lunes, 28 de octubre de 2013
martes, 22 de octubre de 2013
ENSAYO - EL CINE Y LA MORAL
“El arte tiene como objeto
esencial, y como su misma razón de ser,
el de perfeccionar la
personalidad moral que es el hombre,
por lo cual debe ser él mismo moral”
S. S. Pío XI 1
Un
tema que no se puede soslayar, pero que da lugar a equívocos, es este de la
moral en el cine. En un tiempo donde la desvergüenza o la hipocresía se
establecen para sostener la idea de que la moral cristiana es retrógrada u
obsoleta y que, como todo cambia y evoluciona, la moral también lo hace, el
cine refleja fielmente estos postulados del mundo moderno, muy sutilmente y
casi desde sus comienzos (desde luego, con las excepciones del caso, como las que
ya dejamos asentadas en nuestros ensayos y críticas de películas).
Si el cine
tiene connotaciones peligrosas para nuestro comportamiento moral ello se debe a
que la moral ha sido desligada de la Verdad, y nosotros, receptores cuya oscura
mirada necesita ser iluminada por la fe, nos dejamos influenciar por aquello
que vemos y nos atrae sin el debido discernimiento. Si no amamos lo suficiente
la verdad, poco a poco nos dejamos arrastrar por aquello que se le opone. Las
mentes han sido hechas para la verdad, la cual y sólo la cual las hará libres.
La inteligencia, sin embargo, sin la gracia, camina ciega hacia el error, y el
error afecta al penetrar nuestra inteligencia nuestros actos. Se va formando
así, poco a poco, una visión del mundo contraria a aquella que creemos sostener
o sostenemos de palabra. De allí lo que Kierkegaard no se cansaba de fustigar:
un cristianismo sin cristianos.
LA CONVERSIÓN DE JOHN WAYNE EN EL LECHO DE MUERTE
La conversión de John Wayne en el lecho
de muerte
El 11 de
junio de 1979 (dentro de pocos días será su aniversario) murió el legendario
John Wayne, una de las más grandes estrellas de Hollywood. A los pocos días, se
supo que había abrazado el catolicismo en su lecho de muerte.
Muchos quisieron desautorizar esa noticia, y la duda permaneció durante algunos
años. Tiempo después, cuando las aguas volvieron a su cauce, dos personas muy
cercanas al actor contaron lo sucedido: Su nieto, el sacerdote Matthew
Muñoz, y su hijo, el también actor Patrick Wayne.
En una entrevista concedida a la prensa, Fr. Matthew Muñoz contaba: “Cuando éramos pequeños íbamos a su casa y sencillamente pasábamos el rato con el abuelo, jugábamos y nos divertíamos. Una imagen muy diferente de la que tenía la mayoría de la gente de él”.
En una entrevista concedida a la prensa, Fr. Matthew Muñoz contaba: “Cuando éramos pequeños íbamos a su casa y sencillamente pasábamos el rato con el abuelo, jugábamos y nos divertíamos. Una imagen muy diferente de la que tenía la mayoría de la gente de él”.
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| El Padre Matthew Muñoz, nieto de John Wayne. |
El sacerdote, que vive actualmente en California, recordó que la primera esposa del actor –y su abuela- Josefina Wayne Sáez fue el principal instrumento que Dios utilizó para evangelizar a la estrella del cine. De origen dominicano, Josefina “tuvo una maravillosa influencia sobre la vida de mi abuelo, y lo introdujo en el mundo católico”.
John Wayne se casó con Josefina Sáez en el año 1933. Tuvieron cuatro hijos; el menor de ellos, Melinda, es la madre del Padre Muñoz. John se divorció de Josefina años más tarde. Por su fe católica, la joven decidió no volver a casarse hasta la muerte de su ex marido, por cuya conversión rezó siempre a Dios.
![]() |
| Wayne y su hijo Patrick. |
Fr. Matthew Muñoz
tenía 14 años cuando su abuelo murió de cáncer. Siempre recuerda que Wayne tuvo
un gran aprecio por las enseñanzas cristianas. “Desde temprana edad, mi
abuelo tuvo un gran sentido de lo que era moralmente correcto. Se crió
en un mundo regido por principios cristianos y una especie de ‘fe
bíblica’ que, creo, tuvo un fuerte impacto sobre él”. También recuerda que
“pasado el tiempo, mi abuelo fue involucrándose en la recaudación de fondos
para los pobres y para las labores sociales de la Iglesia que organizaba
siempre mi abuela, y después de un tiempo, notó que la visión caricaturesca
que le habían infundido sobre los católicos no se correspondía con la realidad”.
De hecho, sus siete hijos y sus 21 nietos fueron bautizados en la Iglesia católica. Y su amistad con el director católico John Ford, que le lanzó a la fama con la película La diligencia (1939) se notó con el paso del tiempo.
De hecho, sus siete hijos y sus 21 nietos fueron bautizados en la Iglesia católica. Y su amistad con el director católico John Ford, que le lanzó a la fama con la película La diligencia (1939) se notó con el paso del tiempo.
viernes, 30 de agosto de 2013
OBSESIONES HITCHCOCKIANAS
Con motivo de cumplirse recientemente
un nuevo aniversario del nacimiento de Alfred Hitchcock, un sitio reproduce una
serie de esquemas gráficos que a la manera del gran diseñador de títulos Saul Bass
diera a conocer The Guardian.
Destaca en primer lugar el que
reproducimos acerca de “la Caída”, uno de los temas recurrentes en el cine de
Hitchcock que ya habíamos destacado en nuestro trabajo especial didáctico sobre
el cine del gran maestro. Lo que no se ahonda en este trabajo gráfico que ahora
reproducimos es el porqué de tal idea, lo cual es una de las razones por las
cuales no se comprende sino muy parcial y lateralmente la mirada total del cine
de Hitchcock, que obedece a su visión católica del mundo.
Otro interesante esquema refleja el
pesonaje de “la madre”, en muchísimos films de Hitchcock y, contra lo que uno
podría creer o recordar, muchísimas veces positivo. Incluimos debajo el resto
del diseño “Saul Bass” de algunos de los temas hitchcockianos.
sábado, 3 de agosto de 2013
LA VIDA INTERIOR – G.K. CHESTERTON
La noticia de que
unos europeos han naufragado en la costa de una isla desierta es satisfactoria,
en la medida en que demuestra que todavía hay islas desiertas a las que se
puede ir a parar. Además, es también interesante porque esos hechos recientes
confirman los relatos más antiguos. Por ejemplo, los críticos superiores han
desdeñado con frecuencia los trabajos de Robinson Crusoe, alegando sobre todo
que utilizó en gran parte los recursos que contenía el barco naufragado. Pero
las personas reales que naufragaron hace unas pocas semanas dependían por
completo de sí mismas, no obstante lo cual los críticos no se interesaron por
la aventura. Hace unos años, cuando la ciencia física era tomada muy en serio,
se escribió un libro para muchachos inteligentes titulado La isla Perseverancia.
Se escribió para mostrar cómo debía haber sido escrito Robinson Crusoe. En este
relato, el náufrago no aprovechaba para nada los recursos del barco
naufragado. Lo hacía todo con los materiales brutos que encontraba en la isla.
Claro está que en
realidad es completamente injusto comparar Robinson Crusoe con libros para
muchachos como La isla Perseverancia o La familia suiza de los Robinson, no
sólo porque se trata de una literatura muy superior, sino también porque es
literatura con una finalidad completamente distinta. Compararla con las otras
porque en todas ellas la acción se desarrolla en una isla desierta no es mejor
que comparar Cumbres borrascosas con La abadía de Northanger porque ambas se
refieren a una vieja casa campesina, o La capilla de Salem con Nuestra Señora
de París porque ambas se refieren a un templo. Robinson Crusoe no es una novela
de aventuras, sino más bien una novela de la falta de aventuras; es decir, en
la primera parte, que es la mejor de la obra. Dos veces corre Crusoe al mar
desobedeciendo a sus padres y las dos veces naufraga o pasa por otros peligros.
La tercera vez tenemos la sensación de que ha sido elegido por Dios para
algún juicio extraño. Y ese juicio extraño es la idea central y poética de
Robinson Crusoe. Es un castigo del cielo n0 por medio de peligros, sino de una
seguridad terrible. El salvamento de los bienes de Crusoe, la comodidad
relativa de su vida, las riquezas naturales de la isla, sus relaciones humanas
con muchos animales…todo ello constituye un marco exquisitamente artístico para
la idea terrible de un hombre al que Dios ha arrojado de entre los hombres. Una
simple serie de aventuras sucesivas no habría dejado a Crusoe tiempo para
pensar, y toda la finalidad de la obra es hacer que Crusoe piense. Es cierto
que luego Defoe enreda al protagonista con indios y españoles, y creo que con
ello la narración pierde la nobleza pura de su idea original. Es absurdo
comparar a un libro como éste con los relatos corrientes acerca de goletas,
palmeras, alfanjes y cueros cabelludos. La condenación y maldición de Crusoe
no fue una vida aventurera, sino una vida sin aventuras.
Pero esto quizá sea
apartarnos del tema, si es que hay un tema. Tratemos de volver a la isla
desierta y a la moraleja que se puede extraer de la aventura de los afortunados
australianos. El punto principal y más importante es éste: que cuando uno lee
lo ocurrido a esas cuarenta v cinco personas arrojadas a una isla desierta del
Pacífico lo primero que siente es envidia. Luego recuerda uno que sin duda
habrá habido inconvenientes, que el sol calienta mucho, que los toldos no dan
sombra hasta que se los tiende, que los bizcochos y la carne envasada pueden
llegar a hacerse demasiado monótonos y que la persona más aventurera que ha
ido a parar a la isla comenzará antes que transcurra mucho tiempo a pensar en
el problema de salir de ella. Pero sigue siendo cierto que antes de hacerse
todas esas reflexiones el alma del hombre ha exclamado como el disparo de un
fusil: “¡Qué divertido!” Creo que el instinto del ser humano es algo interesante,
y quizá merezca la pena analizar ese deseo secreto de naufragar en la costa de
una isla.
Ese
sentimiento nace en parte de una idea que está en la raíz de todas las artes: la
idea de la separación. La novela trata
de separar a ciertas personas del montón de la humanidad, lo mismo que la
estatua se separa del montón de mármol. Leemos una buena novela no para conocer
a más personas, sino para conocer a menos. En vez del enjambre zumbador de
seres humanos, parientes, conocidos, sirvientes, carteros, visitantes
vespertinos, comerciantes desconocidos que nos dicen la hora, extraños que
nos hablan del tiempo, mendigos, camareros y mensajeros de telegramas; en vez
de ese enjambre aturdidor de seres humanos con los que nos tenemos que ver
todos los días, la novela nos pide que sigamos a una persona (digamos al
cartero) continuamente a través de sus éxtasis y angustias. Esto es lo que hace
que uno se sienta impaciente con ese tipo de rebelde pesimista que está
siempre quejándose de la estrechez de su vida y exige una esfera más amplia.
La vida es demasiado amplia para nosotros tal como es; tenemos que atender a
demasiadas cosas. Toda novela auténtica es un intento de simplificarla, de
reducirla a proporciones más sencillas y gráficas. El prosaísmo que hay en
nuestra vida nace principalmente de su rapidez; las personas pasan por nuestro
lado con demasiada rapidez para que puedan mostramos su lado interesante. Al
cabo de la semana hemos conversado con un centenar de pelmazos; en cambio, si
nos hubiéramos limitado a uno de ellos quizá nos habríamos encontrado
conversando con un amigo nuevo, o un humorista, o un asesino, o un hombre que
había visto un espectro.
No creo que haya
personas vulgares; es decir, no creo que haya personas cuya vida carezca de
interés o cuyo carácter sea realmente incoloro. Pero lo malo es que uno pueda
verlas tan rápidamente en montón, como un agrimensor, y lleve tanto tiempo el
verlas una por una como son realmente, como un gran novelista. Mirando por la
ventana veo una callejuela empinada, con una hilera de casitas presumidas que
descienden colina abajo en la fila india más decorosa. Si yo fuese propietario
de esa calle o un filántropo visitante que me dejara ver en esa calle, me sería
fácil abarcarlo todo de una mirada, hacer el cálculo y decir: “Son casas de
cuarenta libras anuales.” Pero supongamos que yo fuera el padre confesor de esa
calle: ¡qué terrible y distinta me parecería! Cada casa se separaría de la
vecina como por un terremoto y quedaría sola en un desierto del alma. Yo sabría
que en esta casa un hombre enloquece a causa de la bebida, que en aquella otro
hombre se ha separado de su mujer, en la inmediata una mujer se halla al borde
del abismo, que en la siguiente otra mujer vive una vida ignorada que en
épocas más devotas habría podido figurar en las hagiografías y convertirse en
fuente de milagros. La gente habla mucho de la disputa entre la ciencia y la religión,
pero la diferencia más honda consiste en que lo individual es mucho mayor que
lo común, en que la vida interior es mucho más amplia que la exterior.
Muchas veces, cuando
viajo con tres o cuatro desconocidos en lo alto de un ómnibus, he sentido el
impulso violento de arrojar al conductor de su asiento, llevar el ómnibus
hasta algún lugar alejado, hacerlos bajar a todos en un campo y decirles:
“Quizá no nos volvamos a ver nunca en este mundo. Vamos, entendámonos
mutuamente.” No afirmo que el experimento diese buen resultado, pero creo que
el impulso a hacer eso está en la raíz de toda la tradición poética sobre los
naufragios y las islas.
viernes, 26 de julio de 2013
miércoles, 24 de julio de 2013
LA HÉLICE Y LA IDEA – VÉRTIGO POR ERIC ROHMER
« Él
mismo, por sí mismo, consigo mismo, homogéneo, eterno. »
Platón
[Texto publicado originalmente
en Cahiers du cinéma, n° 93, marzo de 1959, y recogido en la compilación de
textos críticos de Rohmer realizada por Jean Narboni, Le Goût de la beauté, Flammarion,
Paris, 1989. Traducción: FLV.]
Fácilmente habríamos perdonado a Hitchcock que
tras el austero Wrong Man hubiera continuado con una obra liviana, o al menos
más accesible para la multitud. Tal vez fue esa su intención, cuando decidió
llevar a la pantalla la novela de Boileau y Narcejac D’entre les morts. Pero el
esoterismo de Vértigo, dicen, produjo repulsión en los EEUU. En contrapartida,
la crítica francesa parece haberle deparado un cálido recibimiento. Vemos así a
Hitchcock colocado por nuestros colegas en el lugar que nosotros siempre le habíamos
asignado. Y nos vemos de pronto, al mismo tiempo, privados de la agradable
tarea de salir en su defensa.
Será inútil buscar en otro lugar entonces la
medida de su genio. Hitch es lo bastante ilustre como para que no haya derecho
a compararlo más que consigo mismo. Si puse como epígrafe a esta crítica una
frase de Platón (inscripta por Edgar Poe en el encabezamiento de Morella, cuyo
argumento, en algunos puntos, se asemeja al de Vértigo), no es porque pretenda equiparar
a nuestro cineasta con el autor del Parménides (o con el de Historias
extraordinarias), sino simplemente proponer una clave posible que promete,
según creo, abrir más puertas que otras. Si parece un poco pretenciosa, pues lo
lamento. Por cierto que no se trata aquí de hacer de Hitchcock un metafísico:
el único culpable de metafísica sería aquí el comentador, que en todo caso la
cree cómoda, y en modo alguno inútil.
Vértigo me parece entonces como la tercera pieza
de un tríptico, cuyas dos primeras
serían La ventana indiscreta y El hombre que sabía demasiado. Estos tres films
son films de arquitectura. En principio por la abundancia, en los tres, de
motivos arquitectónicos en el sentido estricto del término. Aquí, toda la primera
media hora es incluso una suerte de documental sobre el decorado urbano de San
Francisco. El telón de fondo lo proveen un cierto número de viviendas estilo
1900, sobre las que suele detenerse el objetivo de la cámara, del mismo modo en
que lo había hecho con sitios de la Costa Azul en Para atrapar al ladrón. Su
razón de ser inmediata, pragmática, es que crean una impresión de extrañamiento
temporal: simbolizan el pasado hacia el que vuelven la mirada tanto el
detective como la supuesta alienada.
A lo largo del film encontraremos otra
arquitectura más antigua, la de un monasterio
español del siglo XVIII, ligada ésta más directamente, por la torre que se
cierne sobre ella, al tema mayor de la historia: el vértigo. Y de pronto hemos
avanzado un paso más en la analogía con los dos films precedentes. En cada uno
de ellos, el protagonista es víctima de una parálisis que afecta su
desplazamiento en cierto medio [1].
En La ventana indiscreta, se trata para el periodista de una inmovilidad
forzada respecto del espacio. En El hombre que sabía demasiado, el futuro es
conocido (en conformidad con el título) demasiado bien por el médico y su
esposa, pero al mismo tiempo demasiado poco: su parálisis es la ignorancia, el
campo de ejercicio no es ya el espacio, sino el tiempo. En Vértigo, el
detective (interpretado nuevamente por James Stewart, que encorsetado, lanza un
guiño al fotógrafo de La ventana...), es víctima también de una parálisis: el
vértigo. El medio, esta vez, lo constituye el tiempo, pero no el tiempo del
presentimiento, orientado hacia el porvenir, sino el tiempo dirigido hacia el
pasado, el tiempo de la reminiscencia.
Como los otros dos, Vértigo es un film de puro
“suspense”, es decir, de construcción. El resorte de la acción no será ya
construido por la marcha de las pasiones, o una moral trágica (como en Under Capricorn,
I Confess, o The Wrong Man), sino por un proceso abstracto, mecánico,
artificial, exterior, al menos en apariencia. En estos tres films, no es el
hombre el que constituye el elemento motor. Tampoco el destino en el sentido en
que lo entienden los griegos, sino la forma misma de esos entes formales que son
el Espacio y el Tiempo [2]. Se
debatirá infinitamente si hay “suspense” o no, en Hitchcock. En el sentido más
general del término, tener en vilo al espectador, afirmaremos que siempre lo ha
habido, y aquí más que en otros lugares, aunque la clave policial (aquella con
la que cierra la novela) nos sea provista sólo a media hora del final. Ya
sabíamos que no eran los arcanos de una investigación policial, por hábil que ésta
fuese, los que abrían las puertas secretas de Hitchcock. Y es que siempre
queremos saber, saber cada vez más a medida que se nos entrega una dosis mayor
de verdad, y lo importante es que la solución del enigma no haga explotar como
una pompa de jabón la masa de la intriga que, hasta último momento, se había
desarrollado como una bola de nieve (algo que podría reprochársele por ejemplo
a Para atrapar al ladrón) [3]. Aquí,
el suspenso tiene un doble efecto: no sólo sensibiliza respecto del porvenir,
sino que revaloriza el pasado. Pues el pasado no es en este caso esa masa
desconocida que un autor por derecho divino mantiene en reserva y que, traída a
la luz, bastará para desenmarañar todos los nudos. Advertimos en cambio que
éstos se vuelven aún más impracticables con su reaparición. A medida que se
disipan las brumas de la historia, aparece una nueva figura que no conocíamos
como tal, pero que estuvo siempre presente. Se trata de esa Madeleine que hemos
creído verdadera, y sin embargo jamás conocida de verdad, fantasma auténtico en
todo caso, ya que sólo existía en la mente del detective, ya que era sólo una idea.
ALGO MÁS SOBRE “EL HOMBRE DE ACERO”
Apenas
unas menciones que se nos quedaron en el tintero, para completar en lo posible
la comprensión de lo que hay detrás de esta película como un ejemplo del cine
que hoy ha pasado a ser no sólo un entretenimiento, ni un medio de comunicación
(por supuesto que no arte), sino una forma de adormecimiento de las masas a la
vez que la instalación de determinados temas, ideas o situaciones por parte de
las élites del poder mundial para la próxima realización mesiánica de una “Nueva
Era”.
1-Se
nos había olvidado que debe destacarse la escena en que el superhéroe de acero
vence –y por lo tanto mata- a su archienemigo Gral. Zod (foto). Luego de una
pelea titánica y extensísima donde entre ambos destruyen una ciudad entera,
Superman logra recluirlo y, debido a que Zod está a punto a destruir a unas
personas inocentes, lo mata. Es entonces cuando Superman o Kal-el estalla en un
grito de dolor por haberlo hecho. ¿Y por qué? Por la razón de que Zod era el
último natural de Krypton viviente, además de él. Es decir que ha matado a su
hermano. Esto es: Caín ha matado a Abel. Ha matado a aquel que obedeciendo a
sus dioses quería continuar las enseñanzas recibidas en su tierra natal. Pero
Superman (o Caín) debió desobedecer esos mandatos de los dioses de Krypton. De allí
su dolor.
2-El
guionista de la película se llama David Samuel Goyer y no es italiano,
precisamente. Según refiere, de niño era atacado por “haber matado a Jesús”, lo
cual lo dejó marcado y afirmado en su posición. Hoy escribe películas tan
edificantes como las series de Blade,
Batman, Ghost rider o Superman o
novelas cuyos títulos son Heaven's Shadow,
Heaven's War y Heaven's Fall (2013).
3-
Incluimos debajo el tráiler de la película, el cual puede –y de hecho resulta-
muy instructivo sobre el tipo de película que es esta de que hemos hablado. Por
cierto, un amigo nos advierte que en el minuto 0.37, Clark Kent sostiene sobre
sí lo que parece ser una cruz de hierro en medio del fuego (tras lo cual
terminará bajo el agua con los brazos abiertos en cruz, como si hubiese terminado
allí su misión crística salvífica).
viernes, 19 de julio de 2013
CRÍTICA - MAN OF STEEL
EL
HOMBRE DE ACERO
Dirección:
Zack Snyder - 2013
TEMPESTADES
DE ACERO
“No hay salvación en ningún otro. Pues no
se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual debamos
salvarnos”.
Hechos de los Apóstoles, 4, 12.
No intentamos hacer un estudio exhaustivo de
esta película, pero sí queremos dar algunos pocos puntos de referencia para
escudriñar su sentido general. Para completar mayores detalles incluimos al
final algunos links donde se puede abrevar con interés.
Como hemos venido explicando hace ya bastante
tiempo, la ofensiva gnóstica anticristiana por parte de los medios masivos de
difusión es vehiculizada por el cine hollywoodense –cada vez con mayor
protagonismo- mediante su puesta en escena “salvacionista” que involucra al
mundo entero. En este caso lo hace a través de una super-producción que puede
ser considerada, en el argot vulgar del periodismo, un “tanque” (atmosférico,
agregamos), que vuelve a traernos al “salvador” por excelencia de la pueril
mentalidad yanqui-judía, que es “Superman”. ¿Hace falta acaso decir que es un
superhéroe judío? Ellos mismos así lo manifiestan (puede ampliarse en nuestro
estudio sobre Hollywood),
ya desde la propia mención de su nombre, pues todos lo que terminan en “man”,
como afirman, lo son: Burman, Liberman, Goldman, Bergman…Superman.
Lo novedoso en este caso es que ya no se teme en
hacer explícita la blasfemia (¿acaso porque los católicos adormecidos en
especial hoy con el “francisquismo” son incapaces de entenderla?), involucrando
directamente a N. S. Jesucristo en tan portentosa falsificación, con vistas a
moldear (entreteniéndolas) a las masas soporizadas de los shoppings-mall.
Es esta constante mención crística la que ha
hecho que los periodistas (no decimos críticos) de los medios masivos recelaran
un tanto de esta película (al menos en Argentina), donde lo único que querían
encontrar era una estúpida y pasatista aventura estrafalaria, y no signos de otra cosa que tuviera que hacerlos
pensar, misión imposible a estas alturas.
Por supuesto que tampoco se escucharán voces
condenatorias por parte de los hombres de la iglesia conciliar, muy ocupados en
no desagradar al mundo. Pero lo cierto es que el cine de Hollywood está
llegando a unos extremos en que cada vez se hace más explícita su onerosa
contribución al servicio del futuro Anticristo y la instauración de un Nuevo
Orden Mundial. Para esto también se hace campaña a través de la instalación en
la mentalidad moderna de la posible existencia de seres de otros planetas (dos
enlaces al respecto al pie de esta nota).
Destacaremos los siguientes nudos de sentido que
nos parecen ineludibles:
-“Man of Steel” comienza con una escena muy
significativa: la madre de Superman dándolo a luz, en -según se dice
explícitamente- el único nacimiento natural que ha habido en Krypton desde hace
muchísimo tiempo. Su madre tiene un parto natural y sufre mucho, como una mujer
más. El resto de los nacimientos se producen sin intervención de la mujer, de
manera artificial. ¿Es esto una condenación de la fecundación artificial, como
quisieron ver algunos? Nos parece claro que no. Este parto puede –y la economía
simbólica siniestra de la película pide- dos sentidos. Allí en ese otro
planeta, fuera de la tierra, como si estuvieran en el cielo y fueran ángeles (a
pesar de su corporeidad), los habitantes son fecundados sin intervención
natural de hombre y mujer. Es decir que en algún sentido vienen a la vida del
mismo modo como lo hicieron Adán y Eva. No hay relación sexual. En cambio, el
primer nacimiento natural, cuando la mujer debió parir con dolor, ya fuera del Paraíso,
fue el de Caín, el hijo del pecado. El nacimiento de Superman (llamado en
realidad Kal-el, el sufijo “el” lo vincula a Dios, así como los ángeles se
llaman Mika-el, Rafa-el, Gabri-el y…Luzb-el) lo separa del resto. Por otra
parte, al ser Kal-el el futuro Salvador de la tierra, debe vincularse su
nacimiento al de Jesucristo, que fue todo lo contrario: el primer parto sin dolor
pues no fue “natural”. De tal manera que la madre de Superman cumple un doble
papel: da a luz a Caín que es, a la vez, el Salvador. Una afrenta a la
Santísima Virgen, madre del Salvador. Es notorio, además, el semblante judío de
la actriz: pero es que precisamente la actriz que interpreta a la madre, Ayelet Zurer, no solamente es judía, sino
además nacida en Tel Aviv, Israel. Con lo cual cierra perfectamente el sentido
de su personaje y de que la película abra con tal escena. El nuevo Mesías, el
nuevo Salvador victorioso, que es hijo del pecado, es judío.
-Como en “Avatar”, hay dos civilizaciones de
planetas diferentes que se enfrentan a muerte. Y hay un “salvador” mesiánico
que llega de un planeta distante para convertirse en el “salvador” del otro. En
ambas películas, hay una exaltación del Hombre (abstracto) y una denigración de
los hombres (concretos). Parece contradictorio, pero ese es el juego del
diablo. Le hace creer al hombre que es como un dios, pero a la vez lo manipula,
lo odia y lo envilece. En Superman, por ejemplo, a la vez que éste se hace
humano adoptivo y aprende de los hombres exaltando esta condición, las masas
son presentadas como hormigas manipulables e indefensas ante los poderes de los
titanes de Krypton (con la excepción de una élite inteligente: el científico,
el periodista). Si el hombre en general es bueno, necesita a Superman para
vencer a los invasores extranjeros. Pero los hombres no son impotentes porque
han pecado, sino porque todavía no han alcanzado un desarrollo científico
suficientemente alto para elevarse más a sí mismos. De hecho la ciencia –a
través de un personaje, el científico- juega un papel importantísimo en la película, al contrario que la religión.
-Precisamente hay otra escena muy breve pero muy
importante, que es cuando Clark Kent, después que el Gral. Zod ha exigido que
se entregue a cambio de no destruir el planeta, va a consultar a un pastor
protestante. En la imagen puede observarse perfectamente detrás de “Superman”,
la imagen de Jesucristo en un vitral de la capilla. Cristo está detrás, en
segundo plano, porque el personaje de veras importante es Kent/Superman, en
primer plano. Explícitamente se hace mención de Cristo detrás de este nuevo
“Mesías”, por lo cual, no se niega a Cristo, se lo niega en cuanto a ser el
Mesías esperado por los judíos. Aquel ya pasó, éste que tenemos ahora ante
nuestros ojos es el que necesitamos. Esto queda claro puesto que “no se ha dado
a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual debamos salvarnos”, y
sin embargo allí tenemos a alguien más, a otro nombre, a otro hombre-dios que
va a salvarnos. De esto se hace mención muchísimas veces en la película: muchos
personajes dicen de Superman que es “nuestro salvador” o “él me salvó”, etc. Sigamos
con esta escena. Ante la consulta de Clark Kent, el pastor le dice que siga lo
que le diga su corazón (el corazón no puede equivocarse, claro…), y antes de que
Clark Kent abandone el templo no del todo convencido, el pastor le dice una
cosa tremenda: que antes de tener convicción para hacer algo, hay que hacer un
acto de fe. ¿Fe en qué? Puesto que Kent le había manifestado que tenía aún
dudas de si los hombres no lo iban a traicionar, de lo que se trata –y es
aquello en que él se debate- es de tener fe en el hombre, fe en el Hombre con
mayúsculas y no en Dios o en los “dioses” o los “ángeles” que vienen desde el
otro planeta. No, por supuesto, en el Dios trinitario, no en Jesucristo. Terrible
falsificación, ya que Cristo vino a salvar a los hombres por amor al Padre y
los amó con ese amor. Será precisamente uno de los ardides del Anticristo
hablar del amor al Hombre y a la Humanidad, deificados mientras se odia a Dios.
Definitivamente, Dios aquí no tiene nada que ver y la inclusión de esa mención
“cristiana” se debe al sólo objeto de convencer al ciudadano de Kansas City
(los Kent son granjeros de allí) como a los ingenuos protestantes
norteamericanos, que la cosa no es contra Cristo ni contra Dios. El
protestantismo ha sido el gran vehículo utilizado por la Sinagoga para disolver
la Religión Católica y a caballo suyo el liberalismo ha permitido y propiciado
la descristianización y la judaización del catolicismo en el mundo moderno. Pero,
como decíamos antes, ese subalterno papel le cabe a la religión en el film,
pues no tiene más respuestas para enfrentar ese peligro que el de afirmar que
hay que tener fe en el hombre. El papel estelar le corresponde a la ciencia y…a
la prensa.
-Agreguemos este hecho: Kal-el/Superman sólo tiene super-poderes cuando está en la
tierra, según se explica, debido a las condiciones propias de la atmósfera de
nuestro planeta. Cuando Superman es llevado a la nave de Zod que reproduce la
atmósfera del planeta Krypton, allí Superman pierde sus fuerzas. Es decir que Superman
es agraciado, recibe la gracia que lo “diviniza” en la Tierra y no allá en el
Cielo. La gracia, la divinidad, y en consecuencia el mesianismo le son dados
por la Tierra donde habita el Hombre. Quiere decir que sin este planeta del
Hombre Superman no sería Superman, es decir, el “Salvador” no sería “Salvador”
sino uno más entre tantos.
-Como ya se ha dicho y resulta muy obvio, como
N.S. Jesucristo, Clark Kent/Superman pasa casi toda su vida junto a sus padres
(es único hijo) hasta que debe asumir su misión pública. Y a los 33 años se
ofrece en “sacrificio” por la humanidad para luego salvarla de un enemigo
super-poderoso de los hombres como Satanás. También aparece Superman con los brazos abiertos en cruz en más de una oportunidad: una muy notoria cuando se lanza en el espacio para ir a salvar el mundo.
-Como Cristo, Superman asume la naturaleza
humana, con esta gran diferencia: Cristo se hizo débil, pequeño, humilde, de
barro; Superman al llegar a la tierra, debido -según ya dijimos- a las
características de la atmósfera terrestre, ve sus condiciones naturales
crecidas hasta el punto de llegar a ser super-fuerte, super-veloz, super-resistente,
de acero. Cristo asume nuestros pecados; al hacerse el Verbo hombre, se hace
débil. Superman asume nuestra orgullosa naturaleza; al hacerse hombre, se
potencia.
-Como Cristo, Superman es capaz de hacer
curaciones “milagrosas” a través de sus super-poderes. Cura a una mujer (Louise
Lane) que tiene una hemorragia interna.
-Superman aparece en el primer tramo de la
película como pescador en un barco, en medio de una terrible tormenta: lleva
barba como Cristo y logra salvar a los pescadores de una muerte segura. Luego
cae al agua con los brazos en cruz. Otra innegable referencia crística que más
bien apunta a esto: Superman es el nuevo Mesías, o el Mesías que esperan los
judíos, el Mesías que ellos querían en lugar de Cristo. De hecho esa imagen
mesiánica de Kent barbado –que no puede detener la tormenta- termina bajo el
agua. Luego, al asumir su verdadero mesianismo ya no usará la barba y vestirá
no ropas humildes, sino un disfraz de superhéroe.
-Los padres de Kent (en la película Kevin
Costner y Diane Lane) llevan el papel de San José y la Virgen María. Humildes
granjeros de Kansas que crían a su hijo sabiendo que éste es distinto a los
demás, “venido de las estrellas”. Otra vez, se muestran dos cosas muy malas:
Clark Kent deja morir a su padre en medio de un tornado pudiendo salvarlo, y lo
hace por obediencia porque éste no quiere que muestre sus super-poderes hasta
que el mundo esté listo para comprenderlo y aceptarlo. Y para eso se necesita
una mayor comprensión científica y menos prejuicios. Culpa de los hombres Kent
debe dejar que su padre muera. Su madre viuda, mostrará en otro momento una
gran debilidad frente al General Zod y los invasores alienígenas.
Contrariamente a la figura de la Santísima Virgen, a quien más le teme el
diablo, aquí esta madre del nuevo salvador es zarandeada y arrojada al piso, e
incluso en su debilidad delata a su hijo.
-El mal en esta película está representado por
un militar golpista y genocida: el General Zod (como en “Avatar”, es un militar
caricaturesco el malo y una mujer científica la buena, en este caso el bien se
reparte entre un científico y una periodista). La película muestra este detalle
interesante: en Krypton los gobernantes demócratas han llevado el planeta a su
autodestrucción por ineptitud. En esto están de acuerdo Zod y el padre de
Superman (Russel Crowe), que es un científico. Ambos coinciden en su
diagnóstico pero difieren en la solución. El Gral. Zod quiere exterminar a los
no aptos y Jor-el cree que es mejor mudarse de planeta. No se descarta,
entonces, el brazo fuerte de las armas, sino su mala utilización, que deben
estar gobernadas bajo la guía de la ciencia. Por otra parte, podría
interpretarse a Zod como al líder de un pueblo orgulloso de sí mismo (el judío)
que quiere extenderse a otras tierras sin importar las consecuencias. Superman,
su contrario, cree en cambio que debe “asimilarse”. De hecho la mayoría de los
judíos viven fuera de Israel. Pero lo cierto es que se ve muy bien que al
“asimilarse” en otra tierra Superman no sólo no pierde, sino que sale ganando:
se hace un líder fuerte y super-poderoso, amado por los otros hombres
inferiores a él. El asunto es el siguiente: en la película se dice que Superman
porta en su cuerpo el “códex” de su raza, esto es, podría continuar
genéticamente a todo su pueblo en la tierra, creadas previamente unas
determinadas condiciones ambientales. Es decir que el Mesías Superjudío (o
Anticristo) lleva en sí la posibilidad de reproducir a su pueblo en otras
tierras. Un planteo que presumimos se verá desarrollado en las dos próximas
películas que se tiene previsto realizar de este “Hombre de acero”.
Habría que referirse también a la estructuración
simbólica que intenta imponer el
gnosticismo, como ya lo señaláramos en nuestro trabajo sobre “Avatar”, y el esquema
elaborado por Joaquín de Fiore a fines del siglo XII para arribar a una nueva
era en la historia del mundo, que se sintetiza en cuatro símbolos o vectores:
1-Una tercera fase en la Historia Universal,
superadora de las anteriores. En este caso la superación de las religiones
devendrá por la comprensión cósmica obtenida a través de la ciencia y unos
conocimientos que nos son donados por seres de otro planeta. Esa tercera fase
se está gestando desde hace cientos de años y hoy lleva el nombre de
Globalización o Nuevo Orden Mundial.
2-Un caudillo o líder que da comienzo a esta
nueva etapa. Un “Mesías” y “Salvador”. Será el Anticristo. En la película, es Superman.
3-Este “Mesías” tiene un precursor. Así como N.
S. Jesucristo tuvo a San juan Bautista. En la película el papel está otorgado a
una mujer, Louise Lane, que también lleva el papel de co-redentora (por eso se
entrega junto con Superman a sus enemigos, donde el superhéroe es “crucificado”
en la nave de Zod).
4-Las instituciones –en especial las religiosas-
están subordinadas a la comunidad que encabeza este Caudillo. No hay mediación
de una Iglesia, por ejemplo. Ya no hace falta. Como dice Eric Voegelin: “El cuarto símbolo es el de la fraternidad
entre personas autónomas. La tercera edad de Joaquín, en virtud de la nueva
venida del Espíritu Santo, transformará a los hombres en miembros del nuevo
reino sin la mediación sacramental de la gracia. En esta tercera Era dejará de
existir, porque los dones carismáticos necesarios para la vida de perfección le
llegarán al hombre sin necesidad de la administración de los sacramentos.
Aunque el propio Joaquín concebía la organización de la nueva edad
concretamente como una orden monástica, la idea de una comunidad formada por
los que habían alcanzado la perfección espiritual y que podían convivir sin
necesidad de autoridad institucional quedó entonces formulada en principio. Esta
idea era capaz de variaciones infinitas. Se la puede hallar en diversos grados
de pureza tanto en sectas medievales y del renacimiento como en las iglesias
puritanas de los Santos; en su forma secularizada ha llegado a ser un
componente formidable del credo democrático contemporáneo…” (“Nueva ciencia de la política”, cit. por
Stan Popescu en Democratización de la
cultura, Editorial Euthymia, Bs. As., 1992). Hemos visto en la película que
el único que recibe la gracia que lo eleva por encima de sí mismo, es Superman.
Esta gracia y esta misión las recibe a través de la figura de su padre (Jor-el)
muerto, es decir, a través del "espíritu santo" que se le comunica a través de
una avanzada tecnología. Este "espíritu santo" que incluso lo “revive” en la nave
de Zod, luego es “desconectado” por éste. Con lo cual, a no ser que en las
propias entregas de este engendro cinematográfico se lo “reviva”, ya no tendría
razón de ser. Quedaría solamente el nuevo Caudillo, Salvador o Mesías
super-poderoso, en gracia y rigiendo el mundo.
Vemos entonces cómo se impone la ideología del
judío talmúdico que prepara los “tiempos mesiánicos” donde ha de darse su
triunfo universal, aplastando el cristianismo.
En cuanto al estilo de película en el cual se
vierte este programa gnóstico, hay que decir que muy probablemente debido a las
expectativas ampliamente masivas que se debían satisfacer con esta historia, su
director Snyder no pudo caer en tanta afectación ampulosa como en “300”, pero
es indudable que tiene vocación para lo exagerado y el “non plus ultra” en lo
que hace a llevar más allá de lo necesario los recursos estilísticos que
resaltan la violencia y el histrionismo bélico, en una especie de paroxismo que no redunda en fecundas reflexiones del espectador, sino en contorsiones de
historieta muy bien animadas. O, para decirlo tal vez más adecuadamente, su
afición al titanismo le ha dado la historia perfecta para llevar a cabo lo que
no es sino un signo de estos tiempos (recientemente se estrenó otra película
que se llama “Titanes del Pacífico”): el atronador triunfo de la técnica por
sobre el espíritu. Fue Jünger quien habló hace ya bastante tiempo de los “titanes
venideros”, en consonancia con Hölderlin. Y con su reconocida clarividencia,
manifestaba el centenario alemán: “En
esta edad venidera el poeta deberá aletargarse. Los actos serán más importantes
que la poesía que los canta y que el pensamiento que los refleja. Será una edad
muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y para la
cultura” (Los titanes venideros, península, 1998). Ese futuro que se
adivinaba en el horizonte, es ahora.
Enlaces de interés:
miércoles, 15 de mayo de 2013
LA VIDA ES UNA BATALLA
“A
mi parecer, existe la abstracta verdad de que toda aquella literatura que
presente nuestra vida como peligrosa y sorprendente es siempre más verdadera
que aquella otra literatura que nos la haga ver languideciente y llena de
dudas. Porque la vida es una lucha y no una conversación”.
G.
K. Chesterton, “La ficción como alimento”.
«PERO DESPUÉS DE QUE CRISTO ORDENASE ENVAINAR LA ESPADA NO ES DIGNO DE CRISTIANOS HACER LA GUERRA....»
¿Un
Quijote pacifista?
Así
nos lo han querido vender quienes probablemente no lo han leído, entre ellos
algún antiguo ministro de Defensa, quien insultó a los soldados españoles
declarando “prefiero que me maten a matar” ¿Querría acaso mostrar su
superioridad moral ante la tropa?.
Don
Quijote, Daumier
Este
artículo (Guerra
y Paz en El Quijote) refuta el
imposible pacifismo del Quijote, que algunos atribuyen a la presunta influencia
erasmista (Bataillon). El bello Discurso de las Armas y
las Letras, y la propia experiencia
bélica de Cervantes en Lepanto son pruebas suficientes, a las que se añaden
diversas alusiones en su obra a la política timorata de Felipe II, que prefirió
generalmente usar la diplomacia a sus ejércitos.
El
artículo repasa las contradicciones de la postura de Erasmo sobre la guerra y
la paz, caso bastante parecido al del Cardenal Cusano:
La
guerra, las armas con las que se defiende la República Cristiana (especialmente
el «Papa guerrero», Julio II, será blanco de las críticas de Erasmo) no hacen
sino canalizar esta desviación en sentido opuesto al buen mensaje cristiano, de
manera que, cuanto más se insiste en la defensa armada de la fe cristiana, con
los ejércitos de los príncipes cristianos (incluyendo al Papa), menos sitio
queda (utopía, es la expresión de Moro para concebir esta idea para la
sabiduría cristiana y sus verdaderas «armas».
(…)
«Pero
después de que Cristo ordenase envainar la espada no es digno de cristianos
hacer la guerra, a excepción de aquella hermosísima contienda contra los
enemigos más terribles de la Iglesia: contra el afán de dinero, contra la ira,
contra la ambición, contra el miedo a la muerte. (…)
«ni
siquiera creo que se deba aprobar nuestra insistencia en hacer la guerra a los
turcos. ¡Mal va la religión cristiana si su conservación depende de tales
defensas!. Y no es lógico que bajo tales auspicios nazcan buenos cristianos. Lo
que se consigue por la espada se pierde a su vez por la espada. ¿Quieres atraer
a los turcos hacia Cristo? No hagas ostentación de riquezas, ni de ejército, ni
de fuerzas. Que vean en nosotros no sólo el rótulo sino también los atributos
auténticos del cristiano: vida intachable, deseo de hacer el bien incluso a los
enemigos, paciencia inalterable frente a todas las ofensas, desprecio del
dinero, indiferencia a la gloria, vida modesta. Que comprendan la doctrina celeste
por su concordancia con esta forma de vida. Con tales armas se subyuga
perfectamente a los turcos.
Según
esto, Constantinopla y su Imperio fenecieron por el mal ejemplo que les dieron
a los mahometanos. Pero aquí recoge velas Erasmo:
«Ahora
me las entenderé con aquellos que pecan por el lado opuesto [opuesto al
belicismo, que acaba de criticar: es decir, contra aquellos que pecan de
irenismo], con error más especioso quizás, pero pernicioso no obstante. Los hay
que juzgan que el derecho de guerrear está en absoluto prohibido a los
cristianos; opinión, a mi entender, demasiado absurda para que merezca ser
refutada. Y, siendo ello así, no faltaron quienes calumniosamente me la
atribuyeran, porque en mis lucubraciones acaso me excedo en las alabanzas a la paz
y en la detestación de la guerra; pero las personas que me leen íntegramente,
aunque yo lo silencie, perciben de modo inequívoco la imputación de la
sicofantía.
Pobre
Erasmo, menudo cacao mental tenía al respecto de la guerra y de la paz.
dicen
las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra
también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de
lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes
no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las
repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los
caminos, se despejan los mares de corsarios; y, finalmente, si por ellas no
fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de
mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la
guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus
fuerzas.
Pues
eso.
MICROCRÍTICAS
GRAVEDAD
(Alfonso Cuarón, 2013)
3D
es la culminación de lo Barroco en el
Cine.
La
música sirvió en un comienzo a Dios; luego, al hombre; finalmente –ya lo enseñaba
don Eugenio d’Ors- el hombre pasó de ser servido
a ser un servidor. De antropomórfica
pasó a ser cosmológica. De servidora, a servida.
El
cine no sirvió nunca a Dios directamente, pero al servir al hombre, en algún
momento permitió –mediante el recurso del lenguaje simbólico- el salto hacia
arriba. El puente era posible. Ese era el cine que conocemos como clásico. “Lo Clásico –definía d’Ors en
su pugna contra lo Barroco- había preferido la medida humana, la consideración
de eternidad en lo sensible”. Luego, ahora más que nunca, el cine ya no sirvió
al hombre, sino que el hombre pasó a servir al cine. El hombre se sometió a la
técnica, al instrumento, a la herramienta, y dejó que ésta tomara la delantera.
La heroicidad se tornó abrumadoramente titanesca o fue casi del todo cancelada.
El hombre se había embriagado y ahora yacía obnubilado por lo que la técnica
podía proporcionarle.
El
mismo d’Ors decía –cuando de perfilar a Goya trataba- que las gafas son, a su
modo, una institución barroca. Y he aquí en nuestros días al portentoso 3D que
requiere el uso de anteojos para su acceso: el hombre ya no puede confiar en
sus solos ojos. Incapaz de ver, necesita que lo ayuden a percibir –no diremos
fijar- lo que le conviene para “moverse” de su asiento.
Aquello
que comenzó tempranamente con Citizen
Kane, y que supo tener su cumbre en 2001,
odisea del espacio, el sometimiento del hombre al eón del Barroco, encuentra la generalidad del cine de hoy que
somete al hombre al barroquismo deshumanizante. Gravedad es un gran ejemplo de esa carencia de sustancia, de
–precisamente- gravedad. De falta de espíritu. Una película donde el hombre
sometido logra al fin controlar por un momento sus circunstancias pero sin
dejar de ser subalterno. El hombre no es centro de la creación ni es hijo de
Dios. Es algo que pasa, que puede
perderse en el oscuro e interminable vacío, o no. Gravedad es una película cobarde porque no se anima –no puede- a
tomar decisiones, aunque las insinúa. Por ejemplo, cuando la protagonista dice
que nadie le enseñó a rezar, pero no hace nada por remediarlo. Cuando el
director nos muestra una imagen cristiana en el satélite ruso, y un Buda en el
chino, de la misma ecuménica forma, sin que ello traiga consecuencias en la
historia (a no ser que pensemos que gracias a Cristo y a Buda la Bullock siguió
la inspiración de Clooney…y del azar). O cuando la sobreviviente llega al fin a
la tierra, y lanza al aire un “gracias”, sin saber a quién y sin mirar al
cielo. ¿Le dice gracias a la vida, como hacía cantando Mercedes Sosa? ¿Gracias
al director de la película? Tal vez gracias porque se pudo al fin bajar de ese
parque de diversiones ingrávido donde el hombre -¡inclusive siendo de origen
polaco!- es incapaz de invocar a Dios en el momento más difícil de su vida, o
reconocer su propia condición ante Él. Y bajarse de una película liviana, sin
peso dramático, donde la técnica condena al hombre a ser sólo un juguete en
manos del ciego destino. Hay que seguir viviendo y eso es todo.
3D
es la cumbre de lo Barroco en el Cine.
La pérdida absoluta de la confianza en las fuerzas restauradoras de la inteligencia
del hombre, absorbido del todo por el frenesí del espectáculo móvil, que lo
despoja de cualquier resto de interioridad. Si el barroquismo del cine es el
amor a la mudanza, se entiende entonces la ausencia simbólica que caracteriza a
este cine, ya que el símbolo une con lo perdurable, lo más allá de lo anecdótico,
aquello que queda, aunque pasa.
LA VIDA DE PI. UNA AVENTURA EXTRAORDINARIA (Life of Pi, Ang Lee, 2012)
Excelente basura. ¿No es eso lo que
acostumbra darnos el mundo de hoy, con sus ultra-sofisticados logros técnicos,
sus super-profesionales artistas, y la mayor indigencia intelectual y oscuridad
de espíritu? De esto abunda esta oscarizada y por momentos extraordinaria película.
El protagonista de la historia es un
hinduista-católico-musulmán (sic) que además enseña la kábala judía en la universidad
(también aparece en la película un simpático budista, ¡cómo no!). Le narra a un
escritor ateo canadiense su “aventura extraordinaria”. El protagonista, llamado
Pi, siendo adolescente, naufragó cuando su familia se trasladaba de India a
Canadá en un gran barco, donde llevaban los animales de su jardín zoológico.
Sobreviven sólo él y un salvaje tigre de bengala. La película cuenta con
notables recursos las increíbles aventuras de este naufragio (especialmente
lograda está la escena del naufragio mismo).
La antigua arca de Noé, podría decirse, renovada
aquí, fracasa: una nueva espiritualidad interreligiosa triunfa en la
sobrevivencia del chico Pi en ese bote salvavidas. Notablemente, se dicen cosas
tremendas: “La fe me llegó a través del hinduismo y hallé el amor de Dios a
través de Cristo. Pero Dios aún no terminaba conmigo. Se me presentó de nuevo
con el nombre de Alá”. El padre del chico, que es un racionalista, le
dice con sentido común: “No se puede creer en tres religiones a la vez. Creer
en todo al mismo tiempo equivale a no creer en nada”. Claro que entonces le
propone empezar por la razón porque “la ciencia nos ha llevado a entender el
universo más que la religión en diez mil años” y salta allí la voz de la
esposa: “La ciencia nos enseña de lo que pasa afuera, la religión de lo que
pasa dentro de nosotros”. En definitiva: “La fe es una casa con muchas
habitaciones”, tal como enseñan los modernistas conciliares.
Decía Chesterton: “El Cristianismo repentinamente satisface y perfecciona el instinto
ancestral del hombre de estar en la posición correcta; en esto lo satisface
soberanamente; por su credo la alegría se convierte en algo gigantesco y la
tristeza en algo accidental y pequeño” (Ortodoxia). Por el contrario, el
final de la película sugiere que es la decisión subjetiva del hombre la que
define esta satisfacción, respuesta que en verdad no satisface a nadie y deja
un aire de tristeza indisimulable. Por eso puede decirse que esta brillante
película fracasa absolutamente: porque el paganismo es ese tigre no
domesticable, ese tigre bestial a lo sumo mantenido a raya pero el cual nunca
podrá ser llamado “hermano tigre” por el protagonista humano, aunque tenga
hacia él una conmiseración muy humana; el cristianismo, en cambio, es San
Francisco escuchado por los pájaros, o hermanado y respetado por el dócil lobo de
Gubbio; es San Antonio y la burrita del milagro, o San Antonio y los peces del
mar; es San Martín de Porres obedecido por los ratones; es el burro de Balaam.
Es “El Principito” domesticando a un zorro bajo los cielos del buen Dios, que
no es el dios de esta película mentirosa, que sin dudas le hubiese encantado a
Borges.
La dirige un chino que también filmó el
western de cowboys maricas “Secreto en la montaña”, una del increíble “Hulk” y
no sé qué otras promocionadas inmundicias más.
YUMA
(Run of the arrow, Samuel Fuller, 1957)
Muy interesante película, con la intensidad
que caracteriza la filmografía de Fuller (“el cine debe ser un campo de
batalla”, decía), que plantea el siguiente asunto: un soldado dixie (Rod
Steiger) se encuentra al terminar la guerra de secesión de U.S.A. (1865) con un
panorama triste de derrota y muerte y, no pudiendo soportar el tener que
convivir bajo el mandato de sus vencedores, a quienes odia profundamente,
decide dejar a su familia y su tierra para irse al lejano Oeste, donde viven
las tribus salvajes. El dixie prefiere ser un indio salvaje a ser un yanqui más
salvaje aún. Merced a una serie de proezas, azares y su propia determinación,
logra insertarse en una tribu sioux al “casarse” con una india (Sara Montiel, tan
bella como una supermodelo: eso era Hollywood, no se olvide).
Hasta allí tenemos un filme potente, políticamente
incorrecto y hasta sospechosamente indigenista. La cosa se complica cuando
Fuller, un agnóstico, decide abordar el tema religioso. Pues sucede que al
ingresar a la tribu el dixie deja bien en claro que él desea seguir teniendo su
religión, pues es cristiano. El cacique (Charles Bronson) lo acepta porque,
dice, ambos tienen el mismo Dios, aunque tengan diferentes religiones. Pero
hete aquí que una serie de circunstancias hacen que el dixie-sioux tenga que
volver a tomar contacto con los odiados yanquis, en la figura sobre todo de un
teniente deplorable (bastante caricaturizado por Ralph Meeker) al que él había
herido el último día de la guerra, que llega al frente de un regimiento para
concertar un tratado de paz con los sioux.
El odio y el deseo de venganza vuelven a
surgir en el dixie, pero…el salvajismo de los indios, que despellejan vivos a
sus enemigos, no es para él. La mujer se da cuenta y se lo dice: tú no eres
como nosotros, eres americano, ellos son tu pueblo. El tipo termina
admitiéndolo, y, tomando una bandera norteamericana, decide retornar a la
civilización.
Pero, y acá viene la cuestión clave, ¿es sólo
una diferencia de nacionalidad el problema entre los americanos y los sioux? ¿O
se trata de un problema religioso? Cuando el dixie tiene piedad y recuerda que
sus enemigos son humanos, ¿actúa como americano o más bien como cristiano? ¿No
fue acaso el cristianismo el que civilizó a los hombres, el que educó a los
bárbaros, el que venció el horror del paganismo? ¿Y no es la ausencia del
cristianismo el que hizo que los yanquis y también los dixies de entonces se
masacraran y odiaran y se encerraran inhumanamente en campos de concentración?
¿No es la ausencia de cristianismo lo que hace que los blanquitos americanos de
hoy torturen y masacren en todo el mundo como podrían hacerlo entonces esos
sioux? ¿No fue el cristianismo el que civilizó a los indígenas de Iberoamérica,
y el falso cristianismo el que exterminó a los indios de América del Norte?
Como suele hacer el cine, Fuller en esta
película plantea bien la pregunta, pero no da una buena solución. Ese ha sido y
es el problema de los Estados Unidos de América.
LA SOGA (Alfred Hitchcock, 1948)
En “Rope”, Hitchcock -el anti-Pelagio del cine- muestra magistralmente a
qué extremos llega el hombre cuando se glorifica a sí mismo para terminar
haciéndose como un dios. Le basta una idea central, clara, que proporciona un
conflicto que debe ser mostrado para,
luego de esa “victoria” inicial de la soberbia, mostrar cómo por sí misma
termina desmoronándose ante la presencia de la razón unida a la moral (el
personaje de James Stewart), una moral objetiva que nos viene de Dios. Y un
personaje el de Stewart que logra conocer el mal porque él mismo entendió desde
dentro de sí mismo que no le era ajeno, como el sublime final nos lo confirma
sin necesidad de discursos.
“La soga” (también conocida como “Festín diabólico”) muestra una “misa
negra” realizada para glorificar al Hombre (superior): hay allí “altar”, una
víctima (ofrecida a sí mismos, hombres superiores que deciden como Dios quién
vive y quién no), una reliquia (el propio cuerpo de la víctima), manteles,
velas, comida, vino, sangre, libros, oficiantes (es un ritual concelebrado),
acólito, feligreses, música, flores. Desde luego, falta el crucifijo. No es
necesario para estos enajenados de niesztcheanismo.
Su moral no se condice con la moral de los “esclavos”.
Pero al fin todo es desmontado y la verdad debe ser conocida, en
particular por aquel que con la difusión irresponsable de tales ideas, dio
lugar a los actos criminales de sus discípulos: es Rupert quien debe tirar los
libros (que estaban sobre el baúl) y descubrir las consecuencias de sus aparentemente
inocuas exposiciones intelectuales. Por ello se cierra la historia con un
triángulo invertido que lo tiene a él en el vértice, y por eso dispara tres
tiros al aire.
Podemos concluir recordando el título de un libro de Richard M. Weaver:
“Las ideas tienen consecuencias”. Y el cine es capaz de mostrárnoslo cuando se
utilizan sus recursos con maestría y el simbolismo plenamente asumido por quien
hemos denominado –contradiciendo a un pseudo-maestro- el genio del
cristianismo.
EL
CANTO DEL GALLO (Rafael Gil, 1955)
Excelente película, tal vez la mejor realizada por Rafael Gil después de "La guerra de Dios". Muy superior a la tan promocionada “El fugitivo” de John Ford, de
tema similar. El asunto: en un país comunista X, los sacerdotes son
perseguidos, encarcelados y asesinados. Un cura presa del miedo (Francisco Rabal,
excelente, tal vez porque siempre fue un ateo empedernido, por momentos parece
un anticipo del Nazarín que hará con Buñuel) es atrapado por la policía del
régimen. El jefe de la brigada comunista es un ex compañero suyo en la escuela, que
le propone firmar una declaración donde renuncie a su religión para salvarle la
vida. El cura lo hace y corre a refugiarse en una casa de departamentos donde
viven una prostituta, una familia con un niño, una pareja de viejos que quieren
casarse, etcétera. En ese micromundo sobrevive corroído por el remordimiento,
mientras nuevas caídas se le agregan a su humillación. Hasta que una revuelta
popular hace caer el gobierno comunista. El cura vuelve deshecho a su pueblo
natal, en busca de la redención para salvar su alma.
Todo esto vale y nos llega porque Gil sabe
crear el clima adecuado donde el estado de ánimo del sacerdote y el ambiente
opresivo de la tiranía –salpimentados con una pizca de humor- se muestran con
el ritmo adecuado, con una escenografía de estudios que nos recuerda a “El
tercer hombre” y su glorioso blanco y negro, y porque no cae nunca en la
solemnidad y pompa que eran muy comunes en el cine histórico o religioso
español de entonces. Un punto alto del cine católico que merece ser rescatado del olvido.
MONSEIGNEUR LEFEBVRE, UN ÉVÊQUE DANS LA
TEMPÊTE (Jacques du Cray, 2012)
Flojo documental, por las siguientes razones:
primero, el director acumula uno tras otro testimonios de personas que hablan a
cámara, intercalando a veces fotografías o filmaciones de Monseñor Lefebvre.
Las palabras, que tan importantes son, se comen a las imágenes. Pero como se
trata de un audiovisual, debe haber un equilibrio. De lo contrario, nos
bastaría con leer un libro –por caso, la biografía de Mons. Tissier en la que
se basa el director- o escuchar sólo el audio para enterarnos de todo. Parece
más bien un trabajo periodístico de divulgación, por lo tanto sin mérito
artístico de parte de su realizador. En otras palabras, televisión antes que
cine. Segundo: son muy valiosos los testimonios de quienes conocieron a
Monseñor, sobre todo de su hermana y familiares, y las imágenes de archivo de
él. Pero todo eso basta para conocer cierto aspecto de Monseñor Lefebvre, que
no es el único ni tal vez el más importante y digno de conocerse. Llama la
atención que no aparezcan testimonios de los obispos (sólo aparece Mons. Tissier
en calidad de biógrafo), por ejemplo Mons. Fellay, Superior General de la
Congregación que Mons. Lefebvre fundó (sí aparece el P. Schmidberger, que fue
el anterior Superior General). Lo lógico indicaría que apareciera el testimonio
de quien hoy encabeza la obra legada por Monseñor Lefebvre, aunque más no sea
para referirse al momento de las consagraciones episcopales. Sin embargo, ni
ese testimonio, ni el de los otros obispos figura. Presumimos: sería incómodo
tener que incluir a Monseñor Williamson y sería notoria su única ausencia. Así
que: saquemos a todos. Pero esto, lógicamente, vuelve incompleto el documental.
Tercero: nos parece que el Mons. Lefebvre de sus últimos años, el más duro para
con los modernistas romanos, está escamoteado. Son abundantes sus declaraciones
o entrevistas que podrían haberse incluido, pero no están. Inclusive fragmentos
de su tan valiosa “Carta a los católicos perplejos”. Pero ninguna de estas
obras se menciona.
En definitiva, una aproximación interesante a
ese gigante de la Iglesia que fue Mons. Lefebvre, pero que no llega a dar una
definición o sentido esencial de su personalidad, como indicaba debía ser la
biografía don Eugenio d’Ors.
ELEFANTE BLANCO (Pablo
Trapero, 2012)
Esta abominable porquería del siempre corrosivo y nihilista
director Trapero (o trampero habría que decir), que sabe contar una historia y
dónde poner la cámara para mejor elaborar sus inmundicias, es con todo, muy
buena para que el espectador que todavía quiere pensar se dé cuenta qué clase
de sacerdotes son los periodísticamente llamados “curas villeros”.
Con el cada vez más repetido Darín como protagonista (esta
vez menos puteador que de costumbre), más la mujer del director (a la que en
todas sus películas la hace revolcarse en la cama con alguien: extraña forma de
rendir homenaje a su esposa el de este director), más un actor francés o belga
o quién sabe de dónde que encarna a un cura “tercermundista” quejoso que
frecuenta la cama de una asistente social sensibilizada y lloriquea un poco por
su inoperante actuar socio-político en la villa. Co-protagonizan personajes
marginales de la villa: pobres drogadictos, narcos y policías que se llevan
como perro y gato. El contexto de la película es muy realista y logra que el
espectador se adentre –o sumerja, cabe decir- en ese universo tan duro.
Un director sin fe realiza una película sobre unas curas que
no tienen fe sobrenatural, pues se desempeñan como asistentes sociales con un
desenfrenado activismo que a los pobres villeros no los ayuda a salvar sus
almas, ya que los curas no les enseñan las verdades de la fe, dan una misa
mistonga totalmente desacralizada –a la que además según se muestra acuden
pocos fieles-, y rezan el rosario sin los fieles, sentados alrededor de una
mesa, diríase que a escondidas. Dice el afiche de la película: “Cuando la fe no
basta para salvar vidas, hay que actuar”. Plantea muy bien la falta de fe
católica tanto de los realizadores como de los protagonistas –y creemos que
están muy bien reflejados estos curas villeros o como les decían antes, “nuevaoleros”-.
Pero, trampero, la fe no es para salvar vidas, sino almas. La película en
cambio propone el activismo social y político porque no se tiene fe
sobrenatural y confianza en Dios. No hay allí ningún sentido del pecado,
ninguna idea de lo trascendente. Pura ideología barnizada con palabras “lindas”
aunque chabacanas. Con el agregado de una reivindicación del cura marxista
Mujica –al que se pretende hacedor de milagros.
Seguramente basado en el propagandizado por los grandes
medios Padre “Pepe”, un sacerdote que abrazó la vocación inspirado en la
película de Zeffirrelli “Hermano Sol, Hermana Luna” (¡sic!), y que luego de
siete años de ejercer su ministerio pidió dispensa, anduvo noviando y luego
volvió (un conflicto de este tipo se ve en la película, aunque decididamente
con el morbo sexual que es infaltable en el trampero). Una periodista de La
Nación diario, biógrafa del Padre “Pepe” lo elogia de esta manera: “Entre el
centenar de personas que entrevisté para su biografía muchos me dijeron lo
mismo: ´Cuando no está dando misa, Pepe no parece un sacerdote´”. Toda una
definición de estos miserables hijos de Marx, Guevara, Mujica, Podestá y Bergoglio.
La ramplonería de
estos curas que son muy activos de puro haraganes –así no tienen que agarrar
unos buenos libros y estudiar-, que encuentran en el “amor a los pobres” la
excusa para olvidarse de Dios, se ve ahora coronada por esta tan difundida
película. Y con la llegada de Bergoglio al Papado (¿o anti-Papado?), ya puede hablarse
del “Papa villero” que ha de hacer una “Iglesia pobre y para los pobres”. ¿Y
por qué no mejor una “Iglesia rica para los pobres”? Esto es, una Iglesia rica
en sabiduría, en doctrina, en caridad, en belleza y en cultura, dándose a los
pobres de espíritu –que pueden ser pobres materialmente o no, pues también hay
pobres avarientos y codiciosos.
Tal vez creyendo hacer un elogio de esta clase de “héroes” de
nuestros días, el progre de Trapero (que con finura subversiva no se priva de
colocar un crucifijo invertido en primer plano) ha hecho el mejor retrato de la
indignidad de unos curas apóstatas que, dignos hijos de la iglesia modernista y
además “bergogliana”, subvierten –con o sin intención, Dios lo sabrá- el
verdadero ser del sacerdote, falsificando su imagen y su misión y la de la
Santa Iglesia Católica.
THE OX-BOW INCIDENT (William Wellman, 1943)
Puede considerarse una obra maestra. Una simple
película de cowboys rústicos y violentos deriva en una tragedia shakesperiana, donde el
sentido de la moral va emparentado con la visión trascendente y cristiana de la
justicia.
Como en Yellow sky e Island in the
sky, en esta película Wellman vuelve a dejar clara su respetuosa adhesión al cristianismo, o en todo caso la de algunas historias que por entonces se filmaban allí, cosa que en las críticas
se soslaya siempre. Le bastan muy pocos detalles, pero que sostienen el sentido
moral de la película. Siete son los hombres justos (como siete son los
sacramentos) que se ven reducidos en número ante una votación democrática que por
mayoría decide tomar en sus manos la justicia…para cometer la peor injusticia.
Algunos presentan esta película como una condena del linchamiento o de la pena
de muerte. Otros como un alegato antifascista. Lo cierto es que la verdad y la
justicia no tienen nada que ver con el número, sino que están por encima de los
hombres y sus “conciencias muertas” (título español del film), conciencias que
en realidad despiertan para que el espectador mismo de esta historia reflexione.
Poderoso blanco y negro, diálogos
lacónicos, personajes bien delineados, simetrías formidables (por ejemplo el
comienzo y el final), sentido del humor, nobleza frente a ruindad, espíritu quijotesco, conflictos
familiares, idea del pecado, todo se conjuga admirablemente en el libreto de Lamar
Trotti y la siempre ajustada dirección de Wellman, con los intérpretes
perfectos en Henry Fonda, Dana Andrews, Anthony Queen, Harry Davenport y el
resto. Hasta los perros cumplen como deben su papel. Cada cosa en su debido lugar, dentro de un
orden concebido y ejecutado con la bella eficacia de lo que eleva al ser
humano.
Una historia poderosa y moral en un
Hollywood que podía ofrecernos esta clase de grandes películas por aquellos años,
aunque también basuras como “Por quién
doblan las campanas”, “Casablanca”, "El gran dictador", o incluso "Lady of burlesque" que Wellman filmó en el mismo año que esta. Sepa el buen espectador hacer un discernimiento
antes de mencionar la tan cacareada palabra “Hollywood”.
A LA HORA SEÑALADA (High Noon, Fred Zinemann, 1952)
Howard
Hawks opinaba sobre High Noon (en Argentina conocida como A la hora señalada y en España como Solo ante el peligro) lo siguiente: "No me gustó High Noon. Me pareció falsa. Se supone que el héroe, que es
bueno con el revólver, va por ahí como un pollo mojado, intentando que la gente
lo ayude. Y al final su mujer le salva el pellejo. Yo digo: 'Eso es ridículo.
Ese hombre no es un profesional’."
Para
darle la contraria filmó esa gran película llamada Río Bravo.
John
Wayne, por su parte, decía con toda razón: “‘High Noon fue la cosa más anti-americana que he visto en mi vida. La
última cosa de la película es el viejo Coop (Gary Cooper) poniendo la insignia
de marshall de los Estados Unidos bajo su pie y pisándola. Nunca me
arrepentiría si hubiera echado de este país al guionista”.
Resulta
lógico –y no, como puede pensarse, paradójico- que A la hora señalada sea el western favorito de un zurdo como el “filósofo”
José Pablo Feinmann, y a la vez haya sido galardonado por el establishment
norteamericano con varias estatuillas “Oscar”.
Luego del breve “horror macartista”, el
sistema tomó otra vez las riendas y premió su “prestigioso” film
antimacartista. Por ello la crítica progresista mundial siempre ha alabado este
mediocre film del siempre sobrevalorado Zinemann.
La
cosa es simple. Los izquierdistas gustan de usar la fuerza de las multitudes para
imponer con violencia lo que ellos llaman “justicia”. No confían sino en las
masas, no en los individuos. Lo mismo puede decirse de los liberales
democráticos. El hombre por sí mismo no puede conseguir nada. De allí las
manifestaciones callejeras, las marchas, escraches y demás movilizaciones en
pro de algo.
Pero
la historia de veras la deciden y conducen los hombres, los individuos, las
personalidades destacadas. No las masas.
Los
autores de High Noon hacen que el
pusilánime sheriff de Cooper deba buscar ayuda para combatir a los malos de la
película. Por andar mendigando ayuda nadie lo apoya. Claramente: nadie se
quiere unir a un policía temeroso.
El
sheriff de Río Bravo, en cambio,
consigue algunos ayudantes porque él se mostró firme en su postura de combatir
aunque sea solo a los malos. El hombre destacado tiene quien lo quiera imitar.
A
Cooper lo tiene que salvar su mujer, y cuando reniega de su pasado de sheriff
reniega también de su condición de héroe o arquetipo. Los progresistas no quieren
arquetipos, sino la igualdad donde
cualquiera puede hacer el papel de héroe, ya sea el sheriff o ya su mujer, no
importa quién. El progresista es alguien que suele sentirse inferior a los
demás, por lo que pretende se establezca una igualdad donde nadie se destaque
más que otro, donde nadie sea más que nadie.
En
Río Bravo se muestra que no
cualquiera es un héroe, pero que éste no deja de serlo por recibir ayuda de sus
colaboradores. Simplemente no se mezclan las cosas y cada una está en su lugar.
No existe la igualdad.
High
Noon desprecia la multitud acobardada que se esconde y no participa de la defensa de la ciudad, pero también al sheriff como
arquetipo de la ley y el orden. Termina simplemente desentendiéndose de todo
eso que configura un western y el héroe destacado en él, y con él los valores
que transmite y representa.
La
lección que pretende dar la película es que el héroe lo es en tanto haga
partícipe a la multitud de su tarea. De lo contrario camina derecho al fracaso,
a no ser que aparezca una mujer a último momento para salvarle el pellejo.
Tal
vez por todo esto que contiene la película, el hombre-masa siempre la ha
aplaudido: porque el héroe en el fondo no es mejor que él y ni siquiera quiere
ser un héroe, sino quedarse en su hogar, apoltronado en su sillón favorito,
mientras su mujer se ocupa de él. Es lo que un destacado crítico llamaba caer
en “la tentación del sofá”.
EXTRAÑOS EN UN TREN (Alfred
Hitchcock, 1950)
Un periodista (no hace falta decir que “progre”, pues puede decirse que
ser periodista y ser “progre” son sinónimos en estos tiempos) escribió hace
muchos años acerca de Hitchcock, al referirse a “La ventana indiscreta”: “El
héroe descubre un asesinato mediante la censurable acción de espiar, y sólo
porque es en sí mismo un asesino potencial, típico dilema de la moral
hitchcockiana”. No, señor periodista, no. No se trata de la “moral
hitchcockiana”, eso que usted tan bien ha sabido ver. Se trata de la moral
católica (“Cualquiera que odia a su
hermano, es un homicida”, I Jn. III), esa moral que usted no ha sido capaz
de ver y que debería aplicarse antes de escribir, porque con la pluma también
se puede incitar un asesinato, como el mismo Hitchcock demostró en su magistral
“La soga”. Es la moral católica (o
cristiana, si prefiere) que le permitió a Nicolás Berdiaev (pensador ruso que
no había visto “Extraños en un tren”,
se lo aseguro: falleció dos años antes de que ésta se filmara), lo siguiente: “El pensamiento secreto y subconsciente que
aflora apenas a la superficie y por el cual, deseamos la muerte de nuestro
prójimo representa ya un homicidio espiritual y el hombre es responsable de él”.
No otra cosa que este resumen transmite a grandes rasgos lo que Hitchcock nos
muestra en esta gran película. Pero si todavía hablamos de ella es porque
Hitchcock sabía cómo hacerlo.
El tema del doble y el número dos; la construcción de la fábula mediante
esferas y rectas; el círculo como símbolo de la locura; entre otros detalles
significantes, llevarían mucho tiempo de estudio y análisis. Deseamos que el
lector de estas líneas tenga el tiempo necesario para hacerlo, pues de tal
forma su experiencia estética será más exhaustiva, comprensiva, profunda, y,
por lo tanto, tendrá un mejor acceso al pensamiento moral, y en definitiva
religioso, con el cual comenzamos esta breve reseña crítica.
MILAGRO EN MILÁN (Vittorio de Sica,
1951)
Un
personaje simpático metido en una gran tontería, muy boba y muy obvia. Es un
Capra de cuarta elevada a los altares por los críticos progres que gustaban de
denigrar a Hollywood, porque evidentemente este cine nada podía contra aquel.
Quien
no ve a los pobres con los ojos de la caridad cristiana no sabrá tomarlos en
serio, sino mirarlos con la demagogia imbécil propia de los ricos. Chaplin, De
Sica y otros, se han embarcado en ese trabajo mediante comedias de un humor falso,
porque está destinado a demostrar
algo. Por ejemplo, aquí, que los ricos son malísimos y los pobres unos
ingenuos. Más bien parece que el uso de la pobreza como recurso para crear
simpatía en el espectador, viene a mostrar la pobreza intelectual e imaginativa
de los artistas de izquierda.
Escribió
Gómez Dávila: Lucha contra la injusticia
que no culmine en santidad culmina en convulsiones sangrientas. Acá la cosa
culmina con una santidad que es una cosa berreta y mágica que se otorga a los pobres por el solo hecho de ser pobres
(es decir, carenciados económicamente). Demás está decir que nada le impedía a
la palomita de Totó elevar por los aires a los poverellos sin esas escobas
brujeriles. Entonces, ¿para qué ese recurso sino para sobornar al
espectador y lograr que sonría complaciente ante la “originalidad” de la
escena?
DECISION AT
SUNDOWN (Bud Boetticher, 1957)
Western
anómalo, dirigido por el reconocido maestro del género Bud Boetticher. Hay un
héroe obstinado por el odio (y encima cornudo); un malo polígamo que no
era tan malo, a punto de casarse; un predicador que empina el codo; agentes de
la (pseudo) ley que matan por la espalda; enemigos del malo que se piensan
justos pero no evitan que se mate con cobardía; amigos fieles
del héroe que no se atreven a decirle la verdad pudiendo con eso evitar una
tragedia; et sit de ceteris.
Aplica
con ironía, como en las novelas de detectives, la fórmula de un hombre que
busca darle caza a un pharmakos para
liquidarlo. Pharmakos es el personaje
que en la ficción irónica desempeña el rol del chivo expiatorio, por el cual la
sociedad se siente liberada con su expulsión o eliminación. A su vez, incluye
aspectos básicos del melodrama, como el triunfo de la virtud moral sobre el mal
y la identificación del espectador con este triunfo. Luego, se transforma en
comedia dramática, al poner en juego a la misma comunidad donde sus múltiples
personajes se ven enfrentados con sus propias miserias y defectos y deben
asumir su responsabilidad en los hechos ocurridos.
De
manera tal que en una muy modesta película clase “B”, se plantea un conflicto
central –que en principio es para el espectador un misterio sucedido en el
pasado- que abre el juego a subconflictos o subtramas donde cada uno de los
personajes del pueblo deben enfrentarse a sí mismos y sus actitudes hasta el
presente. La verdad que se revela –y a veces reflexiona por boca del médico de
esa ciudad llamada Sundown- termina finalmente resolviendo de manera
inteligente –y con la intervención inesperada de un personaje hasta entonces
subalterno- lo que de manera torpe había “resuelto” la tan sobrevalorada “A la
hora señalada”, con la que ésta podría decirse que tiene algún punto en común,
en particular el rol femenino. Pero esta peliculita es muy superior a la
infatuada obra de los izquierdistas que por ser tales, carece de humor y le
sobra resentimiento. Aquí un supuesto héroe con el alma herida (como un tanguero) se ve obligado
a enfrentar la dura verdad, muy amarga, pero, al fin liberadora.
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