“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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jueves, 24 de marzo de 2011

ANIVERSARIO - MONS. LEFEBVRE

25 DE MARZO
20 años de la muerte de
MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE
DECLARACIÓN DEL AÑO 1974

LEÍDA POR MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE
EN EL SEMINARIO INTERNACIONAL SAN PÍO X DE ECÔNE,
EL 21 DE NOVIEMBRE DE 1974
Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma, a la Roma católica guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de esa fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad. Por el contrario, nos negamos y nos hemos negado siempre a seguir la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que de éste salieron.
Todas esas reformas, en efecto, contribuyeron y contribuyen todavía a la demolición de la Iglesia, a la ruina del Sacerdocio, al aniquilamiento del Sacrificio y de los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa, a una enseñanza naturalista y teilhardiana en las universidades, los seminarios, la catequesis, enseñanza nacida del liberalismo y del protestantismo, condenada repetidas veces por el magisterio solemne de la Iglesia.
Ninguna autoridad, ni siquiera la más elevada en la Jerarquía, puede constreñirnos a abandonar o a disminuir nuestra fe católica claramente expresada y profesada por el magisterio de la Iglesia desde hace diecinueve siglos. "Si llegara a suceder, dice San Pablo, que nosotros mismos o un ángel venido del cielo os enseñara otra cosa distinta de lo que yo os he enseñado, que sea anatema” (Gál. 1, 8).
¿No es esto acaso lo que nos repite el Santo Padre hoy? Y si una cierta contradicción se manifestara en sus palabras y en sus actos así como en los actos de los dicasterios, entonces elegimos lo que siempre ha sido enseñado y hacemos oídos sordos a las novedades destructoras de la Iglesia. No es posible modificar profundamente la “lex orandi” sin modificar la “lex credendi”. A la misa nueva corresponde catecismo nuevo, sacerdocio nuevo, seminarios nuevos, universidades nuevas, Iglesia carismática, pentecostal, todas cosas opuestas a la ortodoxia y al magisterio de siempre.
Habiendo esta Reforma nacido del liberalismo, del modernismo, está totalmente envenenada; sale de la herejía y desemboca en la herejía, incluso si todos sus actos no son formalmente heréticos. Es pues imposible a todo católico consciente y fiel adoptar esta Reforma y someterse a ella de cualquier manera que sea. La única actitud de fidelidad a la Iglesia y a la doctrina católica, para nuestra salvación, es el rechazo categórico a aceptar la Reforma.
Es por ello que sin ninguna rebelión, ninguna amargura, ningún resentimiento, proseguimos nuestra obra de formación sacerdotal bajo la estrella del magisterio de siempre, persuadidos de que no podemos prestar un servicio más grande a la Santa Iglesia Católica, al Soberano Pontífice y a las generaciones futuras. Es por ello que nos atenemos firmemente a todo lo que ha sido creído y practicado respecto a la fe, las costumbres, el culto, la enseñanza del catecismo, la formación del sacerdote, la institución de la Iglesia, por la Iglesia de siempre y codificado en los libros aparecidos antes de la influencia modernista del Concilio, esperando que la verdadera luz de la Tradición disipe las tinieblas que oscurecen el cielo de la Roma eterna.
Y haciendo esto, con la gracia de Dios, el auxilio de la Virgen María, de San José, de San Pío X, estamos convencidos de mantenernos fieles a la Iglesia Católica y Romana, a todos los sucesores de Pedro, y de ser los “fideles dispensatores mysteriorum Domini Nostri Jesu Christi in Spiritu Sancto”. Amén.
Ecône, 21 de noviembre de 1974.

jueves, 3 de marzo de 2011

TRADICION CATOLICA


¿Cómo explicar la resistencia de los católicos llamados tradicionalistas?

R. P. Guillermo Devillers
Revista “Tradición Católica”, Nº 229, Octubre-Diciembre, 2010.
Madrid, España


Muchos ven a los católicos, imprecisamente llamados “tradicionalistas”, como una suerte de criticones que están cómodos en su posición “dura”, “rígida” e intransigente, hacia lo que muchos católicos están acostumbrados a oír.

El artículo que me atrevo a publicar hoy, creo, proporciona una acertada metáfora a lo que se puede llamar “la posición que sostienen hoy el grupo de católicos tradicionalistas”. No es una postura estética ni romántica, ni tampoco nada original (la verdad no es original, es simplemente la verdad). Ni tampoco es una posición por el simple hecho de ser los “contras”, los que no están contentos con nada y siempre buscan la quinta pata al gato. Y me atrevo a decir -junto a Chesterton- que no somos pesimistas, sino que somos optimistas con información.

¿Cómo explicar la resistencia de los católicos llamados tradicionalistas?

Se habla de ello cada vez más. ¿Qué sucede, pues? El Papa Benito XVI ha autorizado la misa en latín y ha levantado las excomuniones, y sin embargo nada parece haber cambiado. Estos tradicionalistas rechazan el Concilio, critican el ecumenismo, se niegan a concelebrar, etc. ¿Pretenden ellos, pues, tener razón contra toda la Iglesia?

Si vosotros sois de aquellos que todavía se hacen estas preguntas, leed pues esta historia verdadera...

Conversación real grabada de la frecuencia de emergencia marítima canal 106, en , la costa de Finisterrra (Galicia), entre gallegos y norteamericanos, el 16 de octubre; de 1997 (es verídica; sólo hemos suprimido algunas palabras malsonantes...)
«Gallegos: (ruido de fondo)... Les habla el A-853, por favor, desvíen su rumbo quince grados sur para evitar colisionarnos... Se aproximan directo hacia nosotros, distancia 25.
Americanos: (ruido de fondo)... Recomendamos que des­víen su rumbo quince grados norte para evitar colisión.
Americanos: (ruido de fondo)... Recomendamos que desvíen su rumbo quince grados nor­te para evitar colisión.
Gallegos: Negativo. Repeti­mos, desvíen su rumbo quince grados sur para evitar colisión.
Americanos: (otra voz americana) Al habla el Capitán de un navío de los Estados Unidos de América. Insistimos, desvíen ustedes su rumbo quince grados norte para evitar colisión.
Gallegos: No lo consideramos factible ni conveniente, les sugerimos que desvíen su rumbo quince grados sur para evitar colisionarnos. Americanos: (muy caliente): Les habla el CAPITÁN RICHARD JAMES HOWARD, a/mando del portaviones USS LINCOLN, de la marina de los EE.UU., el segundo navío de guerra más grande de la flota norteamericana. Nos escoltan dos acorazados, seis destructores, cinco cruceros, cuatro submarinos y numerosas embarcaciones de apoyo.
Nos dirigimos hacia aguas del Golfo Pérsico para preparar maniobras militares ante una eventual ofensiva de Iraq. ¡¡¡No les sugiero... les ordeno que desvíen su curso quince grados norte!!! En caso contrario nos veremos obligados a tomar las medidas que sean necesarias para garantizar la seguridad de este buque y de la fuerza de esta coalición. Uds. Pertenecen a un país aliado, miembro de la OTAN y de esta coalición. ¡¡¡Por favor, obedezcan inmediatamente y quítense de nuestro camino!!!
Gallegos: Les habla Juan Manuel Salas Alcántara. Somos dos personas. Nos escoltan nuestro perro, nuestra comida, dos cervezas y un canario que ahora está durmiendo. Tenemos el apoyo de Cadena Dial de La Coruña y el canal 106 de emergencia marítimas. No nos dirigimos a ningún lado ya que les hablamos desde tierra firme, estamos en el faro A-853 Finisterre, de la costa de Galicia. No tenemos la menor idea en que puesto estamos en el ranking de faros españoles. Pueden tomar las medidas que consideren oportunas y les dé la gana para garantizar la seguridad de su buque, que se va a estrellar contra las rocas, por lo que volvemos a insistir y le sugerimos que lo mejor, más sano y más recomendable es que desvíen su rumbo quince grados sur ¡¡¡¡para evitar colisionarnos!!!!
Americanos: Bien, recibido, gracias».



Si contamos aquí esta historia, no es solamente para rendir homenaje al capitán Richard James Howard quien, como verdadero caballero, reconoció su error. El mismo dio las gracias con juego limpio al guardia del faro sin el cual su bello barco portaaviones se encontraba en grave riesgo de estrellarse contra las rocas, para el jolgorio de los iraquíes. ¡Viva la Armada norteamericana! Pero hay otra cosa aquí. Porque, ¿quiénes son esos “Gallegos” sino los Tradicionalistas, y quiénes son esos Americanos sino aquellos a quienes nosotros llamamos “Conciliares”, es decir, los católicos del Vaticano II? Efectivamente después de 50 años los conciliares dicen a los tradicionalistas: ¡obedeced, cambiad vuestro rumbo! Dicho de otra forma: aceptad nuestro liberalismo, nuestro ecumenismo, nuestras misas con guitarra, etc. Y después de 50 años los tradicionalistas responden: ¡Negativo! Sois vosotros quienes tenéis que cambiar de rumbo, ¡volved a la tradición!


Y el diálogo de sordos continúa. ¡Hasta cuándo, Dios mío, hasta cuándo!
Para nosotros, que hemos vuelto a la Tradición y estamos lejos de abandonarla en el futuro, no son las razones las que nos han convencido, son los hechos. Y son apabullantes. Por un lado, la "flota" conciliar navegando sin rumbo de un punto a otro de la tierra: los seminarios y los conventos vacíos, las parroquias abandonadas por la juventud. Por el otro, pequeños grupos de fieles siempre más numerosos que han recobrado el camino sobrenatural y la alegría de Dios, de este Dios que bendice a sus familias dándoles numerosos hijos piadosos y bien educados: han seguido el faro de la verdad que son las doctrinas y las obras de la Tradición, y han llegado a buen puerto.

Entonces, nosotros, otros pobres “Gallegos”, recordando que María es “Stella maris” (estrella del mar), exclamamos: “Santísima Virgen María, Vos, que nos habéis dado la verdadera luz que ilumina a todo hombre, Cristo, dignaos escuchar nuestra plegaria. Haced, por favor, que después de haber estado llamando durante tanto tiempo a nuestros hermanos conciliares: “Cambiad de rumbo, desdichados, ¡volved a la Tradición!”, oigamos al fin la jubilosa respuesta: - ¡Recibido, gracias!

Y que la Iglesia sea preservada de un gran naufragio.

martes, 23 de marzo de 2010

ANIVERSARIO - MONSEÑOR LEFEBVRE


1991 - 25 de Marzo - 2010

Aniversario de la muerte de
Monseñor Marcel Lefebvre





“Como San Pablo, lo único que hizo fue transmitir lo que había recibido, de acuerdo a las palabras que él mismo había mandado que se grabaran en su tumba. Todo lo que hizo –siempre lo afirmaba- fue no abandonar lo que había recibido, cuando casi todos los obispos lo hacían a resultas del Concilio Vaticano II.

Ésta es seguramente la razón por la cual su persona era importante y por qué su persona parecería estar desvaneciéndose detrás del lento pero inexorable resurgir de la Tradición, cuando se ve a los católicos impelidos cada vez más a regresar a la Tradición por la fuerza de los hechos, por la ola creciente de ruinas y cenizas que se ven en la Iglesia y en el mundo. ¡Gracias a Dios! Aquello por lo cual él se había esforzado está obteniendo sus logros, aunque la consecuente gloria no se le adjudique personalmente. Los católicos están demasiado ocupados con la presente lucha por el alma de la Iglesia como para preocuparse siquiera por el pasado reciente.

Así, mientras algunos de nosotros conocemos la parte crucial que le cupo en esa lucha, otros muchos prefieren ignorarla, lo cual no habría perturbado a Monseñor, que sólo deseaba el resurgir de la Iglesia.

Este deseo de Monseñor de esconderse detrás de los intereses de Dios, esta impersonalidad de sus logros, es más sorprendente en una era donde las personalidades son lo único que cuenta. Esto me recuerda la respuesta que di a una periodista cuando me preguntó, enseguida después de la muerte de Monseñor Lefebvre, cuál era, a mi juicio, la más grande de sus cualidades. Creo que le di una respuesta original, porque la cualidad que mencioné raramente se encuentra –al menos explícitamente- en los libros de teología moral o de espiritualidad católicas. ¿Crisis sin precedentes, virtudes sin precedentes? La cualidad que mencioné fue la “objetividad”.

Lo que estamos viviendo hoy en la Iglesia y el mundo es lo que ha de ser la última etapa en un largo proceso en el que el hombre se coloca en el lugar de Dios, es decir, mi subjetividad delante de la verdad objetiva. El proceso fue desatado en estos tiempos modernos gracias a la glorificación de la conciencia individual; fue ideologizado por Kant al negar que la mente humana pudiera conocer la esencia de los objetos; está siendo globalizada hoy por una variedad de aparatos electrónicos que empuja en manada la mente humana a un mundo virtual de linternas mágicas.

Durante mucho tiempo la Iglesia Católica resistió este subjetivismo que reemplaza a Dios por el hombre; pero el poder de la fantasía fue tan grande en los años ’60, que finalmente el conjunto de los obispos católicos permitió que sus mentes fueran devoradas también: me refiero al Concilio Vaticano II. Siguiendo a Juan XXIII, a Pablo VI y a Juan Pablo II, estos obispos desconectaron sus mentes de la verdad objetiva, retiraron sus anclas de la fe católica inmutable y se unieron a la fantasía universal del mundo moderno: El hombre puede hacer lo que quiere, y Dios es muy simpático, o muy débil, como para oponerse. Sólo Dios sabe cuánta presión ejercieron sobre Monseñor Marcel Lefebvre para que él también se les uniera.

Su mente, sin embargo, permaneció anclada, no en la realidad virtual, sino en la real, en la verdad objetiva e inmutable, natural y sobrenatural. Esta objetividad le dio aquella serenidad que era advertida por todo el mundo; y su curiosa impersonalidad, si se la compara a la de muchos de sus contemporáneos; y aquella enorme fortaleza que, con calma y sin alharaca, sin querer hacer ruido, puso en marcha a partir de cero, para reconstruir la Iglesia inmutable, objetiva, de entre las ruinas objetivas de la subjetividad ilusoria reinante. Monseñor no inventó nada. Sencillamente transmitió lo que había recibido, antes que la locura sentara sus reales. ¡Qué hombre! ¡Qué hombre de Dios!

Agradezcamos a Dios Todopoderoso por habernos dado en estos tiempos impíos el sobresaliente ejemplo de Monseñor Lefebvre de ocultarse detrás de los intereses de Dios. Agradezcamos a la Santísima Virgen María, a quien Monseñor se había consagrado, y a través de quien recibió todos sus dones.

Y pidámosle a Dios, Nuestro Señor, por intercesión de su Santísima Madre, que podamos llegar a ser seguidores menos indignos de Monseñor Marcel Lefebvre”.


S.E.R. Monseñor Richard Williamson. Monseñor Lefebvre, anclado en la realidad. Revista Iesus Christus Nº 101, Septiembre /octubre de 2005.





“La fidelidad fue para él un deber supremo, considerando las palabras del Evangelio: “Aquél que cambiase aunque más no fuese una iota o una coma de la ley de la fe, será el más pequeño en el Reino de los Cielos”. No se veía sino como el eco, el reflejo, el portavoz de la Iglesia y de los concilios, así como de la doctrina de los papas. Fue por su boca que Pío VI ha nuevamente condenado la Revolución francesa y los susodichos derechos del hombre; fue a través suyo que Pío IX en nuestros días ha nuevamente elevado la voz para condenar la libertad religiosa como una iniquidad, como lo hizo él en la encíclica Quanta Cura; ha sido por él que el Syllabus retomó vida en nuestros días para poner en la picota el aggiormamiento de la Iglesia, su adaptación a los errores contemporáneos y al espíritu del siglo. Las grandes encíclicas de León XIII se encontraron sobre sus labios como si este Papa nos hablase él mismo. Pero ha sido especialmente San Pío X quien por él, en los años ’70 y ’80 arrojó el anatema contra un modernismo nuevo y un nuevo “Le Sillon” que siembra hoy día más grandes desastres que bajo el pontificado mismo de San Pío X. Desde 1960 no se encontró ningún obispo para insistir como él sobre la doctrina de la encíclica Quas Primas, del Papa Pío XI, sobre el reinado social de Jesucristo. Nadie ha combatido a los comunistas con una energía comparable a la suya, según las directivas de la encíclica Divini Redemptoris, en la cual el Papa Pío XI los designa como los enemigos por excelencia de la cristiandad y en la cual condena como imposible toda colaboración con ellos. La misma cosa vale para la francmasonería. Con atención escuchó los llamados de atención del Papa Pío XII en la Humani generis contra las nuevas filosofía y teología, y nuevamente nos transmitió esas advertencias.

Si la Iglesia en los documentos de los papas y de los concilios es el oráculo del Dios viviente -¡y lo es!- nosotros debemos designar a Monseñor Lefebvre como un testigo fiel de la revelación del Dios trino en el siglo XX. Es por ese testimonio que él vivió, fue por ese testimonio que sufrió, es por ese testimonio que ha muerto. “Testigo” en griego se dice “mártir”. Dando fiel testimonio, ha sido necesario que entrase en contradicción con el espíritu del concilio, así como con los textos conciliares que contradicen la doctrina constante de la Iglesia. Tenía, por lo tanto, que hacer una elección: o ser fiel a la doctrina de la Iglesia, en su resplandor glorioso y en su fertilidad en instituciones cristianas durante dos mil años, o romper esta fidelidad alineándose sobre el concilio y los errores posconciliares. Fue la gracia de Dios quien le dio a escoger sin hesitación la primera solución, con Monseñor de Castro Mayer, el otro testigo fiel: Deo gratias!

Si hoy día por todo el mundo, sobre todos los continentes, una nueva generación de apóstoles y de testigos de la fe trabaja en verdaderos seminarios, prioratos, casas de retiro, escuelas, conventos y monasterios; si vemos grupos de jóvenes católicos y de familias numerosas, reunidas alrededor de los altares del Sacrificio del Cordero inmolado, es en gran parte el fruto de la fe de este hombre, una fe capaz de transportar montañas. El pequeño grano de mostaza llegó a ser un árbol grande cuyas ramas pájaros del cielo vienen a habitar”.


R.P. Franz Schmidberger. Homilía pronunciada en los funerales de Mons. Lefebvre, Revista Iesus Christus Nº 15, Abril/Julio de 1991.