“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

Mostrando entradas con la etiqueta Mons.de Castro Mayer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mons.de Castro Mayer. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de noviembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS

ALGO QUE, CUALQUIER DOMINGO, PODRIAN DECIRLES SUS SACERDOTESPor Presbyter.
Tomado de revista Iesus Christus Nº 59 – Septiembre/Octubre de 1998.

Ayer la santidad...

Hoy, ésto...

“Carísimos: Poned en práctica la palabra de Dios, no sólo la escuchéis, engañándoos a vosotros mismos. Pero quien se contenta con oír la palabra de Dios y no la practica: este tal será parecido a un hombre que contempla al espejo los rasgos de su rostro y que no hace más que mirarse, y se va, y luego se olvidó de cómo está. Mas quien contemplare atentamente la ley perfecta del evangelio que es la de la libertad, y perseverare en ella, no haciéndose oyente olvidadizo, sino ejecutor de la obra: ése será por su hecho bienaventurado”.(Epístola de Santiago, I, 22,25)
Al leer la Epístola de hoy, nos hicimos esta pregunta: ¿Qué puntos de la Palabra Divina algunos de nuestros fieles se contentarían con oír pero no se forzarían en practicar?

Luego de reflexionar un poco, optamos por abrir la Epístola primera a los Corintios para dejar que el mismísimo Apóstol San Pablo se dirigiera a nuestros hijos en la fe, particularmente a nuestra hijas queridas:

“Os alabo de que en todas las cosas os acordéis de mí, y de que observéis las tradiciones conforme os las he transmitido. Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo arón es Cristo, y el varón cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza.. mas toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; porque s lo mismo que si estuviera rapada. Por donde si una mujer no se cubre, que se rape también; mas si es vergüenza para la mujer cortarse el pelo o raparse, que se cubra” (I Corintios, XI,6).

Aquí San Pablo instruye a las mujeres cristianas a cubrirse la cabeza durante el culto divino. Da dos razones para su decreto: una teológica y otra moral.

La razón teológica: la verdadera gloria y honor de todo ser es mantener el lugar que Dios le haya asignado. Ahora bien, Dios mismo diferenció entre los sexos. Entonces, debemos manifestar tal diferenciación en todos los momentos de nuestra vida, particularmente en nuestros actos religiosos públicos a Él dirigidos.

El hombre fue creado primero. La mujer fue creada dependiendo del hombre. El cubrirse la cabeza era el signo que evidenciaba esta dependencia. En primer lugar, tanto hombres como mujeres son creados por Dios y para Dios; sus respectivas almas inmortales le son igualmente preciosas. Pero secundariamente, las mujeres fueron creadas como compañeras de los hombres, es decir, la mujer fue creada para el hombre, no así el hombre para la mujer.

La razón moral por la cual las mujeres cristianas deben cubrirse la cabeza durante el culto divino, tiene que ver con la modestia: San Pablo se había encontrado en las comunidades cristianas con que había mujeres de índole liviana que iban a los templos con la cabeza descubierta; no encubrían su belleza, resueltas a exponer vanamente sus atributos, sus atracciones. San Pablo no aceptaba tal cosa, menos aún en el templo cristiano.

Así, escribe San Pablo: “Por tanto, debe la mujer, traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción por respeto a los ángeles“ (I Corintios, XI, 10). Se refiere al velo. Menciona a los ángeles, a estos espíritus puros, para inculcar el hecho de que sólo consideraciones espirituales debieran prevalecer en nuestro culto de Dios y ninguna vanidad sensual.

El cabello de la mujer podría llegar a ser objeto de su vanidad, puesto que es una de sus glorias físicas, tal vez la más evidente y ostentosa, y ella bien lo sabe. De allí que, en general, mucho cuide su cabello y lo lleve con elegancia.

Quiera ella al menos en la iglesia, ocultar, velar humildemente esta gloria suya ya que se encuentra en la presencia del Dios Altísimo que nos observa desde el tabernáculo.

Cada uno de nosotros debiera haber venido al templo a concentrar su atención en Dios. Asimismo, cada uno de nosotros debiera estar en el templo de manera tal de no causar distracciones al prójimo circunstante, lo que robaría atención a Dios.

¿Por qué esta atención a Nuestro Señor?

Para elevar nuestra mente hacia Él, para adorarle, para darle toda la gloria posible.

De paso...no sólo las mujeres deben evitar exponer sus glorias, sus bellezas en la iglesia, sino que también los hombres deben asistir al templo eludiendo exhibicionismos. No se viene a la Casa de Dios a ostentar ni condiciones físicas, ni costosa indumentaria, ni ninguna otra vanidad.

¿Por qué estas limitaciones, estas restricciones? Para demostrar nuestra humilde sumisión a Nuestro Señor y evitar distraer a los fieles. Para que los fieles se concentren en el Altar, en el Santo Sacrificio de la Misa, en la Presencia Real de Nuestro Señor en el sagrario y NO...en las criaturas.

Fue el Papa San Lino, el sucesor de San Pedro, quien decretó que las mujeres –señoras, señoritas, jovencitas, niñas y pequeñuelas- llevaran siempre la cabeza cubierta cuando estaban en la iglesia.

El canon 1262, 2 del Código de Derecho Canónico tradicional, promulgado por San Pío X, dice: “Los hombres en la iglesia o fuera de ella (como en el caso de las procesiones por las calles), cuando asisten a las funciones sagradas, estarán con la cabeza descubierta (...); las mujeres han de tener la cabeza cubierta(...)”.

Vemos entonces que:
-lo manda San Pablo,
-lo establece el Papa San Lino,
-lo codifica el Papa San Pío X,
-lo preceptúa el Código de Derecho Canónico;
-lo canoniza la práctica multisecular de la Iglesia:
las mujeres-cualesquiera fuese su edad o su condición- no deben asistir a la iglesia sin llevar cubierta la cabeza.

Como fieles hijas de la Iglesia Católica, las buenas cristianas a lo largo de todos los siglos siempre acataron esta humilde práctica, lo que ciertamente las ha enaltecido.

¿Por qué la mujeres dejaron de cubrirse la cabeza en las últimas tres décadas? Fue solamente el modernismo progresista demoledor –que atacó a la Iglesia con sus múltiples facetas subversivas- el que, poco a poco, fue cambiando esta santa tradición.

Pero nosotros debemos mantener las tradiciones de la Iglesia Romana. No sólo debemos mantener la Misa tradicional, sino también la fe tradicional y todas las prácticas y disposiciones tradicionales. Para eso fue fundada la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Para eso estamos aquí.

Si los sacerdotes –que somos los encargados de velar por los derechos de Dios y de la Iglesia- no aclaramos, avisamos, exhortamos y amonestamos con caridad y firmeza a los fieles en éstos y similares puntos de la moral cristiana, por un lado hemos de ser mucho más severamente juzgados que los laicos; por el otro, si no cumplimos con nuestros deberes para con los fieles, no los habremos ayudado a cumplir con su deber para con Nuestro Señor.

El tenor del canon 1261.2 va más allá:
“Los hombres en la iglesia o fuera de ella, cuando asisten a las funciones sagradas, estarán con la cabeza descubierta (...); las mujeres han de tener la cabeza cubierta (...) y vestir con modestia, sobre todo cuando se acercan a comulgar”.
Y esta palabras finales del canon 1261 nos introducen, entonces, a otra delicada cuestión: la vestimenta femenina correcta que, hoy en día, o se la ignora, o se la pretende ignorar.

En este punto, lo que nos aflige sobremanera en nuestro caso local, en nuestra Capilla, es el uso tan amplio que las mujeres hacen de los pantalones.

A pesar de lo que proclamen el mundo, la moda mundana y aún el feminismo, en la mujer el pantalón es inconveniente.
Lo que sigue de este sermón es, casi palabra por palabra, una carta de Monseñor Richard Williamson escrita a nuestros fieles de Estados Unidos en septiembre de 1991. Es el Señor Obispo quien habla.

Ahora bien: ¡atención! Este problema va más allá de la simple inmodestia, por grave que la inmodestia sea y sobre la cual ya se explayó nuestro Superior de Distrito en el número de enero/febrero de nuestra Revista “Iesus Christus”.

Con razón, S.E.R. Monseñor Antonio de Castro Mayer decía que “en la mujer los pantalones son peores que las minifaldas, porque mientras que la minifalda es sensual y ataca los sentidos, los pantalones son ideológicos y atacan la inteligencia”.
Verdaderamente, los pantalones, tal como las mujeres los visten hoy, cortos o largos, modestos o inmodestos, apretados u holgados, evidentes o disimulados (como las amplias “polleras-pantalón”), son un asalto contra la femineidad de la mujer –dicen Monseñor de Castro Mayer y Monseñor Williamson- y, por tanto, representan una gran crítica, una profunda revolución, contra el orden querido por Dios.

Unos más, otros menos: al establecer el principio de división de la indumentaria exterior femenina de la cintura para abajo, los pantalones de hecho esconden un grave desorden.

En el comienzo, Dios creó al hombre y la mujer, ambos humanos pero muy diferentes, primero al hombre, en segundo lugar a la mujer. Dios creó a la mujer para ser la compañera del hombre:

“Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle ayuda semejante a él” (Génesis, II, 18).

Dios creó a la mujer para el hombre, no el hombre para la mujer:

Y San Pablo nuevamente: “Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer” (I Corintios, XI, 8-9).

Así, antes que tuviera lugar el pecado original, Dios ordenó distinciones, desigualdades entre hombre y mujer, y el liderazgo del hombre sobre la mujer para los propósitos de que pudieran vivir en esta tierra en sociedad y en la familia.

San Pablo escribe con respecto al pecado original: “Y no fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida, incurrió en la transgresión” (I Timoteo, II, 14).

Así, el pecado original por el cual Eva hizo pecar a Adán (y no Adán a Eva) ocasionó que Eva fuera castigada, entre otras cosas, por el cambio de su subordinación natural y sin dolor a Adán, por un dominio de él sobre ella, ya que ella había demostrado que, por haberlo seducido, necesitaba ser controlada...”...estarás bajo la potestad de tu marido y él te dominará” (Génesis, III, 16).

De allí en más, con la transmisión del pecado original a toda la descendencia de Adán, esta subordinación punitiva, esta subordinación de castigo, pasa a todas las hijas de Adán (excepto, por supuesto, a la bienaventurada Virgen María).

Así como todos los problemas del pecado, la única solución verdadera es la gracia de Nuestro Señor Jesucristo:

Por ejemplo: en todas las culturas no cristianas y aún en nuestra propia cultura –cada día menos y menos cristiana pero más y más pagana- ese control del hombre sobre la mujer ha probado ser tan a menudo doloroso, desgarrado, desesperante.

En cambio, en un buen matrimonio católico ese control del hombre sobre la mujer, por la gracia de Dios, se convierte crecidamente en esa subordinación de la mujer al hombre. Es una subordinación que está de acuerdo con la naturaleza de ambos, es provechosa a ambos y es la que Eva tenía antes que ella y Adán pecaran.

Pero el mundo moderno, por supuesto, no quiere tener nada que ver ni con aceptar la gracia de Dios, ni con volver a los decretos de Nuestro Señor; no quiere tener nada que ver con las soluciones de Jesucristo a los problemas de Adán y Eva.

Al convertir la libertad y la igualdad en ídolos supremos, al rechazar la desigualdad del hombre y la mujer y al rehusar a la mujer su subordinación debida al hombre (la esposa a su esposo), el mundo moderno:

negará cualquier distinción entre ellos...
negará, por supuesto, cualquier orden implantado por Dios en su Creación...
negará la necesidad de la Redención...
y, de ser necesario, hasta negará la mismísima existencia de Dios.

Estas consideraciones nos han alejado un largo trecho del problema de los pantalones en las mujeres y, por supuesto, no toda mujer que se ponga un par de pantalones piensa conscientemente en desafiar a Dios o a su marido.

No obstante, ella es consciente de algo: sabe muy bien que una indumentaria dividida –como el pantalón- no es como la indivisa pollera, como la falda entera.
Y la diferencia radica en que abandonar la falda le da una vaga sensación, seguramente, de intranquilidad, o de emancipación...o de ambas.

¿En qué se basa esa sensación?

Una indumentaria dividida para la piernas, obviamente, libera la mitad inferior móvil del cuerpo para un rango de actividades para las cuales una indumentaria entera, indivisa, como la pollera, podría llegar a ser incómoda y molesta.

Como Adán tiene que ganar con el sudor de su frente el pan para su familia con la realización de todo tipo de actividades fuera del hogar, para el hombres es enteramente normal vestir pantalones.

Y si a Eva se le ocurre acompañarlo en estas actividades, obviamente los pantalones también la emanciparán a ella, permitiéndole igualmente realizar estas actividades.

Los pantalones son el signo exterior y visible de su liberación del restringido rango de las actividades hogareñas.

No obstante, ella sobrelleva cierto desasosiego porque los pantalones no son la ropa natural de la mujer.

De aquí que, así como los pantalones son convenientes para la actividad del hombre, así, faldas amplias, que disimulan las formas femeninas, son convenientes –son necesarias- para la dignidad y honor de la mujer.

De esta suerte, mientras que ella se pone los emancipadores pantalones de él, ella sufre cierto desasosiego –al menos hasta que logre sofocar, ahogar su conciencia- ya que se está alejando de su identidad, de su rol y de su dignidad de mujer, que Dios le ha dado.

Si sus sacerdotes no se lo han recordado, tal vez sea por negligencia de éstos que en la conciencia de ella no está resonando la voz del Señor su Dios que pronuncia en la Ley Mosaica: “La mujer no se vista de hombre, ni el hombre de mujer; por ser abominable delante de Dios quien tal hace” (Deuteronomio, XXII, 5).

Y los pantalones, normalmente, son indumentaria de hombre, por las razones que ya hemos dado.

En contraste, escribe Monseñor Williamson, he aquí el buen sentido común de una abuela norteamericana que, mientras estaba de retiro espiritual, me dijo que, mirando en retrospectiva su juventud en California, podía decir que muy a menudo había sido inducida a ponerse pantalones y que ahora lo lamentaba, pues podía ver que cada vez que lo había hecho, su femineidad había disminuido. Como dijera Chesterton, “No hay nada más antifemenino que el feminismo”.
Los pantalones en la mujer son una conquista imprescindible, tal vez la punta de lanza crucial, del movimiento feminista.

Ahora bien, en lo referente a la verdadera femineidad de la mujer, su importancia no puede ser exagerada. Si bien, por razones que sólo Dios conoce, Él no ha llamado a cada mujer individualmente a la maternidad, todo converge en el hecho de que Dios ha predestinado a la mujer para la maternidad: para concebir, portar y traer niños a este mundo, para educarlos, darles calor, amor, cuidado y alimento; todo esto representado por la leche materna.

Los hombres no han sido llamados para esto; de esto, son intrínsecamente incapaces; en esto, como seres humanos que son, son absolutamente dependientes.

Monseñor Williamson cita el libro de un reputado psiquiatra canadiense de la posguerra –que nada tenía de tradicionalista ni de católico- en el que el autor explica cómo podía discernir en los innumerables males de los pacientes de la Gran Ciudad que iban a su consultorio, un molde, un patrón de falta de femineidad: No faltaban mujeres, sino que faltaban mujeres verdaderamente femeninas, pues tanto el hombre moderno como la mujer moderna están pisoteando, dice, las maravillosas cualidades y virtudes de la mujer.

¡Que Dios nos libre! La femineidad de nuestras mujeres está siendo desarraigada, arrancada por este mundo moderno liberal y el resultado es un modo de vida condenado a la autodestrucción.


Chicas, prepárense a ser madres.

Para ser madres íntegras no permitan que el mundo las arrastre a los pantalones o a los shorts o shorcitos.

Cuando se les propongan actividades que requieran pantalones, si es algo que vuestras madres, o sus madres, o las madres de estas últimas podían realizar, entonces encuentren también ustedes el modo de llevarlas a cabo tal como ellas, es decir, vistiendo polleras.

Si vuestras madres, o sus madres, o las madres de estas últimas no tomaban parte en estas actividades, entonces, hijas mías, dedíquense a hacer otra cosa.

Si la sociedad moderna las obliga a salir a trabajar, no se atemoricen. Encomiéndense a Nuestra Señora, pídanle al Espíritu Santo la gracia de la fortaleza para no hacer concesiones indebidas al mundo, y vayan hacia adelante.

Así lo hicieron vuestras predecesoras, Santa Cecilia, Santa Ágata, Santa Inés, Santa Anastasia, Santa Cristina, Santa María Goretti, Santa Gemma Galgani y tantas otras, que no temieron enfrentarse con todo el mundo, pues tenían a Nuestro Señor de su lado.

Y ellas triunfaron sobre el mundo.

Las generaciones pasadas, las generaciones de nuestros mayores, de aquellos y aquellas que fueron formados tradicionalmente, crearon, edificaron y cimentaron nuestra patria. Las generaciones presentes la están destruyendo.

Pero, ¡ah, ingenuo de mí!

¿Cómo puedo pretender que las jovencitas sigan estos consejos si tan a menudo ni siquiera sus madres lo hacen? ¿Se animarán las niñas –por amor de Cristo- a dar el ejemplo a sus madres y, tal vez, a sus abuelas?

¿Se dan cuenta, queridas madres, queridas abuelas, cuán importante es que ustedes den primero el ejemplo a vuestras hijas jóvenes?

Lo añejo, lo tradicional, lo lógico ha probado ser bueno.

Lo moderno, lo artificial, lo incoherente, ha probado ser malo.

Nunca vistan pantalones, mis muy queridas feligresas. Menos aún en la iglesia, que no es ni su casa, ni la mía, sino la Casa de Dios.

Monseñor de Castro Mayer tenía razón: “En la mujer los pantalones son peores que las minifaldas, porque mientras la minifalda es sensual y ataca los sentidos, los pantalones son ideológicos y atacan la inteligencia”.

* *

Modas
Son expresión de un estado de alma que se manifiesta en la forma de vestir, hablar, desenvolverse en público. Las actuales son igualitarias, carecen de lo que pueda señalar elevación de espíritu. Contienen también una dosis de hipocresía y cobardía social. Los poderosos y los ricos se disfrazan de proletarios, sin que por ello se ocupen de los pobres.

Para que la sociedad no se degrade es necesario que el hombre sea hombre, y la mujer, mujer. Lo dicho parece una perogrullada, pero muchos no lo entienden. No hace falta más que salir a la calle para comprenderlo. El afeminamiento de los hombres y la masculinización de las mujeres fue señal cierta de decadencia de cualquier civilización.

Tampoco hay que confundir sencillez con ordinariez. La elegancia es un signo de distinción legítimo. El que pretende ser persona decente, vista como persona decente. La vestimenta es el reflejo de la mentalidad del que la usa. La actual no proclama precisamente “la dignidad de la persona humana”.

Mas quien escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, mejor sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por razón de los escándalos!” (S. Mateo, 18, 6-7).

La definición de escándalo es inducir al pecado. ¿Quién osa afirmar de buena fe que las modas actuales no inducen al pecado? Anunció la Santísima Virgen en Fátima, en 1917: vendrán modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor y los católicos no deberían seguirlas.

El cristiano siempre debe tener aspecto correcto, con mayor razón en la iglesia, donde hay que extremar el decoro. Allí se halla ante el Santo de los Santos. A veces los hombres que piden a los sacerdotes que vistan siempre de sotana –y así corresponde, por cierto- comulgan con camisas desabrochadas, ayudan a Misa en mangas de camisa. El servicio del altar –hasta en las funciones subordinadas que desempeñan los acólitos laicos- reviste gran dignidad porque se sirve al “Rey de los reyes y Señor de los señores” (Apocalipsis, 19, 16). ¿Osaría alguien presentarse en el despacho de un ministro -¡y qué poca cosa son los ministros hoy en día!- vestido como concurre a Misa?

(Revista Roma Æterna 116, Septiembre 1990).

Ser mujer de verdad: algo que -gracias a Dios-nunca pasará de moda, a pesar de las modas.

domingo, 1 de noviembre de 2009

HABLAN LOS MAESTROS



“Los que buscan deleite en las cosas exteriores quedan decepcionados, porque se desparraman en las cosas visibles y fugaces, y lo único que consiguen es lamer sus imágenes, muertos de hambre. Ojalá que, fatigados de hambre, dijeran: ¿Quién nos hará ver la dicha? Para que yo les dijera y ellos oyeran: La luz de tu semblante se alza sobre nosotros, Señor. Nosotros no somos la luz que alumbra a todo hombre. Somos iluminados por ti, a fin de que los que fuimos en un tiempo tinieblas, podamos ser luz en ti”.

San Agustín – Confesiones, IX, 4.



“Ante el bien, se encuentre donde se encuentre, nuestra actitud sólo puede ser la que aconseja el Apóstol: probadas todas las cosas, tomad lo que es bueno. Frente al mal debemos igualmente obedecer el consejo del Apóstol: “no queráis conformaros con este siglo” (Rom. 12,2).
Sin embargo, conviene aplicar con inteligencia los dos consejos. Es excelente analizar todas las cosas y quedarse con lo bueno. Pero debemos tener presente que lo bueno es lo que está conforme, no sólo con la letra, sino también con el espíritu. Bueno no es aquello que favorece un tiempo a la virtud y al vicio, sino lo que favorece siempre y únicamente a la virtud. Así, cuando una costumbre no es reprobable en sí misma pero crea una atmósfera favorable al mal, la prudencia manda rechazarla”

Mons. De Castro Mayer



“Necesitamos que nos contradigan para afinar nuestras ideas”.

Nicolás Gómez Dávila


“La crítica decrece en interés mientras más rigurosamente le fijen sus funciones. La obligación de ocuparse sólo de literatura, sólo de arte, la esteriliza. Un gran crítico es un moralista que se pasea entre libros”.

Nicolás Gómez Dávila


“El maestro enseña más con lo que es que con lo que dice”.

Soren Kierkegaard


“El arte, como todo producto de la acción humana, no es un fin, sino un medio: un medio para que los hombres cumplan su destino, ser buenos y felices”.

Hugo Wast – Vocación de escritor



“Una novela, por el solo hecho de representar la vida, enseña, bien o mal, aunque su autor no lo haya pretendido. No es un cuadro ni una estatua: es toda una cadena de principios y de consecuencias que se transmiten al lector como incitaciones al bien o al mal”.

Hugo Wast – Vocación de escritor.



“Hasta muy recientemente –hasta la segunda mitad del siglo diecinueve- se daba por supuesto que la ocupación del artista consistía en deleitar e instruir a su público. Había, naturalmente, diferentes públicos. Las canciones callejeras y los oratorios no iban dirigidos a la misma audiencia (aunque, a mi juicio, a una gran cantidad de gente les gustaban las dos). El artista podía incitar a su público a apreciar cosas más bellas de las que había querido al principio. Ahora bien, sólo podía hacer una cosa así si resultaba entretenido desde el comienzo –aún cuando no se limitara a entretener-, ofreciendo una obra básicamente inteligible –aunque no se entendiera completamente-. Todo esto ha cambiado. En los círculos estéticos más elevados no se oye hoy día nada acerca del deber del artista hacia nosotros. Todo gira acerca de nuestra obligación hacia él. Él no nos debe nada. Nosotros, en cambio, le debemos “reconocimiento”, aun cuando no haya prestado la menor atención a nuestros gustos, intereses o hábitos. Si no se lo damos, nuestro nombre será vilipendiado. En esta tienda el cliente está equivocado siempre”.

C.S. Lewis. “La obra bien hecha y las buenas obras”, en El diablo propone un brindis.

domingo, 18 de octubre de 2009

DOSSIER - PREVENCIÓN ANTES DE IR AL CINE


PREVENCIÓN ANTES DE IR AL CINE





“La vida del hombre creyente importa luchas constantes contra sus malas inclinaciones y contra las asechanzas del demonio, del mundo y de la carne. Quien no se dispone a guerrear, no espere la paz de su conciencia. La paz es una recompensa de luchas oscuras, continuas, y por momentos, terribles; no es un bombón de confitería.
Para nosotros importa más estar diez minutos de rodillas preparándonos para el combate interior, previo el examen de nuestras fuerzas y las de nuestros enemigos, que no una hora sentados en la butaca de un cine respirando el tufo de un salón perfumado. Los grandes hombres no se forjan en las delicias. La molicie es la herrumbre del honor. Predicamos sin cesar que la religión significa virtud, esfuerzo, sacrificio, trabajo personal continuo y perseverante”.
P. Virgilio Filippo

Como una declaración de principios, las palabras precedentes nos imponen una atenta deliberación antes de decidir acercarnos a ver una película. Preguntas que debemos saber respondernos: ¿Qué vamos a ver y por qué? ¿Qué vamos a buscar a la sala de un cine? ¿Vamos a buscar compañía, sabiduría, entretenimiento? ¿Vamos para satisfacer nuestra curiosidad, para complacer a alguien, para evitar pensar en nosotros mismos? ¿Buscamos la verdad, la belleza, el conocimiento? ¿Buscamos evasión de nuestros problemas, remedio a nuestra soledad, escape de la vida cotidiana? ¿Buscamos salir del mundo o ir a su encuentro? ¿Buscamos la verdad de Dios o aquello que lo ofende?
Ya referimos algunas de estas cuestiones en nuestros dos ensayos de este blog (“El cine como alimento”, “El cine como evasión”). Es aconsejable leer las consideraciones vertidas en la sección “La Iglesia y el cine”, además de los textos que volcamos a continuación, para que evitemos en lo posible las celadas tendidas por el mundo, y sepamos hacer uso de este tiempo que se nos ha dado para nuestra santificación, en este peregrinar del cual Dios no excluye las alegrías y los consuelos intelectuales de las manifestaciones artísticas, pero no como fines en sí mismos.

Referencias en torno a los libros pueden usarse sin mengua en relación a las películas, en lo textos que siguen. El método de Sardá y Salvany para distinguir las publicaciones liberales puede usarse también para el cine. Pero, como actitud preventiva y no de discernimiento absoluto, puesto que el conocimiento del lenguaje del cine también se hace necesario para que la mirada llegue a ser más penetrante en una a veces muy sutil falsificación. Si podemos, daremos en algún momento algunas pautas básicas para tener en cuenta a la hora de mirar atentamente una película. Ahora vamos a lo más urgente y posible para nosotros.


Hugo Wast: Vocación de escritor.

“Hay una regla segura –dice de Maistre- para juzgar los libros como los hombres, aun sin conocerlos: basta saber por quiénes son amados, por quiénes son odiados.

Este criterio es todavía mas seguro cuando los aplausos que se prodigan a un hombre o a un libro provienen de los enemigos de la idea que debiera tener aquel hombre o defender aquel libro.

Alármese, pues, cuando advierta que no suscita contradicción, porque es señal de que en alguna forma anduvo corto al cumplir su misión, tuvo miedo, pactó con el enemigo, enterró algún talento, se cuidó a sí mismo en vez de dejar a Dios que lo cuidara”.



R. P. Félix Sardá y Salvany: El liberalismo es pecado
[Lo que está entre corchetes es nuestro]

“La oscuridad es el gran auxiliar de la maldad. (...) De ahí el empeño constante de la herejía en envolverse entre nebulosidades. No hay gran dificultad en descubrir al enemigo que se presenta con la visera levantada, ni la hay en reconocer por liberales a los que empiezan de buenas a primeras a declarar que lo son. Mas esta franqueza no conviene ordinariamente a la secta. Así, pues, hay que adivinar al enemigo tras el disfraz, y éste es muchas veces hábil y cauteloso en gran manera. Añádese, además, que muy a menudo no es lince el ojo que lo ha de reconocer, se hace preciso, pues, un criterio fácil, llano, popular, para distinguir a cada momento lo que es obra católica de lo que es infernal añagaza del Liberalismo.
Sucede frecuentemente que se anuncia un proyecto, se da el grito de una empresa, se funda una institución, y el fiel católico no acierta a distinguir por de pronto a qué tendencia obedece aquel movimiento, y si, por consiguiente, conviene asociarse a él o más bien oponérsele con todas las fuerzas, máxime cuando el infierno harta maña se da en tomar muchas veces alguno o algunos de los colores más atractivos de nuestra bandera, y en emplear hasta, en ocasiones, nuestro usual idioma. (...)
El periódico que sale, la asociación que se establece, la pública fiesta a que se convida, la suscripción para la que se pide, [la película que se estrena] todo puede ser de Dios y puede ser del diablo, y lo peor es que puede ser del diablo presentándose, como hemos dicho, con toda la mística gravedad y compostura de las cosas de Dios. ¿Cómo guiarse, pues, en tales laberintos?
He aquí un par de reglitas de carácter muy práctico que nos parece pueden servir a todo cristiano para que en tan vidriosa materia ponga bien asentado el pie. [Dos primeros criterios muy importantes, el tercero que le agrego yo es aprender a ver cine].

1) Observar cuidadosamente qué clase de personas promueven el asunto. Es la primera regla de prudencia y de sentido común. Se funda en aquella máxima del Salvador: No puede un mal árbol dar buenos frutos. Es evidente que personas liberales han de dar de sí por lo común escritos, obras, empresas y trabajos liberales o informados de espíritu liberal, o por lo menos lamentablemente resabiados de él.[Puede haber excepciones, sí, pero eso es muy raro. En cine la cosa es más clara: Gibson en gracia de Dios y con Misa diaria realiza “La Pasión de Cristo”; Scorsese con su vida pecaminosa y fuera de la Iglesia, realiza “La última tentación de Cristo”]. Véase, pues, cuáles son los antecedentes de aquella o aquellas personas que organizan o promueven la obra de que se trata. Si son tales que no os merezcan completa confianza sus doctrinas, mirad con prevención todas sus empresas. No las reprobéis inmediatamente, pues hay un axioma de teología que dice que no todas las obras de los infieles son pecados, y lo mismo puede decirse de las de los liberales. [En cine sí se puede y se debe hacer, porque la película ya está en sí acabada]. Pero no las deis inmediatamente por buenas. Recelad de ellas, miradlas, miradlas con prevención, sujetadlas a más detenido examen, aguardad sus resultados.

2) Examinar qué clase de personas lo alaban. Es todavía regla más segura que la anterior.[En el caso de “Gran Torino”, por ej., algunas personas católicas la alabaron, pero los medios liberales y progresistas la colmaron de elogios, como siempre con este director. Dato sin duda a tener en cuenta, aunque no nos exime de nuestro examen]. Hay en el mundo actual dos corrientes, pública y perfectamente deslindadas. La corriente católica y la corriente masónica o liberal. La primera la forman, o mejor, la reflejan los periódicos católicos. La segunda la reflejan y materialmente la forman cada día los periódicos revolucionarios. La primera busca su inspiración en Roma. A la segunda la inspira la Masonería. ¿Se anuncia un libro? ¿Se publican las bases de un proyecto? [¿Se estrena una película?] Mirad si lo aprueba y recomienda y toma por su cuenta la corriente liberal. En este caso ya la obra o proyecto están juzgados: son cosa suya. [Pueden haber excepciones, pero en general esto se cumple cada vez más, por el hecho además de que los enemigos de la Iglesia tienen cada vez más poder en el cine y los medios de comunicación] Porque es evidente que el Liberalismo, o el diablo que le inspira, reconocen inmediatamente cuál cosa les puede dañar y cuál favorecer, y no han de ser tan necios que ayuden a lo que les es contrario o se opongan a lo que les favorece. Tienen los partidos y sectas un instinto o intuición particular, el cual les revela a priori lo que han de mirar como suyo y lo que como enemigo. Desconfiad, pues, de todo lo que alaban y ponderan los liberales. Es claro que le han visto a la cosa o su origen o sus medios o su fin favorables al Liberalismo. No suele equivocarse en esto el claro instinto de la secta. Más fácil es que se equivoque un periódico católico, alabando y recomendando por buena una cosa que en sí tal vez no lo sea mucho, que no un periódico liberal alabando por suya una obra de las varias sobre que se entable discusión. Más fiamos, a la verdad, del olfato de nuestros enemigos que del de nuestros propios hermanos. Al bueno, ciertos escrúpulos de caridad y de natural costumbre de pensar bien le ciegan a veces hasta el punto de que vea por lo menos sanas intenciones donde, por desgracia, no las hay.[Esto es lo que, a mi parecer, ocurrió con algunos católicos y “Gran Torino”] No así los malos. Éstos disparan desde luego, bala rasa contra lo que no se aviene con su modo de pensar, y tocan incansables el bombo de todos los reclamos a favor de lo que por un lado u otro ayuda a su maléfica propaganda. Desconfiad, pues, de cuanto os alaben por bueno vuestros enemigos.
Se nos figura que con estas dos reglas de sentido común, que más bien podríamos llamar de buen sentido cristiano, hay bastante, si no para dar fallo decisivo a toda cuestión, al menos para no tropezar fácilmente en las escabrosidades de este tan accidentado terreno en que andamos y luchamos los católicos de hoy. No se le olvide sobre todo al católico de nuestro siglo, que la tierra que pisa está minada por todas partes por las sectas secretas, que son las que dan voz y tono a la polémica anticatólica, y a las que inconscientemente se sirve muchísimas veces aun por los mismos que más detestan su trabajo infernal. La lucha de hoy es principalmente subterránea y contra un enemigo invisible, que rara vez se presenta con su verdadera divisa. Hay pues, que olerle, más que verle; hay que adivinarle con el instinto, más que señalarle con el dedo. Buen olfato, pues, y sentido práctico son necesarios más que sutiles cavilaciones y laboriosas teorías. El anteojo que les recomendamos a nuestros amigos no nos ha engañado a nosotros jamás.“Suelen a veces periódicos malos tener algo bueno. ¿Qué ha de pensarse de esto bueno que tienen alguna vez los periódicos malos? Ha de pensarse que no les hace dejar de ser malos, si es mala su intrínseca naturaleza o doctrina. Antes esto bueno puede, y suele ser, añagaza satánica para que se les recomiende, o por lo menos se les disimule, lo malo esencial que traen en sí. No le quitan a un ser malo su natural maldad ciertas cualidades accidentalmente buenas. No son buenos un ladrón o asesino, por más que recen cualquier día un Avemaría o le den a un pobre una limosna. Malos son a pesar de estas obras buenas, porque es malo el conjunto esencial de sus actos, es mala la tendencia ordinaria en ellos. Y si de lo bueno que hacen se sirven para más autorizar su maldad, viene a hacerse malo por su fin, hasta aquello mismo que en sí sería ordinariamente bueno”.
La prensa buena es la prensa íntegramente buena, es decir, la que defiende lo bueno en sus principios buenos y en sus aplicaciones buenas. La más opuesta a lo reconocidamente malo, oposita per diametrum, como dice San Ignacio en el libro de oro de sus Ejercicios. La que está al lado opuesto de las fronteras del error, la que mira siempre frente a frente al enemigo; no la que a ratos vivaquea con él, o no se opone más que a determinadas evoluciones suyas. La que es enemiga de lo malo en todo, ya que lo malo es malo en todo, aun en aquello bueno que por casualidad puede consigo traer alguna vez.



Del libro “X Y Z... DEL CINE” de Carlos A. Duhourq, S.J., Ediciones Paulinas, 1965.

PROBLEMAS MORALES DEL ESPECTADOR

1.El católico frente a la cultura cinematográfica.
“La posición actual positiva de la Iglesia frente al cine (televisión) no descarta la prevención contra sus peligros. Teniendo en cuenta la diferente formación de sus hijos y las diversas circunstancias de lugares y personas, ante el impacto de la imagen, brinda sus observaciones.
Constantemente, los católicos –por diversión, estudio o cualquier otra razón- se encuentran ante el hecho de ver un film. En conciencia ¿pueden verlo? Sí, si en conciencia pueden verlo...
El modo de formarse esa conciencia lo ofrece la Iglesia a través de sus calificaciones morales, como uno de los medios más seguros [esto ha quedado en el olvido]. En esto como en todo problema que afecta al individuo, es necesario que obremos movidos por un convencimiento personal, y no siguiendo un automatismo cómodo”.

2.Calificación moral de la Iglesia.
Pío XII en su encíclica “Miranda Prorsus” aclara en este punto:”...uno de los fines principales de la calificación moral, es el de ilustrar la opinión pública y educarla para que respete y aprecie los valores morales, sin los cuales no podría existir ni verdadera cultura, ni civilización...”
“Los juicios morales al indicar claramente qué películas se permiten a todos y cuáles son nocivas o positivamente malas, darán a cada uno la posibilidad de escoger los espectáculos de los cuales habrá de salir “más alegre, más libre y en su interior mucho mejor que cuando entró”; y harán que evite los que podrían ser dañosos para su alma...”

Criterios.O sea que la calificación moral, atiende a dos planos simultáneamente: el de la moral objetiva de la obra y el efecto que puede producir la misma sobre el público.
El primero es la referencia a unos valores inmutables; en cambio el segundo presenta mayores dificultades.
Por este segundo aspecto no es práctica la unidad de calificación con alcance mundial. A veces, dentro de un mismo país hay diferencias notables (la situación del público de Buenos Aires es diferente a la de Catamarca o Santa Cruz).
Pero, además, no solo entre jóvenes y adultos, sino también entre estos últimos habría que matizar.
(...)
Las mismas características del cine exigen que se tenga en cuenta lo propio del mismo en la apreciación de la obra bajo aspectos morales”.

Críticos.
“El crítico católico debe ante todo ser un verdadero crítico que sepa penetrar el misterio que el film revela mediante el mensaje de la imagen, y que sepa interpretarlo a la luz del mensaje evangélico sin violar en el juicio moral, el valor artístico”
(Franz Weyergans)


Hay muchos que van camino del peligro tonta y alegremente a ciegas, sin recordar que milicia es la vida del cristiano en este mundo, y que el enemigo suyo no descansa.

Obligación de informarse.
Sin embargo es necesario reconocer que el peligro que entraña la asistencia indiscriminada a cualquier cine, para un fiel común, puede ser muy grande.En ese sentido sería totalmente aceptable el enunciado de Haering, cuando una persona no tiene ninguna referencia para guiarse acerca del posible peligro de un film: “Es indudablemente pecado grave asistir a cualquier película que se proyecte sin informarse previamente acerca de su calidad, consultando la censura eclesiástica de las películas”(B. Haering: Ley de Cristo, I, pág. 626).

Hay muchos indicios actualmente que permiten un acercamiento previo a la moralidad previsible de la película: los actores, la propaganda, los comentarios, los juicios de críticos, ofrecen pistas a una persona que actualmente asiste con cierta periodicidad al cine.

El cristiano que sin necesidad, asiste sin informarse de la calidad moral del espectáculo, obra en forma imprudente.

Posible escándalo.
Se ha perdido, un tanto, el sentido verdadero del escándalo. Con la excusa de que “todos van” o “Fulano que es de la Acción Católica la vio”, la consulta a la calificación moral, parece cosa de timoratos retrógrados.
Conviene recordar que aun en el caso de que para mí, tal película no signifique peligro de ningún tipo, el concurrir a ella, puede ser ocasión de escándalo para otros.

Aunque a nosotros no nos afecte, en determinadas circunstancias tendremos que abstenernos “de carnes ofrendadas a los ídolos”.

Educación cinematográfica.
Hay que sacudir a los cristianos que conscientemente se entregan a este estado hipnótico con toda conciencia (o inconciencia). Voluntariamente se sumergen en un mundo onírico, en el que un instructor les dicta procedimientos y criterios, según su propio punto de vista.
Este es uno de los puntos más serios de la difusión actual del cine. Mientras que el espectador traslada su “yo” al actor, absorbe la personalidad y mentalidad de la pantalla.

Naturalismo.Aunque la carga erótica fuera menor, permanece en pie un peligro constante para la conciencia cristiana. El ateísmo o naturalismo del cine.
Se construye un mundo del que ha sido erradicado Dios y en el que no se lo necesita. Los valores religiosos se ignoran y en muchos casos no salen bien parados. El cine-comercio ha contribuido en gran parte a este enfoque. Un tipo de vida en el que no falta nada. Plenamente satisfecho de sí mismo. Con todas las ventajas materiales que se pueden desear y en el que todo sale bien o al menos termina bien.
El sufrimiento desaparece o está encubierto por un barniz rosado; eso explica que (el cine) aparezca como un paraíso a donde escapar para todos los que sienten el peso –a veces abrumador- de la realidad de cada día.
Los valores espirituales han de presentarse en toda la amplitud de que el realizador sea capaz en su arte. No hay que buscar emociones fáciles en los espectadores, sino contacto con un espíritu fuerte y auténtico; transmitir una fe vivida, hacerlo de acuerdo a los cánones artísticos del cine, respetando a un público que no quiere engaños o apariencias (“lavado de cerebro”) “sino el anuncio sin trampa de la verdad que libera” (A. Ayfré: o.c. pág. 150; Pío XII: Film ideal). En este campo hemos de ser más exigentes, enseñando a distinguir entre lo que es verdadero arte cinematográfico-religioso y lo que pretende ser o venderse como tal.

12. Integración cultural cristiana.
Educando el sentido estético de los espectadores superaremos problemas de impacto moral. Hay una gran solidaridad entre ambos campos: el de la formación cultural y moral.
Si es capaz, el cristiano espectador, de leer educadamente este nuevo lenguaje de las imágenes, penetrará mejor en la sicología de los personajes, admirará el arte de una presentación técnica impecable y podrá gozar de la combinación de un buen montaje, sin enredarse tanto en el golpe más superficial de una escena objetable.
No se trata de detenerse únicamente en perfecciones técnicas formales, sino a través de la comprensión de las mismas, llegar a calar en lo hondo de los problemas humanos que nos llegan en los modismos de una expresión moderna.El cine adquiere todo su valor de medio de comunicación, cuando podemos llegar hasta la fuente de donde brota como lenguaje. Cuando superamos la relativa oscuridad que presentan sus símbolos y entramos en comunión con el hombre que piensa, habla, sufre, vive, atrás de ellos.
Es evidente, por otra parte, que nuestra insistencia en la educación cinematográfica de los fieles no significa una mayor licencia y amplitud para asistir a espectáculos inmorales.
Se trata de disminuir el número de éstos y de llegar a capacitarse para realizar una mejor selección de los mismos, que realmente nos dejen, como decía Pío XII “más alegres, más libres y mucho mejores que cuando entramos”.
Para el cristiano es cuestión de conciencia valorar como corresponde estos medios y actuar frente a ellos de acuerdo a su vocación. Una vez, los cristianos salvaron la cultura al abrigo de los monasterios; esta civilización de la imagen espera también ser rescatada y no abandonada a la pendiente fácil.Más efectiva y cristiana será nuestra actitud si en lugar de contentarnos o lamentarnos en posiciones meramente moralistas externas, suscitamos y preparamos al cristiano de hoy y mañana, para animar esta creatura y darle el sentido de alabanza al creador junto con todas las demás.
Toda la creación espera la manifestación de la gloria de los hijos de Dios (Rom. 8,15).


Jaime Balmes: La Religión demostrada
P.: ¿Qué entiende usted por malos libros?
R.: Los que extravían el entendimiento o corrompen el corazón.
P.:¿Es muy peligroso el que los malos libros nos acarreen semejante daño?
R.: Sí, señor; son peores que las malas compañías, porque los tenemos a todas horas; el autor, cuya capacidad es, por lo común, muy superior a la nuestra, adquiere sobre nuestro espíritu mucho ascendiente, y acaba por arrastrarnos a sus errores, por más que al principiar la lectura nos hayamos prevenido contra su influencia.
P.:Pero entonces,¿no quedaremos sin ilustrarnos en muchas materias?
R.:No, señor; porque todo lo necesario para la verdadera ilustración se halla también en los libros buenos.
P.:¿Es verdad que la ilustración está reñida con la religión?
R.:Es un gravísimo error; la historia entera lo contradice: los hombres más sabios han sido religiosos; si ha habido alguna excepción, ésta no destruye la regla.



Mons. De Castro Mayer: Problemas del apostolado moderno.
“Ante el bien, se encuentre donde se encuentre, nuestra actitud sólo puede ser la que aconseja el Apóstol: probadas todas las cosas, tomad lo que es bueno. Frente al mal debemos igualmente obedecer el consejo del Apóstol: “no queráis conformaros con este siglo” (Rom. 12,2).
Sin embargo, conviene aplicar con inteligencia los dos consejos. Es excelente analizar todas las cosas y quedarse con lo bueno. Pero debemos tener presente que lo bueno es lo que está conforme, no sólo con la letra, sino también con el espíritu. Bueno no es aquello que favorece a un tiempo a la virtud y al vicio sino lo que favorece siempre y únicamente a la virtud. Así, cuando una costumbre no es reprobable en sí misma pero crea una atmósfera favorable al mal, la prudencia manda rechazarla”.