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martes, 16 de agosto de 2011
LOS CATOLICOS Y LA DEMOCRACIA
PARTICIPACION DE LOS CATOLICOS EN DEMOCRACIA: UN CALLEJON SIN SALIDA
Por Juan Carlos Monedero (h).
Tomado del blog de Stat Veritas
Ante las elecciones del domingo 28 de junio, diferentes autoridades eclesiásticas han hablado del modo de participación de los católicos en el sistema político vigente. También desde los púlpitos –éste mismo sábado por la tarde, por ejemplo– se ha hablado del tema. De las mismas, algunas de ellas tomaron estado público, otras no, pero la más significativa tal vez sea la emitida el pasado domingo 14 de junio, por Monseñor Francisco Polti, en su homilía de Corpus Christi, celebrada en la catedral Nuestra Señora del Carmen –Santiago del Estero–, quien dijo algunas cosas que merecen ser analizadas con detenimiento (AICA):
“Todos los bautizados católicos, al participar de las elecciones como verdaderos ciudadanos comprometidos con nuestra patria, sabemos muy bien que hay valores fundamentales que no son negociables. Me parece oportuno hoy recordarlos para tenerlos en cuenta a la hora de elegir a los futuros legisladores: el respeto y la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas”.
No hay duda de que todas las cuestiones que se proponen como criterios “para elegir legisladores” son loables: respeto de la vida del nonato y de la sexualidad tal como Dios la creó, integridad de la institución familiar, libertad de educación de los hijos, bien común. Pero este no es el punto en discusión. Los católicos ya sabemos –o deberíamos saber– que todo eso está muy bien. Lo que verdaderamente nos preguntamos es si este buen propósito tal como está planteado es conducente. A tal fin escribimos estas líneas, pues –por las razones que se verán a continuación– creemos que el mismo planteo es gravemente erróneo y conduce precisamente a afianzar los males que se pretenden evitar.
Ningún partido político está dispuesto a una defensa hasta las últimas consecuencias de todos estos principios. Ninguno. No hablemos ya del PRO, del Frente para la Victoria, de la Coalición Cívica o de los demás partidos políticos, particularmente los de izquierda. Esos están descartados de antemano; por su historia, por su prontuario, por toda la recolección de indignidades que jurídica y legalmente han perpetrado.
Pero lo peor es que tampoco ningún partido político –por más católico que fuera– puede defender integralmente estas verdades.
Y esta imposibilidad no es pasajera, no es una imposibilidad accidental, no es un problema que hoy existe pero mañana podría desaparecer. No, al contrario: Es un obstáculo insalvable.
¿Cuál es ese obstáculo? El obstáculo es el principio mismo de la democracia, que no es otro –veamos si no el artículo 37 de nuestra tan loada Constitución– que la soberanía popular. Dice el estatuto liberal:
“Esta Constitución garantiza el pleno ejercicio de los derechos políticos, con arreglo al principio de la soberanía popular y de las leyes que se dicten en consecuencia. El sufragio es universal, igual, secreto y obligatorio”.
En virtud de este principio, la decisión última que abre la puerta a una ley inicua o se la cierra, es la cifra. El número. No las razones, no los argumentos, no la verdad, no el orden ni el derecho. Sólo los números. Por eso, por más que un partido político católico vote en contra de una ley inicua, es evidente que no hace todo lo que está a su alcance para evitar este mal. Y no lo hace porque su reacción ante esta abominación no puede ser sino limitada; se mueve dentro de los cánones del principio de la mayoría, de la legalidad –aunque ilegítima–; se arriesga a perder y, finalmente, termina perdiendo siempre, aceptando el remate de principios y cuestiones morales objetivas. Lo primero que debe decirse es que estamos obligados a impugnar de raíz un sistema que descansa únicamente en la voluntad popular, en las mayorías.
Por eso es que desconciertan, si no entristecen, las ingenuas apelaciones de Monseñor Polti. Una ingenuidad paralizante que acaba en la esterilidad apostólica: Lo que nos está diciendo es, en la práctica, que debemos apoyar el sistema que hace posibles y realiza semejantes iniquidades.
Dolorosa realidad: Los partidos mayoritarios no defenderán –teniendo la fuerza para hacerlo– las cuestiones de orden natural, y los partidos católicos no sólo no tienen la fuerza de la mayoría para defender estas cuestiones, sino que, sobre todo y principalmente, aceptan rifar la verdad en un plebiscito.
Al ir a un plebiscito, aceptan –por más que en su foro íntimo no lo juzguen así– la decisión que saldrá de las urnas. No pueden invocar algo “más allá” de la mayoría, algo “allende” la voluntad popular; no pueden apelar a una legitimidad por encima de la legalidad. No pueden negarle públicamente a las personas su “derecho”, su falso derecho, a llevar al poder a un partido pro abortista, o que por lo menos no tenga una postura claramente antiabortista. No: Los partidos tienen que aceptar, les guste o no, la decisión de las urnas. Por eso, aunque intenten que se los vote con el pretendido fin de defender el orden natural –el sobrenatural conviene no mencionarlo, ya que han abandonado las luminosas enseñanzas del Reinado Social de Cristo, dejando entre paréntesis la Gracia–, ya han perdido de antemano.
El sistema democrático hace posible que una decisión mayoritaria, aunque injusta e inmoral, se convierta en ley.
Hans Kelsen, el famoso jurista judío austríaco, paradigma del positivismo en el siglo XX, vio con toda claridad esta irreductibilidad de alternativas al afirmar, y con razón, que existe una particular filosofía que está detrás del sistema democrático. Y que esa filosofía, que es su fundamento, no puede cambiar sin que ipso facto el sistema mismo deje de ser lo que es. De ahí que haya escrito en su libro Esencia y valor de la democracia, una frase de plena vigencia:
“en efecto, si se cree en la existencia de lo absoluto –de lo absolutamente bueno, en primer término–, ¿puede haber nada más absurdo que provocar una votación para que decida la mayoría sobre ese absoluto en que se cree?”
Los católicos, pues, entramos en una permanente contradicción, en una insalvable aporía, si pretendemos defender la verdad en un régimen al que le resulta indiferente la verdad, o que la somete al veredicto mayoritario.
En efecto, es en el mismo punto de partida en que debemos situar la problemática, y así lo hace el mismísimo Kelsen:
“La cuestión decisiva es si se cree en un valor y, consiguientemente, en una verdad y una realidad absolutas, o si se piensa que al conocimiento humano no son accesibles más que valores, verdades y realidades relativas. La creencia en lo absoluto, tan hondamente arraigada en el corazón humano, es el supuesto de la concepción metafísica del mundo. Pero si el entendimiento niega este supuesto, si se piensa que el valor y la realidad son cosas relativas y que, por tanto, han de hallarse dispuestas en todo momento a retirarse y dejar el puesto a otras igualmente legítimas, la conclusión lógica es el criticismo, el positivismo y el empirismo…”.
El positivista austríaco reconoce y admite la filiación filosófica-política entre el sistema democrático y las corrientes mencionadas. No hay, pues, un indiferentismo axiológico. No hay una absurda creencia en que de cualquier principio puede derivar cualquier conclusión. No hay tampoco un engaño respecto de lo que puede y no puede dar la democracia.
Con sentido ponderativo, por supuesto, pero facilitando la comprensión de los términos, Kelsen nos remite a los pensadores que han defendido la democracia y, además, a los que la han rechazado:
“En efecto, todos los grandes metafísicos se han decidido por la autocracia y contra la democracia; y los filósofos que han hablado la palabra de la democracia, se han inclinado casi siempre al relativismo empírico”.
Por su parte, Kelsen entiende por autocracia todo gobierno que reconozca la primacía de una verdad absoluta, independiente de las subjetividades humanas. La cita continúa y es esclarecedora:
“Así vemos en la Antigüedad a los sofistas que, apoyados en los progresos de las ciencias empíricas de la Naturaleza, unieron una filosofía radicalmente relativista en el dominio de la ciencia social con una mentalidad democrática. El fundador de la sofística, Protágoras, enseña que el hombre es la medida de todas las cosas, y su poeta Eurípides ensalza la democracia y la paz”.
Pero veamos ahora a los tradicionales enemigos de la democracia. Tal vez nos ayude a tomar partido respecto de ella:
“A su vez, Platón, en quien renace la metafísica religiosa contra el racionalismo de la ilustración, declarando contra Protágoras que la medida de todas las cosas es Dios, es el mayor enemigo de la democracia y un admirador y aún propugnador de la dictadura.
En la Edad Media, la metafísica del Cristianismo va unida, naturalmente, a la convicción de que la mejor forma política es la Monarquía, como imagen del gobierno divino del universo. Santo Tomás constituye un testimonio culminante en este sentido”.
Y llegado aquí, uno no sabe cómo agradecerle a Kelsen su ponderación por la democracia, ponderación que pone sobre el tapete sus ineludibles fundamentos, destruyendo de raíz el sofisma del indiferentismo axiológico, que pretende –para hablar en criollo– que un olmo produzca peras.
La democracia, nos enseña el hebreo austríaco, sólo puede tener lugar cuando la razón natural y las verdades absolutas están oscurecidas y relegadas al terreno de lo abstracto, de lo imposible, de lo ficticio, de lo irresoluble. Cuando el ocaso de la razón es un hecho, entonces se alza el sistema que pone como categoría fundamental al número, razón por la cual Kelsen admite y confiesa lo siguiente:
“si se declara que la verdad y los valores absolutos son inaccesibles al conocimiento humano, ha de considerarse posible al menos no sólo la propia opinión sino también la ajena y aún la contraria. Por eso, la concepción filosófica que presupone la democracia es el relativismo”
La claridad de este enemigo del orden natural –recordemos su procedencia del positivismo jurídico– es admirable. Ha de considerarse posible al menos no sólo la propia opinión sino también la ajena y aún la contraria, ha dicho el escéptico. Y sabe lo que dice. Traduzcámoslo a la Argentina de hoy y veremos en qué trampa caemos los católicos cuando pretendemos defender la verdad en el sistema democrático.
Si “ha de considerarse posible al menos” no sólo la propia opinión, pongamos, para aclarar, el ejemplo del aborto. Una vez que entramos en Democracia, no nos queda otra salida que aceptar como posible que un partido se presente como partidario del crimen silencioso. Debemos admitirlo, so pena de ser excluidos del redil bien pensante. Y, por ello, con lógica democrática, no podemos negarle derecho a existir a esa posición.
Ahora bien, si no podemos negarle derecho a existir, estamos nivelando a la verdad con el error, a lo bueno con lo malo, a la realidad con la mentira, a la vida hecha a imagen y semejanza de Dios con el asesinato de un niño inocente. Todo eso estamos admitiendo si entramos en el sistema. Estamos nivelando el asesinato abominable, el derramamiento de sangre inocente que clama al cielo por justicia, con el derecho del niño a nacer, como si fueran ambas posiciones igualmente admisibles.
Intentar ganarles dentro del mismo sistema, ingresando en él, termina consolidando la injusta legalidad que permite estas inmoralidades y atrocidades. Cada vez que perdamos una elección, estaremos obligados en virtud del principio democrático a admitir como válida la postura pro abortista. De nada servirá la apelación al derecho natural, a los principios no negociables, porque su mención no podrá pasar de un intento puramente verbal, en el contexto de un sistema que se desentiende por principio de la verdad y del bien objetivos. Porque si la norma fundamental del sistema es distinta y aún opuesta al derecho natural –y en efecto, lo es–, es evidente entonces que la última ratio de las decisiones no es la Verdad, no es la realidad, sino el número, la mayoría.
Y este nivelar la verdad con el error no es, como puede pensarse, algo accidental al sistema. Es de su misma esencia. Porque esta nivelación de la verdad con el error, está fundada en la reducción de todo lo que se discute a su condición numérica. No puede eludirse esto ni puede afectarse que se desconocen estas conclusiones. Si el escepticismo y el relativismo mandan, como admite con honestidad intelectual Kelsen, entonces ninguna opinión es más verdadera que otra. Ninguna opinión es más falsa que otra. Sólo queda guiarse por la mayoría: Todo es lo mismo.
“La democracia concede igual estima a la voluntad política de cada uno, porque todas las opiniones y doctrinas políticas son iguales para ella, por lo cual les concede idéntica posibilidad de manifestarse y de conquistar las inteligencias y voluntades humanas en régimen de libre concurrencia. Tal es la razón del carácter democrático del procedimiento dialéctico de la discusión, con el que funcionan los Parlamentos y Asambleas populares”.
Lo dice Kelsen, nada menos que en un libro que lleva por nombre Esencia y valor de la democracia. Por eso, invirtiendo su valoración, lo que debe hacer el católico que realmente quiera defender “la vida desde la concepción”, “el derecho a la educación de los hijos”, “el bien común”, “el matrimonio”, es en primer lugar rechazar de plano el sistema político que hace posible la legalización del aborto, que hace posible el totalitarismo educativo, que hace imposible el ordenamiento al bien común, que hizo posible la ley del divorcio. Si observamos bien, todas, absolutamente todas, leyes injustas y abominables que han alcanzado su promulgación por la vía del sufragio. Han ingresado por medio del voto. Han sido sancionadas a través de la voluntad de la mayoría.
Estas leyes inicuas no fueron sancionadas a pesar de vivir en Democracia.
Fueron sancionadas porque vivimos en Democracia.
He ahí el enemigo: El sistema que difunde la pérfida noción de que todo es lo mismo, la verdad, el error, el bien, lo malo, la belleza, la fealdad.
Por eso es que la participación de los católicos en la democracia no es ni puede dejar de ser un callejón sin salida, una trampa que se arroja a los buenos católicos para que, sin advertirlo, colaboren en la tarea de la confusión de las inteligencias. Rechacemos de plano la mentalidad democrática, niveladora de la luz y de las tinieblas. Y, nuevamente, rechacémosla por aquello que el ya citado Kelsen reconoce sin quererlo: Su culpabilidad en el Viernes Santo.
Hacia el final de su libro el jurista austríaco dice:
“En el capítulo XVIII del Evangelio de San Juan se describe un episodio de la vida de Jesús. El relato sencillo, pero lapidario por su ingenuidad, pertenece a lo más grandioso que haya producido la literatura universal, y, sin intentarlo, simboliza de modo dramático el relativismo y la democracia”.
No pierdan el detalle:
“Es el tiempo de la Pascua, cuando Jesús, acusado de titularse hijo de Dios y rey de los judíos, comparece ante Pilato, el gobernador romano. Pilato pregunta irónicamente a aquel que ante los ojos de un romano sólo podía ser un pobre loco: ‘¿Eres tú, pues, el rey de los judíos?’. Y Jesús contesta con profunda convicción e iluminado por su misión divina: ‘Tú lo has dicho. Yo soy rey, nacido y venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que siga a la verdad oye mi voz’. Entonces Pilato, aquel hombre de cultura vieja, agotada, y por esto escéptica, vuelve a preguntar: '¿Qué es la verdad?'. Y como no sabe lo que es la verdad, y como romano está acostumbrado a pensar democráticamente, se dirige al pueblo y celebra un plebiscito”.
Poncio Pilato, que pasó a la historia como aquel que se lavó las manos de la Sangre Inocente que estaba a punto de entregar. Poncio Pilato, el perfecto demócrata.
El Relativismo y la Democracia firmaron entonces una alianza que nadie –so pena de hacer mutar la naturaleza de las cosas– puede borrar.
Nuestro camino no puede estar, entonces, en el arriesgar la verdad al capricho y a la veleidad de las mayorías tumultuosas, las mismas que un domingo de Ramos honraron a Cristo, para pocos días después pedir su Crucifixión. Pidamos, por el contrario, la gracia de hacer carne en nosotros mismos estas palabras del salmista, que son el verdadero itinerario de nuestra actitud en el orden político, orden que debe ser restaurado por Nuestro Señor. Roguemos a Dios, entonces, diciendo con el Salmista nuestra oración esperanzada:
“Combate, Señor, a los que me atacan,
pelea contra los que me hacen la guerra.
Toma el escudo y el broquel,
Levántate y ven en mi ayuda;
Empuña la lanza y la jabalina
Para enfrentar a mis perseguidores;
dime: ‘Yo soy tu salvación’”.
sábado, 2 de octubre de 2010
HISTORIA:BLAS DE LEZO
EL VASCO QUE HUMILLÓ A LOS INGLESES
Por Arturo Pérez Reverte*
Tomado de Patria Argentina Nº 270 – Septiembre 2010
Por Arturo Pérez Reverte*
Tomado de Patria Argentina Nº 270 – Septiembre 2010
XL Semanal, 23/8/2010.
Hace doce años, cuando escribía La carta esférica, tuve en las manos una medalla conmemorativa, acuñada en el siglo XVIII, donde Inglaterra se atribuía una victoria que nunca ocurrió. Como lector de libros de Historia estaba acostumbrado a que los ingleses oculten sus derrotas ante los españoles -como la del vicealmirante Mathews en aguas de Tolón o la de Nelson cuando perdió el brazo en Tenerife-, pero no a que, además, se inventen victorias. Aquella pieza llevaba la inscripción, en inglés: El orgullo de España humillado por el almirante Vernon; y en el reverso: Auténtico héroe británico, tomó Cartagena -Cartagena de Indias, en la actual Colombia- en abril de 1741. En la medalla había grabadas dos figuras. Una, erguida y victoriosa, era la del almirante Vernon. La otra, arrodillada e implorante, se identificaba como Don Blass y aludía al almirante español Blas de Lezo: un marino vasco de Pasajes encargado de la defensa de la ciudad. La escena contenía dos inexactitudes. Una era que Vernon no sólo no tomó Cartagena, sino que se retiró de allí tras recibir las suyas y las del pulpo. La otra consistía en que Blas de Lezo nunca habría podido postrarse, tender la mano implorante ni mirar desde abajo de esa manera, pues su pata de palo tenía poco juego de rodilla: había perdido una pierna a los 17 años en el combate naval de Vélez Málaga, un ojo tres años después en Tolón, y el brazo derecho en otro de los muchos combates navales que libró a lo largo de su vida. Aunque la mayor inexactitud de la medalla fue representarlo humillado, pues Don Blass no lo hizo nunca ante nadie. Sus compañeros de la Real Armada lo llamaban Medio hombre, por lo que quedaba de él; pero los cojones siempre los tuvo intactos y en su sitio. Como los del caballo de Espartero.
La vida de ese pasaitarra -mucho me sorprendería que figure en los libros escolares vascos, aunque todo puede ser- parece una novela de aventuras: combates navales, naufragios, abordajes, desembarcos. Luchó contra los holandeses, contra los ingleses, contra los piratas del Caribe y contra los berberiscos. En cierta ocasión, cercado por los angloholandeses, tuvo que incendiar varios de sus propios barcos para abrirse paso a través del fuego, a cañonazos. En sólo dos años, siendo capitán de fragata, hizo once presas de barcos de guerra enemigos, todos mayores de veinte cañones, entre ellos el navío inglés Stanhope. En los mares americanos capturó otros seis barcos de guerra, mercantes aparte. También rescató de Génova un botín secuestrado de dos millones de pesos, y participó en la toma de Orán y en el posterior socorro de la ciudad. Después de ésas y otras muchas empresas, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias, a los 54 años, y tras rechazar dos anteriores tentativas inglesas contra la ciudad, hizo frente a la fuerza de desembarco del almirante Vernon: 36 navíos de línea, 12 fragatas y varios brulotes y bombardas, 100 barcos de transporte y 39.000 hombres. Que se dice pronto.
He visto dos retratos de Edward Vernon, y en ambos -uno, pintado por Gainsborough- tiene aspecto de inglés relamido, arrogante y chulito. Con esa vitola y esa cara, uno se explica que vendiera la piel antes de cazar el oso, haciendo acuñar por anticipado las medallas conmemorativas de la hazaña que estaba dispuesto a realizar. Pese a que a esas alturas de las guerras con España todos los marinos súbditos de Su Graciosa sabían cómo las gastaba Don Blass, el cantamañanas del almirante inglés dio la victoria por segura. Sabía que tras los muros de Cartagena, descuidados y medio en ruinas, sólo había un millar de soldados españoles, 300 milicianos, dos compañías de negros libres y 600 auxiliares indios armados con arcos y flechas. Así que bombardeó, desembarcó y se puso a la faena. Pero Medio hombre, fiel a lo que era, se defendió palmo a palmo, fuerte a fuerte, trinchera a trinchera, y los navíos bajo su mando se batieron como fieras protegiendo la entrada del puerto. Vendiendo carísimo el pellejo, bajo las bombas, volando los fuertes que debían abandonar y hundiendo barcos para obstruir cada paso, los españoles fueron replegándose hasta el recinto de la ciudad, donde resistieron todos los asaltos, con Blas de Lezo personándose a cada instante en un lugar y en otro, firme como una roca. Y al fin, tras arrojar 6.000 bombas y 18.000 balas de cañón sobre Cartagena y perder seis navíos y nueve mil hombres, incapaces de quebrar la resistencia, los ingleses se retiraron con el rabo entre las piernas, y el amigo Vernon se metió las medallas acuñadas en el ojete. Blas de Lezo murió pocos meses después, a resultas de los muchos sufrimientos y las heridas del asedio, y el rey lo hizo marqués a título póstumo. Creo haberles dicho que era vasco. De Pasajes, hoy Pasaia. A tiro de piedra de San Sebastián. O sea, Donosti. Pues eso.
*Autor liberal que de vez en cuando, contradictorio como los liberales, es capaz de aplicarse a dar una información útil sin desbocarse mediante opiniones inconducentes o contradictorias del mismo texto que nos presenta. El carácter católico del héroe mencionado es vertido en otro artículo que se presenta debajo.
BLAS DE LEZO: ¿Medio hombre o 15 y medio?
Tomado del Blog Numeroquince.wordpress
Ahí tenéis al gran ALMIRANTE VERNON dando caponcillos al bueno de BLAS DE LEZO, el jefe militar español al que apodaban MEDIO HOMBRE, por faltarle un ojo, una mano y una pierna -heridas de guerra-, en las monedas conmemorativas de la GRAN VICTORIA DE INGLATERRA SOBRE ESPAÑA EN EL SITIO Y CONQUISTA DE CARTAGENA DE INDIAS en el año 1741. ¿chula la moneda, eh? una vacilada. la podéis ver en vivo y en directo en el MUSEO NACIONAL DE LA ARMADA en Madrid. vale que la armada inglesa era veinte veces más grande de la que disponía la plaza para su defensa, la mayor de la historia después de la ALIADA EN NORMANDÍA, vale; más grande incluso que la INVENCIBLE DE FELIPE II a la que no derrotó ningún ejército, vale; pero la moneda es un punto, menudo rodillazo del bueno de BLAS.
Ah, sólo una curiosidad histórica: LA BATALLA LA GANÓ EL COJO-MANCO-TUERTO y un puñado de hombres a sus órdenes. ¿Lo sabías? ¿no?. Si hubiese sido al revés, una victoria inglesa en franca inferioridad, te sonaría. Si hubiesen sido YANKIS los defensores, te sabrías la batalla de memoria. Si hubiesen sido ESPARTANOS y hubiesen terminado masacrados al final, la tendrías en DVD en alta definición. Pero eran ESPAÑOLES ayudados por indígenas. VERNON se precipitó mandando noticia a INGLATERRA de su victoria apenas al superar la primera línea de defensa costera, ordenando acuñar monedas conmemorativas y pidiendo expresamente que apareciera LEZO arrodillado entregándole sus armas. VENDIÓ LA PIEL DEL TULLIDO ANTES DE COBRARLO. Más adelante los ingleses silenciarían la segunda parte del partido, su derrota más humillante a las puertas mismas de la ciudad. La corona británica prohibió hablar o escribir sobre tal humillación, se mandaron retirar y destruir estas monedas DEL PATINAZO, aunque, como bien podéis comprobar si visitáis el museo… no todas, para escarnio y pedorreta al petimetre y a sus estirados compatriotas.
El político de turno, el virrey de Cartagena, de cuyo nombre no nos vamos a acordar, confabuló en la corte española para que desposeyeran del mérito a DE LEZO atribuyéndoselo él mismo ¿os suena? BLAS murió sólo y arruinado, seis meses después de la batalla, víctima curiosamente de su éxito, de la peste ocasionada por la multitud de cadáveres de los soldados ingleses a los que sus atareados compañeros no tenían tiempo ni de enterrar. Su esposa no disponía de dinero ni para enterrarlo. El estado español le adeudaba una fortuna en la soldadesca de varios años ¿os suena? Pocos días después de su muerte su viuda recibió una carta con su destitución como almirante del ejercito por insubordinación al incompetente del virrey, aunque posteriormente fue rehabilitado por el ejército español gracias a un diario personal en el que detalló el discurrir de los acontecimientos ¿os suena?
Ahora las buenas noticias. Los CARTAGENEROS no sólo no lo olvidaron, sino que le VENERAN y aprenden su vida e historia como salvador de la ciudad y como protector de la América hispana de la codicia inglesa, el verdadero motivo del ataque inglés a Cartagena. El ejército español tampoco se olvidó de él, y así le reconoce como uno de los mejores militares y estrategas españoles de la historia y desde hace tiempo le rinde merecido homenaje en cuya virtud un buque de la armada lleva siempre su nombre.
Ahora también, gracias al gran interés que la historia ha cobrado en estos últimos años, especialmente la militar, y a internet, muchos aficionados han conocido su trayectoria y su gran valor, y lo reconocen hasta el punto de existir una plataforma recogiendo firmas para que la ciudad de Madrid le ponga su nombre a una calle, aunque ya la tiene en varias capitales y en su pueblo natal, PASAJES, en Vizcaya.
Y, para mí, la mejor noticia es que, en mi visita a la librería de EL CORTE INGLÉS buscando mi novela para las vacaciones veraniegas, me topé con un pedazo de biografía escrita por un COLOMBIANO asombrado de que en ESPAÑA nadie hubiese escrito una: EL DÍA QUE ESPAÑA DERROTÓ A INGLATERRA. el título actuaba como un imán, y además conocía el personaje gracias a la estupenda NOSOTROS LOS ESPAÑOLES DE JOSE MARIA MARCO y quería conocer la historia de manera completa. Disfruté el libro como un enano mirando el mar de CÁDIZ, en ROTA, muy cerquita de su casa en EL PUERTO DE SANTAMARIA, dónde este gran español pasó parte de su vida y a la que su viuda retornó después de su fallecimiento. La recomiendo CIENTO QUINCE POR CIENTO. Un pedazo de RELATO HISTÓRICO DEL QUINCE.
EL DISCURSO: todo gran héroe tiene su discurso o SPEECH en el momento clave de la historia, el termino inglés que incluso me gusta más (...). BLAS tuvo varios cruces de bravuconadas con VERNON dignas de la gran pugna que mantuvieron en distintos lances, pero yo me quedo con el siguiente momento: las guerras del Imperio siempre fueron santas, España defendía la FE CATÓLICA, era su defensor más implacable. En el momento decisivo de la batalla, cuando los soldados españoles que defendían el fuerte de SAN FELIPE salieron a la carga sobre los sorprendidos ingleses, que les superaban ampliamente en número, y justo a las doce de la mañana, LEZO ordenó rezar EL ANGELUS, quedándose los dos ejércitos quietos y en silencio, los españoles por sus creencias y los británicos sorprendidos por la sangre fría de aquellos. BLAS aprovechó entonces para sacar un papel de su bolsillo y leer a sus hombres el llamado SALMO 69, que estos se aprestaron a repetir:
Tomado del Blog Numeroquince.wordpress
Ahí tenéis al gran ALMIRANTE VERNON dando caponcillos al bueno de BLAS DE LEZO, el jefe militar español al que apodaban MEDIO HOMBRE, por faltarle un ojo, una mano y una pierna -heridas de guerra-, en las monedas conmemorativas de la GRAN VICTORIA DE INGLATERRA SOBRE ESPAÑA EN EL SITIO Y CONQUISTA DE CARTAGENA DE INDIAS en el año 1741. ¿chula la moneda, eh? una vacilada. la podéis ver en vivo y en directo en el MUSEO NACIONAL DE LA ARMADA en Madrid. vale que la armada inglesa era veinte veces más grande de la que disponía la plaza para su defensa, la mayor de la historia después de la ALIADA EN NORMANDÍA, vale; más grande incluso que la INVENCIBLE DE FELIPE II a la que no derrotó ningún ejército, vale; pero la moneda es un punto, menudo rodillazo del bueno de BLAS.
Ah, sólo una curiosidad histórica: LA BATALLA LA GANÓ EL COJO-MANCO-TUERTO y un puñado de hombres a sus órdenes. ¿Lo sabías? ¿no?. Si hubiese sido al revés, una victoria inglesa en franca inferioridad, te sonaría. Si hubiesen sido YANKIS los defensores, te sabrías la batalla de memoria. Si hubiesen sido ESPARTANOS y hubiesen terminado masacrados al final, la tendrías en DVD en alta definición. Pero eran ESPAÑOLES ayudados por indígenas. VERNON se precipitó mandando noticia a INGLATERRA de su victoria apenas al superar la primera línea de defensa costera, ordenando acuñar monedas conmemorativas y pidiendo expresamente que apareciera LEZO arrodillado entregándole sus armas. VENDIÓ LA PIEL DEL TULLIDO ANTES DE COBRARLO. Más adelante los ingleses silenciarían la segunda parte del partido, su derrota más humillante a las puertas mismas de la ciudad. La corona británica prohibió hablar o escribir sobre tal humillación, se mandaron retirar y destruir estas monedas DEL PATINAZO, aunque, como bien podéis comprobar si visitáis el museo… no todas, para escarnio y pedorreta al petimetre y a sus estirados compatriotas.
El político de turno, el virrey de Cartagena, de cuyo nombre no nos vamos a acordar, confabuló en la corte española para que desposeyeran del mérito a DE LEZO atribuyéndoselo él mismo ¿os suena? BLAS murió sólo y arruinado, seis meses después de la batalla, víctima curiosamente de su éxito, de la peste ocasionada por la multitud de cadáveres de los soldados ingleses a los que sus atareados compañeros no tenían tiempo ni de enterrar. Su esposa no disponía de dinero ni para enterrarlo. El estado español le adeudaba una fortuna en la soldadesca de varios años ¿os suena? Pocos días después de su muerte su viuda recibió una carta con su destitución como almirante del ejercito por insubordinación al incompetente del virrey, aunque posteriormente fue rehabilitado por el ejército español gracias a un diario personal en el que detalló el discurrir de los acontecimientos ¿os suena?
Ahora las buenas noticias. Los CARTAGENEROS no sólo no lo olvidaron, sino que le VENERAN y aprenden su vida e historia como salvador de la ciudad y como protector de la América hispana de la codicia inglesa, el verdadero motivo del ataque inglés a Cartagena. El ejército español tampoco se olvidó de él, y así le reconoce como uno de los mejores militares y estrategas españoles de la historia y desde hace tiempo le rinde merecido homenaje en cuya virtud un buque de la armada lleva siempre su nombre.
Ahora también, gracias al gran interés que la historia ha cobrado en estos últimos años, especialmente la militar, y a internet, muchos aficionados han conocido su trayectoria y su gran valor, y lo reconocen hasta el punto de existir una plataforma recogiendo firmas para que la ciudad de Madrid le ponga su nombre a una calle, aunque ya la tiene en varias capitales y en su pueblo natal, PASAJES, en Vizcaya.
Y, para mí, la mejor noticia es que, en mi visita a la librería de EL CORTE INGLÉS buscando mi novela para las vacaciones veraniegas, me topé con un pedazo de biografía escrita por un COLOMBIANO asombrado de que en ESPAÑA nadie hubiese escrito una: EL DÍA QUE ESPAÑA DERROTÓ A INGLATERRA. el título actuaba como un imán, y además conocía el personaje gracias a la estupenda NOSOTROS LOS ESPAÑOLES DE JOSE MARIA MARCO y quería conocer la historia de manera completa. Disfruté el libro como un enano mirando el mar de CÁDIZ, en ROTA, muy cerquita de su casa en EL PUERTO DE SANTAMARIA, dónde este gran español pasó parte de su vida y a la que su viuda retornó después de su fallecimiento. La recomiendo CIENTO QUINCE POR CIENTO. Un pedazo de RELATO HISTÓRICO DEL QUINCE.
EL DISCURSO: todo gran héroe tiene su discurso o SPEECH en el momento clave de la historia, el termino inglés que incluso me gusta más (...). BLAS tuvo varios cruces de bravuconadas con VERNON dignas de la gran pugna que mantuvieron en distintos lances, pero yo me quedo con el siguiente momento: las guerras del Imperio siempre fueron santas, España defendía la FE CATÓLICA, era su defensor más implacable. En el momento decisivo de la batalla, cuando los soldados españoles que defendían el fuerte de SAN FELIPE salieron a la carga sobre los sorprendidos ingleses, que les superaban ampliamente en número, y justo a las doce de la mañana, LEZO ordenó rezar EL ANGELUS, quedándose los dos ejércitos quietos y en silencio, los españoles por sus creencias y los británicos sorprendidos por la sangre fría de aquellos. BLAS aprovechó entonces para sacar un papel de su bolsillo y leer a sus hombres el llamado SALMO 69, que estos se aprestaron a repetir:
“Ven, Señor, en mi ayuda; apresúrate, Señor, a socorrerme. Queden corridos y afrentados los que atentan contra mi vida. Tornen atrás y queden afrentados los que desean mi desgracia. Haz que se salven tus siervos que en ti esperan, Dios Mío. Sé para nosotros, Señor, Torre inexpugnable. En cuanto a mí, pobre soy y necesitado; ayúdame, Dios mío. Tú eres mi ayuda y mi libertador; no te demores, Señor. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.”
Antes de que los ingleses reaccionaran tenían a los ESPAÑOLES en lo alto, inflamados por la arenga y con el convencimiento, los unos que DIOS estaba de su parte, y los otros QUE LOS HABÍA ABANDONADO DEFINITIVAMENTE. La retirada británica significó una derrota sin paliativos, y en pocos días la ignominiosa debacle inglesa fue un hecho. En Cartagena se llegó a decir que EL MEDIO HOMBRE VALÍA POR HOMBRE Y MEDIO, y nosotros añadimos Y POR QUINCE INGLESES Y MEDIO o más.
LA ANÉCDOTA. Hace cuatro años, la armada inglesa celebró a bombo y platillo el doscientos aniversario de la batalla de Trafalgar. De buen rollito pero en plan vacilón, como les gusta hacer estas cosas a los ingleses, invitaron al acto en el puerto de PORTSMOUTH a las armadas francesa y española, perdedoras en aquella batalla, que enviaron barcos en su representación. ¿A que no sabéis qué barco envió ESPAÑA a conmemorar con los ingleses la batalla?… ¡BINGOOOOO!, la fragata BLAS DE LEZO.
Fuente: EL DÍA QUE ESPAÑA DERROTO A INGLATERRA, PABLO VICTORIA, Editorial Altera y reseña del libro del blog hislibris.
Antes de que los ingleses reaccionaran tenían a los ESPAÑOLES en lo alto, inflamados por la arenga y con el convencimiento, los unos que DIOS estaba de su parte, y los otros QUE LOS HABÍA ABANDONADO DEFINITIVAMENTE. La retirada británica significó una derrota sin paliativos, y en pocos días la ignominiosa debacle inglesa fue un hecho. En Cartagena se llegó a decir que EL MEDIO HOMBRE VALÍA POR HOMBRE Y MEDIO, y nosotros añadimos Y POR QUINCE INGLESES Y MEDIO o más.
LA ANÉCDOTA. Hace cuatro años, la armada inglesa celebró a bombo y platillo el doscientos aniversario de la batalla de Trafalgar. De buen rollito pero en plan vacilón, como les gusta hacer estas cosas a los ingleses, invitaron al acto en el puerto de PORTSMOUTH a las armadas francesa y española, perdedoras en aquella batalla, que enviaron barcos en su representación. ¿A que no sabéis qué barco envió ESPAÑA a conmemorar con los ingleses la batalla?… ¡BINGOOOOO!, la fragata BLAS DE LEZO.
Fuente: EL DÍA QUE ESPAÑA DERROTO A INGLATERRA, PABLO VICTORIA, Editorial Altera y reseña del libro del blog hislibris.
jueves, 1 de julio de 2010
NOTA - REBELDIA CONTRA DIOS
Su rebeldía es contra Ti


"Pero se han extraviado todos juntosy todos se han depravado".
Salmo 52, 4
“Castígalos, Dios,
desbarata sus planes;
arrójalos por la multitud de sus crímenes,
pues su rebeldía es contra Ti”.
Salmo 5, 11.
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