“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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martes, 10 de mayo de 2011

EXTRA CINEMATOGRAFICAS - BEATIFICACION DE PELICULA


BEATIFICACIÓN DE PELÍCULA (3D)



Aunque no puede sorprendernos, no deja de entristecernos esta cuestión por la cual la Iglesia atraviesa tan penoso momento con aires triunfales, en una remozada escenificación de su triunfo precisamente cuando es aceptada por el mundo, una crisis de cuya responsabilidad debemos hacernos cargo, cada uno en su medida. Es ineludible mirar hacia el Vaticano II, claro está, esa Revolución Francesa dentro de la Iglesia, pero la tendencia apóstata está en nosotros como que somos hijos de Adán y por lo tanto tendemos a buscar en el mundo lo que hemos perdido por alejarnos de Dios. No podemos ni debemos culpar a los de afuera. Nuestro peor enemigo acecha dentro de nosotros.



No deja de dolernos el ver tamaña manifestación de entusiasmo multitudinario ante lo que significa una catástrofe. Una invisible catástrofe de las almas. ¿Por qué muchos católicos alrededor del mundo celebran a Juan Pablo II y se suman alborozadamente a su "beatificación"? ¿Por qué muchos jóvenes le rinden un culto casi idólatra? ¿Por qué esa manifestación de afectividad imberbe y adhesión pasional para con quien ha causado tanto daño a la Iglesia a la que dicen pertenecer? ¿Puede culparse sólo a la influencia mediática publicitaria, omnipresente y sofocante con sus loas para con quien llaman "el Papa del Pueblo", el "Papa del Mundo", "el Santo de todos", etcétera?



Tal vez debamos mencionar como causa fundamental a la ignorancia en materia religiosa por parte de los católicos, y como motivo de ésta al subjetivismo que se ha convertido en la forma en que nos vinculamos con la vida y el mundo que nos rodea. El sentimentalismo termina por ajustar las actitudes del culto en un desvío de la reverencia que le debemos a la verdad, fuera de la cual erramos "con la mejor intención".



Nada nuevo hay al respecto; ya lo dijo Nuestro Señor:


"Erráis por no entender las Escrituras" (Mt. 22, 29)



No las entendemos y ni siquiera las frecuentamos, ¿cómo entonces conocer la Palabra de Dios, que la Iglesia recibió como depósito y que debía enseñar?



"Erráis por no entender las escrituras".


"¿No es éste un reproche que hemos de recoger todos nosotros? Pocos son, en efecto, los que hoy conocen la Biblia. No puede extrañar que caiga en el error el que no estudia la Escritura de la Verdad como tantas veces lo enseña Jesús" (Mons. Straubinger).



“Permanezcan en vuestros corazones y con abundancia las palabras de Cristo” (Col. 3, 16).



"Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo", afirmó San Jerónimo.



Lógicamente, así será muy fácil apartarse del verdadero Evangelio de Cristo, de su mandato, para aceptar con toda la liviandad de lo que es fácil y cómodo una nueva enseñanza, aun con los ropajes de la unción sacral vaticana.



Cuántas veces nos lo avisó San Pablo:



"Me maravillo de que tan pronto os apartéis del que os llamó por la gracia de Cristo, y os paséis a otro Evangelio. Y no es que haya otro Evangelio, sino es que hay quienes os perturban y pretenden pervertir el Evangelio de Cristo. Pero, aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo [o un Papa carismático] os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo. Si alguno os predica un Evangelio distinto del que recibisteis, sea anatema. ¿Busco yo acaso el favor de los hombres, o bien el de Dios? ¿O es que procuro agradar a los hombres? Si aún tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo" (Gálatas I, 6-10)



El mundo globalizado con sus infinitas redes de comunicación mass-mediáticas, su interconexión instantánea que todo lo repercute, lo publicita y lo condena o exalta, ha ido carcomiendo no sólo el accionar de los hombres de la Iglesia que quieren "agradar al mundo" (¿pero acaso el mismo San Pedro no pecó gravemente cuando negó a Nuestro Señor tres veces, por miedo al mundo? ¿Y lo que aceptamos del primer Papa no podemos aceptarlo en uno de ahora, sólo porque este es de nuestro tiempo y aceptar esa verdad significaría que las cosas no están tan bien como nos las presentan y nos gusta pretender?), sino que ha instalado fácilmente su influencia en todos aquellos que trabajados por largos años de prédica y ambiente eclesial liberal, aceptan que un mundo anticristiano celebre a un Papa como uno de los suyos. Esto puede ocurrir siempre y cuando no se tengan presentes las palabras de Nuestro Señor que con tanta frecuencia y culpablemente olvidamos (porque no conocemos la Palabra de Dios ni la frecuentamos debidamente predispuestos), como aquellas que dicen: "Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a Mí, antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como vosotros no sois del mundo -porque Yo os he entresacado del mundo- el mundo os odia" (Jn. 15, 18-19). De acuerdo a lo cual el mundo pecador, ateo, hereje, blasfemo, infiel, materialista, en suma, anticristiano, ha de odiar a Cristo y a los que son de Cristo.



Por supuesto, ha ocurrido también que esta verdad se ha trastocado y la comodidad de los católicos lo ha aceptado mansamente. Pero, como advirtió Mons. Straubinger: "El Evangelio no debe ser acomodado al siglo so pretexto de adaptación. La verdad no es condescendiente sino intransigente. El mismo Señor nos previene contra los falsos Cristos (Mat. 24, 24), los lobos con piel de oveja (Mt. 15, etc)". El culto de la verdad ha sido reemplazado por esta papolatría o más bien juanpablolatría que en el fondo no es sino una forma de autoexculpación que funciona a la manera de las ideologías; precisamente las ideologías -a través del liberalismo desde la Iglesia pero también desde los medios masivos de comunicación y los sistemas educativos- han generado una "unanimidad asfixiante" (como diría Gómez Dávila) no difiriendo hoy día la forma de pensar del mundano del cristiano.



Una vez más, el abandono, el desinterés y la desidia -en definitiva, la tibieza- por parte de los católicos con respecto a la Palabra de Dios (y ese conocer a Cristo), y por consiguiente con respecto a la doctrina, han llevado a esto.



"Si perseverareis en mi palabra, seréis verdaderamente discípulos míos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn. 8, 30). Esa perseverancia en la Palabra que mantuvo la Santísima Virgen (“conservaba todas estas palabras en su corazón”, Luc. 2, 51) y que la Iglesia conciliar no ha enseñado en las últimas décadas a sus hijos porque ella misma no ha perseverado. Por eso "Nuestro ojo verá bien, y servirá para iluminar todo nuestro ser, esto es para guiar toda nuestra conducta, si él a su vez está iluminado por esa "luz de la sabiduría" divina, que no está hecha para esconderse. Esa sabiduría es la que está contenida en la Palabra de Dios, a la cual la misma Escritura llama antorcha para nuestros pies" (Mons. Straubinger, coment. a Luc. 11, 34)



Un entusiasmo más deportivo que piadoso, carnal que espiritual, se aposenta en todos aquellos quienes desean agradar a un mundo que aplaude complacido lo que no conlleva para él ningún peligro. San Pablo dice nuevamente: "Mirad con qué grandes letras os escribo de mi propia mano: Todos los que buscan agradar según la carne, os obligan a circuncidaros, nada más que para no ser ellos perseguidos a causa de la cruz de Cristo (...) Mas en cuanto a mí, nunca suceda que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo para mí ha sido crucificado y yo para el mundo" (Gal. VI, 11.14.)



“La ignorancia consiste en no saber; pero no saber es algo sumamente funesto para los cristianos”, decía el Padre Emmanuel, y continuaba: “En efecto: a nosotros, los cristianos, no nos basta conocer los términos propios de una verdad dada; tenemos que conocerla a través de la fe; tenemos que saber y creer, saber como creyentes y creer sabiendo lo que creemos”. La crisis de la fe, la falta de la fe, trae esta ignorancia que nos degrada y nos hace formar parte del mundo infiel a Dios, de manera tal que, con gritos de júbilo ante el error consumado se represente para todo el mundo lo que San Gregorio Magno (Com. In Job) definiera así: “En la ceguera que sufren, se gozan como si estuvieran en la claridad de la luz”.



De tal modo que esta corrupción de la fe ha de ir junto a la ignorancia y ambas sumergidas en un mundo de ilusiones: “Aquel que se forja su propia verdad, vive en la ilusión, en el mundo imaginario; crea en su espíritu una película de pensamientos que no tiene más que las apariencias de la realidad. Vivir en lo irreal y, sobre todo, esforzarse en poner en práctica concepciones creadas en su totalidad por un espíritu imaginativo es, ¡desgraciadamente!, la fuente de todos los males de la humanidad. La corrupción de los pensamientos es mucho peor que la de las costumbres…el escándalo de las costumbres es más limitado que el escándalo de los errores. Ellos se difunden más rápidamente y corrompen pueblos enteros” (Mons. Marcel Lefebvre, Carta Pastoral, Dakar, 26 de marzo de 1961). He ahí expresado tempranamente todo un diagnóstico, que no dejamos de ver confirmado catastróficamente. Contra esto hay sólo un antídoto: la integridad de la Fe sobrenatural (que es objetiva y revelada, no evolucionada y subjetiva). Dice el Padre Emmanuel, en relación a la educación cristiana de los niños: “Se los ha hecho sapientes [hoy más bien informados] pero no creyentes. Por consiguiente, al no haber arraigado con fuerza la fe en las almas, el niño se ve librado a las pasiones que despiertan, o se vuelve víctima del medio en el que actúa. La fe le habría dado el vigor necesario para resistir al peligro interior o al peligro exterior, según acabamos de señalar. Pero sin la fe el hombre queda a merced de su debilidad y cae. “Estáis de pie por la fe”, dice el Apóstol, “fide statis” (II Cor. 1, 23)”. Y termina su escrito el venerable sacerdote: “Por lo tanto, para trabajar eficazmente en combatir la ignorancia, necesitamos hombres muy sabios y muy creyentes; necesitaríamos santos que fueran sabios, y sabios que fueran santos”.



En definitiva, en un marco de una “adulteración sutil de la religión” (en palabras de Castellani), que se esclerotiza (y acaso se habrá puesto en escena a la vista de todos en la imagen final de un Papa enfermo y débil), en una exteriorización y tibieza que “se va en follaje”, no quede otro camino que “velar y orar” como les pidió Nuestro Señor a sus apóstoles y nos lo pide a nosotros: velar, es decir, estar despiertos, vivir en la verdad; orar pidiendo esos hombres santos de la restauración; conocer a Dios porque “las ovejas le siguen porque conocen su voz” (Jn X, 5), y como dice Mons. Straubinger: “Las almas fieles no pueden desviarse: Jesús las va conduciendo y se hace oír de ellas en el Evangelio y por su espíritu. El es la puerta abierta que nadie puede cerrar para aquellos que custodian su palabra y no niegan su Nombre”. Tener confianza en Dios, a quien hemos de “alabar, hacer reverencia y servir” para “mediante esto” salvar nuestras almas, como bien lo ha enseñado San Ignacio de Loyola. Quieran Dios y Ntra. Señora Mediadora de todas las Gracias que seamos de aquellos que sigamos siempre al “Buen Pastor”.





domingo, 11 de octubre de 2009

CRITICA



300
Director: Zack Snyder – 2007

DE GUERREROS A PATOVICAS


Si bien la película “300” no es un manual de historia, tampoco podemos considerarla cine, ya que se trata de una historieta filmada, una historieta en movimiento, un híbrido que mezcla historieta, videojuegos y publicidad televisiva, sin dejar un margen para la elaboración por parte del espectador de la obra que se le ofrece. “300” no busca conmover ni hacer pensar, sino impresionar y excitar al espectador mediante la espectacularidad de sus acciones. Es el tipo de película de asimilación fácil y rápida, como una especie de sabroso y cargado “fast-food”, aunque su elaboración haya demandado largos meses de post-producción.

Debemos tener en consideración tres aspectos diferentes a la hora de juzgar una película: En primer lugar su forma, su especificidad cinematográfica, la cual nos hará comprender mejor los otros dos aspectos: lo que el director o los autores del film nos dicen con respecto al mundo que nos muestran; y lo que ese mundo y esos personajes tienen que ver con nosotros.

Para empezar a hablar de lo formal –de lo histórico ya se ocuparon unos cuantos en el momento de su estreno-, digamos que esta película está condicionada por su procedencia: una historieta que a su vez se basó en una película. Y digo esto porque se quiere representar una historieta desde el vamos: cuando se ve uno de los tantos planos en contrapicado, hechos para destacar no sólo a los personajes sino para mostrar el cielo detrás, uno se da cuenta de que ese cielo está hecho con computadoras, de que ese cielo es “trucho”, y de que está hecho de tal manera para hacer “poético” el film y provocar un determinado efecto sobre el espectador. Se nos pide, entonces, que creamos en una batalla tomada de la historia –porque esto es así- pero que, a la vez, pertenece a un mundo de fantasía. Se falsea tanto el entorno donde se mueven los personajes que se le quita todo contacto con la realidad histórica a que remite, porque eso no se soslaya. No hablamos desde un punto de vista verosimilista, sino que percibimos un error en cuanto a la concepción de un determinado mundo que nos es mostrado como “fantástico” –algo muy cercano a lo que se hizo con “El señor de los anillos”, pero allí justificadamente- sin serlo.

Ahora bien, no se trata de que el director no pueda manipular las imágenes a voluntad, sino de que cuando lo haga aporte un sentido coherente para inteligir mejor el film. Voy a poner un ejemplo: en el film “Marnie”, Hitchcock usa algunas veces detrás de la protagonista, Marnie, un notorio y muy evidente projecting (esto es, el personaje actúa delante de una pantalla que proyecta una filmación en otro lado). Se nota mucho. ¿Por qué hace Hitchcock algo que parece un error? Porque precisamente Marnie es un personaje que vive sin aprehender la verdadera realidad, vive sumida en su propio cerrado mundo, entonces lo que hay alrededor no lo asume como real. Ese projecting nos ayuda a entender lo que le pasa al personaje. Otro ejemplo: en “Tucker”, Cóppola hace un plano del protagonista hablando en un teléfono público. Habla con su mujer en la casa, a cientos de kilómetros de distancia. Pero Cóppola mueve la cámara de manera que aparezcan los dos hablando en el mismo plano, pared de por medio. Es notoriamente artificial, no realista. ¿Por qué lo hace Cóppola? Para Tucker los autos que fabrica son medios y no fines en sí mismos, son artificios. Cóppola habla a la vez de Tucker y de sí mismo haciendo cine, uno construye autos y el otro películas, y desea que esto se note, porque Tucker tiene la misma actitud ante los autos que él ante las películas. En “300”, al resaltar el carácter fabuloso mediante la exaltación del simulacro –mediante una estética trabajada de historietas- se pone en segundo plano lo que se pretende exaltar, el canto al coraje, el valor y el patriotismo. Parejo error al que cometía Walter Hill en su “Calles de fuego” (1984), mostrando que el coraje es un producto de la manipulación del director que lo pone en escena y sólo mediante el cual es capaz de existir, antes que un atributo propio de los personajes.

En “300”, los cielos “truchos”, el lobo mecánico del comienzo, todo nos hace ver a los personajes como seres de fábula en un mundo tal, seres de historieta. Pero entonces, si son súper-héroes de historieta, ¿cómo identificarnos con ellos, cómo valorar lo que hacen, cómo reconocer sentimientos humanos dentro de lo que parece un video-juego? Precisamente, la película no apela a tales sentimientos sino al asombro constante por los efectos que se hacen notorios, cuando la gracia es que no se noten.

La culpa, podríamos decir, la tuvo “Gladiador”, que reeditó el género “peplum” de tanto éxito en los años ’50 y ’60. “300” es mezcla de “Gladiador” con “El señor de los anillos”, más toques de los films de acción chinos –todo lo que tomaron los horrorosos Tarantino, Matrix y los films “wuxia-pian”-, además de incluir escenas a lo Carpenter con música de heavy-metal (especialmente nos recuerda a “Fantasmas de Marte”), llegando a incluir una escena que es una publicidad de la famosa bebida “Gatorade”, cuando los enardecidos espartanos gritan y muestran sus músculos bajo la lluvia ante los barcos despedazados de los persas. Probablemente “Gatorei” (como diría el Dr. Bilardo) con sus deportistas de elite, lo copió a “300”, pero es igual. Otra cosa horrible en la película –y muy vieja- es la “estilización” de la violencia, con preferencia del director por mostrar las mutilaciones y cabezas cortadas que ruedan “bellamente” por el aire. Esto que empezó con Sam Peckinpah –si no me equivoco- , la cámara lenta en las escenas de violencia, que continuó un poco mejor Walter Hill (sin truculencias, por otra parte), y que ahora, gracias a las computadoras, el director puede manipular a su antojo sin que la imagen pierda definición, es tomado por todos estos nuevos directores insensatamente. Como no pueden construir una película inteligente, tienen que recurrir a estas largas escenas de ballet sangriento. Hay que decir que este recurso ha sido muy bien utilizado –hasta ahora- por Mel Gibson tanto en “La Pasión” como en “Apocalypto”, porque allí se integra a la acción y a la identificación nuestra con los protagonistas, es una herramienta más y no un recurso usado hasta el cansancio.

¿Qué más? Zack Snyder (parece más el nombre de un surfista que el de un director de cine) parece olvidar el valor del fuera de campo y de la sugestión en el cine. Por eso tiene que mostrarlo todo: si el rey se acerca al lecho de la reina, tiene que mostrarlos teniendo relaciones; si uno le corta la cabeza a otro, tiene que mostrarlo al detalle, y todas las veces. No le basta con demostrar desde un comienzo que los espartanos son formados duramente para pelear: los 300 espartanos aúllan reiteradamente como los “All Blacks” y afirman en cada escena lo duros y fuertes que son. Es una película esta de Zack Snyder que puede incluirse en aquella categoría que denomino de “resaltador Pelikán”. Todo lo cual conspira contra sus efectos dramáticos, porque además, si vemos que los espartanos son preparados para sufrir, para pelear, para matar, para no tener piedad, si vemos que son peleadores infalibles, imbatibles, musculosos, certeros, compactos, duros, etc., entonces ellos, aunque sean minoría, son los fuertes de la película, son los que asustan a sus enemigos, y entonces, ¿qué mérito hay en lo que hacen? Desde luego, apreciamos su patriotismo, pero cuando, v.gr., el puñado de resistentes de El Álamo se deciden a quedarse y pelear contra un ejército inmenso y poderoso, se nos muestran heroicos porque no sólo están en inferioridad numérica con el enemigo, sino porque no son super-héroes, son apenas soldados, combatientes que vencen sus miedos para quedarse allí, sin proclamar en cada diálogo lo heroicos que son. En “300”, además, parece reeditarse la confrontación entre “profesionales” y “aficionados” que había en el cine de Howard Hawks. Los profesionales son los que valen, los aficionados (los arcadios que son herreros, escultores, etc.) se acobardan y al final huyen. De la misma forma, el espartano deforme que escapó de la muerte con su piadosa madre, resulta un traidor. Los sacerdotes son feos, repulsivos, deformes y traidores. Los persas son todos monstruosos y horribles. Sólo los espartanos esculturales, blancos, saludables, modelados en el gimnasio de “Mr. Chile”, son los que tienen coraje y merecen vivir.

“El que sufre con paciencia es más heroico que los hombres más fuertes”, dice el libro de la Sabiduría XVI, 32. Otra traducción del mismo pasaje nos dice: “El hombre sosegado es superior al valiente, y el que es señor de sí vale más que el conquistador de una ciudad”, XVI, 32-33. Puede decirse que el espartano de “300” es señor de sí, no hay dudas, pero también que confía mucho y absolutamente en sus solas fuerzas, ignorando lo que también dice la Escritura: “El temor de Dios es escuela de sabiduría, y a la gloria precede la humildad” (Sab. XV, 32), y están muy lejos estos muchachos de la humildad, por el contrario, hay una continua autoafirmación de la propia fortaleza. El cristiano que vive estos tiempos oscuros –y a eso vamos con estas disquisiciones-, impotente ante el mundo que se cierne sobre el derrumbe de la Iglesia, poco ejemplo podrá encontrar en estos luchadores de capa y espada, y sí mucha edificación en esa superioridad que tiene la humildad y la paciencia predicada por los santos –con sus palabras y sus vidas.

Dice una crítica que “Lo importante es que “300” (...) les recuerda a las viejas generaciones –e instruye a las nuevas- acerca de que hay cosas por las que vale la pena dar la vida”. El problema es que los trescientos espartanos parecen pensar más que nada en el orgullo personal y nada en Dios o lo que los trascienda. Parecen más bien ateos, que desean dar la vida para demostrar que son más fuertes (o más machos) que los otros. Sí, es cierto que la batalla de las Termópilas ha sido una hazaña descomunal y un hecho histórico muy importante (tal vez no sepamos medir del todo su trascendencia).Pero juzgamos la película y lo que ella nos da a conocer. Digamos de paso que para quienes hacen apología de tal sociedad, representada por tales guerreros, es bueno recordarles que tal situación se sustenta en los crímenes innumerables de aquellos débiles o pequeños o enfermos asesinados al nacer por la eugenesia espartana. De hecho hay en esa eliminación sistemática de los deficientes y enfermos una cobardía: porque hay que tener paciencia para cuidarlos, y es más valiente soportar largos años la impotencia de verse paralítico o enfermo, antes que ser fuertes y blandir la espada contra el enemigo. ¿Para qué iban a existir los fuertes que combaten al enemigo, sino para defender a los débiles e indefensos? Por otro lado, ¿es fuerte el capitán de la falange que maldice a sus dioses y se entrega al odio porque ha perdido a su hijo en la batalla, cosa nada improbable esta última? ¿Eso no es desesperación? ¿Es fuerte la mujer de Leónidas que comete adulterio para que un político ayude a su marido, porque confía más en los políticos que en Dios?

Con respecto a los críticos y comentadores de este film, se ubican en dos extremos: los furiosos de la izquierda, que la tildan de “fascista”, por un lado; por el otro los nacionalistas, conservadores o católicos y afines, que la defienden “a capa y espada” porque muestra el heroísmo y patriotismo de los espartanos, cosa hoy no recomendada por los globalizadores y aquellos que administran lo políticamente correcto, pero sí bien instrumentado en los EEUU. Unos y otros la defienden o atacan por motivos ajenos a lo cinematográfico, y acá debemos tenerlo en cuenta.

A los primeros, los progres y los zurdos, les responde ingeniosamente desde la izquierda el tan publicitado filósofo esloveno Slavoj Zizek, que defiende “300” porque identifica a los persas invasores con el poder yanqui, que les ofrece plegarse a los resistentes espartanos como los norteamericanos lo hacen con los irakíes. Dice Zizek que la izquierda debe aprender de la disciplina y espíritu de sacrificio de los espartanos, pues “en estos valores no hay nada intrínsecamente “fascista”. Es decir, contra los que ven en “300” una propaganda del militarismo norteamericano y una satanización de los árabes, Zizek invierte los términos, siendo parte del juego dialéctico. Pero Zizek parece olvidar que los blancos que defienden la racionalidad y que, como los yanquis, no dejan de mencionar la palabra “libertad”, son los espartanos. No por nada –esto Zizek lo olvida o no quiere recordarlo- el film está hablado en inglés, y si bien los persas usan este idioma, lo usan para dirigirse a los espartanos, nunca los vemos hablando entre ellos. Es notorio ese “¡boys!” que pronuncia el capitán de la falange para arengar a sus soldados. Después de los films de Gibson o de “Cartas desde Iwo Jima”, un film puede ser hablado en el idioma original donde transcurre la historia sin dificultades. Pero en “300” el idioma con que se vocifera firmemente vuelve a ser el inglés. No debe olvidarse, por otro lado, sería ingenuo, la circunstancia de la política global que hoy se sucede, y la tensión y los proyectos norteamericanos sobre Irán. La izquierda se agarra de ello para ignorar el problema real y hacer ver a EEUU como el mal absoluto. Nuevamente, forman parte del juego dialéctico mundial. Zizek destaca el “liberalismo” espartano al decir: “¿Y cómo entender el aparente absurdo de la noción de dignidad, libertad y razón, basado en la disciplina militar extrema, que incluía la práctica de eliminar a los niños débiles? Ese “absurdo” no es otra cosa que el precio de la libertad” (sic). Lo cual es coherente con su conclusión de que los críticos se equivocan al decir que es un fracaso la síntesis de historieta y cine en “300”, porque, si “el universo que vemos en la pantalla está atravesado por un profundo antagonismo y una gran inconsistencia, ese mismo antagonismo es el signo de la verdad”, es decir, la verdad es en sí contradictoria. Por lo cual vemos cómo esta película puede ser recuperada por la izquierda que sabe quién le da de comer.

Por el otro lado, ya lo dijimos, se confunde la historia en sí con lo que la película-historieta cuenta, asimilándola a un cantar de gesta. Pero sucede que hoy pueden obtenerse otros conocimientos y desde otro lugar que el de Herodoto, además de que, parecen olvidarlo, ha existido el Cristianismo y vemos –por lo menos algunos lo intentamos- todo desde esa óptica, con esa mirada. Hoy necesitamos héroes cristianos, no paganos. Es Estados Unidos quien parece estar necesitando desesperadamente esta clase de soldados, y a su público está dedicada esta película. Entiendo que sus arquetipos no habrán de incitar a nadie a convertirse en guerrero, y sí a ver repetidamente en una moderna pantalla la fortaleza ajena recreada por una máquina.

jueves, 17 de septiembre de 2009

NOTA - HITCHCOCK Y LA IRRITACIÓN DE LOS PROGRESISTAS

HITCHCOCK Y LA IRRITACION DE LOS PROGRESISTAS



El coleccionista es alguien que, por su misma naturaleza, se supedita voluntariamente a la excitante y ostentosa seducción del número. Su placer se cifra no en la acumulación de sabiduría, sino de cosas que deben multiplicarse indefinidamente, en tanto su deseo de tener nunca se sacia, sino que crece con cada nueva pieza que incorpora a su colección.

El principio que impele a recolectar cosas es el mismo, ya sea que se junte latas de Coca-cola, boletos capicúa, discos de Elvis Presley, libros antiguos o películas raras. La cantidad suple ante la mirada movediza del recolector el esfuerzo que un saber invisible demanda; así también la paz que el verdadero saber proporciona.

La especialización del coleccionista engaña al portador con la ilusión de que la información estadística trae como natural consecuencia el conocimiento cabal de aquello que se tiene entre manos. Acostumbrado a conformarse con lo exterior como única realidad posible, el coleccionista es incapaz de penetrar la interioridad de lo que sólo puede ver con los ojos. Es dueño pero no posee.

Para él el mundo es una mera acumulación: de cosas, de comida, de bebida, de viajes, de personas, de placeres bajos, de dinero, de años. Por eso le importa vivir muchos años, sin saber para qué.

El coleccionista es, en virtud de su mirada extensa y superficial, un progresista.

O bien, el progresista es todo un coleccionista de cosas que en sus blandas manos nada valen más allá del placer proporcionado a su dueño en la confirmación de su status.

Entre esa profusión de cosas adheridas también hay cosas que no se ven, pero que sirven de apoyatura para esa vida hecha de multitudes. Nos referimos a prejuicios, slogans, “mitos” sobre la historia moderna, leyendas negras, sentimentalismo, snobismo, etc.

Esa colección de opiniones acumuladas, junto a la indudable seguridad brindada por una estantería llena de mercancías que nadie más tiene, llevan al almacenero de latas de celuloide a pensar que su opinión tiene que ser por fuerza valiosa. Tiene ese derecho, se dice a sí mismo.

Luego, el dueño de películas en conserva organiza exhibiciones, lo cual lo lleva a exponer, a escribir, a presentar lo que, indudablemente, él conoce. Conoce desde el umbral, desde luego, como el tendero que manosea las latas de duraznos.

El problema viene cuando el almacenero no se conforma con vendernos el paquete de yerba o la botella de vino, por los cuales le damos las gracias, sino que, sin conocer de lo que vende más que la etiqueta, y no el sabor, pretende sin recato aleccionarnos con sus opiniones sobre lo que nos llevamos, sólo porque tiene las estanterías llenas y se dedica a eso.

Definitivamente, poseer un almacén no lo convierte a uno en nutricionista.

Así ocurre en el canal de televisión estatal, donde en un ciclo de cine de trasnoche (a continuación de un programa “cómico” donde se ha llegado a blasfemar escandalosamente), se exhiben películas muchas veces insólitas, por parte de un par de grandes coleccionistas de films (cuando decimos grandes hablamos de la abundancia o extensión de lo recolectado, por lo que podemos colegir de su muestrario), llamados ellos Peña y Manes.

Desde luego, allí reposan la Biblia junto al calefón, Drácula y Griffith, Eisenstein y Hitler, el erotismo y la religión, los unos y los otros, como corresponde a la mentalidad liberal democrática. Su utilidad para el estudioso del cine es indudable; los peligros para el lego en la materia, considerables. Eso si tenemos a la moral como algo firme y definido, y no como algo relativo y progresivo, algo destinado a favorecer la autocomplacencia ideológica de los bien acomodados progres. Pero, y aquí está la infaltable letra chica debajo de los excipientes, la aportación de los presentadores no se limita a expedir el film con la correspondiente ficha técnica/artística y las referencias argumentales o anecdóticas sobre la realización. Ni tampoco se llega a la necesaria prevención o marco de referencia donde podamos vernos sobre aviso. Sí, en todo caso, intuimos el escándalo por los comentarios risueños y desmañados hasta la procacidad, evidentemente espontáneos, de los conductores. La presencia en más de una ocasión de la blasfema, vil, horrible y estúpida revista “Barcelona” sobre la mesa donde los coleccionistas apoyan los codos, no hace sino confirmar la insana progenie en la que aceptan ubicarse. Es una triste comprobación que no puede satisfacer a quien desea el bien del prójimo, pero es una constatación que debe hacerse para entender desde qué lugar se emiten aberrantes e infundadas opiniones.

Noches pasadas, al comenzar un ciclo semanal de películas, se anunció con una mezcla turbia de desgano y desprecio que la semana estaría dedicada a Hitchcock. Entre la incomodidad notoria de un conductor que afirma sin asidero que los seguidores de Hitchcock son tales porque no conocen otro cine -y entre el otro cine a la par o superior no se avergüenza de mencionar a los inexistentes Richard Fleisher (sic) o Michael Powell (sic)-, y por otro lado las risotadas de un majadero al comentar la forma horrible en que se suicidó la actriz que protagoniza el film de esa noche; entre burlas impiadosas y rencores insufribles, entre chistes de mal gusto y ofensivos comentarios, se presenta un ciclo de Alfred Hitchcock.

Por supuesto, no saben estos progres a qué se debe su molestia frente a un cine superior y, además de divertido, para quien quiera y pueda apreciarlo y entenderlo, conmovedor. Uno de ellos ha manifestado que lo que le molesta de Hitchcock es que es un “manipulador”.

Meteco en el mundo del cine, no se da cuenta el coleccionista que una de las tareas del director de cine es, precisamente, la manipulación. Manipula el tiempo y el espacio, manipula los actores y los objetos, y mediante esto obtiene un efecto sobre el espectador. ¿Cómo define nuestro diccionario “manipular”? “1. Operar con las manos, o con cualquier instrumento, especialmente ciertas sustancias para obtener un resultado: manipular productos químicos. 2. Fig. y fam. Gobernar los asuntos propios y ajenos. 3. Fig. Intervenir de forma poco escrupulosa en la política, la sociedad, etc., para servir intereses propios o ajenos”.

Sospechamos que el programador de festivales de cine se refiere en su encono a la tercera definición, por lo que Hitchcock querría dirigir malévolamente su pensamiento, coartando de esa manera su sacrosanta libertad. Nos parecen al respecto muy apropiadas las palabras de Richard M. Weaver cuando, al referirse al jazz, indica que “gracias a su dilución de la forma, permite que el hombre se mueva libremente, sin referencias, y que pueda expresar ditirámbicamente cualquier cosa que extraiga de abajo” (Las ideas tienen consecuencias, Ciudadela, 2008). En efecto, la contracción dentro de unos límites perfectamente autoimpuestos, hacen que dentro del rigor de la forma Hitchcock impida al progresista ir para el lado que se le ocurra. A Hitchcock hay que seguirlo, y seguirlo además implica aceptar su punto de vista y su moral, que son absolutamente claros y reconocibles, pero que además se desprenden no de una imposición exterior y por encima de la obra, sino que se extrae desde la propia inclusión del espectador a partir de la puesta en escena de la película. Y esto es algo que aquellos que están atrapados en una idea anárquica de la libertad, son reacios a aceptar. Aquel para quien la libertad no tiene medida (para quien sólo es “librarse de algo”, como bien dice el autor citado) es incapaz de aceptar una mirada católica –y por lo tanto, absoluta- sobre la misma. El progresista no cree en el libre albedrío.

Pero también Weaver nos acerca la clave de porqué el cine de Hitchcock tiene éxito entre el público, algo sin dudas molesto para muchos, como el presentador que nos ocupa:
“Toda cultura evolucionada es una determinada mirada que proyecta sobre el mundo un conjunto de símbolos, que son los que permiten dotar de significado a los hechos empíricos y a los hombres sentir que sus vidas se inscriben en un drama en el que cada nueva peripecia requiere su interés y aguza su tono vital. Ésta es la razón por la que toda cultura auténtica, a través de su encaje en el mundo, no puede conformarse con el cultivo de sentimientos únicamente “sentimentales”. Es preciso que disponga de criterios de elucidación, ordenación y jerarquización, y que a ellos apele a la hora de ejercitar la razón. (...) La meta más importante a alcanzar consiste precisamente en esa plasmación imaginativa de lo que de otro modo quedaría condenado a no ser más que hecho empírico en estado bruto, simple donnée del mundo. La facultad racional, así, debe ser puesta al servicio de una visión capaz de proteger a los sentimientos de la sentimentalidad. Como con cualquier obra trágica, el sonido y la furia que acompaña la vida del hombre carece de sentido, a menos que todo lo que la constituye sea un acto de afirmación de algo. Y tanto del teatro como de la vida puede decirse que la acción desarrollada ha de manifestarse en un ámbito ceñido a la razón, si a lo que se aspira es a que los sentimientos que nos inspiran sean motivados y equilibrados, lo que, desde otro ángulo, equivale a decir que sean justos. El ser filosóficamente ignorante contamina sus propias acciones por su incapacidad para respetar la medida de las cosas”(Ob. cit.)

El cine de Hitchcock respeta, con su recurso al simbolismo, la jerarquización y el orden, el anhelo profundo del hombre dotado de sentido común, de elaborar en sí mismo una cultura propia y significativa, que es proyectada luego sobre la vida. Los hombres que no se asombran del orden, sino del caos, oscurecidos por la cultura ideologizada de nuestros tiempos, sienten frente a esta visión del mundo una demanda que no están dispuestos a aceptar, porque en definitiva les exige salir de su muy confortable abandono. Surgen entonces en éstos los desmanes, o el despeñarse cabeza abajo turbulentamente.

Si el lector recuerda uno de los últimos films de William Wyler, llamado “El coleccionista”, podrá comprender mejor que la sola adquisición o secuestro forzado no bastan para poseer lo que se desea. Se debe empezar por el amor, pues “allí donde el amor no tiene ningún sitio, nada hay de verdadero, ni de bello, ni de fecundo: la ausencia del amor es el carácter de la crítica negativa” (Ernest Hello).