“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

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domingo, 30 de septiembre de 2012

NOVEDAD EDITORIAL

NOVEDAD EDITORIAL


Estudio crítico y antología de textos
sobre las amenazas del periodismo
y los medios de comunicación


de Flavio Mateos


Prólogo
Antonio Caponnetto



“Los periódicos comenzaron para decir la verdad, y hoy existen para impedir que la verdad se diga” dijo el genial Chesterton. Kierkegaard sostenía que los mayores enemigos de Cristo serían hoy los periodistas. ¿Exageraban o decían la verdad? Cuando Leonardo Castellani hablaba del lector analfabeto que crean los diarios, y Julio Camba del embrutecimiento por medio de la actual cultura, ¿exageraban o decían una gran verdad?

Contra el periodismo y los medios como vehículos transmisores de la mentira, de la disipación mental, de la superficialidad, de la irresponsabilidad, de la desmoralización, de la banalización, de la confusión, de la idiotización, de la corrupción moral y de la lengua, este libro presenta -en su segunda parte, tras una introducción general, un análisis puntual de los medios y un conclusivo epítome de la segunda-, abundantísimos testimonios para que el lector interesado pueda sacar las conclusiones irrebatibles al respecto, pues el mismo se propone como un extenso archivo documental, donde, “cuantos han tenido algo entitativo que decir sobre las amenazas del periodismo -como afirma Antonio Caponnetto en el Prólogo-, aquí están registrados. Pontífices, santos, ensayistas, escritores, poetas, profetas. Una larguísima nómina de juicios sensatos, para que el lector pueda rumiar y meditar largamente y arribar a conclusiones propias”.

Este estudio exhaustivo y “poderosa antología, única en su género” pone en evidencia de qué manera han coincidido grandes pensadores sobre un asunto que está en el centro del problema del mundo en que vivimos. Obra que servirá tanto al estudioso de la materia, como así también para gozo del buen lector que ansía la verdad y comprueba penosamente cada día cómo la confusión y la mentira ocupan todos los espacios mediáticos a su alcance hasta volver irrespirable el ambiente; pero que a pesar de ello se siente acompañado por todos aquellos que han comprendido lo que afirmaba Nicolás Gómez Dávila: “La verdad nunca es conquista definitiva. Siempre es posición que toca defender”, y por lo tanto puede saberse un seguidor de la misma lucha por el triunfo de la verdad en el presente.




Índice

Prólogo

PRIMERA PARTE

INTRODUCCIÓN Y ESTUDIO PRELIMINAR

Las dos banderas
Este libro
El primer periodista
El periodismo en el mundo moderno
Efectos causados por la Prensa y los Medios
de Comunicación en las masas
El diario en la escuela
“Cómo leer el diario”: enfoques comparados
De la prensa comunista
Prensa y Revolución
El disfraz de la mentira
Más de la prensa mentirosa
Anticatolicismo
Cultura democrática: Sección espectáculos / El intelectual
Los dueños de la prensa en la Argentina
Epílogo


SEGUNDA PARTE

ANTOLOGÍA DE SENTENCIAS Y PENSAMIENTOS

I. Magisterio de la Iglesia y eclesiásticos
(Por orden cronológico y jerárquico)


San Francisco de Sales
San Antonio María Claret
San Pío X
San Gabriel de la Dolorosa
San Ezequiel Moreno
San Luis Orione
Beato Pío IX
Beato John Henry Newman
S. S. Sixto IV
S. S. Clemente XIII
S. S. Pío VI
S. S. Pío VII
S. S. Gregorio XVI
S. S. León XIII
S. S. Pío XI
S. S. Pío XII
S. S. Benedicto XVI
Card. Louis Edouard Pie
Card. José María Caro Rodríguez
Mons. De Ségur
Mons. Juan Straubinger
Mons. Fulton J. Sheen
Mons. Antonio de Castro Mayer
Mons. Marcel Lefebvre
Mons. Richard Williamson
R. P. Juan Esteban Grosez, S. J.
Fray Francisco de Paula Castañeda
R. P. Henri Ramiere
R. P. Félix Sardá y Salvany
R. P. A. Hillaire
R. P. Henri Hello
R. P. Luis Coloma, S. J.
R. P. Robert Hugh Benson
Pbro. Virgilio Filippo
R. P. Leonardo Castellani
R. P. Bernardo Gentilini
R. P. Julio Meinvielle
Fray Mario José Petit de Murat
Fray E. de Guadalupe, O.P.D.G.
Fray Domingo M. Basso, O.P.
R. P. Ramón Sarmiento
R. P. Aníbal A. Rottjer
R. P. Jorge Loring
R. P. Jorge Benson
R. P. P. de la Inmaculada Muñoz Iranzo
R. P. Alfredo Sáenz, S. J.
R. P. Jean Dominique, O. P.



II. Escritores, artistas y hombres de ciencia
(Por nacionalidad y orden alfabético)

ALEMANIA
Walter Benjamin
Andreas A. Böhmler
Heinrich Böll
Elías Canetti
Ernst Jünger
Philipp Lersch
Karl Otten
Kurtz Skotzelkind
Oswald Spengler
Kurtz Tucholsky

ARGENTINA
Santiago Roque Alonso
Mario O. Amadeo
Ignacio B. Anzoátegui
Walter Beveraggi Allende
Adolfo Bioy Casares
Jorge Luis Borges
Alberto Buela
Antonio Caponnetto
Aníbal D’Angelo Rodríguez
Marco Denevi
Enrique Díaz Araujo
Ramón Doll
Ignacio Garda Ortiz
Edmundo Gelonch Villarino
Jordán Bruno Genta
Joaquín V. González
Guillermo Gueydan de Roussel
José Hernández
Julio Irazusta
Arturo Jauretche
Leopoldo Lugones
Lucio V. Mansilla
Leopoldo Marechal
Thomas McIan
Federico Mihura Seeber
Bernardino Montejano
María Esther Perea de Martínez
Adriano G. Pietra
Abelardo Pithod
Adrián Salbuchi
Claudio Uriarte
Francisco Hipólito Uzal
Antonio Vallejo
Hugo Wast

AUSTRIA
Karl Kraus
Robert Musil
Konrad Lorenz

BÉLGICA
Marcel De Corte

CANADÁ
Henry Makow

COLOMBIA
Nicolás Gómez Dávila

DINAMARCA
Sören Kierkegaard

ESPAÑA
Rafael Barrett
José Martín Brocos Fernández
Julio Camba
Fernando Díaz-Plaja
Juan Donoso Cortés
José Javier Esparza
Manuel Freytas
Rafael Gambra
Ricardo León
Alfonso López Quintás
José Ortega y Gasset
José María Pemán
Onésimo Redondo
Miguel de Unamuno

ESTADOS UNIDOS
James Fenimore Cooper
Emily Dickinson
T. S. Eliot
William Faulkner
Thomas Jefferson
Christopher Lasch
Paul Craig Roberts
John Swinton
Henry D. Thoreau
Richard M. Weaver

FRANCIA
Honoré de Balzac
Jules Barbey d’Aurevilly
Charles Baudelaire
León Bloy
Alexis Carrel
Paul-Louis Courier
Louis Even
Gustave Flaubert
Ernest Hello
Jean Jaurés
Hughes Kéraly
Jean de La Fontaine
Jean Madiran
Jean Ousset
Charles Péguy
Antoine de Rivarol
Gabriel Tarde
Simone Weil

GRAN BRETAÑA
Matthew Arnold
Hilaire Belloc
E. C. Bentley
G. K. Chesterton
C. S. Lewis
Malcolm Muggeridge
George Orwell
Walter Scott
Bernard Shaw
Evelyn Waugh

IRLANDA
Oscar Wilde

ITALIA
Giovanni Papini

POLONIA
Stanislaw Jerzy Lec

REPUBLICA CHECA
Franz Kafka

RUMANIA
Emil Cioran
Stan Popescu
Traian Romanescu

RUSIA
Alexandr Solyenitsyn

SUIZA
E. F. Amiel
Robert Walser


APÉNDICES
Relatos satíricos y versos alusivos
Cine y periodismo
La Verdad

Índice onomástico


Bella Vista Ediciones
bellavista_ediciones@yahoo.com.ar
Cel: 1567220771


Ud. podrá adquirirlo en
Librería Santiago Apóstol
La Plata 1721 - Bella Vista
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Otras librerías:

Librería Quijote: Talcahuano 1010 - Capital Federal.

Librería Córdoba: Paraná 1013, Capital Federal. 4115-5888 4813-4124.


Librería Vórtice: Hipólito Yrigoyen 1970 – Capital Federal. 4952-8383




“En fin, en fin la verdad padece, pero no perece”.
Santa Teresa de Jesús, Carta 79, n. 14

“¡La verdad!...hay una nube de mentiras que hay que barrer sin hacer caso de los que se pongan delante. No busquéis agradar a todo el mundo, sino a Dios, a los Ángeles, a los Santos; ése es vuestro público”.

Santo Cura de Ars


“No ignoro que la verdad nunca complace a todos, pero también sé que es más fuerte que todos”.

Gustave Bord, “La conspiración masónica de 1789”.




"Ningún hombres es despreciable cuando está estructurado, es decir, en contacto con lo que es superior a él y bajo su influencia. Ser discípulo no es ninguna deshonra mientras está sujeto al maestro; lo malo es cuando el discípulo se cree o quiere hacerse el maestro; y peor cuando no es ni siquiera discípulo y enseña: como por ejemplo el periodista".


Padre Castellani, "De Kirkegord a Tomás de Aquino".

domingo, 5 de agosto de 2012

EXTRAS - UNIDAD EN LA VERDAD

Si la sal se vuelve insípida…


Por Dietrich von Hildebrand

“El gran peligro que amenaza hoy a los católicos y a una amplia parte de la jerarquía, es el deseo de conciliar cosas que son inconciliables.
No me refiero aquí a los que se ha dado en llamar progresistas, a los que ya no quieren reconocer los dogmas, a los que niegan la resurrección de Cristo como hecho histórico. En una palabra, a todos aquellos que determinan el objeto de su fe a través de la ciencia y de las interpretaciones que de la ciencia hacen, y no ya siguiendo la doctrina tradicional de la Iglesia y del Evangelio. No me refiero a esos. Pienso en aquellos que desean seguir siendo fieles al depósito de la fe católica, en los que profesando el credo del Papa Pablo VI aceptan al mismo tiempo el mito del hombre moderno.
Algunos, en efecto, no se dan cuenta de que declarando: “Debemos abandonar el ghetto católico y adoptar una actitud más positiva en relación al mundo”, abren la puerta al diablo, que les conduce a no ver ya el contraste, irreconciliable y sin fin, entre el espíritu del Cristo y el espíritu del mundo.
(…)
La naturaleza de la Pastoral.
El desconocimiento de la verdadera naturaleza del aspecto pastoral va acompañado de la preponderancia de lo pastoral con relación a lo dogmático. Si debemos pensar que toda alteración de la Revelación de Cristo, escudada en motivos pastorales, es una ofensa a Dios, hemos de pensar también que la pastoral pierde su sentido y su justificación cuando se la coloca más alto que la verdad divina de la Revelación. El objetivo de cualquier pastoral es, en efecto, que cada alma llegue a un encuentro real con Cristo, y que se llene de la fe en la verdad divina inalterada: que reciba la vida sobrenatural por los sacramentos y que se santifique por la imitación auténtica de Cristo. Cualquier compromiso por razones pastorales en la transmisión de la verdad divina imposibilita conseguir el objetivo al que debe tender la pastoral; de ese modo la pastoral pierde su sentido.
Al primado funesto de lo pastoral mal entendido está ligado el desinterés en relación a la Verdad Divina, el olvido de nuestro primer deber hacia Dios: darle Gloria. La salvación se convierte en el único tema -como ya reprochaba Kierkegaard a Lutero- y la glorificación de Dios –que es el sentido y la razón de nuestra existencia y lo que objetivamente interesa antes que nada- se encuentra relegada a un segundo plano. ¿Acaso no ha declarado expresamente la Iglesia que el fin último primordial del hombre es la asimilación –similitudo- con Dios y que la beatitud –beatitudo- es el fin último secundario?
Amor al prójimo y comunidad humana.
Otro error es la confusión entre el amor al prójimo y comunidad religiosa. En efecto, la caridad con el prójimo se extiende también a aquellos con los que no tenemos ni el derecho ni el deber de entrar en comunidad, entendiendo ese término de comunidad en sentido estricto. Si entendemos de ese modo comunidad –comunicación, relacionarse establemente, formar una unidad-, hay que concluir que eso, en determinados casos, no es solo imposible, sino que es un mal. Yo no puedo ni debo tener comunidad con los malos. No tengo derecho a comportarme como si su desviación moral no tuviese importancia; no puedo pasar por encima de eso y entrar en una comunidad personal con él, como puedo y debo hacerlo con otros. Hablando de malos no pienso, evidentemente, en el pecador. Eso sería un increíble fariseísmo: querer alejarse del pecador sería hacer lo contrario de lo que ha hecho Cristo. El malo al que me refiero aquí no es el débil que cae, el publicano, la mujer adúltera; es el enemigo declarado de Dios, el que odia a Dios y se dedica a envenenar las almas de los demás. También a éste se extiende la caridad, pero no tenemos derecho a entrar en comunidad con él. Esto se expresa claramente cuando el gran Apóstol de la caridad nos dice: “Si un herético viene a nosotros, hemos de abstenernos incluso de saludarlos” (2 Juan, 10, 11).
La comunidad en la que nos alegramos de estar con alguien, o aquella otra en la que nos sentimos simplemente relacionados con otro de una forma más general –intercambio de ideas, diálogo…- no ha de extenderse al malo, al enemigo de Dios. No debemos actuar como si su posición y su actuación –que hacen de él un instrumento de Satanás- no tuvieran la menor importancia para nosotros. Algunos, piensan, sin embargo, que comportarse de ese modo –no darle importancia- es un signo privilegiado de su ausencia de prejuicios; imaginan así que son tolerantes, aprecian su propia bondad, se vanaglorian de haber superado las oposiciones.
Es preciso hacer otra distinción. La comunidad de la que hablamos aquí abarca algo que va desde la conciencia profunda de estar relacionados, pasando por la simple colaboración, hasta el amable comer juntos. Este tipo de comunidad implica que yo supero esa separación: la que, en el caso del malo, arranca de su enemistad con Dios. Implica que yo ignoro ese abismo, que trato al otro como si fuera un buen hijo de Dios y no ya a ese malo del que dice San Pablo que no le debemos tolerar en nuestra comunidad religiosa.
Las cosas son muy diversas cuando alguien se acerca al malo, con la esperanza de conducirlo a Dios. El contacto que entonces se intenta para cumplir ese acto eminente de amor al prójimo, no reviste el carácter de aceptación del otro en una comunidad que quiera ignorar que él es enemigo de Dios o pase olímpicamente por encima de ese hecho. Al contrario: el motivo del contacto con un hombre así es precisamente el profundo dolor que se experimenta ante su enemistad con Dios, el deseo ardiente, que se origina en la caridad, de conducir a ese hombre, con la ayuda de Dios, a la conversión. En este caso no se pasa por alto el hecho de la aversión a Dios y a la verdad; se trata de hacer del enemigo de Dios, un servidor de Dios. Este contacto está motivado por el celo de la gloria de Dios, por el amor a Dios y al prójimo. La comunidad que no tenemos ni el derecho ni el permiso de establecer con él es, al contrario, esa pseudo-magnanimidad a expensas de los intereses de Dios. Es lo opuesto a la caridad, indiferencia profunda hacia la salvación eterna del prójimo. Estamos aquí en presencia de una especie de honradez burguesa: se trata simplemente de malearse juntamente con el otro. Y para esto se cita –horribile dictu- la palabra de Cristo. Ut sint unum.
Hemos visto que el amor al prójimo –a diferencia de la comunidad con él- debe extenderse a cada ser humano, también a los enemigos de Dios. Un amor así presupone en nuestra alma mucho más que el consentimiento de establecer una comunidad con él. Sólo es posible con fruto de un amor ardiente a Cristo, de una comunidad personal de Tú y Yo con Cristo, que llena nuestros corazones de su amor santo. Pero no presupone nada en el prójimo al que va nuestro amor. Estar en comunidad con alguno presupone mucho menos en nosotros, pero mucho más en la persona con la que nos relacionamos: cuanto más profunda y más íntima es la comunidad, más dignidad presupone en la persona con la que establecemos esa comunidad.
La unidad no está por encima de la verdad.
Una tendencia muy extendida es la que pone la comunidad por encima de la verdad; eso lleva a considerar la unidad más importante que la verdad y a temer más el cisma que la invasión del error y de la herejía en la Iglesia. Considerando esencial la paz de los creyentes, si verdaderos discípulos de Cristo alzan la voz, para defender el depósito de la fe católica contra las falacias de nuevas interpretaciones que despojan de su contenido sobrenatural el mensaje del Verbo encarnado, son considerados por muchos prelados como perturbadores incómodos.
Poner la unidad por encima de la verdad es un error de raíz. Por lo demás, una unidad real y verdaderamente humana no puede encontrarse sino en la verdad. Toda comunidad presupone un bien común que hace la unidad. Sólo cuando ese bien tiene un valor auténtico –y no ilusorio o incluso un anti valor- puede nacer una verdadera unidad, una concordia que es también un valor. Aristóteles lo había visto claramente en su capítulo sobre la amistad –libro VII y IX de la Ética a Nicómaco-. La unidad fundada sobre la enemistad con Dios no es una unidad verdadera. No unifica verdaderamente el corazón: lo unifica tan poco como la unidad que existe entre los miembros de una banda de criminales. El valor de la unidad está indisolublemente ligado al valor del bien que unifica.
Toda unidad verdadera presupone, como acabamos de decir, que el bien unificador sea un bien de verdad y no una ilusión o un pseudo-bien, y mucho menos el ídolo mentiroso de un valor negativo. El P. Werenfried Van Straaten afirma con razón: “Todos se preocupan por la unidad; pero muchos prefieren la unidad a la verdad y olvidan que la verdadera unidad no puede ser obtenida sino en la verdad. La oración de Jesús: Que todos sean una sola cosa, implica que los hombres sean uno con El; por eso esas palabras no pueden separarse de estas otras: “El que no entra por la puerta en el rebaño, ése es un ladrón y un salteador…Yo soy la puerta”.
Toda unidad entre creyentes, si se obtiene a expensas de la verdad, no es sólo una pseudo-unidad; en su esencia más profunda es una traición a Dios. Se coloca la fraternidad social, el vivir bien juntos y el no molestar a nadie por encima de la fidelidad a Dios. Esa es precisamente la actitud contraria a la de todos los grandes adversarios del arrianismo: de un San Atanasio, de un San Hilario de Poitiers.
Nadie, como Pascal, ha desenmascarado tan clara y profundamente el falso irenismo que pone la unidad por encima de la verdad. Escribe: “¿No se ve con claridad que, como es un crimen perturbar la paz cuando reina la verdad, también lo es permanecer en paz cuando se destruye la verdad? Hay, pues, un tiempo en el que la paz es justa y otro en el que es injusta. Está escrito que ‘Hay tiempo de paz y tiempo de guerra’: es el interés de la verdad el que los discierne. Pero no hay tiempo de verdad y tiempo de error; está escrito, al contrario, que ‘la verdad de Dios permanece eternamente’ Por eso Jesucristo, que dice que ha venido a traer la paz, dice también que ha venido a traer la guerra; pero no dice que ha venido a traer la verdad y la mentira. La verdad es, por tanto, la primera regla y el último fin de todas las cosas (Pensées, 949)”.

Publicado en France Catholique, 21-4-1972 y en “Iglesia-Mundo” 8-12-1973.




viernes, 24 de junio de 2011

DIARIOS

 Diarios

 

 

“Creo, lector, que si Satanás hubiese de encarnarse en algo digno de su perversidad y de su odio a Dios y al género humano, encarnaríase en un mal periódico. Recorriendo con la imaginación lo mucho malo que sobre la haz de la tierra ha vomitado el infierno desde el pecado de Adán hasta las blasfemias de hoy día, nada encuentro tan diabólicamente corruptor como un periódico impío. Así deben de haberlo conocido también los enemigos de nuestra fe y de la felicidad del pueblo, cuando tan buena maña se han dado en llenar el mundo de esta funesta mercancía. (…)

El periódico se reduce a cuatro o más páginas de papel, bien o mal redactadas, peor o mejor impresas, que se introducen cada mañana en el hogar, en el taller o en el almacén de tres, cuatro o cinco mil hijos del pueblo. El periódico es, pues, un huésped que admites todos los días en tu casa, para comer con él desde el desayuno hasta los postres de la cena, para que con el mismo conversen familiarmente, íntimamente, tu mujer, tus hijos y tus dependientes. Es un desconocido a quien abres cada día la puerta para que una vez dentro de tu habitación diga lo que se le antojare, enseñe lo que convenga o no convenga, instruya o desmoralice, sin que nadie te vaya a la mano. El tal desconocido puede contarle hoy a tu hija una anécdota infame que robará a su corazón la inocencia, y hará salir a su rostro los colores de la vergüenza. Puede enseñarle a tu hijo a despreciar a Dios, a ridiculizar al sacerdote y a sacudir el yugo de los santos deberes de la familia. A tu dependiente le dirá tal vez que es necesaria la emancipación del obrero y el exterminio de los tiranos como tú, que ejercen la feroz tiranía de ser más ricos que él o más industriosos. Predicará, en fin, lo que le diere la gana, en verso o n prosa, en gacetillas ligeras o en graves artículos, en cuento, en historia y aun en anuncios; que el diablo es tan sagaz que hasta de esto sabe sacar su provecho el maldito. Y tú descansarás tan tranquilo en la seguridad de que diste a los tuyos excelente educación, de que en casa no falta el Rosario, y se va a Misa los días de guardar, y se observan todos los Mandamientos. Y ¡no adivinarás de dónde le vino a tu hijo aquel arranque de insubordinación o aquella máxima perversa que le oíste, o a tu hija aquella su desenvoltura y ligereza de cascos que la van volviendo tan desemejante a su madre! (…)

Todo este peligro tiene un periódico malo. Pero ¿cómo, me dirás, puede caber en ser tan insignificante tanta malicia? Sencillísimo. ¿Has oído decir lo del refrán de que la gota cava la piedra? Pues bien; el periódico ruin es una gota también, pero una gota de veneno corrosivo capaz de hacer mella en los corazones de mejor temple, sobre todo si los halla desprevenidos; es una gota, pero gota que cae sin cesar cada día, cada día, sabiendo que la constancia, así en el bien como en el mal, obra prodigios. Y si el periódico, con ser perverso, sabe presentarse con los atavíos del buen decir y con el atractivo del gracejo, es entonces gota de veneno azucarada que tragarán, no sólo con facilidad, sino hasta con delicia, cuantos en el mundo suelen no guiarse por otro criterio que el del paladar, que son innumerables.

¡Espanto causa pensar con qué ligereza se abren las puertas del honrado hogar a ese enemigo doméstico, silencioso autor de la mayor parte de los desastres morales que lamentamos en la patria y en la familia! ¡Irrita la glacial indiferencia con que los padres bonachones miran en manos de sus hijos o en el taller de sus dependientes aquellas páginas venenosas en que se enseña el desprecio de todo lo respetable, desde la Suprema autoridad de Dios hasta la de los últimos delegados en la tierra! Y a una observación cualquiera que sobre esto se haga se contesta con la mayor tranquilidad, y soltando tal vez la carcajada: ¡Oh! ¡Es un periódico! ¿Quién va a hacer caso de los periódicos? ¡No seáis intolerante!

Tú, lector, has sido también acaso uno de los cortos de vista a quienes así he oído hablar. Y has abierto diariamente la puerta de tu domicilio a alguno o algunos de esos desconocidos, dispuestos a envenenar el corazón de tus hijos, que por otra parte quisieras conservar tan puros e inocentes. Y no sólo le has abierto la puerta, sino que le has invitado, y le has dado dinero encima para que viniese a ejercer entre los tuyos su negro oficio de corromper. ¡Infeliz!

R. P. Félix Sardá y Salvany (“Los malos periódicos”, artículos publicados en “Propaganda católica”)


“El periodismo revolucionario, que ha traído al mundo para confusión de él una filosofía y una literatura suyas especiales, ha inventado también un modo de discurrir especialmente suyo. Que es, no discurrir como antiguamente se solía, sacando de principios consecuencias, sino discurrir como se usa en las plazuelas y en los corros de comadres, moverse por impresión, vociferar a diestro y siniestro pomposas palabrotadas (sesquipedalia verba), y aturdir y marear al entendimiento propio y al ajeno con desatado turbión de prosa volcánica, en vez de alumbrarle y dirigirle con la clara y serena lumbre de bien seguida argumentación”.

R. P. Félix Sardá y Salvany (El liberalismo es pecado)


“Hace poco, una señora bienintencionada se presentó después de la Misa y me preguntó: “Padre, ¿conoce este periódico?”, y la buena feligresa empezó a alabar a esa nueva hojita informativa “muy bien hecha”, “muy interesante”, “para leer”.
¡Bravo! Sin embargo, ¡cuántos periodicuchos, boletines de información o servicios de Internet existen en los ámbitos tradicionalistas! Y todos, más necesarios que los demás.
Pero, ¿se planteó alguna vez la cuestión de si es necesaria esa información barata? ¿Esta bulimia de noticias es verdaderamente un signo de salud intelectual? ¿Es conforme al espíritu del Evangelio?
Vayamos a las fuentes.
-Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Los textos no esclarecidos por dicha luz, entonces, son tinieblas. Más aún: “Dejen que los muertos entierren a los muertos”.
-Los Santos (los ermitaños y los monjes, pero también aquellos que vivían en el mundo) hicieron todo lo posible para no enterarse de “las noticias”.
-San Pablo habla de un tiempo en el cual se tendrán “pruritos de conocer novedades”, pero en el que se “desviarán de la verdad” (II Timoteo, III). En Atenas, se queja de los habitantes que “pasaban su tiempo solo diciendo o escuchando noticias” (Hechos, XVII, 21).
-Santo Tomás de Aquino enseña que “el objeto de la inteligencia, como está por encima del tiempo, es eterno” (Iª, c. 50, a. 5) y con ello prueba la existencia del alma. Y también: “importa poco saber lo que piensan los hombres, sino qué pasa con la verdad”.
Ciertamente, hay que conocer al enemigo, cuáles son sus estrategias, sus progresos, sus nuevos ataques.
Pero esto requiere muy pocas “noticias” y mucho juicio. Publicar un texto malo (por ejemplo, uno modernista) sin criticarlo a la luz de la Tradición, es hacerle publicidad, es darle un derecho a la existencia.
Ahora bien: este juicio católico proviene de la formación, no de la información. Reclama tiempo y trabajo.
Esperemos que Nuestro Señor resucitado nos haga precavidos ante el contagio de la “información”, y nos dé el gusto por las verdades inmutables y beatificantes.
In gaudio Veritatis.

R. P. Jean Dominique, O.P. (La bulimia de la información, Revista Iesus Christus, Nº 83, septiembre / octubre de 2002.)



“El Periodismo actual surge necesariamente del hecho de la masificación del pueblo; y digan lo que quieran acerca del “periodismo católico”, tal como está ahora el periodismo es inmoral. Kirk. dijo: “Si yo tuviese un hijo y una hija y se me echaran a perder, ella se hiciera prostituta y él periodista, yo recibiría a mi hija en mi casa si se arrepintiera, pero a mi hijo no. Cinco años de periodismo arruinan la mente irremediablemente... (Menos mal que yo hice solamente cuatro).
Al que lo dude le hará notar tan sólo este hecho: un gran diario es un gran negocio; por lo tanto, vuelve “negociable” lo que es por naturaleza NO-NEGOCIABLE; es decir, es una prostitución”.

R. P. Leonardo Castellani (La Muchedumbre, en “De Kirkegord a Tomás de Aquino. Introducción a la Filosofía”, Editorial Guadalupe, 1973)



“Es una vergüenza y una cosa que hace dudar hasta de San Martín que no haya en la Argentina una gran editorial católica, un gran diario católico, una gran revista intelectual católica, una filmadora católica, por no hablar de la Universidad Católica. Es una vergüenza nacional que los judíos dominen el cine, el periodismo, la radio, la enseñanza oficial y la edición de libros en un país “católico”. Jesucristo dijo a los Apóstoles: “Id y enseñad a todas las gentes”. Los judíos son los que realmente enseñan en la Argentina; y no van a enseñar cristianismo, ni es justo pedirles eso. ¿Dónde están los apóstoles?
La Argentina, por ejemplo, está inundada de libros estúpidos, malos y perversos; y un escritor argentino religioso, que sea de veras escritor, no puede publicar sus libros...sobre todo si son libros religiosos...bien escritos. Es un hecho.”

R. P. Leonardo Castellani (El Evangelio de Jesucristo, pág.286, Dictio ediciones, 1977)


“La Prensa. Cuando el hijo del pueblo sale de la primaria-Gratuita-Laica-Obligatoria ¿su instrucción ha terminado? Recién entonces va a empezar. La escuelita le ha dado únicamente el órgano de la instrucción intelectual, saber leer y escribir. Todas las demás pamplinas que se afanan nuestros grandes pedagogos por empanzarles se acabaron apenas traspuso el niño obrero o colono el dintel escolar; porque no las ha asimilado de un modo biológico, sino tragado de un modo libresco. ¡Y lo sé por experiencia, yo soy un hijo de la Laica! –gritó mi tío exaltándose bruscamente como si alguien le contradijera...
“Pues bien, ¿quién se encarga de esa información –y conste que no hablo de la educación total sino sólo de la intelectual- que comienza al salir el argentino-pueblo de la primaria? La Prensa, sin género de duda, incluyendo dentro ese término también las revistas, las novelas, los espectáculos, las diversiones, y la popularísima dellas, el Cine. Si la vera Universidad de hoy es la biblioteca y la Natura, la vera Escuela de hoy es el diario y el espectáculo: y diarios y espectáculos están hoy “industrializados”, entregados al mercader y sojuzgados a la ley del Lucro. Dime quién te divierte y te diré quién te domina; a los argentinos antes nos divertía Cervantes, ahora nos divierte el Cine Yanqui. Yo no te quiero hablar de los pasquines, que son otro de los “Crímenes nacionales”, pero ¡la prensa seria! La prensa seria nuestra (llamada comúnmente “grande” cuando sólo es “gorda”) a pesar de la buena voluntad de alguna della, no educa al país; lo deseduca, lo embrolla, lo desvae, lo hace pensar en lo que no le importa, perder el sentido común que le queda. Lo mece en el mundo sideral de la luna de Valencia.
Tampoco esto tiene arreglo fuera del dominio político; pues su origen está en el político Mito novecentesco de la LIBERTAD de PRENSA. La libertad de Prensa, corrupción de una santa verdad que se podría llamar “primacía del pensamiento”, es en la práctica hodierna simplemente “la patente al sofista”, la libertad de aprovecharse el (intelectualmente) fuerte del débil, la licencia para el muchachón de trompear al pibe. Esclavitud del pensar.”

R. P. Leonardo Castellani (“Primero Política”, en Las ideas de mi tío el Cura, págs. 137-138)


“Lo que tenemos aquí no es prensa libre, sino prensa mentirosa, extranjerizante y logrera, que es todo lo contrario. Estoy enteramente cierto que mientras tengamos la prensa que tenemos, este país no es gobernable”.

R. P. Leonardo Castellani (“La ficha escolar”, en Cristo ¿vuelve o no vuelve?)


“La mentira se hizo obligatoria (y no ya en la medida limitada y cuidadosa que predicó Maquiavelo) con el sacro nombre de “Prensa y Propaganda”. (...) Como escribió en 1941 un gran escritor argentino: “Aquí tú puedes decir que Dios es tonto y que el Presidente es tonto, porque hay libertad; pero los efectos serán muy diferentes in utroque casu (en uno y otro caso)”.

R. P. Leonardo Castellani (Civilización y barbarie. Incluido en Pluma en ristre, Letras Libres, 2010).


“¡Ay, ay, ay de la prensa! Si volviera Cristo al mundo, Él –igual que es cierto que yo vivo- no tendría como adversarios a los Sumos Sacerdotes, sino a los periodistas”.

Sören Kierkegaard (Diario, Tomo X pág. 258)


“La libertad no se ha desviado de golpe hacia el mal. La evolución se ha ido haciendo progresivamente. Según parece, el punto de partida ha sido la benévola concepción humanista según la cual el hombre, amo del mundo, no lleva en sí germen alguno de mal, y todo lo vicioso que aparece en nuestra existencia es simplemente el fruto de sistemas sociales erróneos que hay que corregir. Mirad, hay algo que es de veras extraño: el Occidente, donde las condiciones sociales son las mejores, tiene una criminalidad indiscutiblemente elevada y netamente más fuerte que la sociedad soviética, con toda su miseria y su ausencia de leyes. (…)
La prensa (empleo la palabra “prensa” para designar todos los medios masivos de comunicación) goza, naturalmente, también ella, de la mayor libertad. Pero ¿cómo usa esta libertad? Ya lo sabemos: guardándose bien de transgredir los marcos jurídicos, pero sin ninguna verdadera responsabilidad moral, si desnaturaliza los hechos y deforma las proporciones. ¿Acaso el periodista y su periódico son verdaderamente responsables ante sus lectores o ante la Historia? Cuando, por ejemplo, al publicar una información falsa o al sacar conclusiones erróneas, han engañado a la opinión pública o incluso han hecho dar un paso en falso a todo el Estado ¿acaso los hemos visto reconocer públicamente su culpa? No, evidentemente, porque ello hubiera ido en detrimento de la venta. En un asunto semejante, el Estado podrá dejar las plumas; en cambio el periodista se escapa siempre. Puede usted apostar que ahora, con renovado aplomo, escribirá lo contrario de lo que afirmó antes.
La necesidad de dar con firmeza una información inmediata, obliga a llenar los espacios en blanco con conjeturas, a hacerse eco de rumores y suposiciones que luego no serán desmentidos y permanecerán por lo tanto en la memoria de los lectores. Todos los días, ¡cuántos juicios apresurados, temerarios, presuntuosos y falaces, que obnubilan el cerebro de los oyentes, y allí se fijan! La prensa tiene el poder de falsificar la opinión pública, y también de pervertirla. Vemos así cómo corona a los terroristas con los laureles de Eróstrato, cómo revela asuntos secretos aun cuando pertenezcan a la defensa nacional, cómo viola impúdicamente la vida privada de las celebridades al grito de: “Todo el mundo tiene derecho a saber todo”. Es este un slogan mentiroso para un siglo de mentira. Porque por encima de este derecho hay otro, hoy perdido: el derecho que tiene el hombre a no saber, el derecho a que no llenen su alma creada por Dios con chismes, habladurías y futilidades. La gente que verdaderamente trabaja y cuya vida está bien ocupada, no necesita para nada esta ola pletórica de informaciones embrutecedoras.
La prensa es el lugar privilegiado donde se manifiesta esta precipitación y esta superficialidad que son la enfermedad mental del siglo XX. Se le ha prohibido ir al corazón de los problemas; no está para eso, sino para ofrecer fórmulas sensacionalistas.
Y, con todo eso, la prensa se ha convertido en la fuerza más poderosa de los Estados occidentales, más poderosa que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Sin embargo veamos: ¿en virtud de qué ley ha sido elegida y a quién rinde cuenta de su actividad? En el Este comunista, un periodista es abiertamente nombrado por el Estado, como todo funcionario. Pero, ¿qué electores han decidido que los periodistas occidentales tengan una posición tan preponderante? ¿Por cuánto tiempo la ocupan y cuáles son sus poderes?
Agreguemos por fin un rasgo inesperado para un hombre que viene del Este totalitario, donde la prensa está estrictamente unificada: si se toma en conjunto la prensa occidental, observamos cómo también en ella las simpatías se dirigen en bloque hacia el mismo lado (donde sopla el viento del siglo), juicios afirmados dentro de ciertos límites aceptados por todos, quizás también intereses corporativos comunes. Todo esto tiene por resultado no la competencia sino una cierta unificación. La libertad sin frenos es para la prensa misma, no para los lectores: una opinión sólo será presentada con cierto relieve y resonancia si no está demasiado en contradicción con las ideas propias del diario y con esa tendencia general de la prensa.
El Occidente, que no posee censura, opera sin embargo una selección puntillosa separando las ideas que están en boga de aquellas que no lo están, y si bien es cierto que estas últimas no caen bajo el golpe de ninguna prohibición, no pueden expresarse verdaderamente ni en la prensa periódica, ni en los libros, ni en la enseñanza universitaria. El espíritu de vuestros investigadores es bien libre, jurídicamente hablando, pero está totalmente cercado por la moda. Sin que haya, como en el Este, violencia abierta, esta selección obrada por la moda, esta necesidad de conformar todo a modelos standard impide que los pensadores más originales aporten su contribución a la vida pública y provoca la aparición de un peligroso espíritu gregario que obstaculiza el verdadero progreso. Desde que estoy en Estados Unidos, he recibido cartas de gente notablemente inteligente, como la que me mandó el profesor de un “college” perdido en el fondo de una provincia, cuyas ideas podrían hacer mucho para rejuvenecer y salvar su país, pero que los Estados Unidos no puede oír porque los medios de comunicación se niegan a interesarse por él. Así es como los prejuicios van echando raíces en la multitud, así es como un país se va quedando ciego, enfermedad tan peligrosa en nuestro dinámico siglo.
Mirad si no la ilusión que tiene tanta gente que cree comprender la actual situación del mundo. Esa ilusión forma alrededor de sus cabezas un caparazón tan duro que ninguna de las voces que llegan de los diez y siete países de Europa del Este y del Asia Oriental logra atravesarlo, en espera de que la inevitable cachiporra de los acontecimientos lo haga volar en pedazos.” 

Alexandr Solyenitsyn (El suicidio de Occidente, Ediciones Mikael, 1983)