor que los demás.”

Vincent Van Gogh, Carta, 15-11-1878


“No se viene a este mundo para mera diversión. ¿No le parece a usted? ”

León Bloy, “En el umbral del Apocalipsis”


“Eran siempre buenos porque no conocían la manía de la diversión.”

Robert Walser, “El obrero”


“Hace unos mil quinientos años, como hoy, existieron individuos que se complacían en la creencia de que todo se reducía a las diversiones y las satisfacciones fisiológicas”.

Stan Popescu, “Cultura y libertad”


“...el mundo se divierte, hasta demasiado, pero está recorrido por debajo de una sorda desesperanza. ¿Qué quieren que les diga? Navegamos en medio de la niebla y en medio de la tormenta; navegamos sin embargo hacia el Reino de Dios, así lo espero; por lo más oscuro amanece”

R. P. Leonardo Castellani, “La Exégesis Actual”, en “Exégesis”, Inédito.


viernes, 23 de octubre de 2009

NOTA - LA IMPORTANCIA DEL MECENAS

LA IMPORTANCIA DEL MECENAS
(A los amigos y benefactores)



“¡Oh, Mecenas, hijo de reyes, mi apoyo, mi dicha, mi gloria!”

Horacio, Odas, I, I.



“Es imposible, para finalizar, no decir dos palabras sobre el mecenas, que ha tenido un papel tan primordial en el desarrollo de las artes. La dureza de los tiempos y la demagogia invasora que tiende a hacer del Estado un mecenas anónimo y tontamente igualador, nos obligan a echar de menos al margrave de Brandenburgo, que ayudó a Juan Sebastián Bach; al príncipe Esterhazy, que se ocupó de Haydn. Y a Luis II de Baviera, que protegió a Wagner. Si el mecenato se debilita día a día, honremos los pocos mecenas que nos quedan, desde el mecenas pobre que cree haber hecho bastante por los artistas cuando les ha ofrecido una taza de té en cambio de su gracioso concurso, hasta el ricacho anónimo que, al delegar el cuidado de distribuir sus liberalidades a la secretaria encargada del departamento de munificencias, se convierte así en mecenas sin saberlo”.
(Igor Strawinsky – Poética musical)



“Pregúntele al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de costa. Respondióme que ni por pensamiento.
­-Pues, hermano –le respondí yo-, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a las que venís despachado; porque yo no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje, además que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y emperador por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear.
(...) Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estará Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de Vuestra Excelencia”

(Miguel de Cervantes Saavedra, Dedicatoria de la segunda parte del Quijote al Conde de Lemos, 31 de octubre de 1615).


"Mi noble Señor, vacilo antes de molestarle con esta carta mía: y lo hago sólo por cuanto me ha dicho el recaudador general Uytenbogaert, ante quien me he quejado por el retraso en pagarme."

(Rembrandt, 27 de enero de 1639)


“Excelencia:
Si los desafortunados no tienen el apoyo de los más propicios mecenas, tienen que desesperar. En una situación así de desgraciada me encuentro yo si V. E., mi magnánimo y antiguo protector, no me presta su apoyo.
(...)Le ruego, por la misericordia de Dios, que no me abandone y le aseguro a V. E. que, si mi prestigio sigue amenazado, haré todo lo posible por proteger mi honorable nombre, pues aquél que me deshonra puede quitarme también la vida.
El gran apoyo de V. E,. es mi único consuelo en este caso y me resigno, a la vez que beso vuestra mano con lágrimas en los ojos”.

(Carta de Antonio Vivaldi, 2 de enero de 1739).



“¿No podría mandarme cinco dólares? Yo estoy enfermo, y Virginia está a punto de morirse...”

(Carta de Edgar Allan Poe, 1843).


“Si eso no te es imposible, dale a este hombre no importa cuánto –para comprarme un poco de leña- y pagar, no en su totalidad –la suma te parecería enorme, asciende a cuarenta francos- a un pequeño negociante de al lado de casa. Será suficiente, por hoy, saldarle una parte. Yo pagaré el resto dentro de tres días. Ahora bien, como sé cuánto te fastidio, cuánto te canso, y cuánto te molesto, encontraré muy natural que rechaces francamente este pedido. Tan solo que, en ese caso, te ruego enviar instantáneamente no importa qué suma, a fin de que no esté obligado a escribir en la cama con los dedos helados, y que tenga de qué vivir dos o tres días”.

(Carta de Charles Baudelaire, 10 de diciembre de 1853).


“Gracias por tu carta; pero mira que he languidecido esta vez; mi dinero se había agotado el jueves, así que hasta el mediodía del lunes, resultó terriblemente largo. Durante estos cuatro días he vivido principalmente de 23 cafés y con el pan que todavía tengo que pagar. No es culpa tuya, si la hay es mía. Porque he estado desesperado por ver mis cuadros en los marcos y he pedido demasiado para mi presupuesto, ya que el mes de alquiler y la criada también había que pagarlos. Aun hoy, volveré a arruinarme, porque también debo comprar la tela y prepararla yo mismo, ya que la de Tasset no ha venido todavía.
(...) ¿Sabes cuánto me queda para la semana y aún después de 4 días de rígido ayuno? Justo 6 francos. Hoy es lunes, el día mismo que recibo tu carta.
He comido a mediodía, pero esta tarde será preciso que coma un pedazo de pan.
Y todo prosigue sin ninguna novedad, sea en la casa o en los cuadros, porque no tengo desde hace por lo menos 3 semanas de dónde sacar 3 francos...
No tardes, si esto no te molesta mucho; no tardes en enviarme el luis y la tela.
He estado ocupado de tal modo desde el jueves, que de jueves a lunes no he hecho más que dos comidas, por lo demás no tenía más que pan y café, que todavía estaba obligado a beber a crédito y que debo pagarlo hoy. Así que si puedes, no te demores.
(...) Quisiera llegar a hacerte sentir bien esta verdad: que dando dinero a los artistas, tú mismo haces obra de artista y que yo desearía solamente que mis telas lleguen a ser tales, que no estés demasiado descontento de tu trabajo”.

(Carta de Vincent Van Gogh, Octubre de 1888).



“Tengo tal necesidad, que estoy dispuesto a colgarme. No puedo pagar las deudas, ni partir, porque no tengo dinero para el viaje, y estoy desesperado. ¿Qué haré hasta fin de año? No lo sé. Mi cabeza se rompe. Ya no tengo a nadie a quien pedir un préstamo. He escrito a un pariente para pedirle 600 rublos. Si no me los manda, estoy perdido”.

(Carta de Fedor Dostoievsky).



“Como hasta la fecha, gracias a Dios, no he tenido ocasión ni necesidad de ocupar mis conocimientos facultativos en obras relacionadas con el Estado y sí sólo se han dignado utilizar mis servicios algunas respetables personas particulares, no puedo menos de consignar que contrasta, de una manera penosa, ver la gran diferencia entre el Estado y aquéllas, que saben hacerse cargo que hay que satisfacer sus honorarios a quien vive de su trabajo, y entienden que, a personas que se creen dignas, no hay que ponerlas en el caso de mendigar lo que en justicia les corresponde”.

(Carta de Antoni Gaudí, 21 de noviembre de 1892).


“He tenido por tarea hablar a las almas situadas fuera de la Iglesia, y se puede probar que no les he hablado en vano. Dios sabe que no pido otra cosa que continuar; pero, lo repito, estoy viejo y más de treinta años de miserias y de penas han destruido casi mi fuerza física. Hoy no puedo proseguir mi obra sino a condición de trabajar con seguridad, sin el tormento cotidiano de ganar mi sustento y el de los míos. Usted, que está en contacto con ricos, verá lo que puede hacerse. ¿Es verdaderamente imposible obrar sobre esas almas, ordinariamente incapaces de comprender la perfecta iniquidad de sus gozos terrestres, mientras hay seres que sufren trabajando por la Gloria de Dios?”.

(Carta de León Bloy, 12 de marzo de 1913).



“He aprendido en mi vida, bien, como el que más, tres oficios, sacerdote, profesor y escritor; y este país no me deja ejercitar ninguno; máxima humillación para un hombre de corazón, tener que mendigar pudiendo trabajar. Trabajo igual, y trabajando igual, al máximo de mis facultades, no gano para comer”.

(Carta de P. Leonardo Castellani, 24 de julio de 1956).


Hay una fábula que dice así:

“Un poeta pobre, promovió un pleito a un ricachón. El juez los llamó a los dos a su presencia. El poeta, que no tenía para pagar un defensor, le pidió al dios Zeus que le protegiera, diciéndole.
-¡Míranos, oh poderoso amo de las nubes, estoy flaco de hambre, harapiento en el vestir y mi contrario está gordo y vestido de sedas y oro, la vanidad le hace casi reventar, y yo no tengo casa ni pan suficiente siquiera...mi único bien es mi imaginación! El ricachón vive en un palacio rodeado de sirvientes y tiene sacos llenos de monedas...Yo no tengo más que mis versos...
Júpiter miró al poeta, sonrió y le dijo:
-¿Y te parece poco, que por los siglos de los siglos durará tu fama, se difundirán tus palabras y se citarán las obras producto de tu imaginación? De este señor gordo y ricachón, no sólo no se acordarán sus nietos, sino que sus hijos tal vez ni lo mencionarán. Tú elegiste el camino de la gloria y él va a impulso natural por el camino del bienestar material, pero si pudiera comprender su pequeñez delante de tu destino y su insignificancia al compararse contigo, se quejaría mucho más que tú.
La gloria es el caudal de los elegidos”
(El ricacho y el poeta, Iván Krilov).

No parecen difícil de decir estas cosas para alguien como el autor de la fábula, un funcionario protegido de los zares de Rusia. Pero es claro que esta fábula no hubiera servido de ningún consuelo, antes bien, hubiera caído como falsa e infame excusa sobre la apremiante necesidad de artistas como Van Gogh o tantos otros que necesitaban en vida del apoyo necesario para continuar con su obra, y no de simuladas e inciertas glorias futuras. Triste halago el de la fama póstuma, enriquecimiento de quienes no han tenido que dar su vida para elaborar inmortales obras. De allí la calidad moral de quienes, comprendiendo tal necesidad, se avinieron a brindar su apoyo efectivo a quienes eran en verdad artistas. Porque también hay que decir esto último: hoy al que le va mal es al artista verdadero; el falsario, el mediocre, el estulto y el domesticado, esos son útiles, aprovechables, y venden.

Hay quien cree, desde luego que cobardemente, que estas cosas ya no pueden suceder –porque a ellos no les suceden. Que el hombre íntegro que se opone al mal –en todas las esferas, pero también en el del arte- no debe pagar un precio. Que el sufrimiento de estos hombres decididos es una especie de “martirologio laico” propio del romanticismo, y que el siglo XX, a través del cine y su sistema de grandes estudios, logró superar. Craso error y estrechez de miras. Porque el precio ha de pagarse siempre, de una u otra forma. Si no en la penuria económica, si no con el hambre o la estrechez material, sí en la falta de reconocimiento, en el desprecio, en la incomprensión aún en medio del éxito masivo o popular, siempre dado por razones equívocas, transformando al artista en comparsa de un estado de cosas que contamina con su afán de lucro los más nobles deseos y aspiraciones, ya sean artísticas, ya espirituales. Antes o después, el artista, el hombre que no desea plegarse a este mundo, si es consecuente con esta idea, debe pagar su precio. Así ha sido siempre y así será. Si el artista no es autónomo dentro del período del cine clásico, los estudios de Hollywood no han sido un equivalente de la Iglesia Católica durante la Edad Media, ni los productores de la “Meca del cine” –dan fe de ello los testimonios de todos los grandes directores de cine, incluido Hitchcock, con sus afanes de independizarse- tampoco fueron los Médici renacentistas. Aquello no fue sino una fábrica de un muy alto standard, de un gran sentido artístico, pero fábrica al fin de productos que deben ser comercializados y dar un rédito económico antes que a nadie a los magnates que los dirigen. La visión romántica sobre Hollywood –que viene a oponerle a la simplista leyenda negra una leyenda blanca o rosada donde esos estudios serían algo así como una oposición camuflada del sistema liberal que los hizo posibles- sólo es una fantasía que acomoda la realidad tal vez con el vago de temor de tener que enfrentarse con una decepción al por mayor y sin la satisfacción que otorgan los dadores de sentido a quien prefiere hacer su camino sin apartarse del ancho sendero del mundo. El orden político moderno no es el mismo que el del mal llamado Renacimiento, aunque de aquellos polvos vinieron estos lodos. Simplificar tal orden operativo de las cosas –inmerso dentro de la trama oculta de la teología política- es tan grosero error como aquel que toma la Religión en meros términos políticos o “tácticos”, poniendo delante lo que es añadidura. Es el error típico de quienes influidos por un falso ecumenismo se aggiornan al mundo, pero siguen llamándose a sí mismos católicos, aunque viven, piensan y actúan como liberales.

Hemos de repetir que la simplificación de un asunto tan complejo como este último, sólo puede servir de excusa para que el pensar se ubique –se apoltrone- en un sitio que dispensa de recibir una inquietante verdad, pues busca la paz a través de lo que no puede darla y la confirmación de estar en el buen camino sin necesidad de cargar una cruz pesada. “Estoy sin trabajo ahora, y lo he estado durante años, porque no comparto las ideas de los señores que otorgan puestos a quienes piensan como ellos” escribía Vincent Van Gogh: “Este es el destino -dice Stan Popescu- del hombre dotado por Dios con dones de creatividad. Un siglo después de las memorables líneas de Van Gogh, su realidad es mucho más vigente. La diferencia está en el hecho de que en aquel entonces “los señores que otorgan puestos” eran muy pocos en comparación con la omnipotencia de los strategoi autokrator de Leviathan. Esos “señores” investidos de poderes “supremos” e “irreversibles” (siendo nominados por los más “altos representantes del pueblo”) dictaminan las leyes, las normas y las reglas avaladas por la cámara alta y la baja, y “masivamente” difundida y entusiastamente aplaudida por los “masivos medios de comunicación” (“Democratización de la cultura”, Ed. Euthymia, Bs.As. 1992).

Popescu resalta también estas palabras de Karl Jaspers que definen el proceso creativo auténtico como algo problemático: “La persona creadora está orientada a un todo que tiende a la infinitud. La domina un deseo de unidad bajo la idea. El proceso del crear es incluso un proceso que para el análisis radica en la infinitud, es por ello eternamente problemático. La creación a su vez comunica para los receptivos una dirección hacia el todo y hacia el infinito” (“Psicología de las concepciones del mundo”). He allí porqué el verdadero artista no cae en lo que un crítico llamó la “tecnificación de la diferencia”: porque la verdad de su arte lo “diferencia” a la fuerza sin necesidad de ninguna impostura de su parte. Más bien puede pensarse que el que teme demasiado caer en esa “tecnificación de la diferencia” –o endilga a los católicos que no son mundanos tal error- desea ser un outsider que pase desapercibido, un vivillo que cree ser molesto para el sistema, cuando en realidad éste lo permite porque ni se ha enterado de su existencia o no le es contrario en absoluto. No se puede ser León Bloy mientras se goza los placeres de la vida, así como no se puede ser cristiano si no se es rechazado por el mundo.

La ausencia en la actualidad de los mecenas se da de la mano con la ausencia de verdaderos artistas , y no es ajeno a este estado de cosas la vulgarización y nivelación igualitaria de la mediocridad que ha traído consigo la modernidad, ya en su variante liberal, ya en la marxista. La ausencia de las aristocracias –o su reemplazo por las aristocracias del dinero- ha ido recluyendo cada vez más al artista, al creador, al pensador, al poeta, al crítico, a una instancia de sobrevivencia muy difícil, cuando no a una influencia estéril en la consecuencia que su obra obtiene de la sociedad en la que vive. Los compromisos inevitables que la industria del cine impone a los directores, no coartan sus posibilidades artísticas sino en tanto y en cuanto se soslayen determinados temas tabú o una cosmovisión claramente contraria a los presupuestos sobre los que la sociedad liberal en que se asienta el artista se ha edificado, una sociedad enmarcada bajo el curso de una Historia que se pretende incuestionable. La libertad que el artista ejerce a partir de unos límites necesarios –y entre ellos el de la pobreza, no la miseria, si no de bienes, del deseo de tales, como atributo indispensable- debe ser una libertad “traducida en la de la persona y la libertad de la inteligencia. El artista, con todo su talento y deseos de creatividad siente su entusiasmo y vitalidad mutilados y su inspiración se ve amputada cuando está sometido al terror psíquico y moral de los “comunicadores” de las ideologías vulgarizantes y vulgarizadoras del demos. Estas ideologías, no admiten independencia de pensamiento, ni libertad de creación. La creatividad se basa en estos dos pilares, que el “sistema” democrático rechaza y combate con las armas de su hermano gemelo: el sofista” (Stan Popescu, ob. cit.).

Sólo mediante un mecenas, un protector, un “conspirador” contra tal estado de cosas, a favor de la verdadera libertad creadora, puede el artista imponerse ante tan duras pruebas de sus enemigos. Pero he allí que, pasado a la historia el orden cristiano, lejos del culto mecenas renacentista, aun del magnate tolerante y dispendioso con su exorbitante ganancia, el mundo democrático se abastece de “arte y cultura” a través del Estado, las mega empresas multinacionales, la fundaciones libres de impuestos, los multimedios de comunicación, los Bancos, o incluso el simple productor o editor independiente que sigue la corriente del mundo, todo aquello que precisamente niega el sentido de la trascendencia del arte y de la vida como milicia. Esfuerzos individuales, peligrosas excepciones, pueden establecerse, porque la barbarie no será completa. Pero el curso dado a tales manifestaciones será cada vez más limitado, en la medida en que los vulgarizadores con sus medios infinitos de comunicar “cultura” restrinjan hábilmente tales obras.

De allí la importancia del mecenas, del editor, del productor, del propagandista, de aquel que, porque ama de verdad al arte, es capaz de comprender al artista, aquel capaz de recibir honestamente, sin hacerle oídos sordos, estas palabras del padre Castellani:

“Ud. que es un artista sabe que el trabajo de un artista es diferente del trabajo de un picapedrero, y debe ser remunerado diferente. Un picapedrero puede picar piedras todos los días, esté de buen humor o de mal humor; y yo también; pero yo no puedo escribir cuando estoy de mal humor un día. Obligar a un artista a trabajar todo el día y todos los días, como un picapedrero, si quiere comer, es obligarlo a picar su propio cerebro, y llevarlo a un estado enloquecedor. La sensibilidad propia del artista lo hace muy vulnerable; y la belleza artística es muy frágil armadura contra las tormentas de esta vida. Esos que se llenan la boca de “la justicia social” consistente en aumentar los salarios de los obreros manuales, ni idea tienen a veces de las tremendas injusticias sociales que pesan muchas veces sobre el mundo no obrero, la “clase media” que llaman, que aquí ni es media ni cosa que se le parezca. La justicia social única verdadera es la moral cristiana, la cual enseñó Santo Tomás, que cada uno debe ganar “lo que necesita conforme a su estado”.
“El estado de un artista o un letrado no es el estado de un picapedrero, notó Cervantes en su elogio de las armas y las letras. Mi propio estado no es lo mismo que el estado de un casado con una ponchada de hijos, como Nimio de Anquín o Ud. Que paguen cinco millones de pesos anuales a un boxeador o a un futbolista, Uds. lo llevarán con paciencia, con tal que los deje vivir a Uds.; aunque de suyo está mal, de acuerdo a aquel principio; pero si arrojan millones a las manos de los que no producen, y más vale destruyen, después no alcanza para todos, y caen los que producen. Uds. no pretenden ganar lo que gana un mercachifle tramposo, un funcionario aprovechador, un financista “maula”, ni siquiera algunos generales políticos, aunque estoy seguro que si eso ganaran (lo cual no sería injusto) lo invertirían en obras de carácter público, conforme a la virtud aristotélica (muy olvidada por los cristianos) de la magnificencia; pero hay Otro que lo exige, cuya maldición ojalá no caiga sobre este pequeño país preñado de iniquidades”.
(Leonardo Castellani. “La muerte ignorada de un gran ilustrador argentino: Marius”. Revista mayoría Nº 44, 3 de febrero de 1958).

Nada podrá hacerse, nada podremos hacer, sin esta figura indispensable en la historia de las artes, del pensamiento y de la cultura, a quien debemos la continuidad de la herencia que, de perderse, significará el final de una manera de ser en la historia, a través de la cultura: a imagen y semejanza del buen Dios que dijo: “Al que tiene se le dará”.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

NOTA - SENSATEZ O SENTIMIENTOS

SENSATEZ O SENTIMIENTOS*


A trueque de recordar la vil declaración del Dr. Johnson, celebrada evidentemente por Borges: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”, preferimos decir sin declamar lo siguiente: La politiquería es el último refugio de los sentimentales.

El arribo (¿o arribismo?) de directores de cine, actores y vedettes a las arenas de la política-juego, en nombre de la “Cultura”, viene a confirmar nuestra idea. Especialmente ahora que un extremadamente mediocre cineasta, autodenominado “peronista de izquierda”, ha sido designado nuevo “Secretario de Cultura de la Nación”.

Cuando hablamos de “sentimentalismo” decimos que esta clase de personajes –los que la política-juego de la democracia usufructúa, los mismos que cortaron amarras con nuestra tradición cultural y cinematográfica- se vinculan con la realidad sentimentalmente. El sentimentalismo es una coartada para no hacer uso de la inteligencia y para no tener que tomar decisiones respecto de sí mismos en orden a lo espiritual. No es el sentimentalismo una especial capacidad para la sensibilidad estética, sino la “proyección de elementos imaginarios sobre un objeto real” (para usar palabras de Ortega y Gasset), a través de lo cual se termina atrofiando esa capacidad de empatía con lo real mediante los sentimientos, perdiéndose toda capacidad de recto discernimiento y aun de juicio estético. Es un subjetivismo que se niega a asumir la verdad en la realidad, pues al ser éstos hombres de opiniones, se adhieren a ideologías que les confirman tales opiniones centradas en su propio yo.

El Naturalismo que significó la rebelión del hombre contra Dios, trajo entre otras consecuencias, además del rechazo de la idea de pecado original y la necesidad de la gracia de Dios, una clara perturbación de la afectividad, vuelta en el hombre sobre sí mismo y sobre las criaturas, en cualquier caso, siempre de manera egoísta.

En el orden religioso engendró el Modernismo, para el cual la fe se reduce a un sentimiento religioso. Lo que yo siento es lo verdadero. De ahí también que los movimientos pentecostales o carismáticos que han copado la Iglesia católica apelen constantemente, mediante invocaciones “mágicas” o escenificaciones especiales, al “sentir” de los fieles para, sintiendo, entonces poder “creer”.

En el orden político, la tolerancia al error a través de la igualdad que trajo el Liberalismo, determinó el juego político de la democracia, donde, desvinculado el pueblo y sus estamentos naturales de la decisión política y una real representación por la usurpación partidocrática, los partidos políticos o alianzas deben recurrir a toda una actuación, una simulación, una simbología y un estilo publicitario que convoca –especialmente en las campañas electorales- al sentimiento, ya sea el “patriótico”, “familiar”, “deportivo”, etc. Los líderes más renombrados –empezando por Perón- han sabido hacer uso de estos resortes discursivos y publicitarios para cautivar a quienes sólo afrontaban la realidad sentimentalmente, sin razonar. Pero esto pudo ser así porque antes lo “cultural” y “educativo” preparó a las masas con ese fin.

En el orden cultural, entonces, desde el Romanticismo de mediados del siglo XIX (Romanticismo que Ortega decía era inseparable de la democracia, y, claro está, de la mediocridad y la fealdad), pasando por el tango, los periódicos masivos y la escuela estatal y laica, la realidad ha consistido siempre en una adaptación o reducción a la caprichosa voluntad del hombre, ya sea mediante ideologías políticas que se proponían como soluciones integrales y tranquilizadoras –detrás de las cuales evidentemente había una corriente gnóstica- hasta la autonomía del arte, su utilización como “herramienta política” o el hedonismo más vergonzante, todo lo cual, claro está, suele ir entremezclado. La explicación religiosa de tales acciones y motivos puede sintetizarse en estas palabras de Nicolás Gómez Dávila: “El tentador es el enemigo de nuestra alma y el amigo de nuestro corazón”. El Estado liberal, al asumir la distribución de lo “cultural” y “artístico” a la vez que tutelar la educación, no hizo sino destruir el orden tradicional fruto de la religión para, sobre la ruina de esos valores, embrutecer mediante consignas, campañas y los medios habidos y por haber, haciendo del hombre un sujeto vulgar y desarraigado pero “con radio, cine, cultura e información”y, además, “libertad de expresión y libertad de prensa”. Halagándolo con la democracia y desligándolo de toda escala de valores jerárquicos y trascendentes, puso de pie al hombre-masa que tiene derechos y no deberes, y entre esos derechos, el de tener acceso a la cultura que ese mismo Estado democrático configura y con la cual alimenta su hybris y su forma de vida, enteramente materialista. “Se los alienta a los individuos con perfiles psicomentales de notable mediocridad (pero de profundas convicciones vulgocráticas) a que “produzcan” y”realicen” obras “creativas”, que se difunden luego profusamente en publicaciones masivas, a fin de que se “conozcan públicamente” (Popescu).

Personajes como el nuevo Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, son el producto de tal política y se ajustan a ese perfil. “Artistas” que viven sumergidos en el plano estético y que, como señalaba Castellani, su vida está dominada por el placer, el sentimentalismo, la vida tanguera, disipada, estulta. Pueden adquirir una inclinación ética a través de la cual llegan al inmundo espacio de la política partidocrática, pero la misma se ve contaminada por los rasgos característicos que ya le son acusados, y por los cuales se le permite salir a la palestra. Como afirma Stan M. Popescu: “Entre los seres humanos, los que más inestabilidad psico-mental demuestran son los artistas (no nos referimos a los auténticos artistas, los compositores y grandes intérpretes de música o los pintores de alto nivel) y los políticos. Ambos sectores son impulsados por el insaciable apetito de fama y, por extensión, de acumulación de bienes materiales. Ambos vibran exageradamente ante los vulgares estímulos (el júbilo, el delirio, la euforia). En cambio, los estímulos negativos: la decepción, la desesperación, el sufrimiento en presencia de la derrota, el dolor en presencia de la humillación, etc., les hacen vivenciar las realidades límites con matices y atisbos patológicos. Ambos sectores suelen complacerse en un estilo de vida licenciosa. La urgencia de éxitos y de variedad y la oxidación de la conciencia moral les propende a desfigurarse en activos agentes de los no-valores. En lo más ínsito y recóndito de su ser, los artistas y políticos anhelan ser considerados, aplaudidos y adulados, no solamente por sus habilidades de interpretación y por sus artificios oratorios de matiz sofista, sino también por sus condiciones de depositarios de los valores y las virtudes tradicionales...Empero, siendo incapaces de conciliar sus aspiraciones con la realidad intrínseca, atacan e ironizan los valores religiosos y las normas tradicionales, y con ello esperan –y encuentran a menudo- los fáciles aplausos de la plebe y del vulgo ignorante de la conciencia moral. La vanidad es el principal producto que se elabora preferentemente y con fruición en la intimidad del político y del artista. Al lado del gusto por la concupiscencia, se yergue el sensualismo, la vanidad y el autoendiosamiento.” (“En busca del jardín interior”).

Confirma el análisis precedente que el nuevo Secretario de Cultura sea investigado por malversación de fondos cuando estuvo al frente del Instituto de Cine. La “acumulación de bienes materiales” de los políticos cuenta con una exculpación: la ideología, que divulga una moral de lucha contra enemigos legendarios o reales pero no de quienes dicen representar, sino de su tranquilidad y su bolsillo. La idea fuerza del progresismo siempre en los labios, la evocación del setentismo “combativo”, las citas inopinadas de Jauretche, el lenguaje “nacional y popular”, la adhesión efusiva e incondicional a uno de los gobiernos más corruptos y calamitosos de que se tenga memoria, demuestran que ese “chamuyo” ideológico-sentimental forma el entramado de repertorio hueco de auto-negación de la realidad en que se despliega, porque lo exitoso de su trayectoria le permite darse los gustos, y todo esto, “sintiendo” que debe hacerlo.

Pero Coscia es, ya lo dijimos, un representante, como el exitoso Solanas, de esos hombres sin fe que asisten como espectadores a un juego que les hace ilusión de ser libres. “Cada hombre es así sobre la tierra un pequeño reino gobernado despóticamente por la opinión”, cita Gueydan de Roussel a Le Mercier de la Riviere. Con esa mirada conducida por las impresiones y esa formación deficiente, los directores del cine argentino, desde los años sesenta en adelante, se han sucedido en una inútil convocatoria de las musas. La fealdad ofrecida y el desinterés popular marcaron las trayectorias que, apuntaladas por el poder político –sobre todo democrático- de turno, empujó y subsidió tantas y tantas indigestas películas. Algunas de estas obras declaman ya en sus títulos este sentimentalismo inexcusable, otras lo exhiben en medio de arbitrariedades y mentiras a designio, buscando atrapar al espectador únicamente a través de lo sensiblero, sin margen para la construcción participada de la obra: “Sentimientos: Mirtha de Liniers a Estambul” (Jorge Coscia); “Sentimental” (Sergio Renán); “Perón, Sinfonía de un sentimiento” (Leonardo Favio); “Tangos, el exilio de Gardel” (“Pino” Solanas); “Made in Argentina” (Juan José Jusid); “La historia oficial” (Luis Puenzo); “Los días de junio” (Alberto Fisherman); “Volver” (David Lipszyc); “Memorias y olvidos” (Simón Feldman); “Camila” (María Luisa Bemberg); “Los chicos de la guerra” (Bebe Kamin); “La noche de los lápices” (Héctor Olivera); “Un lugar en el mundo” (Adolfo Aristarain); “Perdido por perdido” (Alberto Lecchi); “Tango feroz” (Marcelo Piñeyro) y un largo etcétera donde se hace un molienda de victimismo políticamente correcto, anarquismo bien rentado y tango y rock en dosis combinadas. Hoy las nuevas generaciones de directores, nacidos y criados tras el retorno de la “primavera democrática” alfonsinista, alternan el sentimentalismo sin ideales (ya no hay cine “testimonial” o de “denuncia”) con la promiscuidad sexual y la búsqueda de lo “interesante”, despachando un nihilismo adormecedor pero, eso sí, técnicamente irreprochable. Coscia viene a administrar ese nihilismo general de lo “cultural” en la Argentina del cual la generación suya es en gran parte responsable. A tratar de hacer seguir la correntada mediante inyecciones de sentimentalismo y patrioterismo modernizados, para esconder las cosas sucias tras hórridas fachadas de proyectos políticos “transformadores”. No hay sensatez pero tampoco sentimientos nobles en esta disposición para con la cultura porque no hay una “paideia” ni siquiera en la propia actitud hacia la disciplina artística por parte de su mayor responsable. Y no la hay porque se ha disgregado la cultura del hombre en tanto ser espiritual, y como tal, religioso. En estas condiciones, el arte y la cultura no religan al hombre con lo mejor de sí, sino que lo vuelven menos que hombre. Por lo cual se hace indispensable evitar toda clase de contacto con tales manifestaciones “culturales” y “artísticas” excretadas por la usina del mundo, enemigo que “no puede recibir al Espíritu de verdad, porque no le ve ni le conoce” (Jn. 14, 17).

Coscia y Solanas. Apuntan bajo.

* Artículo publicado en Revista “Cabildo” Nº 82, Julio/Agosto 2009.

domingo, 10 de mayo de 2009

HABLAN LOS MAESTROS


“El arte, como todo producto de la acción humana, no es un fin, sino un medio: un medio para que los hombres cumplan su destino, ser buenos y felices”.

Hugo Wast – El oficio de escritor


“La percepción de la belleza natural o artística requiere un esfuerzo humilde, interior, sin ruido, que se logra en la soledad y el silencio, y el mundo moderno es enemigo de la humildad, de la soledad y del silencio”.

Hugo Wast – Ib.


“El arte es el recuerdo de la presencia universal de Dios”.

Ernest Hello – El hombre. La vida, la ciencia, el arte.


“El buen relato, así como la Historia, para evitar el fastidio y dar luz, debe hacer sentir la presencia de Dios en los hechos. La presencia de Dios es el aroma que impide que caiga en putrefacción la vida humana. La mala novela ha sido, en el más alto grado, la negación de la presencia de Dios. Poco a poco, la materia de semejantes obras, es decir el hecho que en ellas se cuenta, ha caído en podredumbre, y, de tiempo en tiempo, hanse producido libros que ni ya cadáveres son, pues ha desaparecido la forma de cadáver: Aquello es el no sé qué, que ni nombre tiene en lengua alguna.
Hay que devolver su forma a la vida. Es menester que todas las ramas del relato, todas las creaciones del arte sean reconstituidas por la presencia de Dios. A la fatalidad, que es la soberanía de la muerte, se opone la Providencia, que es la soberanía de la vida.”
Ernest Hello - Ib.


“La auténtica poesía no aleja a los hombres de la realidad, y en cambio los acerca fina y verazmente a ella, puesto que por un camino de decoro verbal y de primores metafóricos los lleva al conocimiento intuitivo y directo de la misma realidad. La poesía, en otros términos, y con ella el arte en general, es una forma de conocimiento, un modo de captar, en términos de belleza, el misterio del mundo y el secreto de las almas”.

Ángel Battistessa – “Ángel J. Battistessa por Diego F. Pró”.


“Los hombres de creación pasan entre los hombres vulgares por una dura prueba: estos se erigen en jueces impertérritos e impávidos y, después de examinarlos de cerca (puesto que revelan un afán, un idealismo y un espíritu de abnegación para la vulgaridad intolerable) los rotulan a aquellos de inservibles, enemigos de lo “social”, reaccionarios, tradicionalistas, nacionalistas, fascistas o “chupa-cirios”.

Stan Popescu – “Democratización de la cultura”

domingo, 3 de mayo de 2009

HABLAN LOS MAESTROS

Quiera Dios que los pensamientos en este ítem apuntados, sirvan para estimular el pensamiento, despertar el apetito de saber y dar sustento a estos ejercicios de admiración que deben ser nuestros juicios, porque eso es lo que nos demandan las obras de los diversos artistas.
Sirvan quizá para que seamos más cuidadosos y menos precipitados y menos injustos, nosotros que como argentinos tendemos siempre al devaneo fútil o la improvisación desdeñosa. Ya lo decía Julio Irazusta: “Nadie más al día que los argentinos en la información cultural, los problemas mundiales y los maestros de moda en el universo. Pero cuando las inteligencias más autorizadas nos dicen las mayores verdades, de nada nos enteramos” (“Balance de siglo y medio”).
Si la promiscua reproducción de revistas “de cultura” muy promocionadas y patrocinadas por los grandes multimedios periodísticos confirman el primer aserto de Irazusta, la pobreza crítica y el escaso interés divulgador entre nosotros confirman lo segundo. Solía decirse antes que todos los argentinos ”somos directores técnicos” de fútbol; sin duda lo confirma la hoy día inocultable popularidad de un juego que publicita “el gran diario argentino”, eso sí, con plata en juego, porque “gratarola” los argentinos no hacemos nada.
Otra evidencia es la de que “todos somos críticos de cine”, o de arte, en fin, de lo que se suponga. De todo sabemos y de nada disponemos. Influenciados por los pseudo-críticos de los grandes medios, que no enseñan ni explican nada, pues sólo emiten opiniones según su estado de ánimo y a las apuradas, nos acostumbramos a no intentar comprender y relacionar, a investigar e inteligir. El desdén –no sólo por el cine, sino por el arte en general- es patente, y por eso, el liberalismo “progre” domina casi por completo (o sin casi) el terreno cultural. Es como dice el Padre Castellani, crudamente: “Las grandes obras de arte nos dan el llamado deleite estético que puede llegar a una especie de éxtasis; entonces nos da un atisbo o una nostalgia de la otra vida, nos dice Baudelaire, el más grande poeta francés. Pero poco deso hay aquí, porque la educación pública que nos dan no cría en nosotros la facultad de percibir la belleza artística, al contrario más bien, la destruye; y por eso somos el país del tango” (Domingueras prédicas I).
Queremos contribuir a remediar un poquito eso en el tan manoseado terreno cinematográfico, si se nos permite. No se trata de ninguna sabiduría esencial, sino de tener una actitud, cual es la de prestar atención a las cosas. Estos pensadores pueden alertarnos de los peligros que nos asechan, pueden restablecernos en nuestros deberes, pueden satisfacer nuestra busca, pueden indicarnos de lo que debemos abstenernos.




“El intelecto sin imagen y la imagen sin intelecto se reparten hoy el mundo”

R. P. Castellani – “Psicología humana”




“Entre el espectador y el idólatra, hay en efecto poca diferencia: los dos tienen el culto a la creatura; los dos se tornan semejantes a aquellos que ellos aman. La pasión de ver, la pasión de recibir las imágenes del mundo acaba por borrar en el hombre la imagen de Dios”

Guillermo Gueydan de Roussel – « Las tres fases políticas”



“Creo que el público tiene que trabajar”

Alfred Hitchcock – Un diálogo de Redbook, abril 1963



“Los romanos del siglo IV confundían el progreso de la “civilización” y el bienestar del ser humano con la existencia y pleno funcionamiento de los lugares de diversión. Le preguntaron a San Agustín: “Explíquennos por qué sostienen que después de la venida de Cristo han mejorado las cosas humanas. Han caído por tierra los teatros, circos, anfiteatros...Nada bueno ha traído Cristo”. Hace un mil quinientos años, como hoy, existieron individuos que se complacían en la creencia de que todo se reducía a las diversiones y las satisfacciones fisiológicas. Los adoradores de la “civilización” eran –y lo son hoy todavía- los cultores del hombre exterior, que necesita proveerse y asegurarse de todo lo que significa el placer de lo inmediato. Entre lo inmediato, lo temporario y la praxis existe una íntima compenetración. La praxis es lo contrario de theoria. La theoria –vocablo griego- ha sido traducida al latín con “contemplación”. Entre la praxis y la sofistería hay un evidente parentesco. Ambas apuntan hacia el mismo fin: la sensación de bienestar material y físico. Otro punto de coincidencia: ambas rechazan la contemplación. Ambas luchan para la divinación del hombre exterior. El contemplativo no confía en las “esperanzas inseguras de una vida larga”. “En el centro está la seguridad”, dice San Bernardo, “y en la mesura la virtud”. El que lucha para ensalzar el “hombre exterior”, con su fundamental vanidad y su fingida seguridad, el sofista, está siempre al servicio del “homo pragmaticus” o del adorador del “hic et nunc”, que lucha por el progreso de la civilización.
El hombre culto, el hombre cristiano, no pierde el contacto con la contemplación. Tampoco desprecia el progreso, pero se inclina por el otro progreso: “Debes cotejar tu presente con tu pasado. Mira si has progresado en virtud, sabiduría, conocimiento y en moderación de costumbres” (San Bernardo). La moderación es propia del hombre interior. Es una secuela lógica de la contemplación que busca el progreso y el enriquecimiento del espíritu hurgando en el “centro del alma”, como dice Santa Teresa de Jesús”.

Stan Popescu – “Cultura y libertad”, Buenos Aires, 1990.