“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

Mostrando entradas con la etiqueta Padre Sardá y Salvany. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Padre Sardá y Salvany. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de junio de 2011

DIARIOS

 Diarios

 

 

“Creo, lector, que si Satanás hubiese de encarnarse en algo digno de su perversidad y de su odio a Dios y al género humano, encarnaríase en un mal periódico. Recorriendo con la imaginación lo mucho malo que sobre la haz de la tierra ha vomitado el infierno desde el pecado de Adán hasta las blasfemias de hoy día, nada encuentro tan diabólicamente corruptor como un periódico impío. Así deben de haberlo conocido también los enemigos de nuestra fe y de la felicidad del pueblo, cuando tan buena maña se han dado en llenar el mundo de esta funesta mercancía. (…)

El periódico se reduce a cuatro o más páginas de papel, bien o mal redactadas, peor o mejor impresas, que se introducen cada mañana en el hogar, en el taller o en el almacén de tres, cuatro o cinco mil hijos del pueblo. El periódico es, pues, un huésped que admites todos los días en tu casa, para comer con él desde el desayuno hasta los postres de la cena, para que con el mismo conversen familiarmente, íntimamente, tu mujer, tus hijos y tus dependientes. Es un desconocido a quien abres cada día la puerta para que una vez dentro de tu habitación diga lo que se le antojare, enseñe lo que convenga o no convenga, instruya o desmoralice, sin que nadie te vaya a la mano. El tal desconocido puede contarle hoy a tu hija una anécdota infame que robará a su corazón la inocencia, y hará salir a su rostro los colores de la vergüenza. Puede enseñarle a tu hijo a despreciar a Dios, a ridiculizar al sacerdote y a sacudir el yugo de los santos deberes de la familia. A tu dependiente le dirá tal vez que es necesaria la emancipación del obrero y el exterminio de los tiranos como tú, que ejercen la feroz tiranía de ser más ricos que él o más industriosos. Predicará, en fin, lo que le diere la gana, en verso o n prosa, en gacetillas ligeras o en graves artículos, en cuento, en historia y aun en anuncios; que el diablo es tan sagaz que hasta de esto sabe sacar su provecho el maldito. Y tú descansarás tan tranquilo en la seguridad de que diste a los tuyos excelente educación, de que en casa no falta el Rosario, y se va a Misa los días de guardar, y se observan todos los Mandamientos. Y ¡no adivinarás de dónde le vino a tu hijo aquel arranque de insubordinación o aquella máxima perversa que le oíste, o a tu hija aquella su desenvoltura y ligereza de cascos que la van volviendo tan desemejante a su madre! (…)

Todo este peligro tiene un periódico malo. Pero ¿cómo, me dirás, puede caber en ser tan insignificante tanta malicia? Sencillísimo. ¿Has oído decir lo del refrán de que la gota cava la piedra? Pues bien; el periódico ruin es una gota también, pero una gota de veneno corrosivo capaz de hacer mella en los corazones de mejor temple, sobre todo si los halla desprevenidos; es una gota, pero gota que cae sin cesar cada día, cada día, sabiendo que la constancia, así en el bien como en el mal, obra prodigios. Y si el periódico, con ser perverso, sabe presentarse con los atavíos del buen decir y con el atractivo del gracejo, es entonces gota de veneno azucarada que tragarán, no sólo con facilidad, sino hasta con delicia, cuantos en el mundo suelen no guiarse por otro criterio que el del paladar, que son innumerables.

¡Espanto causa pensar con qué ligereza se abren las puertas del honrado hogar a ese enemigo doméstico, silencioso autor de la mayor parte de los desastres morales que lamentamos en la patria y en la familia! ¡Irrita la glacial indiferencia con que los padres bonachones miran en manos de sus hijos o en el taller de sus dependientes aquellas páginas venenosas en que se enseña el desprecio de todo lo respetable, desde la Suprema autoridad de Dios hasta la de los últimos delegados en la tierra! Y a una observación cualquiera que sobre esto se haga se contesta con la mayor tranquilidad, y soltando tal vez la carcajada: ¡Oh! ¡Es un periódico! ¿Quién va a hacer caso de los periódicos? ¡No seáis intolerante!

Tú, lector, has sido también acaso uno de los cortos de vista a quienes así he oído hablar. Y has abierto diariamente la puerta de tu domicilio a alguno o algunos de esos desconocidos, dispuestos a envenenar el corazón de tus hijos, que por otra parte quisieras conservar tan puros e inocentes. Y no sólo le has abierto la puerta, sino que le has invitado, y le has dado dinero encima para que viniese a ejercer entre los tuyos su negro oficio de corromper. ¡Infeliz!

R. P. Félix Sardá y Salvany (“Los malos periódicos”, artículos publicados en “Propaganda católica”)


“El periodismo revolucionario, que ha traído al mundo para confusión de él una filosofía y una literatura suyas especiales, ha inventado también un modo de discurrir especialmente suyo. Que es, no discurrir como antiguamente se solía, sacando de principios consecuencias, sino discurrir como se usa en las plazuelas y en los corros de comadres, moverse por impresión, vociferar a diestro y siniestro pomposas palabrotadas (sesquipedalia verba), y aturdir y marear al entendimiento propio y al ajeno con desatado turbión de prosa volcánica, en vez de alumbrarle y dirigirle con la clara y serena lumbre de bien seguida argumentación”.

R. P. Félix Sardá y Salvany (El liberalismo es pecado)


“Hace poco, una señora bienintencionada se presentó después de la Misa y me preguntó: “Padre, ¿conoce este periódico?”, y la buena feligresa empezó a alabar a esa nueva hojita informativa “muy bien hecha”, “muy interesante”, “para leer”.
¡Bravo! Sin embargo, ¡cuántos periodicuchos, boletines de información o servicios de Internet existen en los ámbitos tradicionalistas! Y todos, más necesarios que los demás.
Pero, ¿se planteó alguna vez la cuestión de si es necesaria esa información barata? ¿Esta bulimia de noticias es verdaderamente un signo de salud intelectual? ¿Es conforme al espíritu del Evangelio?
Vayamos a las fuentes.
-Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Los textos no esclarecidos por dicha luz, entonces, son tinieblas. Más aún: “Dejen que los muertos entierren a los muertos”.
-Los Santos (los ermitaños y los monjes, pero también aquellos que vivían en el mundo) hicieron todo lo posible para no enterarse de “las noticias”.
-San Pablo habla de un tiempo en el cual se tendrán “pruritos de conocer novedades”, pero en el que se “desviarán de la verdad” (II Timoteo, III). En Atenas, se queja de los habitantes que “pasaban su tiempo solo diciendo o escuchando noticias” (Hechos, XVII, 21).
-Santo Tomás de Aquino enseña que “el objeto de la inteligencia, como está por encima del tiempo, es eterno” (Iª, c. 50, a. 5) y con ello prueba la existencia del alma. Y también: “importa poco saber lo que piensan los hombres, sino qué pasa con la verdad”.
Ciertamente, hay que conocer al enemigo, cuáles son sus estrategias, sus progresos, sus nuevos ataques.
Pero esto requiere muy pocas “noticias” y mucho juicio. Publicar un texto malo (por ejemplo, uno modernista) sin criticarlo a la luz de la Tradición, es hacerle publicidad, es darle un derecho a la existencia.
Ahora bien: este juicio católico proviene de la formación, no de la información. Reclama tiempo y trabajo.
Esperemos que Nuestro Señor resucitado nos haga precavidos ante el contagio de la “información”, y nos dé el gusto por las verdades inmutables y beatificantes.
In gaudio Veritatis.

R. P. Jean Dominique, O.P. (La bulimia de la información, Revista Iesus Christus, Nº 83, septiembre / octubre de 2002.)



“El Periodismo actual surge necesariamente del hecho de la masificación del pueblo; y digan lo que quieran acerca del “periodismo católico”, tal como está ahora el periodismo es inmoral. Kirk. dijo: “Si yo tuviese un hijo y una hija y se me echaran a perder, ella se hiciera prostituta y él periodista, yo recibiría a mi hija en mi casa si se arrepintiera, pero a mi hijo no. Cinco años de periodismo arruinan la mente irremediablemente... (Menos mal que yo hice solamente cuatro).
Al que lo dude le hará notar tan sólo este hecho: un gran diario es un gran negocio; por lo tanto, vuelve “negociable” lo que es por naturaleza NO-NEGOCIABLE; es decir, es una prostitución”.

R. P. Leonardo Castellani (La Muchedumbre, en “De Kirkegord a Tomás de Aquino. Introducción a la Filosofía”, Editorial Guadalupe, 1973)



“Es una vergüenza y una cosa que hace dudar hasta de San Martín que no haya en la Argentina una gran editorial católica, un gran diario católico, una gran revista intelectual católica, una filmadora católica, por no hablar de la Universidad Católica. Es una vergüenza nacional que los judíos dominen el cine, el periodismo, la radio, la enseñanza oficial y la edición de libros en un país “católico”. Jesucristo dijo a los Apóstoles: “Id y enseñad a todas las gentes”. Los judíos son los que realmente enseñan en la Argentina; y no van a enseñar cristianismo, ni es justo pedirles eso. ¿Dónde están los apóstoles?
La Argentina, por ejemplo, está inundada de libros estúpidos, malos y perversos; y un escritor argentino religioso, que sea de veras escritor, no puede publicar sus libros...sobre todo si son libros religiosos...bien escritos. Es un hecho.”

R. P. Leonardo Castellani (El Evangelio de Jesucristo, pág.286, Dictio ediciones, 1977)


“La Prensa. Cuando el hijo del pueblo sale de la primaria-Gratuita-Laica-Obligatoria ¿su instrucción ha terminado? Recién entonces va a empezar. La escuelita le ha dado únicamente el órgano de la instrucción intelectual, saber leer y escribir. Todas las demás pamplinas que se afanan nuestros grandes pedagogos por empanzarles se acabaron apenas traspuso el niño obrero o colono el dintel escolar; porque no las ha asimilado de un modo biológico, sino tragado de un modo libresco. ¡Y lo sé por experiencia, yo soy un hijo de la Laica! –gritó mi tío exaltándose bruscamente como si alguien le contradijera...
“Pues bien, ¿quién se encarga de esa información –y conste que no hablo de la educación total sino sólo de la intelectual- que comienza al salir el argentino-pueblo de la primaria? La Prensa, sin género de duda, incluyendo dentro ese término también las revistas, las novelas, los espectáculos, las diversiones, y la popularísima dellas, el Cine. Si la vera Universidad de hoy es la biblioteca y la Natura, la vera Escuela de hoy es el diario y el espectáculo: y diarios y espectáculos están hoy “industrializados”, entregados al mercader y sojuzgados a la ley del Lucro. Dime quién te divierte y te diré quién te domina; a los argentinos antes nos divertía Cervantes, ahora nos divierte el Cine Yanqui. Yo no te quiero hablar de los pasquines, que son otro de los “Crímenes nacionales”, pero ¡la prensa seria! La prensa seria nuestra (llamada comúnmente “grande” cuando sólo es “gorda”) a pesar de la buena voluntad de alguna della, no educa al país; lo deseduca, lo embrolla, lo desvae, lo hace pensar en lo que no le importa, perder el sentido común que le queda. Lo mece en el mundo sideral de la luna de Valencia.
Tampoco esto tiene arreglo fuera del dominio político; pues su origen está en el político Mito novecentesco de la LIBERTAD de PRENSA. La libertad de Prensa, corrupción de una santa verdad que se podría llamar “primacía del pensamiento”, es en la práctica hodierna simplemente “la patente al sofista”, la libertad de aprovecharse el (intelectualmente) fuerte del débil, la licencia para el muchachón de trompear al pibe. Esclavitud del pensar.”

R. P. Leonardo Castellani (“Primero Política”, en Las ideas de mi tío el Cura, págs. 137-138)


“Lo que tenemos aquí no es prensa libre, sino prensa mentirosa, extranjerizante y logrera, que es todo lo contrario. Estoy enteramente cierto que mientras tengamos la prensa que tenemos, este país no es gobernable”.

R. P. Leonardo Castellani (“La ficha escolar”, en Cristo ¿vuelve o no vuelve?)


“La mentira se hizo obligatoria (y no ya en la medida limitada y cuidadosa que predicó Maquiavelo) con el sacro nombre de “Prensa y Propaganda”. (...) Como escribió en 1941 un gran escritor argentino: “Aquí tú puedes decir que Dios es tonto y que el Presidente es tonto, porque hay libertad; pero los efectos serán muy diferentes in utroque casu (en uno y otro caso)”.

R. P. Leonardo Castellani (Civilización y barbarie. Incluido en Pluma en ristre, Letras Libres, 2010).


“¡Ay, ay, ay de la prensa! Si volviera Cristo al mundo, Él –igual que es cierto que yo vivo- no tendría como adversarios a los Sumos Sacerdotes, sino a los periodistas”.

Sören Kierkegaard (Diario, Tomo X pág. 258)


“La libertad no se ha desviado de golpe hacia el mal. La evolución se ha ido haciendo progresivamente. Según parece, el punto de partida ha sido la benévola concepción humanista según la cual el hombre, amo del mundo, no lleva en sí germen alguno de mal, y todo lo vicioso que aparece en nuestra existencia es simplemente el fruto de sistemas sociales erróneos que hay que corregir. Mirad, hay algo que es de veras extraño: el Occidente, donde las condiciones sociales son las mejores, tiene una criminalidad indiscutiblemente elevada y netamente más fuerte que la sociedad soviética, con toda su miseria y su ausencia de leyes. (…)
La prensa (empleo la palabra “prensa” para designar todos los medios masivos de comunicación) goza, naturalmente, también ella, de la mayor libertad. Pero ¿cómo usa esta libertad? Ya lo sabemos: guardándose bien de transgredir los marcos jurídicos, pero sin ninguna verdadera responsabilidad moral, si desnaturaliza los hechos y deforma las proporciones. ¿Acaso el periodista y su periódico son verdaderamente responsables ante sus lectores o ante la Historia? Cuando, por ejemplo, al publicar una información falsa o al sacar conclusiones erróneas, han engañado a la opinión pública o incluso han hecho dar un paso en falso a todo el Estado ¿acaso los hemos visto reconocer públicamente su culpa? No, evidentemente, porque ello hubiera ido en detrimento de la venta. En un asunto semejante, el Estado podrá dejar las plumas; en cambio el periodista se escapa siempre. Puede usted apostar que ahora, con renovado aplomo, escribirá lo contrario de lo que afirmó antes.
La necesidad de dar con firmeza una información inmediata, obliga a llenar los espacios en blanco con conjeturas, a hacerse eco de rumores y suposiciones que luego no serán desmentidos y permanecerán por lo tanto en la memoria de los lectores. Todos los días, ¡cuántos juicios apresurados, temerarios, presuntuosos y falaces, que obnubilan el cerebro de los oyentes, y allí se fijan! La prensa tiene el poder de falsificar la opinión pública, y también de pervertirla. Vemos así cómo corona a los terroristas con los laureles de Eróstrato, cómo revela asuntos secretos aun cuando pertenezcan a la defensa nacional, cómo viola impúdicamente la vida privada de las celebridades al grito de: “Todo el mundo tiene derecho a saber todo”. Es este un slogan mentiroso para un siglo de mentira. Porque por encima de este derecho hay otro, hoy perdido: el derecho que tiene el hombre a no saber, el derecho a que no llenen su alma creada por Dios con chismes, habladurías y futilidades. La gente que verdaderamente trabaja y cuya vida está bien ocupada, no necesita para nada esta ola pletórica de informaciones embrutecedoras.
La prensa es el lugar privilegiado donde se manifiesta esta precipitación y esta superficialidad que son la enfermedad mental del siglo XX. Se le ha prohibido ir al corazón de los problemas; no está para eso, sino para ofrecer fórmulas sensacionalistas.
Y, con todo eso, la prensa se ha convertido en la fuerza más poderosa de los Estados occidentales, más poderosa que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Sin embargo veamos: ¿en virtud de qué ley ha sido elegida y a quién rinde cuenta de su actividad? En el Este comunista, un periodista es abiertamente nombrado por el Estado, como todo funcionario. Pero, ¿qué electores han decidido que los periodistas occidentales tengan una posición tan preponderante? ¿Por cuánto tiempo la ocupan y cuáles son sus poderes?
Agreguemos por fin un rasgo inesperado para un hombre que viene del Este totalitario, donde la prensa está estrictamente unificada: si se toma en conjunto la prensa occidental, observamos cómo también en ella las simpatías se dirigen en bloque hacia el mismo lado (donde sopla el viento del siglo), juicios afirmados dentro de ciertos límites aceptados por todos, quizás también intereses corporativos comunes. Todo esto tiene por resultado no la competencia sino una cierta unificación. La libertad sin frenos es para la prensa misma, no para los lectores: una opinión sólo será presentada con cierto relieve y resonancia si no está demasiado en contradicción con las ideas propias del diario y con esa tendencia general de la prensa.
El Occidente, que no posee censura, opera sin embargo una selección puntillosa separando las ideas que están en boga de aquellas que no lo están, y si bien es cierto que estas últimas no caen bajo el golpe de ninguna prohibición, no pueden expresarse verdaderamente ni en la prensa periódica, ni en los libros, ni en la enseñanza universitaria. El espíritu de vuestros investigadores es bien libre, jurídicamente hablando, pero está totalmente cercado por la moda. Sin que haya, como en el Este, violencia abierta, esta selección obrada por la moda, esta necesidad de conformar todo a modelos standard impide que los pensadores más originales aporten su contribución a la vida pública y provoca la aparición de un peligroso espíritu gregario que obstaculiza el verdadero progreso. Desde que estoy en Estados Unidos, he recibido cartas de gente notablemente inteligente, como la que me mandó el profesor de un “college” perdido en el fondo de una provincia, cuyas ideas podrían hacer mucho para rejuvenecer y salvar su país, pero que los Estados Unidos no puede oír porque los medios de comunicación se niegan a interesarse por él. Así es como los prejuicios van echando raíces en la multitud, así es como un país se va quedando ciego, enfermedad tan peligrosa en nuestro dinámico siglo.
Mirad si no la ilusión que tiene tanta gente que cree comprender la actual situación del mundo. Esa ilusión forma alrededor de sus cabezas un caparazón tan duro que ninguna de las voces que llegan de los diez y siete países de Europa del Este y del Asia Oriental logra atravesarlo, en espera de que la inevitable cachiporra de los acontecimientos lo haga volar en pedazos.” 

Alexandr Solyenitsyn (El suicidio de Occidente, Ediciones Mikael, 1983)



viernes, 25 de febrero de 2011

PELICULA RECOMENDADA

PELÍCULA RECOMENDADA

EL RITO

Dijo la Prensa liberal, zurda y anticatólica del Sistema:

Página/12 (“Fábula del exorcista que pecaba de aburrido”, “crítico” Horacio Bernades)

“En lugar de ser la estrella de la película, en El rito el Mal parece interesar sólo como prueba de la existencia de su contrario”

“Ya lo había anticipado el profe de Exorcismo del Vaticano, en una de las primeras escenas: “El objetivo de este curso es ver la posesión demoníaca a través de la lente de la fe”. La película, que parece financiada por la Santa Sede, aspira a lo mismo”.

Más preocupada por evangelizar que por asustar, El rito confunde la sala con el púlpito, aburriendo al no converso y sin regalar al ateo aunque más no sea un miserable sacudón.”

“Otros cines” (“Show me the Money!”, “crítico” Diego Battle)

“Si a Hopkins le alcanza su estirpe para zafar en las tres o cuatro secuencias que le tocan en suerte (aparece por primera vez a los 25 minutos), lo del resto es insostenible”

“Este sub-sub-sub El exorcista resulta una película decididamente menor y, por lo tanto, prescindible.”

La Nación (“crítico” Fernando López)

“Los buenos propósitos se desvanecen a medida que la historia avanza y los clichés más transitados se adueñan del relato”.

“La decepción de los que habiéndose tomado el cuento en serio descubran que en el fondo no hay aquí sino lugares comunes.”

“Lo demás es rutina. Quizá más vistosa, pero rutina al fin.”

Clarín (“Encuentros con el diablo”, “crítico” Miguel Frías)

“La película declina en su interés y riesgos, hasta convertirse en un mero pasatiempo previsible. Diablos.”

Tiempo argentino (“Diluído encuentro con el diablo”, “crítico” Santiago garcía)

“La tensión entre el esceptisismo (sic) del joven cura y el veterano exorcista se queda en la superficie y el marco de conflictos personales que el primero tiene no alcanza a comprometer al espectador para sentir una identificación más profunda. Y es justamente esa distancia la que hace que El rito no asuste ni interese realmente, aun cuando, con pícaro ojo comercial se nos diga que está basada en un hecho real.”

Revista Veintitrés (“crítico” Amadeo Lukas)

“Esta película "basada en un hecho real” no aporta nada nuevo dentro de este subgénero, y hasta se podría calificar de innecesaria.”

El Padre Sardá y Salvany cita unos versos referidos al Liberalismo que, “si literalmente podrían ser mejores, no pueden ser, en cambio más verdaderos:

¿Dice que sí? Pues mentira.

¿Dice que no? Pues verdad.

Lo que él llama iniquidad,

Tú como virtud lo mira:

Al que persiga con ira,

Tenle tú por hombre honrado:

Mas evita con cuidado

A cualquiera que él alabe;

Si esto haces, cuanto cabe

Ya le tienes estudiado”.

La Prensa canalla, liberal, revolucionaria, coincide en denigrar, despreciar o ignorar a esta película no porque la misma sea aburrida, mediocre o rutinaria, sino precisamente porque, a pesar de no ser una gran película, tiene una gran virtud que la vuelve, a sus ojos irritante: no es un mero pasatiempo pochoclero, ni una película imbécil de horror, ni un espectáculo efectista, ni una discusión culturosa a lo Bergman o Sokurov, sino que es una buena película que habla de la Fe desde la Fe. Porque a pesar de sus defectos, como dice un amigo nuestro, “es una película católica. Quedan defendidos el Orden Sagrado, la Iglesia, la necesidad de luchar contra el diablo, los viejos exorcistas, etc. Queda refutado el escepticismo, el racionalismo, el hedonismo, la modernidad. Una mirada más teológica tal vez descubra algunos lunares. Pero en general, creo, es un film que confirma en la Fe.” Y así es, y esto es lo que los enemigos de la fe, los imbéciles periodistas incapaces de comprender nada porque no quieren nada que ver con la verdad, los escribas al servicio de la mentira, los opinadores profesionales con diploma y carné de “prensa libre”, no pueden tolerar. Pues bien, la gente –culpa en gran parte de sujetos como ellos- tampoco entiende demasiado, pero al menos con honestidad y sin su malicia ideológica concurre a verla masivamente, haciendo de este film el más taquillero en las últimas semanas. Lo cual significa para ellos la mala noticia de que el cine católico no está muerto.

domingo, 18 de octubre de 2009

DOSSIER - PREVENCIÓN ANTES DE IR AL CINE


PREVENCIÓN ANTES DE IR AL CINE





“La vida del hombre creyente importa luchas constantes contra sus malas inclinaciones y contra las asechanzas del demonio, del mundo y de la carne. Quien no se dispone a guerrear, no espere la paz de su conciencia. La paz es una recompensa de luchas oscuras, continuas, y por momentos, terribles; no es un bombón de confitería.
Para nosotros importa más estar diez minutos de rodillas preparándonos para el combate interior, previo el examen de nuestras fuerzas y las de nuestros enemigos, que no una hora sentados en la butaca de un cine respirando el tufo de un salón perfumado. Los grandes hombres no se forjan en las delicias. La molicie es la herrumbre del honor. Predicamos sin cesar que la religión significa virtud, esfuerzo, sacrificio, trabajo personal continuo y perseverante”.
P. Virgilio Filippo

Como una declaración de principios, las palabras precedentes nos imponen una atenta deliberación antes de decidir acercarnos a ver una película. Preguntas que debemos saber respondernos: ¿Qué vamos a ver y por qué? ¿Qué vamos a buscar a la sala de un cine? ¿Vamos a buscar compañía, sabiduría, entretenimiento? ¿Vamos para satisfacer nuestra curiosidad, para complacer a alguien, para evitar pensar en nosotros mismos? ¿Buscamos la verdad, la belleza, el conocimiento? ¿Buscamos evasión de nuestros problemas, remedio a nuestra soledad, escape de la vida cotidiana? ¿Buscamos salir del mundo o ir a su encuentro? ¿Buscamos la verdad de Dios o aquello que lo ofende?
Ya referimos algunas de estas cuestiones en nuestros dos ensayos de este blog (“El cine como alimento”, “El cine como evasión”). Es aconsejable leer las consideraciones vertidas en la sección “La Iglesia y el cine”, además de los textos que volcamos a continuación, para que evitemos en lo posible las celadas tendidas por el mundo, y sepamos hacer uso de este tiempo que se nos ha dado para nuestra santificación, en este peregrinar del cual Dios no excluye las alegrías y los consuelos intelectuales de las manifestaciones artísticas, pero no como fines en sí mismos.

Referencias en torno a los libros pueden usarse sin mengua en relación a las películas, en lo textos que siguen. El método de Sardá y Salvany para distinguir las publicaciones liberales puede usarse también para el cine. Pero, como actitud preventiva y no de discernimiento absoluto, puesto que el conocimiento del lenguaje del cine también se hace necesario para que la mirada llegue a ser más penetrante en una a veces muy sutil falsificación. Si podemos, daremos en algún momento algunas pautas básicas para tener en cuenta a la hora de mirar atentamente una película. Ahora vamos a lo más urgente y posible para nosotros.


Hugo Wast: Vocación de escritor.

“Hay una regla segura –dice de Maistre- para juzgar los libros como los hombres, aun sin conocerlos: basta saber por quiénes son amados, por quiénes son odiados.

Este criterio es todavía mas seguro cuando los aplausos que se prodigan a un hombre o a un libro provienen de los enemigos de la idea que debiera tener aquel hombre o defender aquel libro.

Alármese, pues, cuando advierta que no suscita contradicción, porque es señal de que en alguna forma anduvo corto al cumplir su misión, tuvo miedo, pactó con el enemigo, enterró algún talento, se cuidó a sí mismo en vez de dejar a Dios que lo cuidara”.



R. P. Félix Sardá y Salvany: El liberalismo es pecado
[Lo que está entre corchetes es nuestro]

“La oscuridad es el gran auxiliar de la maldad. (...) De ahí el empeño constante de la herejía en envolverse entre nebulosidades. No hay gran dificultad en descubrir al enemigo que se presenta con la visera levantada, ni la hay en reconocer por liberales a los que empiezan de buenas a primeras a declarar que lo son. Mas esta franqueza no conviene ordinariamente a la secta. Así, pues, hay que adivinar al enemigo tras el disfraz, y éste es muchas veces hábil y cauteloso en gran manera. Añádese, además, que muy a menudo no es lince el ojo que lo ha de reconocer, se hace preciso, pues, un criterio fácil, llano, popular, para distinguir a cada momento lo que es obra católica de lo que es infernal añagaza del Liberalismo.
Sucede frecuentemente que se anuncia un proyecto, se da el grito de una empresa, se funda una institución, y el fiel católico no acierta a distinguir por de pronto a qué tendencia obedece aquel movimiento, y si, por consiguiente, conviene asociarse a él o más bien oponérsele con todas las fuerzas, máxime cuando el infierno harta maña se da en tomar muchas veces alguno o algunos de los colores más atractivos de nuestra bandera, y en emplear hasta, en ocasiones, nuestro usual idioma. (...)
El periódico que sale, la asociación que se establece, la pública fiesta a que se convida, la suscripción para la que se pide, [la película que se estrena] todo puede ser de Dios y puede ser del diablo, y lo peor es que puede ser del diablo presentándose, como hemos dicho, con toda la mística gravedad y compostura de las cosas de Dios. ¿Cómo guiarse, pues, en tales laberintos?
He aquí un par de reglitas de carácter muy práctico que nos parece pueden servir a todo cristiano para que en tan vidriosa materia ponga bien asentado el pie. [Dos primeros criterios muy importantes, el tercero que le agrego yo es aprender a ver cine].

1) Observar cuidadosamente qué clase de personas promueven el asunto. Es la primera regla de prudencia y de sentido común. Se funda en aquella máxima del Salvador: No puede un mal árbol dar buenos frutos. Es evidente que personas liberales han de dar de sí por lo común escritos, obras, empresas y trabajos liberales o informados de espíritu liberal, o por lo menos lamentablemente resabiados de él.[Puede haber excepciones, sí, pero eso es muy raro. En cine la cosa es más clara: Gibson en gracia de Dios y con Misa diaria realiza “La Pasión de Cristo”; Scorsese con su vida pecaminosa y fuera de la Iglesia, realiza “La última tentación de Cristo”]. Véase, pues, cuáles son los antecedentes de aquella o aquellas personas que organizan o promueven la obra de que se trata. Si son tales que no os merezcan completa confianza sus doctrinas, mirad con prevención todas sus empresas. No las reprobéis inmediatamente, pues hay un axioma de teología que dice que no todas las obras de los infieles son pecados, y lo mismo puede decirse de las de los liberales. [En cine sí se puede y se debe hacer, porque la película ya está en sí acabada]. Pero no las deis inmediatamente por buenas. Recelad de ellas, miradlas, miradlas con prevención, sujetadlas a más detenido examen, aguardad sus resultados.

2) Examinar qué clase de personas lo alaban. Es todavía regla más segura que la anterior.[En el caso de “Gran Torino”, por ej., algunas personas católicas la alabaron, pero los medios liberales y progresistas la colmaron de elogios, como siempre con este director. Dato sin duda a tener en cuenta, aunque no nos exime de nuestro examen]. Hay en el mundo actual dos corrientes, pública y perfectamente deslindadas. La corriente católica y la corriente masónica o liberal. La primera la forman, o mejor, la reflejan los periódicos católicos. La segunda la reflejan y materialmente la forman cada día los periódicos revolucionarios. La primera busca su inspiración en Roma. A la segunda la inspira la Masonería. ¿Se anuncia un libro? ¿Se publican las bases de un proyecto? [¿Se estrena una película?] Mirad si lo aprueba y recomienda y toma por su cuenta la corriente liberal. En este caso ya la obra o proyecto están juzgados: son cosa suya. [Pueden haber excepciones, pero en general esto se cumple cada vez más, por el hecho además de que los enemigos de la Iglesia tienen cada vez más poder en el cine y los medios de comunicación] Porque es evidente que el Liberalismo, o el diablo que le inspira, reconocen inmediatamente cuál cosa les puede dañar y cuál favorecer, y no han de ser tan necios que ayuden a lo que les es contrario o se opongan a lo que les favorece. Tienen los partidos y sectas un instinto o intuición particular, el cual les revela a priori lo que han de mirar como suyo y lo que como enemigo. Desconfiad, pues, de todo lo que alaban y ponderan los liberales. Es claro que le han visto a la cosa o su origen o sus medios o su fin favorables al Liberalismo. No suele equivocarse en esto el claro instinto de la secta. Más fácil es que se equivoque un periódico católico, alabando y recomendando por buena una cosa que en sí tal vez no lo sea mucho, que no un periódico liberal alabando por suya una obra de las varias sobre que se entable discusión. Más fiamos, a la verdad, del olfato de nuestros enemigos que del de nuestros propios hermanos. Al bueno, ciertos escrúpulos de caridad y de natural costumbre de pensar bien le ciegan a veces hasta el punto de que vea por lo menos sanas intenciones donde, por desgracia, no las hay.[Esto es lo que, a mi parecer, ocurrió con algunos católicos y “Gran Torino”] No así los malos. Éstos disparan desde luego, bala rasa contra lo que no se aviene con su modo de pensar, y tocan incansables el bombo de todos los reclamos a favor de lo que por un lado u otro ayuda a su maléfica propaganda. Desconfiad, pues, de cuanto os alaben por bueno vuestros enemigos.
Se nos figura que con estas dos reglas de sentido común, que más bien podríamos llamar de buen sentido cristiano, hay bastante, si no para dar fallo decisivo a toda cuestión, al menos para no tropezar fácilmente en las escabrosidades de este tan accidentado terreno en que andamos y luchamos los católicos de hoy. No se le olvide sobre todo al católico de nuestro siglo, que la tierra que pisa está minada por todas partes por las sectas secretas, que son las que dan voz y tono a la polémica anticatólica, y a las que inconscientemente se sirve muchísimas veces aun por los mismos que más detestan su trabajo infernal. La lucha de hoy es principalmente subterránea y contra un enemigo invisible, que rara vez se presenta con su verdadera divisa. Hay pues, que olerle, más que verle; hay que adivinarle con el instinto, más que señalarle con el dedo. Buen olfato, pues, y sentido práctico son necesarios más que sutiles cavilaciones y laboriosas teorías. El anteojo que les recomendamos a nuestros amigos no nos ha engañado a nosotros jamás.“Suelen a veces periódicos malos tener algo bueno. ¿Qué ha de pensarse de esto bueno que tienen alguna vez los periódicos malos? Ha de pensarse que no les hace dejar de ser malos, si es mala su intrínseca naturaleza o doctrina. Antes esto bueno puede, y suele ser, añagaza satánica para que se les recomiende, o por lo menos se les disimule, lo malo esencial que traen en sí. No le quitan a un ser malo su natural maldad ciertas cualidades accidentalmente buenas. No son buenos un ladrón o asesino, por más que recen cualquier día un Avemaría o le den a un pobre una limosna. Malos son a pesar de estas obras buenas, porque es malo el conjunto esencial de sus actos, es mala la tendencia ordinaria en ellos. Y si de lo bueno que hacen se sirven para más autorizar su maldad, viene a hacerse malo por su fin, hasta aquello mismo que en sí sería ordinariamente bueno”.
La prensa buena es la prensa íntegramente buena, es decir, la que defiende lo bueno en sus principios buenos y en sus aplicaciones buenas. La más opuesta a lo reconocidamente malo, oposita per diametrum, como dice San Ignacio en el libro de oro de sus Ejercicios. La que está al lado opuesto de las fronteras del error, la que mira siempre frente a frente al enemigo; no la que a ratos vivaquea con él, o no se opone más que a determinadas evoluciones suyas. La que es enemiga de lo malo en todo, ya que lo malo es malo en todo, aun en aquello bueno que por casualidad puede consigo traer alguna vez.



Del libro “X Y Z... DEL CINE” de Carlos A. Duhourq, S.J., Ediciones Paulinas, 1965.

PROBLEMAS MORALES DEL ESPECTADOR

1.El católico frente a la cultura cinematográfica.
“La posición actual positiva de la Iglesia frente al cine (televisión) no descarta la prevención contra sus peligros. Teniendo en cuenta la diferente formación de sus hijos y las diversas circunstancias de lugares y personas, ante el impacto de la imagen, brinda sus observaciones.
Constantemente, los católicos –por diversión, estudio o cualquier otra razón- se encuentran ante el hecho de ver un film. En conciencia ¿pueden verlo? Sí, si en conciencia pueden verlo...
El modo de formarse esa conciencia lo ofrece la Iglesia a través de sus calificaciones morales, como uno de los medios más seguros [esto ha quedado en el olvido]. En esto como en todo problema que afecta al individuo, es necesario que obremos movidos por un convencimiento personal, y no siguiendo un automatismo cómodo”.

2.Calificación moral de la Iglesia.
Pío XII en su encíclica “Miranda Prorsus” aclara en este punto:”...uno de los fines principales de la calificación moral, es el de ilustrar la opinión pública y educarla para que respete y aprecie los valores morales, sin los cuales no podría existir ni verdadera cultura, ni civilización...”
“Los juicios morales al indicar claramente qué películas se permiten a todos y cuáles son nocivas o positivamente malas, darán a cada uno la posibilidad de escoger los espectáculos de los cuales habrá de salir “más alegre, más libre y en su interior mucho mejor que cuando entró”; y harán que evite los que podrían ser dañosos para su alma...”

Criterios.O sea que la calificación moral, atiende a dos planos simultáneamente: el de la moral objetiva de la obra y el efecto que puede producir la misma sobre el público.
El primero es la referencia a unos valores inmutables; en cambio el segundo presenta mayores dificultades.
Por este segundo aspecto no es práctica la unidad de calificación con alcance mundial. A veces, dentro de un mismo país hay diferencias notables (la situación del público de Buenos Aires es diferente a la de Catamarca o Santa Cruz).
Pero, además, no solo entre jóvenes y adultos, sino también entre estos últimos habría que matizar.
(...)
Las mismas características del cine exigen que se tenga en cuenta lo propio del mismo en la apreciación de la obra bajo aspectos morales”.

Críticos.
“El crítico católico debe ante todo ser un verdadero crítico que sepa penetrar el misterio que el film revela mediante el mensaje de la imagen, y que sepa interpretarlo a la luz del mensaje evangélico sin violar en el juicio moral, el valor artístico”
(Franz Weyergans)


Hay muchos que van camino del peligro tonta y alegremente a ciegas, sin recordar que milicia es la vida del cristiano en este mundo, y que el enemigo suyo no descansa.

Obligación de informarse.
Sin embargo es necesario reconocer que el peligro que entraña la asistencia indiscriminada a cualquier cine, para un fiel común, puede ser muy grande.En ese sentido sería totalmente aceptable el enunciado de Haering, cuando una persona no tiene ninguna referencia para guiarse acerca del posible peligro de un film: “Es indudablemente pecado grave asistir a cualquier película que se proyecte sin informarse previamente acerca de su calidad, consultando la censura eclesiástica de las películas”(B. Haering: Ley de Cristo, I, pág. 626).

Hay muchos indicios actualmente que permiten un acercamiento previo a la moralidad previsible de la película: los actores, la propaganda, los comentarios, los juicios de críticos, ofrecen pistas a una persona que actualmente asiste con cierta periodicidad al cine.

El cristiano que sin necesidad, asiste sin informarse de la calidad moral del espectáculo, obra en forma imprudente.

Posible escándalo.
Se ha perdido, un tanto, el sentido verdadero del escándalo. Con la excusa de que “todos van” o “Fulano que es de la Acción Católica la vio”, la consulta a la calificación moral, parece cosa de timoratos retrógrados.
Conviene recordar que aun en el caso de que para mí, tal película no signifique peligro de ningún tipo, el concurrir a ella, puede ser ocasión de escándalo para otros.

Aunque a nosotros no nos afecte, en determinadas circunstancias tendremos que abstenernos “de carnes ofrendadas a los ídolos”.

Educación cinematográfica.
Hay que sacudir a los cristianos que conscientemente se entregan a este estado hipnótico con toda conciencia (o inconciencia). Voluntariamente se sumergen en un mundo onírico, en el que un instructor les dicta procedimientos y criterios, según su propio punto de vista.
Este es uno de los puntos más serios de la difusión actual del cine. Mientras que el espectador traslada su “yo” al actor, absorbe la personalidad y mentalidad de la pantalla.

Naturalismo.Aunque la carga erótica fuera menor, permanece en pie un peligro constante para la conciencia cristiana. El ateísmo o naturalismo del cine.
Se construye un mundo del que ha sido erradicado Dios y en el que no se lo necesita. Los valores religiosos se ignoran y en muchos casos no salen bien parados. El cine-comercio ha contribuido en gran parte a este enfoque. Un tipo de vida en el que no falta nada. Plenamente satisfecho de sí mismo. Con todas las ventajas materiales que se pueden desear y en el que todo sale bien o al menos termina bien.
El sufrimiento desaparece o está encubierto por un barniz rosado; eso explica que (el cine) aparezca como un paraíso a donde escapar para todos los que sienten el peso –a veces abrumador- de la realidad de cada día.
Los valores espirituales han de presentarse en toda la amplitud de que el realizador sea capaz en su arte. No hay que buscar emociones fáciles en los espectadores, sino contacto con un espíritu fuerte y auténtico; transmitir una fe vivida, hacerlo de acuerdo a los cánones artísticos del cine, respetando a un público que no quiere engaños o apariencias (“lavado de cerebro”) “sino el anuncio sin trampa de la verdad que libera” (A. Ayfré: o.c. pág. 150; Pío XII: Film ideal). En este campo hemos de ser más exigentes, enseñando a distinguir entre lo que es verdadero arte cinematográfico-religioso y lo que pretende ser o venderse como tal.

12. Integración cultural cristiana.
Educando el sentido estético de los espectadores superaremos problemas de impacto moral. Hay una gran solidaridad entre ambos campos: el de la formación cultural y moral.
Si es capaz, el cristiano espectador, de leer educadamente este nuevo lenguaje de las imágenes, penetrará mejor en la sicología de los personajes, admirará el arte de una presentación técnica impecable y podrá gozar de la combinación de un buen montaje, sin enredarse tanto en el golpe más superficial de una escena objetable.
No se trata de detenerse únicamente en perfecciones técnicas formales, sino a través de la comprensión de las mismas, llegar a calar en lo hondo de los problemas humanos que nos llegan en los modismos de una expresión moderna.El cine adquiere todo su valor de medio de comunicación, cuando podemos llegar hasta la fuente de donde brota como lenguaje. Cuando superamos la relativa oscuridad que presentan sus símbolos y entramos en comunión con el hombre que piensa, habla, sufre, vive, atrás de ellos.
Es evidente, por otra parte, que nuestra insistencia en la educación cinematográfica de los fieles no significa una mayor licencia y amplitud para asistir a espectáculos inmorales.
Se trata de disminuir el número de éstos y de llegar a capacitarse para realizar una mejor selección de los mismos, que realmente nos dejen, como decía Pío XII “más alegres, más libres y mucho mejores que cuando entramos”.
Para el cristiano es cuestión de conciencia valorar como corresponde estos medios y actuar frente a ellos de acuerdo a su vocación. Una vez, los cristianos salvaron la cultura al abrigo de los monasterios; esta civilización de la imagen espera también ser rescatada y no abandonada a la pendiente fácil.Más efectiva y cristiana será nuestra actitud si en lugar de contentarnos o lamentarnos en posiciones meramente moralistas externas, suscitamos y preparamos al cristiano de hoy y mañana, para animar esta creatura y darle el sentido de alabanza al creador junto con todas las demás.
Toda la creación espera la manifestación de la gloria de los hijos de Dios (Rom. 8,15).


Jaime Balmes: La Religión demostrada
P.: ¿Qué entiende usted por malos libros?
R.: Los que extravían el entendimiento o corrompen el corazón.
P.:¿Es muy peligroso el que los malos libros nos acarreen semejante daño?
R.: Sí, señor; son peores que las malas compañías, porque los tenemos a todas horas; el autor, cuya capacidad es, por lo común, muy superior a la nuestra, adquiere sobre nuestro espíritu mucho ascendiente, y acaba por arrastrarnos a sus errores, por más que al principiar la lectura nos hayamos prevenido contra su influencia.
P.:Pero entonces,¿no quedaremos sin ilustrarnos en muchas materias?
R.:No, señor; porque todo lo necesario para la verdadera ilustración se halla también en los libros buenos.
P.:¿Es verdad que la ilustración está reñida con la religión?
R.:Es un gravísimo error; la historia entera lo contradice: los hombres más sabios han sido religiosos; si ha habido alguna excepción, ésta no destruye la regla.



Mons. De Castro Mayer: Problemas del apostolado moderno.
“Ante el bien, se encuentre donde se encuentre, nuestra actitud sólo puede ser la que aconseja el Apóstol: probadas todas las cosas, tomad lo que es bueno. Frente al mal debemos igualmente obedecer el consejo del Apóstol: “no queráis conformaros con este siglo” (Rom. 12,2).
Sin embargo, conviene aplicar con inteligencia los dos consejos. Es excelente analizar todas las cosas y quedarse con lo bueno. Pero debemos tener presente que lo bueno es lo que está conforme, no sólo con la letra, sino también con el espíritu. Bueno no es aquello que favorece a un tiempo a la virtud y al vicio sino lo que favorece siempre y únicamente a la virtud. Así, cuando una costumbre no es reprobable en sí misma pero crea una atmósfera favorable al mal, la prudencia manda rechazarla”.

martes, 28 de julio de 2009

CRITICA



CAPITÁN DE CASTILLA
Director: Henry King – 1947



HOLLYWOOD Y LA LEYENDA NEGRA
(O una prueba más de la forma en que el liberalismo se disfraza de católico para combatir al catolicismo)


Henry King fue un artesano del cine, un autor intermedio entre los grandes autores y los directores sin voz propia de la última fila, en el contexto de un Hollywood clásico que supo dosificar y dar lugar a casi todas las corrientes posibles que conformaron su mundus y cifraron su identidad. Hermano del también director Louis King (menos talentoso que aquel), su carrera abarcó desde el cine fundacional a la par de Griffith en 1915 hasta 1961, 50 años de carrera donde lo más destacado fue seguramente su versión de “La canción de Bernadette” en 1943. Director maleable como una cera, uniforme en la forma y desigual en los géneros abordados, era capaz de pasar de un film de piratas a un oscuro drama rural; de un film de guerra a uno de Jesse James; de César Borgia en Italia al África de los zulúes; de una excelente película de personajes simples como Deep waters, limpia y aleccionadora, a un melodrama “romántico” sobre el divorcio como Angustia de un querer, mamarracho cursi con una escena irreverente para el catolicismo, galardonada con varios oscars; de la biografía del presidente Woodrow Wilson y las “aventuras” de un banquero inglés a la historia de David y Betsabé –acaso la mejor versión del siempre acartonado género “bíblico”, pero en un film no católico, desde ya. Tal vez King se adaptó perfectamente a tan disímiles historias porque su género era siempre el liberalismo conformista. En fin, aquello era Hollywood y King tenía además de su ductilidad algo a favor y algo en contra. En contra el hecho de hallarse demasiado cómodo en su lugar dentro de la industria, cobijado siempre por los estudios Fox, una adaptación que un genio como Griffith nunca encontró, justamente por ser demasiado grande o excéntrico para asimilarse. Puede vincularse King a Walsh en este sentido. Lo que se lleva King a favor es no haber caído nunca bajo ningún rótulo o compartimiento estanco, como Cukor o Goulding o Lubitsch, con sus comedias y melodramas. Es decir, que no molestó demasiado con sus películas a nadie por su medianía. Sin torpezas formales, su rasgo de estilo es la adaptación al material que trae entre manos, con logros parciales de escenas destacadas a la par de otras carentes de interés. No obstante tenía su talento, pensemos que una película como El diablo a las 4, v. gr., del torpe Mervyn LeRoy, pudo haber sido una gran película en sus manos. Como es obvio que “Bernadette” tiene sus grandes méritos sin resultar una obra maestra. Porque obras maestras hay pocas, como pocos son los maestros.

¿Pero qué decir de Capitán de Castilla? Está planteada como una película de piratas pero sin piratas, o los españoles hacen las veces de piratas. Eso en cuanto a lo formal. En cuanto al tema es una burda reducción de la epopeya de la España católica y Hernán Cortés a la sola aventura de hombres codiciosos que iban a América a robarles a los pobres indiecitos. Es la reedición de la leyenda negra anti-española y anti-católica pero, eso sí, desde el lugar del catolicismo liberal. El Padre Félix Sardá y Salvany los definió así: “Por lo demás se llaman católicos, porque creen firmemente que el catolicismo es la única verdadera revelación del Hijo de Dios, pero se llaman católicos liberales o católicos libres, porque juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por otro motivo superior que el de su libre apreciación. De suerte que, sin sentirlo ellos mismos, encuéntranse los tales con que el diablo les ha sustituido arteramente el principio sobrenatural de la fe por el principio naturalista del libre examen. Con lo cual, aunque juzgan tener fe de las verdades cristianas, no tienen tal fe de ellas, sino simple humana convicción, lo cual es esencialmente distinto. Síguese de ahí que juzgan su inteligencia libre de creer o de no creer , y juzgan asimismo libre la de todos los demás. En la incredulidad, pues, no ven un vicio, o enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aún del corazón, sino un acto lícito de la jurisdicción interna de cada uno, tan dueño en eso de creer, como en lo de no admitir creencia alguna.” (El liberalismo es pecado).

Están en este film todos los lugares comunes protestantes sobre la “horrorosa” Inquisición; la barbarie retrógrada de España; Hernán Cortés con sus probados defectos pero sin sus probadas virtudes cristianas; el consabido cura gordo, bonachón y tibio al que siempre se deja al margen; los indios que son buenos y no matan ni sacrifican a nadie, etcétera. Y, aunque no es el tema en sí de la película, su contexto basado en los hechos históricos deja de lado los hechos de la Historia. Nada hay allí de la epopeya de los españoles. La película deja de lado los motivos religiosos de la empresa. Cuando Cortés derriba a los ídolos de los aztecas, en la película el fraile ecumenista le dice ofendido que “ya se caerán solos”, cuando en la realidad el mercedario padre Olmedo refrenó los ímpetus de Cortés “haciéndole ver que al presente bastaban las amonestaciones que se les ha hecho y ponerles la cruz”, como cita Iraburu en Los hechos de los Apóstoles de América, lo cual es diferente. Además, “métodos apostólicos tan expeditivos -¡y tan arriesgados!- se mostraron sumamente eficaces para manifestar a los naturales la absoluta vanidad de sus ídolos, y recuerdan los procedimientos misioneros empleados en la Germania pagana por San Wilibrordo y sus compañeros, cuando, con el mismo fin, destruyeron santuarios paganos y se atrevieron a bautizar en manantiales tenidos por sagrados” (Ob. Cit.) Por no recordar a San Francisco Javier en la India, “mandándoles quiebren y hagan añicos todos los ídolos que guardan en sus casas” o a San Vigilio, Obispo de Trento y mártir lapidado por derribar una estatua de Saturno. Tampoco se muestra el carácter verdaderamente quijotesco de Cortés (verdadero caballero), que se resume en estas líneas: “El emperador don Carlos, que manda muchos reinos, nos envía para deshacer agravios y castigar a los malos, y mandar que no sacrifiquen más ánimas; y se les dio a entender otras muchas cosas tocantes a nuestra santa fe” (Bernal, en Ob. Cit.). Desde luego, no se muestra el estado de esclavitud y opresión de los pueblos sometidos por los aztecas. Y muchas cosas más, por supuesto, ¿para qué seguir?

Podemos decir que esta película es la perfecta oposición de Apocalypto, no solo en cuanto a lo que cuenta, sino también en cuanto a la forma de ver el cine. ¿Esto por qué? La insatisfacción de este tipo de cine deriva de esa perfecta fluidez con que siempre se desarrolla, de esa falta de sorpresas y exigencias para el espectador, de esa perfección que hace que todo funcione de maravillas. Obedece, a mi entender, a la ausencia de inquietud y a la estrechez de miras de la mentalidad protestante, a la ausencia de desgarramiento y paradoja, y por lo tanto a la imposibilidad de expresarse mediante un lenguaje simbólico, aportes que serían propios de una mirada católica. Todo es muy prístino y ejemplar, hay una ausencia de dolor y de la cruz –en prácticamente todo el cine norteamericano, por no decir en el cine todo-, una falta de sentido sobrenatural (por más que los personajes nombren a cada rato a Dios), que parecería dejar tranquilo y sosegado al espectador (pienso en lo contrario, en la inquietud y a veces turbación que producen los films de Hitchcock). Algo de esto mismo hay en “Bernadette”, con esa historieta del pretendiente de la santa, o en la brillantez con que nos es mostrada la miseria de los Soubirous. Todo demasiado aseado y “prolijo”, demasiado “presentable” para el “estimado público”. Henry King ha hecho mucho cine y se nota en algunos films la integridad de su mirada, pero es evidente que ha sido hijo de su tiempo y lugar, como todo aquel que –recordamos siempre al buen Chesterton- no se abraza a la Iglesia Católica. King se nos presenta como un hombre de buenas intenciones, pero, como decía Anzoátegui, “la intención basta para salvarse uno mismo, pero basta también para perder a los otros con la mejor intención”. Cumple con el error garrafal de los anglosajones, y es que confunde a un caballero con un aventurero. Así como Hawks se creía que Chaplín era la reencarnación del Quijote (sic), o Welles admiraba al Quijote pero transigía con la política liberal, así King transforma en un momento de su película a este caballero español (interpretado por el blandito Tyrone Power) en un Quijote, y al gran Lee J. Cobb en Sancho Panza. Pero es algo forzado e inadecuado. Cita Castellani a Lugones: “El cristianismo triunfó en su empresa de convertir al bandido en un héroe-al aventurero en un caballero”. Esta película invierte los términos. Veamos lo que escribió el propio padre Castellani (El Evangelio de Jesucristo-Domingo XVI después de Pentecostés):

“La Iglesia Medieval creó la Caballería (la Iglesia Medieval y las demás) y dio otra aplicación nueva al principio del “último lugar”. Los caballeros andantes andaban por allí protegiendo a los débiles, y deshaciendo tuertos, para merecer un favor de su dama. ¿Qué hacía un caballero cuando le hacían a él mismo un tuerto? Se hacía a sí mismo un tuerto mayor. ¿Eso no es idiotez? No, Chesterton dice que la ley del caballero es castigar la injusticia que le hacen a él, haciéndose otra mayor. Eso es literalmente “irse al último lugar”, y “poner la otra mejilla”, como aconsejó Cristo. Al Cid Campeador el Rey Alfonso lo desterró por un año; él se desterró por cuatro años; arrojó a los moros de Valencia, se creó un reino cristiano para él; y después volvió a Burgos y se lo echó a los pies del rey injusto”.

Hollywood no comprende la necesidad de aventura trascendente del espíritu español o caballeresco, porque no comprende el alma española que, al decir de Ignacio Anzoátegui, “de puro generosa se juega el alma contra Dios o a favor de Dios”. La conquista, el sabor del riesgo, el deseo de derramar la sangre, “siempre en expectación sobrenatural”, no puede ser comprendido por los hijos o nietos de quienes sólo se han movido y han pisado la América (del Norte) por el deseo de riquezas y una buena y acomodada posición social.

Por otra parte, en la segunda parte de la película que comentamos, cuando los protagonistas se vienen a “hacer la América”, se capta lo que afirmaba Anzoátegui en una página memorable de su “Vidas de muertos”, cuando afirma: “La maldición de América es su exuberancia, su facilidad para vivir y su distancia de la muerte. América no ha tenido un aprendizaje de rudeza espiritual y se ha quedado sólo en la comodidad de los sentidos. El sentimentalismo americano es nada más que sensualismo: el sensualismo de dejarse morir porque la humedad de la tierra emborracha los huesos. El sufrimiento no tuvo en América categoría espiritual: tuvo categoría sentimental. Los amantes sufrían aquí para que lo supieran las amadas, no para que lo supiera Dios”. Si esto se insinúa en la película, se lo hace favorablemente, precisamente destacando esta tierra como la de la libertad, contraponiéndola a la de la “represión oscurantista” española. La película cae groseramente en el romanticismo, y de aquel supuesto caballero queda sólo un capitán bienintencionado pero medio avergonzado ante los indios porque no sabe bien por qué razón están los españoles allí.

El cine de Hollywood, claro está, tuvo muchas vertientes, y no todas llegaban al ansiado mar. Porque, al fin y al cabo, EEUU hacía su “Bernadette” para luego destruir la abadía de San Benito en Monte Casino, o casi a la misma Roma (y el mismo año en que premió con un Oscar a “Bernadette”, premió también a “Por quién doblan las campanas”, bodrio izquierdista sobre la guerra española). No olvidemos que es la tierra de la “Libertad Religiosa”, es decir, donde se pone en pie de igualdad la verdad y el error. Esta película es un buen ejemplo del talento de aquel cine y la confianza que aquellos hombres depositaron en sí mismos, entre ingenua y temerariamente. Vale la pena acercarse los testimonios de lo que aquel cine fue y ya no es, y sacar las conclusiones debidas para, rescatando lo que vale, entender lo que falta y repudiar lo repudiable, como esta muestra de lo que los liberales han hecho para combatir al Catolicismo. Sesenta años después, le llegó su respuesta inolvidable, dejando en el olvido este ejemplar que expurgo al solo fin de dar a conocer la disputa que nunca se termina. Cuanto uno más conoce y compara más valor le otorga a un film como Apocalypto. Tal vez para eso, en definitiva, nos haya servido esta película de Enrique Rey (sin corona).