“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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jueves, 9 de mayo de 2013

Por el niño que no ha nacido





Si los árboles fueran altos y corta la yerba,
como en algún cuento de locos,
si aquí y allí hubiera un mar azulado
más allá de la tierra.

Si colgara fija en el aire una hoguera
para darme calor todo el día,
si un pelo verdoso sobre los montes creciera,
ya sé bien lo que haría.

En la oscuridad me encuentro: soñando
ojos grandes, amables o fríos,
y calles sinuosas y puertas calladas
y tras ellas hombres bien vivos.

Vengan las tormentas: prefiero una hora,
y libertad para que luche y llore,
a todas las edades en que he gobernado
los imperios de la noche.

Si me concedieran permiso
para vivir en el mundo,
me portaría muy bien todo el día
que pasara en esa tierra de hadas.

Jamás escucharían de mi boca
una palabra de egoísmo o desprecio,
si tan sólo pudiera dar con la puerta,
si tan sólo naciera.

G. K. Chesterton, tomado de “El amor o la fuerza del sino”. Selección de textos de Álvaro de Silva.


jueves, 3 de marzo de 2011

CHESTERTON Y LOS PROFESORES

Las tres clases de hombres

Por G. K. Chesterton




Hablando brutalmente hay tres clases de gente en este mundo. La primera clase de gente es el Pueblo; posiblemente integra la clase más amplia y de más valor. Debemos a esa clase las sillas en las que nos sentamos, las ropas que vestimos, las casas que habitamos; y verdaderamente (cuando llegamos a pensar en ello) probablemente nosotros mismos pertenecemos a esa clase. La segunda clase se podría denominar por conveniencia la de los Poetas; por lo general, son un mal para sus familias, pero una bendición para la humanidad. La tercera clase es la de los Profesores e Intelectuales, algunas veces descritos como la gente pensadora; y éstos son un tizón y un objeto de desolación para sus familias y para la humanidad. Se comprende que la clasificación exagera algunas veces, como todas las clasificaciones. Algunas buenas personas son, por lo general, poetas, y algunos malos poetas son, por lo general, profesores. Pero la división sigue la línea de una verdadera hendidura psicológica. Yo no la ofrezco a la ligera. Ha sido el fruto de más de diez y ocho minutos de examen y seria reflexión.
La clase que se denomina Pueblo (a la que ustedes y yo con tanto orgullo nos sentimos ligados) tiene ciertas casuales y, sin embargo, profundas presunciones, designadas «lugares comunes», como la que se refiere a que los niños son encantadores, o que el crepúsculo es triste y sentimental, o que un hombre luchando contra tres es un hermoso espectáculo. Ahora bien, estos sentimientos no son imperfectos, ni siquiera son simples. El encanto de los niños es muy sutil; hasta es complejo, al punto de ser casi contradictorio. En su forma sencilla y entremezclada, es una consideración hilarante y una consideración de desamparo. El crepúsculo engendra un sentimiento que hasta en la canción de salón más vulgar o en la más baja pareja de amantes, puede llegar a ser un sentimiento sutil. Está extrañamente balanceado entre la pena y el placer; también se lo podría designar como un placer que proporciona pena. La arremetida de caballerosidad por la que todos admiramos al hombre que lucha contra la desigualdad no es muy fácil de definir por separado; significa muchas cosas: compasión, sorpresa dramática, deseo de justicia, deleite de experimentar y lo indeterminado. Las ideas del populacho son, en realidad, ideas muy sutiles; pero el populacho no las expresa en forma sutil. De hecho, no las expresa de ninguna manera, excepto en aquellas ocasiones (ahora solamente demasiado raras) en que se entregan a insurrecciones o matanzas.
Ahora bien, esto justifica, en otro sentido, el hecho insensato de la existencia de los poetas. Poetas son aquellos que comparten esos sentimientos populares, y pueden expresarlos de tal manera que parecen ser las cosas extrañas y delicadas que en realidad son. Los poetas hacen que sobresalga el humilde refinamiento del populacho. Donde el hombre común oculta la emoción más original, diciendo: «Excelente abuelo», Víctor Hugo habría escrito: «L'art detre grand-pére»; cuando el agente de cambios diría bruscamente: «La tarde se está cerrando», mister Yeats escribiría: «En medio del crepúsculo»; donde el peón podría únicamente refunfuñar algo respecto a lo de arrancar y de que es «una preciosa caza», Homero nos mostrará al héroe harapiento desafiando a los príncipes en sus propios festines. Los poetas elevan los sentimientos populares en un grado más ardiente y espléndido; pero debemos recordar siempre que son guardianes de los sentimientos populares. Ningún hombre pudo jamás escribir una buena poesía para demostrar que la infancia era chocante, o que el crepúsculo era alegre y burlesco, o que un hombre era despreciable porque había cruzado su espada con otros tres. Los individuos que sostienen esto son los profesores o los majaderos.
Son poetas aquellos que se elevan sobre el pueblo entendiéndolo. En realidad muchos poetas lo han escrito en prosa: por ejemplo, Rabelais y Dickens. Los majaderos se elevan sobre el pueblo rehusando comprenderlo diciendo que sus turbias y extrañas preferencias son los prejuicios y las supersticiones. Los majaderos hacen que el pueblo se sienta estúpido; los poetas hacen que el pueblo se sienta más sabio de lo que jamás ha podido imaginar. Hay muchos elementos del destino en esa situación. El más dispar de todos es la suerte de los dos factores en la política práctica. Muy a menudo los poetas que abrazan y admiran al pueblo son apedreados y crucificados. A los majaderos que desprecian al pueblo se les regala muy a menudo tierras y se les corona. Por ejemplo en los Comunes hay un respetable número de majaderos y comparativamente muy pocos poetas. Y de ninguna manera encontramos allí al Pueblo.
Por poetas, como ya hemos dicho, no me refiero de manera alguna a los individuos que escriben poesías o cualquier otra cosa. Me refiero a los que teniendo cultura e imaginación, las usan para comprender y compartir los sentimientos de sus semejantes; en contraposición a aquellos que las utilizan para lo que ellos denominan alcanzar un lugar más preponderante. Crudamente, los poetas difieren del populacho por su sensibilidad; los profesores difieren del populacho por su insensibilidad. No tienen fineza y sensibilidad suficientes, para simpatizar con el populacho. Las únicas nociones que tienen consisten en contradecir groseramente; tomar por el atajo, de acuerdo con su plan propio y presuntuoso; para decirse a sí mismos, sobre cualquier cosa que digan los ignorantes, que probablemente están equivocados. Olvidan que muy a menudo la ignorancia tiene la exquisita intuición de la inocencia.
***
Pondré un ejemplo que va a subrayar la línea del debate. Abran el primer periódico cómico que encuentren y dejen que sus ojos se posen amorosos sobre el primer chiste que se refiere a la suegra. Ahora bien, el chiste, por ser un chiste para el populacho, será un chiste simple; la anciana señora será alta y robusta, y el gallina del marido será pequeño y cobarde. Pero por todo esto, una suegra no es una idea simple. Es una idea muy sutil. El problema no consiste en que ella sea grande y arrogante; frecuentemente es pequeña y extraordinariamente hermosa. El problema de la suegra consiste en que es como el crepúsculo: mitad una cosa y mitad otra.
Ahora bien, la verdad del crepúsculo, esa fina y hasta tierna perturbación, nos puede ser transmitida tal como es únicamente por un poeta solamente que en este caso el poeta deberá ser un novelista muy sincero y penetrante, como George Meredith, o el señor H. G. Wells, cuya «Ana Verónica», justamente estoy ahora leyendo con deleite. Creo lo que dicen los buenos poetas y novelistas por cuanto siguen el maravilloso ovillo que les da «Recortes cómicos». Pero supongan que aparezca el profesor, y supongan que diga (como seguramente lo hará), «La suegra es meramente una conciudadana. Las consideraciones del sexo no deben entremezclarse con la camaradería. Las consideraciones de la edad no deben influir en el intelecto. La suegra es meramente Otra Mentalidad. Debemos emanciparnos y librarnos de la jerarquía y de los grados de la tribu». Ahora bien, cuando el profesor haya dicho esto (como lo hace siempre), yo le diré: «Señor, es usted más burdo que los «Recortes cómicos». Usted es más vulgar y más desatinado comparado con el artista más elefantino de café cantante. Es usted más ciego y más espeso que el populacho. Estos vulgares tunantes han logrado, finalmente, conseguir un matiz social y una verdadera distinción mental, aunque sólo pueden expresarla torpemente. Pero usted es tan torpe que no tiene ni de qué asirse. Si usted realmente no puede ver que la madre del novio y la novia tienen algunas razones que las obligan a desconfiar, entonces no es usted ni bien educado ni humano; no tiene usted simpatía hacia los profundos y dudosos afectos del género humano. Mejor es exponer las dificultades como lo hacen los seres vulgares que ser insolentemente inconsciente de todas las dificultades.»
La misma cuestión puede ser bastante bien considerada en el viejo proverbio que dice: «Dos son una compañía y tres ninguna». Este proverbio es la verdad expuesta de una manera popular; es decir, es la verdad expuesta equivocadamente. Ciertamente no es verdad que tres no sean compañía. Tres son una espléndida compañía; tres es el número ideal para la camaradería pura: como acontece en los tres mosqueteros. Pero si usted rechaza todo el proverbio y se dice que dos o tres es la misma clase de compañía; si no puede ver que tres es un abismo mayor entre dos y tres que entre tres y tres millones, entonces siento tener que decirle que pertenece a la tercera clase de seres humanos; que no tendrá compañía, tanto si se trata de dos como de tres, y que deberá permanecer solo y aullar en el desierto hasta la muerte.

lunes, 30 de noviembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS

POESIA DE CASTELLANI



Tuvimos la fortuna de encontrar recientemente una valiosísima y antigua nota sobre la poesía del Padre Castellani, la cual nos complacemos en reproducir debajo porque Castellani merece que se le haga justicia, y porque además el aporte de Soler Cañas apunta y dispara contra la ceguera y la mezquindad (cuando no el silencio) de los “críticos” de su época, que no faltan el día de hoy, a veces transfigurados en “biógrafos”.



En el “mamotreto” (así lo califica su mismo autor) que dio a conocer hace unos años Sebastián Randle titulado “Castellani – 1899-1949”, su autor (que en algún momento llega a meter en la misma bolsa que Tolkien, Platón, Dante, Cervantes, Shakespeare y Chesterton a... Alejandro Dolina, sic) dictamina que los versos de Castellani son “horripilantes” (pág. 544). Es llamativo que alguien que escribe tan mal, que despliega tantas torpezas, fealdades, ripios, inutilidades y contradicciones a lo largo de más de 800 páginas, diga de su biografiado, de otra forma, lo mismo que decían los “críticos” cincuenta años atrás. Y con la misma ligereza.



Si ya por entonces Luis Soler Cañas ponía las cosas en su lugar, nosotros nos sumamos para agregar algo que a esta altura es de Perogrullo, aunque el semi-biógrafo de Castellani no lo vea: Castellani como escritor tenía un talento descomunal, mayor al del resto de los escritores argentinos que por entonces gozaban del prestigio y reconocimiento oficial. Por momentos esta riqueza de estilo puede atisbarse en sus “Camperas”, trabajo de sus comienzos. Pero hete aquí el meollo del asunto: Castellani, teniendo un inmenso talento, gran capacidad de intelección literaria, profundidad de pensamiento, notable imaginación, comprensión psicológica, conocimientos lingüísticos, acerbo cultural y sustento teológico y filosófico sobresalientes, además de una vida esforzada y viril, Castellani, decimos, no quiso nunca ser un literato, un escritor o poeta profesional. Eludió de continuo esta tentación porque lo suyo era ser un sacerdote, y como tal, un profeta. Usó su arte poética y literaria para iluminar, no para deslumbrar. Sirvió a la Verdad con una Belleza libre de afectaciones o perfecciones de laboratorio de esteta. No quiso ser, v.g., un Borges ni un Lugones: prefirió “entender a Martín Fierro” con su obra y con su vida. Fue un “género único” (como dijo alguien), aunque muchos después se empeñaron en imitar hasta sus nimiedades. Dicho todo lo cual no por ello –aunque no somos críticos, desde ya- caeremos en el encomio desmesurado para oponernos a la “acrimonia” de muchos. Como decía el mismo Castellani: “Malo sería renegar de lo nuestro y aun carecer hacia ello de la humana ternura fraterna; pero mucho peor es cortarnos de la ecumenidad del pensamiento con una especie de anteojeras de barbarie egocéntrica; que nos llevaría a falsedades manifiestas y grotescas” (con Fermín Chávez, prefacio a “La cien mejores poesías (líricas) argentinas”). Y así, si se puede decir que era como él se auto-definió, un “poeta menor”, su poesía nos da mayor sustento y nos entrega mucho más que las perfecciones formales de muchos “poetas mayores”, así como a veces un pintor menor, como Van Gogh, vale más para nosotros que un pintor mayor como Rafael di Sanzio.



Los versos de Castellani que recoge Soler Cañas en su nota van aplicados también a la incomprensión (de esta y muchas otras cosas) de su semi-biógrafo. Soler Cañas fue capaz de ver mejor –y lo dice en apenas dos páginas sustanciosas- el talento y el alma del Padre Castellani, a través de su poesía.



Por sobre la crítica del merengue



Por Luis Soler Cañas.


Revista Histonium Nº 155, abril 1952.




Existe bastante gente en la Argentina que se figura pertenecer a eso que en otros países se denomina la crítica. Y existe también mucha otra gente convencida de que en la Argentina hay una crítica que merece de veras tal nombre. El autor no participa de ninguna de las dos creencias, y alguna vez ha tenido que defenderse en público (en privado lo hace todos los días) de la acusación de crítico, formulada como siempre con toda ligereza, con toda irresponsabilidad. Opina, sinceramente, que no contamos con una crítica en el sentido que se le da a este vocablo en las naciones donde la actividad intelectual creadora promueve a la vez una actividad intelectual de tipo crítico. Acá no pasamos, incluyendo a los más serios comentadores, de simples gacetilleros, de meros cronistas, que escriben con apuro y sin espacio, y que no siempre atacan su labor con la necesaria objetividad, con la imprescindible ausencia de pasiones extrañas a la obra literaria considerada en sí.



Decimos todo esto no por falsa modestia ni por menospreciar una actividad como la del gacetillero literario, en cierto modo útil si se la desempeña con honestidad, sino porque la carencia de una verdadera crítica se evidencia en la pasmosa tranquilidad con que los usufructuadores del papel impreso, las secciones bibliográficas y las revistas especializadas dejan pasar, sin reparar en ellos, o reparando con ojos miopes y astigmáticos, libros que en otras partes, apenas publicados, provocarían una de dos cosas: o tempestades de admiración o tempestades de negación, de repudio. Pero en todo caso, una actitud crítica, verdaderamente crítica.



Así las cosas, el autor siente muchísimo no ser más que un cronista, lamenta mucho no ser un crítico. Y lo siente porque un librazo estupendo como el “Libro de las Oraciones”, que acaba de publicar silenciosamente un gran poeta nuestro, el padre Castellani, merece la atención de una lectura muy despaciosa y el interés de una crítica que lo sea de veras y que abarque su contenido en toda su rica y profunda variedad. Lamentamos muchísimo no estar a la altura de esta obra que nos redime de tantos volúmenes onerosamente largados a la circulación, sin gracia ni provecho, por nuestros generosos editores de bodrios. El padre Castellani, para empezar, ha tenido que publicar el libro por su cuenta, o poco menos. Eso se advierte en seguida. Si fuera colombiano, inglés o español, las cosas serían de otro modo. Pero el padre Castellani, que honra a toda la cultura argentina y que la representa con una autenticidad de que carecen muchos de nuestros más distinguidos tinterillos literarios, es solamente un humildísimo cura argentino, que escribe con médula y raíz argentina, que escribe la Verdad, que dice la Verdad, que proclama la Verdad. Que sirve, en una palabra, a la Verdad. Es un patriota, además. Un gran patriota. ¿Podrían perdonarle todos estos defectos juntos nuestros puntillosos editores?



Leamos, sin embargo, el “Libro de las Oraciones”. Este estupendo “Libro de las Oraciones”, libro de verso y de poesía (no como los de Gonzáles Lanuza o Silvina Ocampo, pongo por ejemplo, que son de verso solo y a veces ni siquiera de eso), libro de un alma excepcional, y de una humanidad asimismo excepcional. Libro de un gran espíritu acosado por los males terrestres y que, agobiado por el dolor y la miseria de lo humano (y de los humanos), arrastrado mismamente a veces hasta los límites de la desesperación, no llega jamás a perder la fe en Dios y en lo sobrenatural. Junto a oraciones que son un clamor inmenso del alma desgarrada, leemos oraciones angélicas, de una inocencia y de una gracia que conmueven cuando se formula el paralelo, no buscado, con las otras. ¿Versos defectuosos? Puede ser que los haya. Pero sepa la retórica exigente y la pedantería de los preceptistas que, defectos, si los hay, de métrica o de estilo, o de lo que sea, no son de los que se escapan al autor sino de esos que el autor deja, o pone, a propósito.



Imaginamos las “críticas”. Las de siempre:



-¡Qué mal escribe Castellani!


-No pule, no corrige...Es muy atravesado para decir ciertas cosas...


-Y tiene sus zafadurías el cura...


-Sí. Se le escapan palabras un poco fuertes...


-Esto no es poesía. Es prosa, y no de la mejor...


-¡Qué versos inacadémicos!...



Etc., etc., etc. Los comentarios pueden seguir indefinidamente. Sí, es cierto. Castellani escribe mal. Hace unos años se lo decíamos a Fernando García Della Costa:



-La gente no entiende al padre Castellani ni a Ramón Doll. No se da cuenta de que escriben mal a propósito. De que usan un lenguaje vivo, vital, lleno de humanidad y de fortaleza, sin melindres, sin afectaciones, sin rositas rococó...


-Tienes razón. No se dan cuenta de que son dos clásicos de nuestro tiempo.



Y tenía razón él. Porque el padre Castellani, como Doll, escribe mal, como escribían mal Quevedo y Cervantes y Gracián y tantos otros de esa estupenda galería de españoles gracias a cuya audacia, a cuya falta de melindres, de puntillosidades, se fue renovando, se fue haciendo y se fue enriqueciendo el idioma que hoy usamos. Si les hubieran hecho caso a los gramáticos o a los literatuelos adocenados ¡aviados estaban y estábamos! Sí, Castellani usa un lenguaje que es como un torrente cálido y fresco a la vez de vida, un lenguaje que conmueve directamente nuestra sensibilidad, que alcanza hasta lo más profundo de ella, pero lo interesante es que, además, ese lenguaje dice, expresa, transmite algo. Castellani no sólo nos enriquece con ese estilo suyo, que a veces semeja travesura, fuertemente personal, más allá de todas las preceptivas y todas las retóricas del merengue, sino que además nos enriquece el alma. Estas “Oraciones” de su libro no son, en el fondo, más que su diario lírico. El diario lírico de un momento excepcionalmente doloroso de su vida. ¡Pero qué diario! Este es un libro sobrecogedor. Lo deja a uno pasmado. ¡Qué expresiones, qué aciertos, qué hondura, qué fe, y por sobre todo eso, cuánta poesía fuerte, vital, vitalizadora, cuánta de esa poesía que ineludiblemente necesita el hombre para no perecer de hambre espiritual y de desesperación moral en un mundo corroído por espantosas miserias de toda laya! ¡Qué libro de fe, de optimismo, de sabiduría, qué manantiales de vida renovada y esperanzada en Dios va sacando este hombre del horrible pozo de su angustia! ¡Y cómo nos enriquece! ¡Y cómo nos alimenta! Libros como ése son necesarios para la sed de amor y de fe de nuestro tiempo.



Repito que no soy un crítico ni lo pretendo. Pero siento mucho no serlo y me limito a señalar que en la Argentina ha aparecido el libro de un gran poeta, de un escritor genial que no pasará sin dejar una huella profunda, y que ese libro ha merecido el honor del sospechoso silencio de toda una “crítica” que se vanagloria de tal nombre. Con la excepción, verdad, de un gacetillero anónimo que juzgó oportuno hablar de “confuso retorcimiento”, de “dicharacho plebeyo”, de “metáfora caricatural”, que adujo una “extraña conducta estilística”, mencionó un “popularismo equivocadamente interpretado”, denunció “exasperado barroquismo” en los versos, propició “una formulación más ceñida a las normas” (¿quería un corsé literario?) y concluyó su brillante crítica aludiendo a “un sensacionalismo cuya incompatibilidad con la verdadera poesía es innecesario destacar”...



Gente como ésa cree que la poesía es labradora de encajes y puntillas, adorno de cremas y dulzura de caramelo. Para rematar al disparate añadía que todo lo objetado por él “empaña la sonoridad de una voz que parece nacida de nobles afanes”.



Le parece, nada más. A nosotros nos parece que el gacetillero paseó la mirada por el libro sin ver nada. No vio césped inglés cuidadosamente recortado, no vio rosas graciosamente decoradas y perfumadas, no vio las tersuras habituales en tanto versificador sin poesía, no vio, en una palabra, elegancias, artificios, y se dijo: “¡Cátate, qué será esto?”. Pero como tenía que escribir algo, dijo lo que mañana o pasado, cuando todos estemos ya en nuestro lugar de sombra, pueda ser el hazmerreír de las generaciones que ubiquen a Castellani y a su poesía en el sitio que por justicia le corresponde.



No soy un crítico y sólo puedo aconsejar que se lea este libro. Es UN LIBRO. Nada más y nada menos que un LIBRO, expresión de un ALMA, de una FE y de una POESÍA humanamente expresadas, demasiado humanamente expresadas, quizá...Por eso no lo entenderán ni lo gustarán los devotos del alambicamiento, los partidarios de la retórica por la retórica misma, los inefables admiradores del purismo y la vaciedad sonorificadas...Los “inteligentes”, en una palabra. O, mejor dicho, los que en nuestro país usurpan, alevosamente, el lugar de la “intelligentsia”.



Anticipándose a toda esa pobreza de espíritu, Castellani ya cantó genialmente en “Arte Poética” (número 13 de “Poesía Argentina”):



Reniega una vez más tu fortuna,


da de mano las frases bellas


y cual los perros a la luna


dí tu verdad a las estrellas.


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...


Acosado en brete fiero


por la Patria y la Iglesia única


¿oh Jeromio, compra un acero


aunque debas vender la túnica!


Haz sonar tu rudo montante


en vez de fina lira de oro


contra la estupidez campante


¡la estupidez testuz de oro!



Y armó su retórica viril de esa manera:



¡Ah! crén que yo soy un artista


¡ah! crén que soy un literato.


Me dan consejos, que me vista,


que me presente hecho un retrato...


¡Ah! No es un cisne nacarado


con tornasoles en el ala,


es un carancho aprisionado


mi alma que Dios acorrala.


Sea tu verso un gesto viril


y no una actitud escultórica,


de alma y carne, no de marfil...


Y todo lo demás es retórica.



Retórica. Es decir, literatura. En su inadmisible, en su peor acepción: falsedad, pose, esnobismo, elegancia de afectados. La poesía del “Libro de las Oraciones” está hecha de alma y de carne, no de marfil. No de fantasías, no de pobrecitos juguetes de la moda, estériles y perecederos. ¡Ah, qué bien conoce Castellani a sus críticos! Para ellos escribió su “Arte Poética”. Pero...¿aprovecharán la lección? Lo dudamos.




domingo, 18 de octubre de 2009

NOTA - LA MADRE EN EL CINE ARGENTINO

LA MADRE
en el cine argentino



El pasado domingo 11 de octubre la Iglesia celebró la fiesta de la Maternidad de la Santísima Virgen María. Esa oportunidad en que se festeja –y no este último domingo- el día de la madre, nos permite el recuerdo de una figura arquetípica del cine, en sus diferentes tiempos y modelos. Preferimos acercarnos en la evocación –por una cuestión práctica y de identidad- a un cine argentino clásico que se ha destacado por encontrar en sus fábulas el lugar destacado de la madre, ya sea en la familia o en una sociedad de un tiempo ya vencido y olvidado. Decimos de un tiempo, no de un arquetipo perenne y de urgente valoración y reivindicación para que puedan volver a surgir las familias que el día de mañana restauren una sociedad hoy corrompida casi por completo.

Suele destacarse más intensamente la figura materna en situaciones de crisis, soledad, marginación o disputas maritales. Pero, téngase en cuenta, no se caía por entonces en el usufructo de una función para traficar la idea ilícita del divorcio, el erotismo o la “independencia” de la mujer, cosas que hoy son del común. Donde había una madre había una familia, y también, la posibilidad de que los hijos se formaran fuertes y buenos entre el complejo marco de la miseria, el delito y los malos ejemplos. No escatimaba el bulto aquel cine sobre el sufrimiento inherente a ese sacrificio gozoso de la mujer, en la lucha diaria por un camino de felicidad para sus hijos; ni hacía lugar al resentimiento enfermizo que trajo consigo la ideología a partir de los años ’70, con la consiguiente usurpación política y comercialización del nombre de “Madres”. Todavía podía entenderse, por aquellos años, antes de la revolución cultural de los ’60, aquello que decía bien don Ángel Luis Miguel Salvat: “La dignidad más alta de la mujer se funda en su maternidad. Causan verdadera lástima las mujeres que, en aras de una ilusoria “liberación”, reniegan de tan excelso destino y se rebajan a la miserable condición de integrantes de una “pareja” ”.

Rescatamos –en soledad, lamentablemente- algunos ejemplos de aquel buen cine, de la mejor vertiente del cine argentino, y de actrices características de ese papel, figuras secundarias y, como tales, nunca reconocidas en su real valía:

· Surcos de sangre (Hugo del Carril, 1949): Ana Arneodo es la sufrida madre del joven voluntarioso y honesto (del Carril) que ama la tierra y la trabaja, contra el afán de enriquecimiento fácil y fraudulento de su padre. Una mujer aguantadora y fiel, en una época en que en las casas no había televisores. Una labor generosa y sacrificada a la que del Carril le canta en la película en una bella canción titulada “Por si duerme mi madre”.

· El pájaro cantor vuelve al hogar (episodio de “No abras nunca esa puerta”, Carlos Hugo Christensen, 1951): Ilde Pirovano es la viejita ciega que recibe a su hijo delincuente (Roberto Escalada) en esta estupenda adaptación de un cuento de William Irish. Demuestra su valentía y logra, finalmente, hacer cambiar a su hijo y reconquistar su amor.

· Una luz en la ventana (Manuel Romero, 1942): Personaje inédito en el cine de Romero, esta vez en el género de la comedia de terror, según el modelo de los films de la Universal, María Ester Buschiazzo encarna a la madre del monstruoso acromegálico Narciso Ibañez Menta, que se propone recomponer su rostro mediante una criminal y clandestina operación, a expensas de una joven mujer. La madre, finalmente, logra que las cosas sean como deben ser, aun al costo de perder a su hijo.

· Barrio gris (Mario Sóffici, 1954): Ana Arneodo reincide en similar papel al de “Surcos de sangre”, el de la madre cariñosa y sufrida –y además viuda- que se desvive por sus hijos en medio de una oprimente pobreza. No le falta, como a la otra, la fe católica que la sostiene.

· Se abre el abismo (Pierre Chenal, 1945): Elsa O’Connor lleva la peor parte, porque además de aguantar pacientemente a un marido violento y borracho (Guillermo Battaglia, de antología), se va quedando ciega y, además, sufre por el trágico desenlace de la pelea de su hijo con el padre. Finalmente, será la fe católica la única consolación de los atribulados, y la madre quien lleve al hijo a tal demorada salida.

· Pasó en mi barrio (Mario Sóffici, 1951): Tita Merello es una madre decidida, fuerte, inteligente, que debe llevar adelante el negocio familiar, la casa y la educación de sus hijos, con un marido que va a la cárcel y el mal ejemplo que tienta en la calle a sus hijos. Lejos del costumbrismo o la moralina, el drama escrito por la dupla Pondal Ríos-Olivari plantea el drama en torno de la lucha de esta madre que se casó “para tener hijos” y en el decurso de su vida aprende que debe ser dura con ellos para que no se descarríen. Rigor amoroso del director para llevar adelante la película con sencillez y atención al detalle.

· Las aguas bajan turbias (Hugo del Carril, 1951): Gloria Ferrandiz, habitué con del Carril, de criada o ama de llaves, lleva esta vez un lugar parecido pero entre similares, pues, habiendo perdido a su hijo en el infierno de los yerbatales, es ahora la madre de todos los explotados y escarnecidos trabajadores, recibiendo su ayuda o su consuelo.


Cerramos este pequeño homenaje a las madres con este soneto escrito por Baldomero Fernández Moreno en 1929:

Resumen
Si el destino te dio mujer virtuosa,
hijos innumerables y lozanos,
piensa, mortal, que tienes en las manos
la parte de la vida más sabrosa.

Trabaja, vuelve a trabajar, reposa,
para ti será el sol de los veranos,
el dulce fuego en los inviernos canos,
el valle verde y la ribera rosa.

Gózate largamente en su presencia,
su picardía gusta o su inocencia,
mira que todo como nube pasa.

Juega con ellos de los leves talles.
No se encuentra la dicha por las calles:
si en algún lado está, será en tu casa.