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| "El manantial", de King Vidor, 1949, y "Vértigo", de Alfred Hitchcock, 1958. |
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jueves, 28 de noviembre de 2013
sábado, 26 de diciembre de 2009
ANIVERSARIO - MONSEÑOR STRAUBINGER
MONS. DR. JUAN STRAUBINGER
Jerónimo de toda la América del Sur
26 de diciembre 1883- 23 de marzo 1956
Jerónimo de toda la América del Sur
26 de diciembre 1883- 23 de marzo 1956

“René Schwob ha dicho que sólo un campo queda, sólo un asunto tiene sentido para ocupar el escritor de hoy: el comentario al Evangelio.
Por lo demás, el Papa Pío XII corrobora el concepto en la Encíclica “Divino Afflante Spíritu”, sobre la Biblia, al decir que, lejos de ser éste un campo ya agotado, está muy al contrario lleno de cosas que quedan por entender y explicar”.
(Comentario a I. Cor. 9,16.)
Amós VIII,11:
“He aquí que vienen días,
dice Yahvé, el Señor,
en que enviaré hambre sobre la tierra;
no hambre de pan, ni sed de agua,
sino de oír las palabras de Dios.
Andarán errantes de mar a mar,
y discurrirán del norte al oriente,
en busca de la palabra de Dios,
mas no la hallarán.
En aquel día desfallecerán de sed
las hermosas doncellas y los jóvenes,
que juran por el pecado de Samaría diciendo:
“¡Por la vida de tu dios, oh Dan!”
y:”¡Por el camino de Bersabee!”.
Caerán y no se levantarán nunca jamás”.
Comentario:
“Profecía gravísima y terrible, que siempre está pendiente como una amenaza sobre nosotros. Si vivimos relegando la palabra de Dios, Él retirará un día esa palabra, como aquel médico que, habiendo preparado con gran trabajo un precioso remedio para los leprosos de su hospital, observó que todos lo elogiaban con grandes expresiones de gratitud...pero luego cada uno se buscaba un remedio propio, despreciando el único eficaz, que con tanto amor les había preparado. El médico, herido en su corazón, retiró entonces aquel bálsamo despreciado. Y los enfermos murieron todos. Tal es la conminación que aquí hace Dios, como en el Salmo 80,13:
“Por eso los entregué
a la dureza de su corazón:
a que anduvieran según sus apetitos”.
En ella vemos el más trágico fin de una cultura que pretende hallar soluciones a los problemas del mundo sin contar con la actividad de Dios, esto es mirándolo como un hombre del mundo y negando a su providencia la intervención activísima y constante que Él se reservó cuando nos dijo, por boca de su Cristo, que ni un pájaro, ni un cabello nuestro cae sin obra Suya (Mat. 10,30; Luc. 12,7), y que no será nuestro brazo, sino Su gratuita liberalidad la que nos dará “por añadidura” (Mat.6,33) también las soluciones de orden temporal si buscamos antes, para nuestra alma y la del prójimo el reino de Dios y la justicia y santidad que de Él viene y que se funda, como dice S. Jerónimo, “en la predicación de las Escrituras que conduce a la vida”. De ahí la necesidad absoluta de la predicación cristiana”.
“He aquí la “experiencia religiosa” que cada uno debe realizar en su propia vida. Investigar “lo que agrada a Dios” es, según los Libros Sapienciales, el sumo objeto de la Sabiduría”.
(Comentario a Ef. 5,10)
“La Biblia está hecha por Dios, como definió el Concilio Tridentino, para que sepamos lo que es El, lo que El ha hecho, lo que El nos dio, lo que El promete, lo que El enseña y lo que a El le agrada. De ahí que en el interesarnos por todo ello está la mejor prueba de nuestra rectitud. La avidez y curiosidad con que lo hagamos será la medida de nuestra fe, y de nuestro amor, y también la garantía de nuestra esperanza”.
(Prólogo a la tercera edición del Nuevo Testamento).
“Lo primero de que se asombra el que llega a recibir alguna luz de sabiduría, dice Garrigou-Lagrange hablando sobre Santo Tomás, es la suma simplicidad a que ella se reduce. Esto nos hace comprender por qué la Sabiduría divina se revela a los niños mientras escapa al esfuerzo especulativo de los sabios. Chesterton cuenta cómo, después de dar la vuelta al mundo para buscar la verdad, la halló en la iglesita que había en la esquina de su casa”.
(Prólogo a la tercera edición del Nuevo Testamento).
“No olvidemos, pues, esta singular característica de Dios, cuyo conocimiento es indispensable en la vida sobrenatural. Si El fuera simplemente un moralista, le bastaría con que los hombres observaran tal o cual conducta. Y sin embargo, en toda la Biblia vemos que El no se indigna tanto con los que violan sus Mandamientos, cuanto con aquellos que pretenden obrar el bien por sí mismos, prescindiendo de El, que es la única fuente de todo posible bien. Eso es lo que mira El como un robo de su gloria (véase Mat. 7,21; 19,16 y notas). Jesús nos dice a este respecto en forma terminante que sin El somos incapaces de dar fruto alguno, como gajos cortados de la vid (Juan 15,5). ¿Hemos de pensar que nos dice esto por dureza, como tildándonos de inútiles? Para entender la indecible suavidad de esta palabra de Jesús, que es fundamental en todo el Evangelio, bastaría imaginarnos a un jefe de taller, sumamente vigoroso, que al tomar a sus obreros, ofreciese a cada uno la fuerza de su brazo diciéndole: “no tienes más que llamarme cada vez que tengas que levantar un fardo pesado. Yo lo alzaré contigo de modo que tú apenas tendrás que esforzarte. De lo contrario, claro está que no podrás”. ¿Qué diríamos del infeliz obrero que en vez de aceptar esto lleno de gratitud, despreciase el admirable ofrecimiento, y aún se incomodara en su amor propio, pretendiendo que no lo necesitaba?”
(Prólogo a la tercera edición del Nuevo Testamento).
“La explicación de por qué Dios revela a los pequeños lo que oculta a los sabios –cosa en verdad decepcionante para todo intelectual que no tenga espíritu sobrenatural- está en que la inteligencia de esos misterios de Dios sólo se adquiere partiendo de la base de la nada del hombre, de su caída original, de su condición actual anormal y miserable. Y esto es inadmisible para esos sabios que precisamente son tenidos por tales a base de sus conceptos y empeños humanistas que tienden a exaltar lo que el mundo llama altos valores humanos. De suyo todo hombre no es sino flaqueza e inclinación al mal, y el que no admite esto como base no puede entender nada del Padre, cuyos misterios son todos de amor y misericordia para con esa humanidad caída. Entonces, quienes nos sentimos así, caídos, reconocemos en Él un Dios como hecho de medida para nosotros. Los demás no se interesan ante este tipo de Dios, pues no tienen conciencia de necesitar la misericordia y encuentran humillante y vergonzoso reconocer la maldad e impotencia de la humanidad”.
(Comentario al Salmo 118, 130).
“¿Qué es la opresión de los hombres sino el respeto humano? La palabra de Dios que nos libra de él, es un verdadero rescate, cumpliéndose entonces literalmente la promesa de Jesús de Juan 8,31-32”.
(Comentario al Salmo 118, 134).
“La bondad consiste en confesarse impotente y buscar a Jesús, para que de Él nos venga la capacidad de cumplir la voluntad del Padre como Él lo hizo”.
(Comentario a Jn. 15, 6).
“¡He aquí algo que puede ser definitivo para curarnos de todo amor efímero! Dios quiere lo que es y no parece: la Eucaristía. El hombre, a la inversa, quiere lo que parece y no es (cfr. Mat. 15,8). Por eso busca tanto las obras exteriores, sin comprender que Dios no las necesita y que ellas valen sólo en proporción del amor que las inspira. Como por desgracia no es normal que tengamos siempre ese amor en nosotros, debemos previamente preparar el espíritu por la meditación y la oración, que aumentan la fe y la caridad. Entonces todo lo que hagamos inspirados por ese amor tendrá la certeza de ser agradable a Dios. De ahí la lección fundamental de los Proverbios (4,23): ”Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón”. Porque del estado de éste depende el valor de todo lo que hagamos”.
(Comentario a II Cor. 4, 18).
“Precisamente por lo mismo que se trata de ediciones para uso de los fieles –cuya ignorancia bíblica suele ser hoy tanta en historia como en doctrina y profecía- es indispensable que el exégeta, cuyo papel en la formación espiritual del cristiano va a ser cada vez mayor según las nuevas orientaciones pontificias, sea como un guía que a cada paso lo lleve de la mano a través de ese mundo maravilloso de la revelación divina, cuyo lenguaje aparece tan desusado para las mentes deformadas por la sabiduría de este mundo, y paganizadas por una “cultura” meramente profana. Tal nos parece ser el verdadero sentido de la prescripción canónica al exigir que lleven notas las ediciones católicas de la Biblia, y aun vemos que las ediciones disidentes las usan cada vez más. Tal es, hoy más que nunca, ante el deseo expresado por el Papa de que las notas contengan “doctrina que sirva para aumento de la fe, y base de predicación”, o en otros términos, que sean ellas mismas predicación y elogio de las cosas reveladas, de modo que la Biblia vuelva a ser para el cristiano lo que debió ser siempre: el libro de espiritualidad por excelencia”.
(“La Nueva Biblia Española de Nácar-Colunga”, en Revista Bíblica Nº 33 y 34, 1945)
Deo Gratias
Por lo demás, el Papa Pío XII corrobora el concepto en la Encíclica “Divino Afflante Spíritu”, sobre la Biblia, al decir que, lejos de ser éste un campo ya agotado, está muy al contrario lleno de cosas que quedan por entender y explicar”.
(Comentario a I. Cor. 9,16.)
Amós VIII,11:
“He aquí que vienen días,
dice Yahvé, el Señor,
en que enviaré hambre sobre la tierra;
no hambre de pan, ni sed de agua,
sino de oír las palabras de Dios.
Andarán errantes de mar a mar,
y discurrirán del norte al oriente,
en busca de la palabra de Dios,
mas no la hallarán.
En aquel día desfallecerán de sed
las hermosas doncellas y los jóvenes,
que juran por el pecado de Samaría diciendo:
“¡Por la vida de tu dios, oh Dan!”
y:”¡Por el camino de Bersabee!”.
Caerán y no se levantarán nunca jamás”.
Comentario:
“Profecía gravísima y terrible, que siempre está pendiente como una amenaza sobre nosotros. Si vivimos relegando la palabra de Dios, Él retirará un día esa palabra, como aquel médico que, habiendo preparado con gran trabajo un precioso remedio para los leprosos de su hospital, observó que todos lo elogiaban con grandes expresiones de gratitud...pero luego cada uno se buscaba un remedio propio, despreciando el único eficaz, que con tanto amor les había preparado. El médico, herido en su corazón, retiró entonces aquel bálsamo despreciado. Y los enfermos murieron todos. Tal es la conminación que aquí hace Dios, como en el Salmo 80,13:
“Por eso los entregué
a la dureza de su corazón:
a que anduvieran según sus apetitos”.
En ella vemos el más trágico fin de una cultura que pretende hallar soluciones a los problemas del mundo sin contar con la actividad de Dios, esto es mirándolo como un hombre del mundo y negando a su providencia la intervención activísima y constante que Él se reservó cuando nos dijo, por boca de su Cristo, que ni un pájaro, ni un cabello nuestro cae sin obra Suya (Mat. 10,30; Luc. 12,7), y que no será nuestro brazo, sino Su gratuita liberalidad la que nos dará “por añadidura” (Mat.6,33) también las soluciones de orden temporal si buscamos antes, para nuestra alma y la del prójimo el reino de Dios y la justicia y santidad que de Él viene y que se funda, como dice S. Jerónimo, “en la predicación de las Escrituras que conduce a la vida”. De ahí la necesidad absoluta de la predicación cristiana”.
“He aquí la “experiencia religiosa” que cada uno debe realizar en su propia vida. Investigar “lo que agrada a Dios” es, según los Libros Sapienciales, el sumo objeto de la Sabiduría”.
(Comentario a Ef. 5,10)
“La Biblia está hecha por Dios, como definió el Concilio Tridentino, para que sepamos lo que es El, lo que El ha hecho, lo que El nos dio, lo que El promete, lo que El enseña y lo que a El le agrada. De ahí que en el interesarnos por todo ello está la mejor prueba de nuestra rectitud. La avidez y curiosidad con que lo hagamos será la medida de nuestra fe, y de nuestro amor, y también la garantía de nuestra esperanza”.
(Prólogo a la tercera edición del Nuevo Testamento).
“Lo primero de que se asombra el que llega a recibir alguna luz de sabiduría, dice Garrigou-Lagrange hablando sobre Santo Tomás, es la suma simplicidad a que ella se reduce. Esto nos hace comprender por qué la Sabiduría divina se revela a los niños mientras escapa al esfuerzo especulativo de los sabios. Chesterton cuenta cómo, después de dar la vuelta al mundo para buscar la verdad, la halló en la iglesita que había en la esquina de su casa”.
(Prólogo a la tercera edición del Nuevo Testamento).
“No olvidemos, pues, esta singular característica de Dios, cuyo conocimiento es indispensable en la vida sobrenatural. Si El fuera simplemente un moralista, le bastaría con que los hombres observaran tal o cual conducta. Y sin embargo, en toda la Biblia vemos que El no se indigna tanto con los que violan sus Mandamientos, cuanto con aquellos que pretenden obrar el bien por sí mismos, prescindiendo de El, que es la única fuente de todo posible bien. Eso es lo que mira El como un robo de su gloria (véase Mat. 7,21; 19,16 y notas). Jesús nos dice a este respecto en forma terminante que sin El somos incapaces de dar fruto alguno, como gajos cortados de la vid (Juan 15,5). ¿Hemos de pensar que nos dice esto por dureza, como tildándonos de inútiles? Para entender la indecible suavidad de esta palabra de Jesús, que es fundamental en todo el Evangelio, bastaría imaginarnos a un jefe de taller, sumamente vigoroso, que al tomar a sus obreros, ofreciese a cada uno la fuerza de su brazo diciéndole: “no tienes más que llamarme cada vez que tengas que levantar un fardo pesado. Yo lo alzaré contigo de modo que tú apenas tendrás que esforzarte. De lo contrario, claro está que no podrás”. ¿Qué diríamos del infeliz obrero que en vez de aceptar esto lleno de gratitud, despreciase el admirable ofrecimiento, y aún se incomodara en su amor propio, pretendiendo que no lo necesitaba?”
(Prólogo a la tercera edición del Nuevo Testamento).
“La explicación de por qué Dios revela a los pequeños lo que oculta a los sabios –cosa en verdad decepcionante para todo intelectual que no tenga espíritu sobrenatural- está en que la inteligencia de esos misterios de Dios sólo se adquiere partiendo de la base de la nada del hombre, de su caída original, de su condición actual anormal y miserable. Y esto es inadmisible para esos sabios que precisamente son tenidos por tales a base de sus conceptos y empeños humanistas que tienden a exaltar lo que el mundo llama altos valores humanos. De suyo todo hombre no es sino flaqueza e inclinación al mal, y el que no admite esto como base no puede entender nada del Padre, cuyos misterios son todos de amor y misericordia para con esa humanidad caída. Entonces, quienes nos sentimos así, caídos, reconocemos en Él un Dios como hecho de medida para nosotros. Los demás no se interesan ante este tipo de Dios, pues no tienen conciencia de necesitar la misericordia y encuentran humillante y vergonzoso reconocer la maldad e impotencia de la humanidad”.
(Comentario al Salmo 118, 130).
“¿Qué es la opresión de los hombres sino el respeto humano? La palabra de Dios que nos libra de él, es un verdadero rescate, cumpliéndose entonces literalmente la promesa de Jesús de Juan 8,31-32”.
(Comentario al Salmo 118, 134).
“La bondad consiste en confesarse impotente y buscar a Jesús, para que de Él nos venga la capacidad de cumplir la voluntad del Padre como Él lo hizo”.
(Comentario a Jn. 15, 6).
“¡He aquí algo que puede ser definitivo para curarnos de todo amor efímero! Dios quiere lo que es y no parece: la Eucaristía. El hombre, a la inversa, quiere lo que parece y no es (cfr. Mat. 15,8). Por eso busca tanto las obras exteriores, sin comprender que Dios no las necesita y que ellas valen sólo en proporción del amor que las inspira. Como por desgracia no es normal que tengamos siempre ese amor en nosotros, debemos previamente preparar el espíritu por la meditación y la oración, que aumentan la fe y la caridad. Entonces todo lo que hagamos inspirados por ese amor tendrá la certeza de ser agradable a Dios. De ahí la lección fundamental de los Proverbios (4,23): ”Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón”. Porque del estado de éste depende el valor de todo lo que hagamos”.
(Comentario a II Cor. 4, 18).
“Precisamente por lo mismo que se trata de ediciones para uso de los fieles –cuya ignorancia bíblica suele ser hoy tanta en historia como en doctrina y profecía- es indispensable que el exégeta, cuyo papel en la formación espiritual del cristiano va a ser cada vez mayor según las nuevas orientaciones pontificias, sea como un guía que a cada paso lo lleve de la mano a través de ese mundo maravilloso de la revelación divina, cuyo lenguaje aparece tan desusado para las mentes deformadas por la sabiduría de este mundo, y paganizadas por una “cultura” meramente profana. Tal nos parece ser el verdadero sentido de la prescripción canónica al exigir que lleven notas las ediciones católicas de la Biblia, y aun vemos que las ediciones disidentes las usan cada vez más. Tal es, hoy más que nunca, ante el deseo expresado por el Papa de que las notas contengan “doctrina que sirva para aumento de la fe, y base de predicación”, o en otros términos, que sean ellas mismas predicación y elogio de las cosas reveladas, de modo que la Biblia vuelva a ser para el cristiano lo que debió ser siempre: el libro de espiritualidad por excelencia”.
(“La Nueva Biblia Española de Nácar-Colunga”, en Revista Bíblica Nº 33 y 34, 1945)
Deo Gratias
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jueves, 9 de julio de 2009
CRITICA

VAMPIROS
Director: John Carpenter – 1998
SOBERBIA
“Estos días he leído el famoso libro de Troeltsch “El Protestantismo y el Mundo Moderno”, el cual alaba al Protestantismo de haber quitado (o “superado”) la moral sobrenatural, dependiente de Dios y de la Iglesia, sustituyéndole la moral “autónoma”, dependiente de la razón del hombre. Hoy día sabemos lo que trajo al mundo el famoso invento de Kant, la “moral autónoma”: trajo un colapso tremendo de toda la moral, de la sobrenatural y de la natural: trajo justamente las calamidades que sufrimos en este “mundo moderno”, que jamás se vieron en los siglos cristianos. ¿Moral autónoma, eh? Ya te voy a dar moral autónoma, dice el Diablo”.
(R. P. Castellani – Domingo duodécimo después de Pentecostés – Domingueras prédicas)
La moral autónoma de Kant, o el hombre sin la gracia, ha traído también esta clase de films, que son un verdadero y acabado logro formal, un eficaz divertimento, un susto bien orquestado, pero son films hechos contra la esperanza y contra la verdad, perniciosos sobre todo para quienes las demandas de su fantasía pueden hacerlos perder tras fantasmas que se proyectan en la realidad.
Parte de la falsificación de la cultura que en su momento denunciara Castellani es propagar a través de ella innumerables errores o herejías, por cierto que de muy vieja data. Carpenter, a quien Ángel Faretta llamara alguna vez –y con razón- Kant-penter, es de los más adelantados, conspicuos y talentosos cineastas al servicio del error. Si kantiano, Faretta lo definía también –y no por esto dejaba de ensalzarlo- maniqueo. Precisamente, esa angustia ante el Mal radical (para ellos mal siempre se escribe con mayúscula), que deviene de la influencia luterana del filósofo prusiano, y ese confiar sólo en el esfuerzo humano, lo que hace es perder el sentido de la realidad del Bien verdadero, cayendo en una seducción por el mal, y por lo tanto éste pasa a ocupar el primer puesto por sobre el Bien en la consideración del espectador. No hay en este cine, no se muestra, no se intuye, un bien deseable. Eso viene de Kant y su voluntad autónoma, el deber por el deber mismo, ratificado claramente en el final de este film, como en casi todos los de este director.
Al tratarse de una religiosidad enfermiza, el temor –que es el comienzo de la Sabiduría- deviene en terror. Y perdida la reverencia ante Dios, se cae en el reinado del miedo, cuyo yugo se pretende sacudir mediante la intrepidez temeraria del valor físico sin sacramentos ni plegarias. Y en la fascinación por el terror, la preeminencia de los films de terror. Y allí bravatas de quienes no temen enfrentar “vampiros” en la pantalla con sus solas fuerzas porque temen enfrentar sus demonios interiores en la vida, donde está visto que no se puede vencer sin la gracia sobrenatural de Dios.
Decíamos que su forma de mostrar el mal es errónea, no porque sus manifestaciones no sean virulentas o hasta satánicas, sino porque lo muestra como una realidad positiva, cuando se trata en verdad de una realidad absolutamente negativa, siendo como es una privación del Bien (Bien por tal infinitamente superior), privación de algo debido –bien lo enseñaba el Padre Meinvielle- a una culpa que se origina en la condición libre de la criatura racional. Y bien lo dijo, nuevamente, Castellani: “Exagerar esta premisa menor, “el mal existe en el mundo”, aunque sea sin sacar ninguna consecuencia, es argüir contra la existencia de Dios: eso hace hoy día la multiforme y multitudinaria “literatura de pesadilla” y todo el arte de pesadilla, que es arte ateo en el fondo”.
Carpenter mezcla inteligentemente las dosis justas y necesarias de gnosticismo maniqueo, imperativo categórico kantiano, profesionalismo hawksiano, más un toque de anarquismo americanista, un esquema de western y la truculencia hoy día permitida y necesaria de los films de horror. Pero en ese universo cerrado y bien orquestado, puede verse (también en su film posterior, “Fantasmas de Marte”) que el director empieza a repetirse, agotando sus recursos para reciclar los mismos viejos errores: en sus esquemas, en los personajes, en sus ataques a la Iglesia Católica, en el sarcasmo, amén de sus soluciones mediante tiros, trompadas y patadas de karate al por mayor, en un activismo coherente con el kantismo, pero cercano a lo que es el marxismo, una filosofía de lucha y de acción (Cfr. Jean Ousset, “Marxismo y Revolución”). Como buen gnóstico, Carpenter se complace en parodiar o vaciar de sentido la redención cristiana, el sentido del sufrimiento, hasta la idea de sacrificio y amor al prójimo, por esta prescindencia del amor a Dios (véase, ejemplarmente, “El príncipe de las tinieblas”).
No es gracioso (y pretende serlo) que Jack Crow (James Woods) le diga al cura (un imbécil increíble, casi una caricatura): “Váyase al infierno” o que le pregunte “si se le paró” (sic). Se pasa con el sarcasmo innecesario, para que nadie vaya a pensar –lo sospecho- que él cree en los curas. Sólo están ahí para legitimar lo más importante, su pelea física. Es decir, el sacerdote es un personaje subalterno, un mero funcionario –además rebelde a su jerarquía- al servicio de la fuerza o del “guerrero”. O tal vez quiera mostrar Carpenter que sólo confía en los curas que pelean a puño limpio y con las armas en la mano. Y eso es todo. Otra vez: dejemos a Dios lejos de todo este asunto. Y dejemos la influencia moralizadora de la Iglesia.
Recientemente, y no queremos dejarlo de lado por la confusión a que puede sin dudas llevar a los no avisados, comentó sobre esta película Faretta, en una de sus colaboraciones para la revista “cultural” Ñ de Clarín (revista donde suele promocionarse desde lo más mediocre y estulto del anticatolicismo como Andahazi, León Ferrari, Saramago, Savater, Marcos Ribak -alias Andrés Rivera- y un largo etcétera, hasta el libro de un simiesco autor travesti, la “perspectiva de género” o muestras de “arte” herético), que, además de ser un cine “esotérico”, el de Carpenter se trata de un film de vampiros leído por Teilhard de Chardin (Ñ, 9-5-2009). Visto y considerando la confusión y obnubilación (reiterada ya en otros escritos) con respecto a este último personaje, nos referimos al mismo en nota aparte (Ver: TEILHARD Y EL CINE). Respecto de ese “esoterismo” que se pregona en relación a Carpenter, como cristianos decimos que “en nuestra religión no hay cosas esotéricas o reservadas a los iniciados, como por ejemplo los misterios de Eleusis en Grecia, (Jn. 18, 20), sino todo lo contrario: los que se hacen pequeños son los que entienden” (Mons. Straubinger, com. a Prov. 1,20). Esa pretendida visión esotérica, solo accesible para un puñado de “iluminados”, capaces de escrutar en films de clase “B” un saber trascendental vedado a los no “iniciados”, es una distinción vinculada “a los misterios de abajo, que son misterios de tinieblas, y que por consiguiente necesitan una zona de tiniebla para perpetuarse” (Jean Vaquié). Esoterismo u ocultismo que es en definitiva un renovado gnosticismo que, como sabemos, en el fondo remite o se alimenta de “una mística de orden luciférico”. Cuando no se trata en realidad de meras y afectadas paparruchadas.
Finalmente: Tras haber llegado el cine a su punto culminante con aquella lúcida constatación-revelación coppoliana de “Apocalipse Now” sobre el final del mundo moderno:”...el horror...el horror”, cae en la competencia del pensador –y como tal se proponen o nos son propuestos estos cineastas- dilucidar, dar a entender (repito, si se esgrime o se postula una filosofía o “sabiduría” que muchos les atribuyen) mediante sus fábulas el camino trazado, es decir: cómo y porqué se llegó a eso, y cómo se sale. Ni lo uno ni lo otro es conocido por tales, dejándonos a mitad del camino, perdidos como Willard en su infierno interior. Porque proponer la lucha contra el mal sin destacar cuál es el bien, y con sola la voluntad humana sin la gracia de Dios y sin el Sacrificio Redentor de Cristo, es quedarse enredado en el problema, y hacerse parte de él, porque ese haberse apartado de Dios ha traído esta consecuencia.
N. B.: Para destacar: cabe a John Carpenter el mérito de haber realizado el mejor retrato cinematográfico sobre el “Che” Guevara, y esto por partida doble. En su –para mí- mejor film, “Asalto al Precinto 13”, un tal “Cholo” muestra el costado sanguinario del revolucionario -¡ay!- argentino. En la muy posterior “Escape de Los Ángeles”, es “Cuervo Jones” quien parece un clon aggiornado y delirante de aquél. Por cierto que Carpenter se equivoca en oponerle a este criminal su “héroe” Snake Plisken. Se equivoca porque la diferencia entre los dos no es esencial sino accidental. Lo que se opone al Sistema no es el anarquismo o el individualismo soberbio que plantea, sino el catolicismo. Por eso, si fuéramos a buscar un perfecto opuesto –y oponente- a una figura de la catadura de Guevara habría que pensar en un San Francisco Solano o, mejor aún, en un San Luis Beltrán, que, casualmente, murió en la misma fecha que el “Che” Guevara, un 9 de diciembre. Pero los monjes, por lo que se ha visto en “Vampiros”, son para Carpenter inútiles o inoperantes para sus fines.
Director: John Carpenter – 1998
SOBERBIA
“Estos días he leído el famoso libro de Troeltsch “El Protestantismo y el Mundo Moderno”, el cual alaba al Protestantismo de haber quitado (o “superado”) la moral sobrenatural, dependiente de Dios y de la Iglesia, sustituyéndole la moral “autónoma”, dependiente de la razón del hombre. Hoy día sabemos lo que trajo al mundo el famoso invento de Kant, la “moral autónoma”: trajo un colapso tremendo de toda la moral, de la sobrenatural y de la natural: trajo justamente las calamidades que sufrimos en este “mundo moderno”, que jamás se vieron en los siglos cristianos. ¿Moral autónoma, eh? Ya te voy a dar moral autónoma, dice el Diablo”.
(R. P. Castellani – Domingo duodécimo después de Pentecostés – Domingueras prédicas)
La moral autónoma de Kant, o el hombre sin la gracia, ha traído también esta clase de films, que son un verdadero y acabado logro formal, un eficaz divertimento, un susto bien orquestado, pero son films hechos contra la esperanza y contra la verdad, perniciosos sobre todo para quienes las demandas de su fantasía pueden hacerlos perder tras fantasmas que se proyectan en la realidad.
Parte de la falsificación de la cultura que en su momento denunciara Castellani es propagar a través de ella innumerables errores o herejías, por cierto que de muy vieja data. Carpenter, a quien Ángel Faretta llamara alguna vez –y con razón- Kant-penter, es de los más adelantados, conspicuos y talentosos cineastas al servicio del error. Si kantiano, Faretta lo definía también –y no por esto dejaba de ensalzarlo- maniqueo. Precisamente, esa angustia ante el Mal radical (para ellos mal siempre se escribe con mayúscula), que deviene de la influencia luterana del filósofo prusiano, y ese confiar sólo en el esfuerzo humano, lo que hace es perder el sentido de la realidad del Bien verdadero, cayendo en una seducción por el mal, y por lo tanto éste pasa a ocupar el primer puesto por sobre el Bien en la consideración del espectador. No hay en este cine, no se muestra, no se intuye, un bien deseable. Eso viene de Kant y su voluntad autónoma, el deber por el deber mismo, ratificado claramente en el final de este film, como en casi todos los de este director.
Al tratarse de una religiosidad enfermiza, el temor –que es el comienzo de la Sabiduría- deviene en terror. Y perdida la reverencia ante Dios, se cae en el reinado del miedo, cuyo yugo se pretende sacudir mediante la intrepidez temeraria del valor físico sin sacramentos ni plegarias. Y en la fascinación por el terror, la preeminencia de los films de terror. Y allí bravatas de quienes no temen enfrentar “vampiros” en la pantalla con sus solas fuerzas porque temen enfrentar sus demonios interiores en la vida, donde está visto que no se puede vencer sin la gracia sobrenatural de Dios.
Decíamos que su forma de mostrar el mal es errónea, no porque sus manifestaciones no sean virulentas o hasta satánicas, sino porque lo muestra como una realidad positiva, cuando se trata en verdad de una realidad absolutamente negativa, siendo como es una privación del Bien (Bien por tal infinitamente superior), privación de algo debido –bien lo enseñaba el Padre Meinvielle- a una culpa que se origina en la condición libre de la criatura racional. Y bien lo dijo, nuevamente, Castellani: “Exagerar esta premisa menor, “el mal existe en el mundo”, aunque sea sin sacar ninguna consecuencia, es argüir contra la existencia de Dios: eso hace hoy día la multiforme y multitudinaria “literatura de pesadilla” y todo el arte de pesadilla, que es arte ateo en el fondo”.
Carpenter mezcla inteligentemente las dosis justas y necesarias de gnosticismo maniqueo, imperativo categórico kantiano, profesionalismo hawksiano, más un toque de anarquismo americanista, un esquema de western y la truculencia hoy día permitida y necesaria de los films de horror. Pero en ese universo cerrado y bien orquestado, puede verse (también en su film posterior, “Fantasmas de Marte”) que el director empieza a repetirse, agotando sus recursos para reciclar los mismos viejos errores: en sus esquemas, en los personajes, en sus ataques a la Iglesia Católica, en el sarcasmo, amén de sus soluciones mediante tiros, trompadas y patadas de karate al por mayor, en un activismo coherente con el kantismo, pero cercano a lo que es el marxismo, una filosofía de lucha y de acción (Cfr. Jean Ousset, “Marxismo y Revolución”). Como buen gnóstico, Carpenter se complace en parodiar o vaciar de sentido la redención cristiana, el sentido del sufrimiento, hasta la idea de sacrificio y amor al prójimo, por esta prescindencia del amor a Dios (véase, ejemplarmente, “El príncipe de las tinieblas”).
No es gracioso (y pretende serlo) que Jack Crow (James Woods) le diga al cura (un imbécil increíble, casi una caricatura): “Váyase al infierno” o que le pregunte “si se le paró” (sic). Se pasa con el sarcasmo innecesario, para que nadie vaya a pensar –lo sospecho- que él cree en los curas. Sólo están ahí para legitimar lo más importante, su pelea física. Es decir, el sacerdote es un personaje subalterno, un mero funcionario –además rebelde a su jerarquía- al servicio de la fuerza o del “guerrero”. O tal vez quiera mostrar Carpenter que sólo confía en los curas que pelean a puño limpio y con las armas en la mano. Y eso es todo. Otra vez: dejemos a Dios lejos de todo este asunto. Y dejemos la influencia moralizadora de la Iglesia.
Recientemente, y no queremos dejarlo de lado por la confusión a que puede sin dudas llevar a los no avisados, comentó sobre esta película Faretta, en una de sus colaboraciones para la revista “cultural” Ñ de Clarín (revista donde suele promocionarse desde lo más mediocre y estulto del anticatolicismo como Andahazi, León Ferrari, Saramago, Savater, Marcos Ribak -alias Andrés Rivera- y un largo etcétera, hasta el libro de un simiesco autor travesti, la “perspectiva de género” o muestras de “arte” herético), que, además de ser un cine “esotérico”, el de Carpenter se trata de un film de vampiros leído por Teilhard de Chardin (Ñ, 9-5-2009). Visto y considerando la confusión y obnubilación (reiterada ya en otros escritos) con respecto a este último personaje, nos referimos al mismo en nota aparte (Ver: TEILHARD Y EL CINE). Respecto de ese “esoterismo” que se pregona en relación a Carpenter, como cristianos decimos que “en nuestra religión no hay cosas esotéricas o reservadas a los iniciados, como por ejemplo los misterios de Eleusis en Grecia, (Jn. 18, 20), sino todo lo contrario: los que se hacen pequeños son los que entienden” (Mons. Straubinger, com. a Prov. 1,20). Esa pretendida visión esotérica, solo accesible para un puñado de “iluminados”, capaces de escrutar en films de clase “B” un saber trascendental vedado a los no “iniciados”, es una distinción vinculada “a los misterios de abajo, que son misterios de tinieblas, y que por consiguiente necesitan una zona de tiniebla para perpetuarse” (Jean Vaquié). Esoterismo u ocultismo que es en definitiva un renovado gnosticismo que, como sabemos, en el fondo remite o se alimenta de “una mística de orden luciférico”. Cuando no se trata en realidad de meras y afectadas paparruchadas.
Finalmente: Tras haber llegado el cine a su punto culminante con aquella lúcida constatación-revelación coppoliana de “Apocalipse Now” sobre el final del mundo moderno:”...el horror...el horror”, cae en la competencia del pensador –y como tal se proponen o nos son propuestos estos cineastas- dilucidar, dar a entender (repito, si se esgrime o se postula una filosofía o “sabiduría” que muchos les atribuyen) mediante sus fábulas el camino trazado, es decir: cómo y porqué se llegó a eso, y cómo se sale. Ni lo uno ni lo otro es conocido por tales, dejándonos a mitad del camino, perdidos como Willard en su infierno interior. Porque proponer la lucha contra el mal sin destacar cuál es el bien, y con sola la voluntad humana sin la gracia de Dios y sin el Sacrificio Redentor de Cristo, es quedarse enredado en el problema, y hacerse parte de él, porque ese haberse apartado de Dios ha traído esta consecuencia.
N. B.: Para destacar: cabe a John Carpenter el mérito de haber realizado el mejor retrato cinematográfico sobre el “Che” Guevara, y esto por partida doble. En su –para mí- mejor film, “Asalto al Precinto 13”, un tal “Cholo” muestra el costado sanguinario del revolucionario -¡ay!- argentino. En la muy posterior “Escape de Los Ángeles”, es “Cuervo Jones” quien parece un clon aggiornado y delirante de aquél. Por cierto que Carpenter se equivoca en oponerle a este criminal su “héroe” Snake Plisken. Se equivoca porque la diferencia entre los dos no es esencial sino accidental. Lo que se opone al Sistema no es el anarquismo o el individualismo soberbio que plantea, sino el catolicismo. Por eso, si fuéramos a buscar un perfecto opuesto –y oponente- a una figura de la catadura de Guevara habría que pensar en un San Francisco Solano o, mejor aún, en un San Luis Beltrán, que, casualmente, murió en la misma fecha que el “Che” Guevara, un 9 de diciembre. Pero los monjes, por lo que se ha visto en “Vampiros”, son para Carpenter inútiles o inoperantes para sus fines.
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